Para ser grande, el Perú debe empezar por lo pequeño

Un norteamericano, un coreano, un chino y un peruano están sentados a la mesa tomando un refresco. (No es un chiste.) Es en California, en pleno verano del 2019, y el ánimo es distendido y los temas de conversación, ligeros, hasta que la discusión deviene en un tópico más serio, centrándose en el carácter nacional y la honestidad:

“¿Cuál de nuestros países es más honesto?” es la pregunta.

La respuesta económica a esta cuestión aparentemente casual, razona el peruano, sería variada; quizás el PBI per cápita explica la honestidad; quizás la experiencia de violencia histórica y desprotección de derechos de propiedad tiene algo que ver. O quizás la relación es simplemente ruido, y la proclividad a la honestidad es algo puramente individual, independiente de la nacionalidad.

No es ruido. La revista Science brindó recientemente una respuesta a esta pregunta, al publicar en julio de 2019 un artículo de Cohn y coautores demostrando con el experimento de campo de la billetera perdida que sí es posible encontrar un “efecto país” en la honestidad en una muestra de cuarenta países. La premisa es que el comportamiento honesto constituye una dimensión central de la vida económica, aseguran Cohn y coautores. La metodología empleada y el prestigio de Science dan cierta garantía de que no estamos evaluando meras opiniones tomando un refresco de verano sino que estamos profundizando en conocimiento científico para intentar llegar a conclusiones. De hecho, el Premio Nobel de Economía 2019 da un espaldarazo intelectual a las técnicas de evaluación de cuestiones económicas usando experimentos de campo rigurosos.

El Perú no queda muy bien en el artículo de Science: su posición en honestidad es la número 38 de entre 40 países. Es decir, desde la perspectiva científicamente medida por Cohn y coautores, y publicada en una buena revista en el 2019, Perú está entre los países más deshonestos del mundo, y este efecto no se atribuye a partidos políticos, ni a empresarios, ni a militares, ni a ideólogos sino al ciudadano común peruano, el hombre de la calle como uno.

¿Dato o lección?

Dejando de lado los rankings y los análisis econométricos, que legítimamente están sujetos a debate, podemos intentar conceptualmente entender qué está fallando en el Perú como país. Desde el 30 de setiembre de 2019, debido a hechos no reflejados en las páginas de FocoEconomico.org, el Perú vive en un estado de profundo malestar y desgaste. Ante la posible acotación de que el Perú ya vivía en malestar y desgaste antes de esa fecha, efectivamente, es cierto pero el desgaste es más grave desde el 30 de setiembre de 2019, y lo dicen así todos los entendidos del ámbito empresarial y económico local, independientemente de su inclinación política.

La gran suerte peruana, en apariencia, es que a nuestros países vecinos las cosas se les pusieron mucho peor estos meses, y nadie externo se fija con extrañeza en el malestar y desgaste peruanos: la preocupación ha recaído en otros, y Perú pasa desapercibido como un país con alguna complejidad política o judicial pero nada más.

Pienso que es momento de aplicar más agudamente el sentido común y pasar de los datos a las lecciones. La abundante evidencia sobre las carencias morales del Perú como sociedad humana pueden quedarse en eso: en datos externos que para nada guíen nuestra acción sino que meramente nos hagan sonreír socarronamente y pasar la página. Va llegando el momento de que el ciudadano común y corriente empiece a atar cabos y piense: podemos vivir mucho mejor, pero hace falta cambios radicales, empezando por casa.

El profesor, a enseñar. El alumno, a aprender y preguntar lo que no entiende. El ciudadano, a respetar los derechos de otros y cumplir sus deberes. El conductor, a manejar respetando las reglas de tránsito. El agente económico, a negociar respetando los pactos, otorgar su mercadería a cambio del precio. El esposo, a velar por su hogar; la esposa, a velar por su hogar; los hijos, a aprender de sus padres durante el cortísimo tiempo que pasarán juntos antes de independizarse, buscando formar su propio hogar. El político, a ofrecer propuestas y luego, si es elegido, a cumplirlas. El policía, a velar por el cumplimiento de las reglas, disciplinando a quienes no las cumplan. La jueza, a aplicar la justicia.

Sería el país de las maravillas si todo eso se diera en el Perú repentinamente. Pero el enorme y complejo engranaje de la maquinaria humana de nuestra sociedad depende de pequeños actos de virtud que cada persona decide con su razón y su voluntad. Y depende también, lamentablemente, de pequeños actos de vicio. En esa tensión entre virtud y vicio surge un equilibrio. Hoy en día, nuestro equilibrio nos pone como el país #38 de un total de 40 en honestidad cívica. Claramente es mejorable, y claramente conforme vaya mejorando habrá implicancias notables en nuestro desarrollo como sociedad económica. No es una opinión: es ciencia verificable. Lo difícil no está en entenderla sino en vivirla.

Macro vs. micro

Termino con el proverbial contraste entre la macroeconomía y la conducta micro: un análisis que lamentablemente es dejado de lado en discursos y propuestas en estos lares. Una ilustración concreta de este contraste se puede apreciar en un artículo mío publicado en diciembre de 2019 en el Journal of Financial Economics, en el que analizo el impacto de un régimen tributario antiguo en el Perú cuya naturaleza fue macroeconómica pero cuyas reverberaciones han sido micro y duran hasta nuestros días, y que solamente pueden abordarse entendiendo las raíces micro de cómo piensan los agentes económicos respecto a la propiedad y la acumulación de riqueza, para así proponer vías de solución.

Pensando en grande, la ruta parece clara. Esbocen el mejor plan macroeconómico de reactivación, reconstrucción, reorganización, recapitalización, repatriación de capitales, regulación o incluso desregulación. Nombren a la ministra de Economía más efectiva, independientemente de su edad. Consigan al mejor gabinete con el mejor mandatario a cargo y apóyense en la mejor constitución política, escrita por el mejor congreso, para que un óptimo marco jurídico guíe por la mejor senda al mejor destino económico: al Perú del mañana.

Pero Economía es y seguirá siendo las normas de la casa (oiko-nomos, en griego). De poco servirá lo macro si no se presta atención a lo micro.

Al final del día, lo micro no es tan difícil de entender, pues lo notamos todos. En nuestra sociedad, esa dimensión micro depende de afirmar la dignidad inigualable de la persona humana, la familia, el hogar, la vivienda, la propiedad privada, el barrio, la protección a los más indefensos, especialmente si aún no han nacido, y sí, la honestidad ciudadana y las virtudes centrales que tejen el entramado de nuestra sociedad. Este discurso, sobre todo si deja de ser discurso y pasa a ser vida esmerada, es lo que nos dará esperanza económica.