¿Cómo manejar una crisis?

2018: Han pasado 100 años desde la pandemia de Gripe Española y 10 años desde la Crisis Financiera Internacional. La Gripe Española mató a más de 50 millones de personas, más que las dos Guerras Mundiales juntas. Fue tan mortal porque ocurrió cuando las personas estaban muy débiles, hacia el final de la Primera Guerra Mundial: estaban malnutridas, vivían en condiciones de poca higiene, viajaban como combatientes o refugiados y carecían de una infraestructura médica adecuada. Hace una década, la Crisis Financiera Internacional golpeó, provocando no sólo una recesión prolongada en los Estados Unidos y otros países avanzados, sino también una profunda desconfianza en la globalización como una fuerza para el progreso. Y esto tuvo consecuencias más allá del campo económico. Al carecer de unidad de propósito y al tener que lidiar con sus propios problemas domésticos, las naciones de Occidente no pudieron articular una respuesta a los levantamientos de la “Primavera Árabe” ni menos aún a la crisis en Siria. Brexit, el auge del nacionalismo en Europa, las políticas neo-aislacionistas en los Estados Unidos y la reciente ola de proteccionismo comercial tienen raíces profundas, pero sus desencadenantes se pueden rastrear, de una manera u otra, a la Crisis Financiera Internacional de 2008.

Las crisis de salud y financieras son, por desgracia, solo dos de los muchos riesgos que enfrenta el mundo. La incidencia de desastres naturales ha aumentado consistentemente en todas las regiones en los últimos 50 años, con fuertes indicios de que la intensidad y la frecuencia de las tormentas tropicales y las inundaciones están relacionadas con el calentamiento global. ¿Es esto sólo un preámbulo de las consecuencias futuras del cambio climático? Algunos países de América Latina y África Subsahariana están experimentando una nueva ola de crímenes violentos, con cifras récord en México y la República Democrática del Congo. Y las guerras civiles en Afganistán, Siria y la República de Yemen están produciendo crisis humanitarias de proporciones casi inconcebibles. ¿La violencia, expresada como guerra civil, terrorismo o crimen, se intensificará y se extenderá a otras comunidades?

No es alarmista considerar que una crisis, en cualquier forma, condición o estado, está al acecho a la vuelta de la esquina. ¿Cómo podemos nosotros, como familias, comunidades y países, volvernos resistentes a las crisis?

2018: Han transcurrido cinco años desde la publicación del Informe sobre el Desarrollo Mundial (WDR) sobre Riesgo y Oportunidad. Es momento oportuno para revisar algunos de sus mensajes. El Informe sostiene que el manejo adecuado de los riesgos puede ser un instrumento poderoso para el desarrollo. Asumir algunos riesgos, como los que conlleva la innovación, la inmigración, la creación de una empresa o la búsqueda de empleo, es necesario para el crecimiento y el desarrollo. Otros riesgos, sin embargo, deben ser evitados: las crisis financieras, las guerras y los conflictos, el cambio climático, las enfermedades y las pandemias. Cuando estos riesgos se materializan, causan estragos sociales y económicos, especialmente perjudicando a países frágiles, comunidades débiles y personas vulnerables.

Si bien es casi imposible eliminar algunos de estos eventos adversos, es posible volverse más fuerte para resistirlos. Los objetivos principales del adecuado manejo de las crisis son, primero, prevenir que ocurran o disminuir su frecuencia e intensidad, y, segundo, mitigar sus efectos negativos. Para lograr estos objetivos, la lección general del Informe sobre Riesgo y Oportunidad es que los preparativos para la gestión de una crisis se deben realizar en tiempos normales y no cuando la crisis ya se ha producido. Consideremos las siguientes cinco recomendaciones:

Primero, la mejor manera de manejar una crisis es prevenirla por completo. Si bien algunos riesgos dependen de choques negativos que son difíciles de predecir o prevenir (como terremotos y crisis financieras internacionales), la exposición y la vulnerabilidad a ellos pueden mitigarse mediante un sistema de prevención de riesgos. Esto incluye la información y el conocimiento sobre choques potenciales y vulnerabilidades, medidas de protección (como vacunas contra enfermedades, refugios para tornados y políticas macro prudenciales para crisis bancarias) y mecanismos de aseguramiento (como ahorros, seguros de salud y propiedad, y fondos de contingencia). Diferentes riesgos requieren conocimiento, protección y seguros específicos. Además, diferentes riesgos requieren la acción de diferentes actores de la sociedad. Los riesgos idiosincrásicos se manejan mejor a nivel familiar y comunitario, mientras que los riesgos sistémicos se manejan mejor a nivel nacional e internacional. El estado puede desempeñar un papel de apoyo, creando los incentivos y mecanismos adecuados para prevenir los riesgos idiosincrásicos y fortaleciendo directamente la gestión del riesgo sistémico.

Segundo, si los riesgos se materializan, prepárese para enfrentarlos con un plan de gestión de crisis robusto y adaptable. Enfrentar una emergencia no debe implicar hacer cosas apresuradamente. La preparación en tiempos de normalidad debe incluir qué hacer cuando ocurre una crisis. Esto requiere considerar varios escenarios posibles, dando más énfasis a aquellos que son más probables, pero no ignorando aquellos que, aunque menos probables, pueden tener grandes efectos negativos. Se requiere un análisis de escenarios para formular un plan que sea eficaz para una amplia gama de posibilidades. Esto se aplica a desastres naturales, crisis bancarias y financieras, enfermedades contagiosas que se propagan rápidamente y escaladas de terrorismo. Estos peligros se pueden enfrentar con patrones similares de gestión de crisis, pero cada uno requiere su propio conjunto de habilidades y medidas específicas. Al ocurrir una crisis, el implementar un plan puede guiar a la población, ayudándoles a tomar las medidas adecuadas, calmándolos y creando un entorno propicio para la recuperación. Al mismo tiempo, los planes de gestión de crisis deberían permitir flexibilidad y adaptación. Ninguna crisis es exactamente igual a la anterior. Con demasiada frecuencia, dan giros imprevistos. Por lo tanto, la capacidad para adecuar una respuesta de emergencia debe estar integrada en los planes y protocolos de gestión de crisis.

Tercero, como ninguna medida de mitigación de crisis es perfecta, genere políticas complementarias y redundancias que puedan cubrir las vulnerabilidades de las demás. La crisis tiene muchos aspectos e intensidades, y su complejidad y gravedad pueden poner en jaque a las mejores medidas de protección. Un incendio fuerte en un edificio puede atravesar cortafuegos a través de unidades y pisos, lo que requiere varias formas de salir que estén especialmente disponibles y protegidas. Una crisis financiera internacional podría necesitar una combinación de medidas en política monetaria, política fiscal y regulaciones prudenciales. Lidiar con los ataques terroristas puede involucrar una combinación de contrainteligencia, acción policial, integración social de grupos marginados y políticas de desarrollo, cada una aplicada en diferentes momentos y por diferentes períodos de tiempo. Una combinación de medidas es necesaria para lograr dos propósitos. El primero es complementar otras medidas para que se aborden la mayor cantidad posible de ángulos a una crisis. El segundo es crear redundancias para que, si una medida falla, las otras pueden mitigar los efectos negativos de la crisis. Estas redundancias pueden parecer innecesarias antes de que llegue la crisis, pero en situaciones de crisis pueden ser la diferencia entre pérdidas grandes y pequeñas. Deben considerarse como mecanismos de seguro, cuyo valor como opciones contingentes es real.

En cuarto lugar, formule un plan integral de gestión de crisis que tenga en cuenta los vínculos entre los diferentes riesgos. Las crisis a menudo se extienden como una pila de dominós derribados. Un terremoto podría ser seguido por un tsunami, un tsunami podría ser seguido por incendios eléctricos y explosiones, y todo esto llevaría a intensificar la destrucción de vidas e infraestructura, la migración forzada y las enfermedades. Una crisis financiera internacional podría ir seguida de una caída en los precios de las materias primas de exportación, a la que podría seguir una contracción en los gastos del gobierno; y todo esto puede causar una recesión económica, desempleo y una reducción de los servicios sociales, en el momento en que más se necesitan. Un plan de gestión de crisis debe considerar los vínculos entre los riesgos y abordarlos mediante la formulación de una estrategia integral. Aunque cubrir todas las pérdidas es casi imposible, una evaluación de la mayoría de los riesgos posibles y su interconexión puede llevar a asignar recursos y articular reacciones de manera integrada, evitando respuestas aisladas y contraproducentes a las crisis.

Quinto, evite la próxima crisis siendo consciente de las consecuencias involuntarias y los posibles incentivos erróneos que podrían tener las medidas de emergencia. Aunque es difícil considerar el largo plazo cuando se está en medio de una crisis, se debe hacer todo lo posible para evitar sembrar las semillas de la próxima crisis tomando medidas de emergencia miopes. Un rescate bancario que no adjudica responsabilidades a las personas e instituciones puede ser la forma más directa de salir de una crisis financiera, pero crea incentivos para que se tomen riesgos excesivos en el futuro y, por lo tanto, para que se generen las vulnerabilidades que inevitablemente conducirán a la próxima crisis. Un programa de reconstrucción después de un desastre natural que compensa a todos los que sufrieron pérdidas y reconstruye la infraestructura en lugares expuestos puede ser políticamente conveniente, pero desalienta a las personas a obtener seguros de propiedad y construir en lugares que no estén expuestos. Cuando las medidas de emergencia forman parte de un plan de gestión de crisis bien estructurado miran más allá del corto plazo y establecen los incentivos para la autoprotección, la responsabilidad individual y el compromiso social.

Las naciones, las comunidades y las personas a menudo no tienen un plan de manejo de crisis, con graves consecuencias. La falta de información, la falta de previsión, la falta de coordinación y la falta de voluntad política son a menudo los culpables. ¿Cómo se pueden superar estas fallas? El Informe sobre Riesgo y Oportunidad hace hincapié en que se necesita un cambio de perspectiva y unas reformas institucionales. Para los gobiernos nacionales, el Informe aboga por la creación de una “junta nacional de riesgos,” que podría monitorear activamente los riesgos más relevantes y proponer una estrategia de gestión de riesgos. Esto necesariamente incluiría un plan de manejo de crisis. Una junta nacional de riesgos podría seguir el modelo implementado en Singapur (donde la junta es parte del gobierno y tiene funciones estratégicas y de implementación) o en el Reino Unido y los Países Bajos (donde la junta es una agencia independiente con poderes de “acción o respuesta” con respecto al gobierno). Países en desarrollo tan diferentes como Jamaica, Malí, México, Marruecos y Rwanda han considerado la posibilidad de crear una función integrada de administración del riesgo dentro del sector público. Análogamente, aunque a un nivel menor, las comunidades, las empresas e incluso las familias pueden monitorear los riesgos que enfrentan y diseñar sus propias estrategias de gestión de crisis.

Cuando el tifón Mangkhut se estrelló contra las Filipinas en septiembre de 2018, la cadena de noticias CNN reportó las primeras impresiones de un residente después de regresar a su aldea de pescadores: “Fue tan devastador ver que nuestra casa estuviese destruida. Todos estábamos llorando. Al ver este daño por primera vez, sentimos perder la voluntad de vivir”. Clamores similares resuenan después de cada desastre natural, después de cada acto de conflicto, después de cada epidemia de salud y después de cada recesión profunda. Lo que las familias, comunidades y países construyen, durante años de arduo trabajo, puede ser destruido en semanas, días, horas o incluso minutos de una crisis mal manejada.

Las amenazas más importantes para el desarrollo económico y social son la falta de crecimiento y la incidencia de crisis. La priorización de la gestión de riesgos y crisis en la agenda de desarrollo tiene el potencial de abordar con éxito ambas amenazas. El invierno (siempre) se acerca: mejor estar preparados.

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