Decisiones de Segundo Orden

Como dicen Cass Sunstein y Edna Ullman-Margalit, las decisiones de segundo orden son aquellas que, por el alto costo al tomarlas, ya sea porque es mayor al beneficio inmediato o por temor a cometer errores, los individuos (e incluso instituciones) suelen posponerlas o delegarlas a terceros. Las decisiones delegables, denominadas, de primer orden, se definen como aquellas que enfrentan los individuos en situaciones de la vida cotidiana. [1] Por ejemplo, una persona recibe satisfacción por comer postre después de cada comida, pero sabe que le hace daño para la salud. Diariamente, cuando termina de comer debe decidir si se come algo de dulce o no (decisión de primer orden). Esto le genera conflicto entre el costo inmediato de no comer postre y el beneficio futuro de contar con una buena salud. Como resultado de esa indecisión, esa persona adopta la siguiente regla de conducta: comer postre solamente los fines de semana. Esa regla es una estrategia de segundo orden, creada con el propósito de reducir la carga en la decisión de primer orden (diaria) y delega esa decisión a la regla creada para el mismo propósito.

Uno de los casos más frecuentes en donde encontramos dificultades en la toma de decisiones de primer orden es cuando éstas son de carácter intertemporal. La teoría económica basada en la racionalidad de un agente representativo, nos cuenta que las personas toman decisiones con el fin último de maximizar su satisfacción o felicidad. Es justamente ahí en donde encontramos esas dificultades a la hora de decidir y que, al no delegarlas, nos puede llevar a tomar decisiones sub óptimas. Bajo los supuestos teóricos, la mayoría de las personas que toman decisiones en el tiempo descuentan el tiempo a una tasa constante, normalmente exponencial, pero que es independiente del horizonte de tiempo. Es decir, las preferencias por consumir hoy son las mismas sin importar qué tan largo sea el horizonte de tiempo. Sin embargo, esto no se observa en la realidad. En muchos casos, las personas no solo prefieren consumir hoy, sino que, dependiendo del horizonte de tiempo futuro, varían sus preferencias, posponiendo constantemente las acciones costosas para el futuro con tal de mantener una gratificación inmediata. [2]

Un ejemplo de esto son las decisiones financieras, en particular, el ahorro. La inconsistencia en el tiempo genera problemas de disciplina y auto control que experimentan los individuos, reacios a tomar decisiones que involucren costos inmediatos.

Según datos de la ELCA 2013, entre el 15% y 22% de los hogares de ingreso medio y bajo de la zona rural y urbana, respectivamente, ahorra en Colombia.[3] Sin embargo, la mayoría lo hace a través de mecanismos de ahorro informal. Los hogares guardan el dinero en efectivo (45%-75%), o a través de fondos de empleados (13%-2%), cadenas de ahorro (0.5%-7%), comprando activos (3%-4%). Hay un consenso en la literatura sobre algunas razones por las cuales se evidencia el bajo acceso de la población a productos de ahorro formal: desconfianza en el sistema financiero, falta de información o desconocimiento de productos y servicios, y bajo nivel de educación financiera de la población.

A pesar de que se han observado esfuerzos por brindar información simplificada de sus productos a sus clientes, la brecha en el acceso es aún muy alta. En dos estudios de auditoría recientes, uno en México y otro en Colombia, Xavier Giné y otros autores muestran un alto grado de heterogeneidad en la información que los asesores bancarios le dan a los potenciales clientes acerca de los productos financieros ofrecidos.[4] La información varía dependiendo del grado de sofisticación y el tipo de preguntas que hacían los clientes a los asesores. Encuentran que los asesores no divulgan la información de los costos de los productos financieros de manera transparente, además varía dependiendo de la persona que asistiera a la sucursal bancaria. Este tipo de estudios provee evidencia sobre el alto grado de desinformación por parte de entidades financieras y por lo tanto, de la desconfianza generada entre los clientes potenciales.

Por otra parte, la educación financiera juega un papel importante en el acceso a los servicios prestados por operadores formales. Sin embargo, no es la única explicación del bajo acceso a servicios formales, principalmente en países como los nuestros. Los resultados de dos encuestas recientes muestran que entre el 60% y 80% de las personas en Colombia y otros países Andinos responden de manera acertada las preguntas sobre conocimiento de productos financieros. Si suponemos que las preguntas evalúan simplemente conocimiento, estos resultados revelan que una mayor educación financiera no necesariamente se traduce en prácticas financieras.[5] La Gráfica 1 muestra la brecha que se percibe entre conocimiento de productos financieros y el uso de los mismos en Colombia. Por ejemplo, el 83% de los hogares sabe y conoce las cuentas de ahorro, pero solo el 35% los usa. En cuanto al crédito, el 68% de las personas conoce una tarjeta de crédito, pero solo el 17% las usa. El 60% conoce otros productos financieros (formales e informales), pero solo cerca del 30% de la población los usa.

Gráfica 1. Conocimiento y tenencia de productos financieros (% población)

Fuente: Encuesta de medición de capacidades financieras en los países Andinos. Informe comparativo 2014. CAF. Nota: Incluye hogares de Colombia únicamente.

Las encuestas también muestran que una alta proporción de Colombianos conoce algunos conceptos, pero no los aplican ante situaciones hipotéticas. Como se ve en la Gráfica 2, más del 80% de quien responde las encuestas conoce la definición de algunos conceptos como tasa de interés e inflación. Sin embargo, la proporción de hogares que aplica los conceptos correctamente es de 13% y 47% respectivamente.

Gráfica 2. Conocimiento y uso correcto de conceptos financieros (% población)

Fuente: Encuesta de medición de capacidades financieras en los países Andinos. Informe comparativo 2014. CAF. Nota: incluye hogares de Colombia únicamente.

A pesar de la heterogeneidad en las condiciones socioeconómicas de los individuos, el comportamiento frente a decisiones financieras es común entre los grupos poblacionales. Esto sugiere que la baja capacidad financiera puede deberse a sesgos de comportamiento de los individuos que llevan a tomar decisiones sub óptimas y limitan su capacidad para cumplir metas de corto y largo plazo.

Existe un consenso en la literatura sobre los sesgos que resultan de la toma de decisiones financieras.[6] Algunos de estos son: (i) la falta de disciplina y auto control, como resultado de la inconsistencia dinámica en las preferencias; (ii) y la atención limitada, existente cuando las personas olvidan guardar dinero para sus metas y responsabilidades de gasto del futuro; y (iii) la demanda inesperada por parte de familiares y amigos, limitando su capacidad de ahorro.

Es por esto que las personas, con algún grado de sofisticación, adoptan estrategias para atenuar las dificultades en la toma de decisiones financieras.[7] Para hablar en los términos de Sunstein Ullmann-Margalit, las personas siguen rutinas (ahorro en cadenas o en grupos), toman pequeños pasos (recordatorios de objetivos o compromisos), adoptan reglas de oro (comportamiento de un rol model), se fijan propósitos (etiquetas a cuentas de ahorro) e incluso delegan las decisiones (ahorro por default) que cotidianamente deben tomar.

Es aquí donde, desde la economía del comportamiento, varios autores han diseñado y probado estrategias para reducir la carga de tomar decisiones en situaciones cotidianas. En este caso, los llamados, “arquitectos de las decisiones”[8], juegan un papel importante, a la hora de ayudar a los individuos justo en el momento en el que deben tomar la decisión, de tal manera que puedan reducir el riesgo de cometer errores.

En primer lugar, para lidiar con problemas de autocontrol y reducir la demanda de dinero por familiares y amigos, varias intervenciones simples han mostrado cambios importantes en el comportamiento de las personas. Por ejemplo, Ashraf y otros (2004) diseñaron una cuenta de ahorros con restricción de retiro del dinero a una fecha o un monto establecido por el ahorrador. A pesar de la baja tasa de apertura de cuentas nuevas, el ahorro de la población intervenida aumentó 46% respecto a quienes tenían cuentas de ahorro sin restricciones. Felipe Kast y otros (2012), y Breza y Chandrasekhar (2015) evalúan el efecto que tienen los pares sobre el comportamiento del ahorro, al monitorear siguiendo distintas estrategias las contribuciones de sus compañeros. En los dos casos, se observó un incremento significativo en los ahorros. Dupas y Robinson (2013) muestran que al poner una etiqueta a las cuentas de ahorros para gastos específicos en salud, las personas en Kenia aumentaron sus ahorros en 66%. Un resultado similar encontré en un estudio en Colombia, en donde personas que participaban en Grupos de Ahorro y Crédito Comunitario aumentaban sus ahorros en 20% cuando ponían una etiqueta a su cuenta de ahorro grupal (informal), y este efecto casi se duplica cuando anunciaban públicamente su propósito de ahorro, con los demás miembros de su grupo. Por otra parte, Chong y Valdivia (2015) muestra el efecto que tiene una mini-novela, Josefa, sobre el comportamiento financiero de los hogares. Encuentran mayores tasas de ahorro entre quienes estuvieron expuestos a la mini-novela en relación a quienes no estuvieron expuestos. Esto evidencia la importancia de la creación de role models como mecanismo para promover cambios de comportamiento.

Para luchar contra los problemas de atención limitada, se ha comprobado que enviar SMS puede ser una estrategia efectiva para recordarle a las personas sobre sus obligaciones y metas del futuro. Dean Karlan y varios colaboradores han replicado este mecanismo como herramienta para mejorar la inclusión y capacidad financiera de las personas en diferentes países y contextos.[9] Los resultados de enviar recordatorios a ahorradores y clientes de Instituciones Micro Financieras en Bolivia, Perú, Filipinas y Uganda muestran un incremento en los ahorros de 16% y mejora el pago de las obligaciones financieras en cerca del 10%. En Colombia, esta estrategia también se ha implementado para promover el ahorro de largo plazo. En 2016, Colpensiones junto con el DNP, IPA y el BID, implementó una camapaña para aumentar las contribuciones de sus afiliados al programa Beneficios Económicos Periódicos – BEPS. De los 420 mil afiliados, solo un poco más de 80 mil hacía constribuciones a sus cuentas BEPS. El estudio envió SMS a 175 mil afiliados, variando el contenido de la información en el mensaje. Algunas personas recibieron un mensaje recordando sorteos e incentivos económicos por hacer contribuciones, mientras que otros recibían mensajes recordando la importancia del ahorro. Los investigadores evaluaron la efectividad de los mensajes en tres aspectos: costos y beneficios, hora de envío del mensaje y número de mensajes al mes. Los resultados muestran un aumento en el monto ahorrado, especialmente entre quienes ya estaban haciendo contrbuciones. Este experimento permitió a Colpensiones realizar algunos ajustes a la estrategia de comunicaciones del programa e identificar características de la campaña que fueran más efectivos.[10] Los recordatorios, además de haber probado ser una herramienta útil y efectiva sobre el comportamiento de los individuos, tienen un costo de implementación muy bajo.

La mayoría de estudios han medido cambios en el comportamiento de ahorro de corto plazo. En contraste, menos evidencia ha probado el efecto de intervenciones sutiles sobre el ahorro de largo plazo, a pesar de que el ahorro de largo plazo es muy inferior al de corto plazo. Según datos de la Superintendencia Financiera, en Diciembre de 2017 los fondos privados de pensión tenían más de 13 millones de afiliados activos en pensión obligatoria, pero menos de 1 millón de personas contribuyendo a un fondo de ahorro de pensión voluntario. En la encuesta de Cifras y Conceptos, el 47% de la población colombiana tiene una cuenta obligatoria de pensiones, mientras que solo el 9% contribuye a un fondo voluntario. Las intervenciones de ahorro para la vejez pueden llegar a ser más costosas de implementar y evaluar. Un estudio realizado por Richard Thaler y Slomo Benartzi muestra resultados contundentes en la adopción y tasas de ahorro de largo plazo de empleados en Estados Unidos. Al ofrecer el programa SMarT (Save More Tomorrow) en donde se proponía a los ahorradores empezar a ahorrar, no hoy, sino mañana, y se realizaban incrementos anuales al aporte de los ahorros, lograron una tasa de apertura de cuentas del 81%. Además, 4 años después, el 80% de las personas que tomaron la cuenta, continuaban aportando a su cuenta de ahorro pensional. En ese período, las contribución a las cuentas aumentó en promedio 4 veces, pasando de 3.5% a 13.5% del ingreso de los trabajadores.

Entender los sesgos de comportamiento que hacen que las personas busquen estrategias de segundo orden para mitigar errores en las decisiones de primer orden es una tarea en la que tanto académicos como organizaciones del sector público y privado, deberíamos trabajar. Por ejemplo, en Colombia, CAF, IPA y un fondo privado de pensiones, junto con investigadores nacionales e internacionales, conformamos un laboratorio de ahorro de largo plazo, con el propósito de identificar los problemas, conocer las motivaciones de los individuos y diseñar intervenciones que ayuden a reducir los sesgos de comportamiento. De esta manera, promover resultados óptimos que permitan alcanzar las metas de distintos grupos poblacionales en el corto y largo plazo. El proceso de toma de decisiones de los individuos, por lo general, es difícil. Pero cada vez hay más acceso a herramientas, fuentes de información y tecnologías para poder hacer seguimiento o ver el efecto que tienen variaciones sutiles a la forma como se toman estas decisiones. Como dice la economista Iris Bohnet en su libro reciente “lo que no se mide, no cuenta” y “lo que no se mide, no se puede arreglar”.

 

Referencias:

Ashraf, N., Karlan, D. and Yin, W. (2006) “Tying Odysseus to the Mast: Evidence from a Commitment Savings Product in the Philippines” Quarterly Journal of Economics. 121 (2): 635-672.

Bohnet Iris (2016) “What Works: Gender Equality by Design” Harvard University Press.

Breza, E. and Chamdrasekhar, A. (2015) “Social Networks, Reputation and Commitment: Evidence from a Savings Monitors Experiment”. NBER Working Paper No. 21169.

CAF 2014. Encuesta de Medición y Capacidades Financieras en los Países Andinos.

Chong, Alberto y Valdivia, Martín (2017) “Social Media Instruments and the Promotion of Financial Inclusion in Peruvian Rural Areas” Partnership for Economic Policy Working Paper No. 2017-15.

Cifras y Conceptos (2015). Comportamiento de los Colombianos frente al Ahorro y Seguros. IV Foro Nacional de Planeación Financiera. Old Mutual.

Dupas, Pascaline and Jonathan Robinson (2013) “Savings Constraints and Microenterprise Development: Evidence from a Field Experiment in Kenya.” American Economic Journal: Applied Economics 5 (1): 163–192.

Encuesta Longitudinal Colombiana ELCA 2013. Ronda 2. Universidad de los Andes.

Giné, Xavier, Garcia, Nidia y Gomez-Gonzalez, Jose. (2017). “Financial information in Colombia,” Policy Research Working Paper Series 7998, The World Bank.

Karlan, D., McConnell, M., Mullainathan, S., & Zinman, J. (2016) “Getting to the top of mind: How reminders increase saving.” Management Science. January.

Karlan, D., Ratan, A. L., & Zinman, J. (2014) “Savings by and for the Poor: A Research Review and Agenda.” Review of Income and Wealth, 60(1), 36-78.

Karlan, Dean., Kendall, J y Zinman, Jonathan. (2017). Increasing Voluntary Contributions to Retirement Savings in Colombia. Preliminary results.

Laibson, D. (1997) “Golden Eggs and Hyperbolic Discounting” The Quarterly Journal of Economics. 112 (2): 443-478.

O’Donohue, T. and Rabin, M. (1999) “Doing it Now or Later” American Economic Review 89(1):103-124.

Salas, Luz Magdalena (2018). “Private vs. Public Labeling: Experimental Evidence from Savings Groups in Colombia” Working Paper.

Sunstein, Cass R. and Ullmann-Margalit, Edna, Second-Order Decisions (2000) Ethics, 2000.

Thaler, R. (1980) “Toward a Positive Theory of Consumer Choice”. Journal of Economic Behavior and Organization, 1: 39-60.

Thaler, Richard H., and Shlomo Benartzi. (2004) “Save more tomorrow™: Using behavioral economics to increase employee saving.” Journal of Political Economy 112.S1.

[1] Sunstein y Ullmann-Margalit (2000).

[2] Thaler (1980), O’Donoghue y Rabin (1999) y Laibson (1997).

[3] ELCA (2013).

[4] Giné y Mazer (2017), y Giné et al (2017).

[5] La información proviene de la encuesta de medición y capacidades financieras en los países Andinos (CAF 2014) y  la encuesta sobre comportamiento financiero en Colombia realizada por Cifras y Conceptos en 2015.

[6] Ver Karlan et al. (2016) para una revisión de literatura sobre estos temas.

[7] Los agentes pueden definirse como sofisticados cuando son conscientes de la inconsistencia dinámica en sus preferencias, y toman acciones para solucionar dicha inconsistencia. O’Donohue y Rabin (1999).

[8] Así definen Richard Thaler y Cass Sustein en su libro Nudge: Improving decisions about health, wealth and happiness, a los diseñadores de política o de intervenciones que promueven cambios simples en el comportamiento de las personas.

[9] Ashraf et al. (2006) y Karlan et al. (2016).

[10] Karlan, Kendall y Zinman (2017). Informe preliminar de resultados.