Hayek y los algoritmos del planificador

Hace rato tengo una duda que me da y me da vueltas en la cabeza. Unas de las ventajas que siempre hemos planteado los economistas que tienen los mercados son la capacidad de agregar información. ¿Cambia(rá) en algo esto con la revolución tecnológica en la producción, almacenamiento y procesamiento de la información?

Un poco de contexto primero. Si preguntan por ahí, les dirán que los economistas estamos obsesionados con las bondades de los mercados. Es una impresión caricaturesca, comúnmente asociada con esa vaga categoría de “neoliberal” que hace ya rato se elevó al nivel de insulto, pero con cierto fundamento en la realidad. Aunque estamos lejos de ser el culto al laissez faire que algunos pintan, sí es cierto que uno de los puntos centrales de la disciplina es entender, teórica y empíricamente, las ventajas (y desventajas) de la organización de la actividad económica a través de sistemas de mercado.

Conceptualmente hay dos grandes corrientes o ideas en las que se sustentan estas potenciales bondades de los mercados. Por un lado, está la que se podría llamar Walrasiana, que es además la que aparece en todas las clases de introducción a la (micro)economía. En pocas palabras, el argumento de este lado va así: en un mercado en condiciones de competencia ideales (competencia perfecta) la asignación de recursos que resulta del equilibrio entre las fuerzas de oferta y demanda es eficiente. Aunque es difícil pensar en un escenario real en el que las condiciones de competencia perfecta se cumplan al pie de la letra, la interpretación usual es que este resultado teórico sugiere que entre más nos logremos acercar a estas condiciones, mayor será el bienestar generado.

Por otro lado están las ideas que planteaba Hayek, usualmente olvidadas en este debate. El argumento principal de Hayek es que la interacción descentralizada de los agentes a través del mercado lleva a la coordinación de los planes de una gran cantidad de agentes que no se conocen ni interactúan de forma directa, cada uno con un conjunto de información supremamente limitado y local. El ejemplo típico es el de un productor que utiliza un metal en la elaboración de su producto. Si se descubre un nuevo uso de ese metal en alguna parte del mundo, el productor no necesita conocer esta información ni entender los potenciales usos alternativos de su insumo. Basta con que note que el precio aumenta para que decida disminuir el uso del metal y evalué sustituirlo por otro tipo de insumo. Los precios, resultado de la interacción entre miles o millones de agentes, contienen toda la información necesaria para cada uno de ellos. El mercado actúa entonces, sobre todo, como un mecanismo agregador de información. Ninguna entidad centralizada, léase un Estado, estaría en la capacidad de agregar y utilizar toda esta información de forma ni remotamente comparable con lo que hacen los mecanismos de mercado.

Bowles, Kirman y Sethi (2017), en un artículo llamado “Friederich Hayek y el algoritmo del mercado” (que motivó esta entrada), visitan de nuevo el argumento de Hayek y su relación con posturas políticas. Mencionan que el argumento de Hayek tiene la ventaja de que no depende de suponer unas condiciones extremas, ni la existencia de un estado de equilibrio, para proponer las ventajas de la organización económica a través de mercados, en lugar de planificación central. Pero Hayek fue más allá y usó su argumento sobre la agregación de la información para justificar su postura radicalmente opuesta a la existencia de cualquier institución que regulara el funcionamiento de los mercados (por ejemplo, salarios mínimos y sindicatos)[1]. Como lo proponen Bowles, Kirman y Sethi (2017), del análisis de Hayek no se desprenden estas conclusiones.  Incluso, si la existencia de estas instituciones es producto de las interacciones descentralizadas de miles de individuos, podríamos pensarlas precisamente, muy a la Hayek, como la manifestación de la agregación de las preferencias de esos individuos. Así, uno puede darle validez al argumento de Hayek sin tener que oponerse radicalmente a cualquier intervención en los mercados, como lo hacía él.

El argumento de Hayek es sumamente poderoso. Sin embargo, ¿va perdiendo fuerza a medida que la tecnología, y la forma en que interactuamos virtualmente, nos permiten recolectar y procesar una creciente variedad y cantidad de información? Con el creciente desarrollo del Big Data y Machine Learning y la proliferación de apps que asisten una cantidad cada vez mayor de actividades cotidianas, ¿nos enfrentaremos en el futuro (cercano) a entes que pueden agregar la información igual o mejor que lo hacen los mecanismos de mercado? ¿La tecnología ha hecho factible la existencia de algo parecido al planificador central?

Un viejo ejemplo que se ha propuesto para mostrar las limitaciones del argumento de Hayek es lo que ocurre al interior de las firmas. Aunque éstas interactúen entre sí a través de mercados, la actividad de producción en su interior se organiza a partir de una planeación central. La clave, entonces, es la escala. En ambientes pequeños, la agregación de la información relevante no necesariamente es un problema y no pensamos usualmente que la planificación central tenga graves desventajas. Por lo tanto, el problema ocurre cuando nos movemos a una escala más grande, en donde además el posible planificador tiene problemas para adquirir la información. Pero en el contexto actual, y sobre todo pensando en el futuro, es factible pensar  en algunos escenarios en los que surjan entes capaces de recoger, almacenar y procesar una gran cantidad de información relevante. Contamos, además, con formas potenciales de utilizar esta información para tomar decisiones sobre la asignación de recursos. Así, de forma más sutil, la pregunta es si la tecnología nos permite expandir cada vez más la escala a la cual podemos pensar en la planificación central como un mecanismo preferido a la interacción libre y descentralizada. Aclaro que hablo de planificar la economía como un todo (pueden ir apagando las hogueras), sino escenarios específicos dentro de esta.

Es algo que ya vemos ocurrir. Una gran cantidad de compañías de servicios, de las cuales Uber es la más conocida, utilizan “tarifas dinámicas” para regular la interacción entre los distintos agentes en el mercado. A diferencia de los mercados que pensaba Hayek, al interior de Uber el precio no es el resultado de múltiples interacciones entre potenciales conductores y pasajeros, sino el producto de un algoritmo interno de la aplicación que busca replicar lo que ocurriría en un mercado hipotético, equilibrando la oferta y la demanda. Parece una distinción menor, pero no lo es. En el mundo de Hayek – la historia que contamos para explicar el equilibrio de mercado en las clases introductoria de economía – potenciales pasajeros y conductores tienen la libertad de realizar transacciones a cualquier precio, pero estos precios convergen a uno que tiende a equilibrar la oferta y la demanda, actuando como señales de la escasez relativa del servicio. Por el contrario, Uber utiliza la información en tiempo real y, a través de un algoritmo interno, elige el precio que considera asigna mejor los conductores a pasajeros. Los precios de Uber no son el resultado de interacciones descentralizadas sino el producto de la agregación de la información por parte de un ente central.

Hay escenarios incluso menos recientes en los que se utiliza la planificación central para emparejar agentes de ambos lados del mercado y agregar preferencias. Muchas ciudades y países (por ejemplo, Pekín, Boston y recientemente Chile) utilizan distintos sistemas de emparejamiento para asignar estudiantes de primaria o secundaria a distintos colegios en el sistema educativo. En otros campos, el sistema de asignación de residentes médicos en Estados Unidos (NRMP por sus siglas en inglés) utiliza distintos tipos de algoritmos de emparejamiento para asignar estudiantes a hospitales[2]. Aunque este tipo de ejemplos no implica que la planificación central sea preferible a mecanismos de mercado, su existencia sí sugiere la posibilidad de utilizar mecanismos centralizados en contextos específicos. Es de esperar, entonces, que a medida que surgen escenarios en donde se produce y recoge una gran cantidad de información, los avances tecnológicos permitan pensar situaciones específicas en las que asignar recursos de una forma igual o mejor de lo que lo haría un mecanismo de mercado.

Se podría decir que el argumento de Hayek no es el único sustento del uso de mecanismos de mercado. Es cierto. No hay que olvidar el poderoso argumento Walrasiano. Pero  el argumento de Hayek tiene la gran ventaja de ser aplicable incluso en contextos de competencia imperfecta. Puede que el mercado no derive en una asignación eficiente y aun así ser preferible a la planificación, pues la planificación requiere información con la que normalmente no podría contar un planificador central. Esa es, nuevamente, la gran fuerza del argumento de Hayek. Los avances tecnológicos, no sólo en la producción y recolección de la información, sino también en las maneras de procesarla, hacen pensar entonces en la posibilidad de la planificación central de algunas actividades.

A diferencia de lo que ocurría en la época de Hayek, en general hoy debatimos si el Estado debe proveer bienes y asignar recursos de forma centralizada en sectores muy específicos. En estos sectores, normalmente hemos llegado ya a un acuerdo sobre la cantidad que consideramos ideal desde un punto de vista social. Buscamos cobertura universal en educación primaria y en aseguramiento en salud, por ejemplo. Así, los argumentos que se proponen para asignar los recursos por medio de mecanismos de mercado no se relacionan con producir la cantidad eficiente sino con generar calidad en el servicio a través de la competencia. En educación básica, por ejemplo, quienes proponen sistemas de voucher argumentan que las elecciones de colegio por parte de las familias terminan por elegir y seleccionar colegios de mejor calidad. Es un argumento que sigue la lógica de Hayek: las decisiones descentralizadas de miles de familias agregan la información relevante mejor de lo que lo haría un planificador central. Pero, dados los avances en medición y procesamiento de datos, ¿estamos seguros que las decisiones libres de las familias identifican la calidad académica mejor que lo que puede hacer una entidad centralizada?

Claramente, al hablar de la posibilidad de planificación central de este tipo, estoy ignorando un millón de peligros que vendrían de la mano con la obtención de esta información. El (ab)uso de la información y privacidad por parte de las plataformas virtuales (ver caso Cambridge Analytica y Facebook), no hace sino evidenciar los peligros de entes, estatales o no, con acceso al tipo de información que utilizaría el hipotético planificador. Por eso reitero que lo que he planteado aquí no es una propuesta, ni siquiera una hipótesis. Es simplemente una duda existencial de economista. ¿Será que esta revolución de la información termina por transformar también uno de los debates centrales de la economía política del último siglo?

 

 

 

 

 

Referencias

Bowles, Samuel, Alan Kirman & Rajiv Sethi. 2017. “Friederich Hayek and the Market Algorithm”. Journal of Economic Perspectives. Vol. 31, No. 3. Pp 215-230.

 

[1] Hayek se opuso vehemente al popular Keynesianismo de su época. Hablando de caricaturas, a quien le interese el humor nerd de economista, le recomiendo este maravilloso video que revivió este enfrentamiento a raíz de la crisis de 2008.

[2] Shapley y Roth recibieron el premio Nobel de Economía en 2012 por sus contribuciones al desarrollo de este tipo de algoritmos y la comprensión de sus propiedades.