Calidad, inflación y globalización

Calidad es uno de esos conceptos que, aunque todos entendemos, es difícil de definir. Algunos dirían que un vendedor que mantiene una relación cercana con su cliente provee un servicio de alta calidad. Otros interrumpimos, furiosos, la llamada de fidelización con la que nuestro proveedor de servicios bancarios intenta ofrecernos una gran promoción. Al final, el juicio sobre la calidad de un bien o servicio es de la muy heterogénea masa de compradores.

La buena noticia para el economista que trata de medir la calidad relativa de diferentes proveedores es que ésta se expresa de una forma unívoca: la calidad es mayor cuando el comprador está dispuesto a pagar un precio mayor por cada unidad de un cierto servicio o bien. Y es que calidad no es más que el conjunto de atributos que hacen que un bien o servicio genere mayor bienestar a su comprador. Por eso, la calidad también implica disposición a pagar un precio más alto.

Esa relación entre alta calidad y altos precios tiene una sorprendente implicación en términos de la evolución de la calidad de vida en el mediano y largo plazo: algo del crecimiento agregado de precios puede reflejar mejoras en la calidad de bienes y servicios, y por tanto ganancias de bienestar. Con esa lógica en mente, Stephen Redding y David Weinstein están desarrollando una medición de la inflación “ajustada por calidad”: una medida de inflación a la que se le restan los incrementos de precios de los que se puede inferir que reflejan mejoras de calidad.[1] ¿Cómo hacen esa inferencia? Preguntándose, para cada producto de la canasta de bienes transados por los mayoristas en Estados Unidos, si los compradores reaccionan al incremento en precios reduciendo su demanda, como sería de esperarse en cualquier caso en que NO hubiera una mejora en calidad.

El ajuste por calidad de Redding y Weinstein implica que, para Estados Unidos, la inflación sería alrededor de cinco puntos porcentuales anuales menores de lo que solemos medirla. Piense en las implicaciones en términos de la evolución de la calidad de vida y la productividad: si la inflación es cinco puntos menor cada año, el crecimiento real del producto es cinco puntos mayor cada año de lo que solemos inferir en nuestras mediciones. El argumento ha sido empleado para conciliar la aparente contradicción entre el modesto crecimiento de largo plazo de la productividad que solemos medir (con frecuencia menos de 1% anual en distintos contextos desarrollados y en desarrollo) y la evidente evolución de la calidad de vida en las últimas décadas. La intuición que lo subyace sería algo así como “encontramos tan poco crecimiento porque nuestras técnicas de medición deflactan mejoras de calidad de vida asociadas con el acceso generalizado a bienes y servicios más sofisticados y por tanto más caros, como las telecomunicaciones y el turismo”.

¿Aplica el mismo argumento en Latinoamérica? En el contexto de una investigación que vengo realizando con John Haltiwanger, producimos un índice de precios de bienes manufacturados para Colombia utilizando la técnica de Redding y Weinestein (RW). Encontramos dos resultados sorprendentes. Por un lado, nuestra medida de inflación (manufacturera) ajustada por calidad guarda una relación con la medida tradicional sorprendentemente cercana a lo que RW encuentran para Estados Unidos: hay una brecha de cerca de cinco puntos porcentuales. Por otro, la brecha entre el cálculo tradicional y el ajustado por calidad está presente desde alrededor de 1991-1992, pero no existía en la década de 1980 (Figura 1).

Fuente: Marcela Eslava y John Haltiwanger (2018). The life cycle growth of plants: the role of productivity, demand and “distortions”. Documento de Trabajo de SSRN 3177289, mayo de 2018

 

¿Qué transformación de la economía colombiana puede explicar este cambio en el ajuste por calidad” justo al comienzo de la década de 1990? Difícilmente es casualidad el hecho de que la brecha entre los dos cálculos se abra justamente en el momento en que Colombia implementó una amplia ola de ajustes estructurales que, entre otros cambios, abrió la economía al comercio internacional luego de décadas de fuertes controles a las importaciones. De hecho, investigaciones previas han mostrado que la apertura al comercio mejoró la variedad y la calidad de los bienes finales manufacturados.[2] Y que, aunque parte de esta mejora se debe a que se empezaron a importar bienes manufacturados de alta calidad producidos en otros países, otra parte se debe a que también mejoró la disponibilidad de buenos insumos importados y a que éstos desencadenaron una bola de nieve: mejores insumos importados significaron mejores bienes locales, incluyendo aquellos intermedios, que a su vez…

 

 

[1] Stephen Redding y David Weinstein. “Measuring Aggregate Price Indexes with Demand Shocks: Theory and Evidence for CES Preferences”. NBER Working Paper, 22479, Mayo de 2018.

[2] Cecilia Fieler, Marcela Eslava y Daniel Xu (2018) “Trade, Quality Upgrading, and Input Linkages: Theory and Evidence from Colombia,” American Economic Review