A no olvidar la pobreza

Día martes. Son las 8:00 pm y en el túnel que conecta la Costanera Norte con la Ruta 5 Sur el taco es infernal. Los vidrios van arriba para evitar la contaminación del encierro y solo se bajan para comprar agua o dulces. ¿Cómo? ¿Existe comercio en el lugar? ¡Así es! Un vendedor ambulante recorre el túnel ofreciendo ambos productos. ¿Por qué vender allí? El crecimiento del empleo en calle seguro generó dura competencia por las esquinas. ¿Lección? La falta de oportunidades activa enormes sacrificios personales para esquivar la pobreza. A nunca olvidarlo.

La llegada del nuevo milenio trajo suerte a América Latina. De la mano del boom de las materias primas, la región creció con fuerza y se crearon miles de nuevos empleos. Esto provocó dos efectos: una histórica caída en la pobreza (45,9% en 2002 versus 28,5% en 2014) y una ingenua confianza en que el progreso sería permanente.

Quizás por lo segundo los gobiernos latinoamericanos, en lugar de implementar reformas estructurales procrecimiento, aprovecharon la sorpresiva abundancia para intervenir los mercados laborales. Así creció el empleo público (Argentina, Bolivia y Venezuela) y aumentó significativamente el salario mínimo (Brasil y Colombia). Los riesgos no eran pocos. Tal como llegó, un inesperado fin del boom pondría en jaque la continuidad de los avances sociales. Mercados laborales más rígidos harían el ajuste más doloroso.

Dicho y hecho. Desde 2014, junto con la caída de los precios de las materias primas, la pobreza en la región dejó de caer. Crisis en Venezuela y Brasil estuvieron tras el resultado, pero no es toda la historia. La pobreza también aumentó en Colombia (2016) y Perú (2017).

¿Y Chile? Abrazó la tendencia vecinal en políticas públicas. Su desbalanceada reforma laboral, aprobada a pesar de transversales reparos, aparece como una camisa de fuerza ante los vaivenes de los mercados internacionales, y para qué hablar del cambio tecnológico. La Casen 2017 comenzará a ofrecer luces de su impacto, pero lo ocurrido con Maersk, compañía danesa con millonarias inversiones en San Antonio, ya enciende las alarmas. Pocas dudas quedan de que los conflictos laborales (ausentismo, petitorios sindicales desproporcionados y huelgas) influyeron en la “pérdida de competitividad” que gatilló el cierre de sus operaciones en Chile. ¿Ayudó la nueva legislación? Nada. ¿El costo? US$ 200 millones para la empresa (buena suerte atrayendo nuevas inversiones en ese sector), pero más perdieron los trabajadores: 1.200 quedaron cesantes, enfrentando el riesgo de la pobreza.

A todos ellos, la mejor de las suertes en la búsqueda de nuevas oportunidades. Lo mismo a los miles de vendedores ambulantes del país y en especial, al del túnel. A estas alturas, uno creería que su figura no debería ser necesaria para recordar el sacrificio de quienes arrancan de la pobreza ni la importancia de políticas públicas que generen empleo. Sin embargo, en esa estamos en Chile y en toda América Latina.