“Radical Markets”: Una Reseña por Romans Pancs

Nota del editor: El día de hoy contamos con una colaboración extraordinaria gracias a Roman Pancs, Catedrático del Instituto Tecnológico Autónomo de México (http://www.romanspancs.com)

Traducción: Emilio González Coya Sandoval

1.

El hombre común cree –como ha sido resumido por Michael Sandel en su libro What Money Can’t Buy (2012), por ejemplo–  que muchas de las patologías sociales emergen porque los mercados han llegado muy lejos. Sin embargo, una revisión cuidadosa revela a menudo lo contrario: habría que culpar, en dado caso, al limitado alcance de los mercados. En el libro Radical Markets (en venta a partir del 15 de mayo de 2018 y disponible en Amazon por $27.89 en su versión Kindle), Eric Posner y Glen Weyl (PW en adelante) sostienen, persuasivamente, la segunda postura. 

2.

El teorema Myerson-Satterthwaithe (1983) demuestra que, bajo ciertas condiciones, los derechos de propiedad impiden la existencia de un mecanismo de venta que pueda asegurar eficiencia, mediante el cual el dueño de un objeto estaría dispuesto a venderlo si y sólo si su valuación es menor a la del comprador potencial. Las condiciones requieren que ex ante no esté especificado si el dueño o el potencial comprador valúan el objeto más, que el mecanismo sea voluntario para cada participante, y que el mecanismo no requiera un subsidio para operar. El teorema ilustra, por lo tanto, las limitaciones de los derechos de propiedad –pero no de los mercados. 

Un arreglo alternativo, propuesto por Vickrey (1961), puede asegurar eficiencia. El gobierno es dueño de todo y subasta el derecho de uso correspondiente (en lugar del derecho de propiedad) al mayor ofertante. El formato de la subasta es a segundo precio sin precio de reserva. Esta subasta es eficiente; adjudica el objeto al ofertante cuya valuación por éste es la mayor. La subasta es también voluntaria y no requiere subsidios (de hecho, genera ganancias).

La idea que PW sostienen es la anterior: abolir derechos de propiedad, subastar los derechos de uso (para tierra, carros, muebles y suspensores de calcetines), y distribuir las ganancias a todos los ciudadanos bajo la forma de dividendo social. Sin embargo, a diferencia de la subasta de Vickrey, PW proponen un impuesto auto-inducido, que invita a cada individuo a reportar (posiblemente de forma poco confiable) la valuación de cada objeto cuyo derecho de uso tiene actualmente a su disposición. Posteriormente el gobierno establece un impuesto de, por ejemplo, siete por ciento al año sobre todas las valuaciones reportadas. Quien sobre-reporte su valuación pagará más impuestos. Quien sub-reporte su valuación corre el riesgo de perder el objeto correspondiente para ser entregado a alguien con mayor valuación, y arrepentirse de esta pérdida. Operacionalmente, implica simplemente que alguien abra una app, mire el precio de la casa que posee su vecino, el de los shorts que su colega usa, o el del teléfono que su rival romántico tiene y comprar (los derechos de uso) para cualquiera de los artículos al precio publicado. 

La idea de prescindir selectivamente de los derechos de propiedad es familiar aún en economías de mercado. Los habitantes de una ciudad compran viajes, no coches. Los viajeros compran noches de hotel, no departamentos en tierras extranjeras. Las compañías de software venden licencias de uso, no derechos de propiedad. El cambio social hacia poseer menos y rentar más ocurre orgánicamente, a la par que Uber, Zipcar, Airbnb, y otras empresas innovadoras emergen. 

El cambio orgánico es bienvenido. Disfruto de tener la opción de decidir entre poseer un coche en el sentido tradicional y comprar un viaje en Uber. Sin embargo, no me gustaría vivir en un mundo en el cual el gobierno me impidiera tener la opción de poseer. El cambio por el que PW abogan es comprehensivo, no orgánico (o por lo menos así se lee en su manifiesto). Todo cambio comprehensivo está sujeto a ser recibido inicialmente por una reacción visceral, la cual es una excelente oportunidad para anunciar una nueva y provocativa idea al público en general. 

Mi primera reacción a la abolición de la propiedad privada es en gran parte producto de un prejuicio. Estoy agradecido con PW por regalarme la oportunidad de examinar mi prejuicio. Después de reflexionar, la abolición de la propiedad podría encajar con mi estilo de vida. En parte, sin embargo, mi reacción negativa proviene de preocupaciones aparentemente legítimas, algunas de las cuales mencionaré más adelante. 

3.

Tengo un gato, su nombre es Cosmopolitan, y lo compre por $700 a un criador. Nos llevamos bien, y me gustaría conservarlo, al menos que alguien me ofrezca al menos $10,000 en retorno. Estos $10,000 son un valor puramente sentimental que atribuyo al gato. ¿Es justo que este valor sentimental sea gravado con un impuesto?

La preferencia revelada de la sociedad es, en general, no gravar valores sentimentales. Consideremos una pareja que decide tener un hijo. Este hijo es consumo. El valor sentimental de tener un hijo excede las inversiones monetarias y en tiempo que éste requiere. Sin embargo, la sociedad no discute (abiertamente) gravar el consumo de hijos. Por el contrario, la sociedad está tratando de acomodar este tipo de consumo (quizás, por las externalidades positivas percibidas que éste supone) a través del subsidio a los permisos por paternidad y añadiendo tiempo al tenure clock de los académicos. 

La abolición de la propiedad requiere demasiada información y dinero fluyendo hacia el gobierno. ¿Podría confiar en que el gobierno catalogue mi ropa interior atrevida más de lo que podría confiar en, digamos, Amazon? No lo creo. Podría fácilmente “despedir” (a través de un boicot) a una compañía privada que abusa de mi confianza. Castigar a un gobierno con base en un único problema es más difícil, aún en una democracia, porque el gobierno comprende un conjunto de características mucho más amplia que el de cualquier compañía privada. Podría estar de acuerdo con la política migratoria del gobierno y, por lo tanto, estaría dispuesto a soportar su violación a mi confianza en algunas dimensiones. Además, bajo ninguna circunstancia es posible despedir a un gobierno unilateralmente, mientras que, por el contrario, puedo unilateralmente decidir no compartir más viajes con Uber. 

Si gravar el uso de la tierra asegura una asignación eficiente, ¿es la ganancia en eficiencia lo suficientemente valiosa para desviar el siete por ciento del valor de la tierra a las arcas del gobierno? (Por supuesto, el siete por ciento es solo una transferencia, pero se puede existe una preocupación legítima sobre la distribución de la riqueza, no sólo sobre su suma a través de los individuos). ¿Es la pérdida en eficiencia generada por los derechos de propiedad lo suficientemente severa para justificar estos medios?

En su libro Discovering Prices (2017), Paul Milgrom ofrece una respuesta, obtenida del trabajo de Hoyt Bleakley y Joseph Ferrie (“Land Openings on the Georgia Frontier and the Coase Theorem in the Short- and Long-Run”, 2014): 20 por ciento. Esto es, cuando la frontera de E.U.A. en Georgia fue abierta, la tierra fue divida de forma sub-óptima, y las ganancias del 20 por ciento (medido por la disminución en los precios de la tierra) no fueron suficiente para superar la fricción generada dada la asignación inicial de los derechos de propiedad. Queda a juicio del lector decidir si 20 por ciento es un número grande. 

Las pérdidas derivadas de los derechos de propiedad son presumiblemente heterogéneas entre las diferentes categorías de bienes. En algunos casos se puede esperar que el sector privado intervenga para mitigar las ineficiencias, como lo ha hecho con los viajes y casas compartidas, sin privar al público de la opción de poseer estos bienes. En otros casos, el sector privado puede mantenerse al margen –debido, por ejemplo, a las complicaciones legales asociadas a intervenir–, mientras que el involucramiento del gobierno se mantiene injustificable por preocupaciones de privacidad, entre otras. Aun cuando, sin lugar a dudas, existen casos en los que los derechos de uso resultan superiores a los derechos de propiedad (como es el caso de la propiedad sobre la tierra), el argumento de PW sobre la reforma tributaria comprehensiva es poco evidente.  

4.

El libro enfatiza una visión simplista de la macroeconomía. No lo hace porque los autores crean en esta visión, sino porque es esta la visión popular y, en una democracia, el pueblo debe aprobar la medicina que el intelectual le ha recetado. Por lo tanto, aún cuando parezca descorazonado concentrarse en mitigar la desigualdad cuando es la pobreza lo que mata (aún en los países prósperos como EE.UU.), el hombre común es envidioso y debe ser aplacado.  Si bien podría parecer ingenuo enfocarse en la falta de beneficios directos de la inmigración para los trabajadores poco calificados cuando los beneficios indirectos abundan, el hombre común es indiferente ante argumentos sutiles de equilibrio general que enfatizan en efectos indirectos. (Los estándares de vida del barbero y el masajista se elevan porque todos a su alrededor se están haciendo más ricos, no porque sus habilidades mejoren exponencialmente.) Como resultado, las políticas deben ser diseñadas sujetas a la restricción populista: el votante mediano debe ser complacido por la mano que es visible. 

Es una pena. La mano invisible tiene un buen historial sirviendo a los necesitados. Tampoco es ésta completamente resistente al entendimiento público, como lo hace evidente el rechazo eventual a las leyes de usura y la creciente aceptación de los mercados financieros, largamente vilipendiados por su trato con bienes intangibles. 

5.

Jackson y Sonnenschein (2007) describen el siguiente mecanismo: mientras que resulta imposible obtener la intensidad del sentimiento de un votante acerca de un tema particular, cuando muchos temas están en juego (quizás en un contexto dinámico), se le puede otorgar al votante una cantidad de votos que puede asignar entre los diferentes temas. Sujeto a esta restricción, el votante no podrá exagerar su pasión sobre cada tema y tendrá que racionar sus votos, destinando la mayor parte de ellos a los temas que más le interesan. De hecho, con un número suficientemente grande de temas, el votante terminará por ser aproximadamente honesto sobre la intensidad de sus preferencias. 

PW modifican el mecanismo de Jackson y Sonnenschein. Para cosechar la sabiduría de las multitudes evitando que los votantes acumulen sus votos y los gasten todos en el tema que más les interesa, PW proponen agregar rendimientos decrecientes al mecanismo de votación. En particular, los votos emitidos para un tema son transformados en votos efectivos (que son eventualmente contados) de acuerdo a la raíz cuadrada del número de votos emitidos. El número de votos ejercidos reflejará entonces la intensidad de las preferencias de cada votante entre los temas.

La idea es buena y funcionaría conforme a lo planteado, si podemos confiar en que los votantes actuarán de forma racional –esto es, asignando sus votos óptimamente– justo después de que éstos se hayan presentado de forma irracional en las casillas electorales, a pesar de la despreciable probabilidad de ser pivotal. Quizás podríamos esperar que los votantes se comportaran así. El mecanismo de votación que PW proponen es entretenido; podría motivar a los individuos a votar en grandes cantidades. 

6.

En economía resulta evidente que, en presencia de fricciones, tener menos mercados podría ser mejor que tener más. Por ejemplo, Newbery y Stiglitz (1984) muestran que, en presencia de un límite exógeno de completitud de mercados, dejar los mercados endógenamente incompletos podría inducir una mejora de Pareto. Omitir un mercado puede conducir a un patrón de fluctuación de precios que implícitamente aseguraría a los participantes del mercado, aun cuando un mercado formal de seguros de hecho no exista (por razones exógenas). Para dar otro ejemplo, en una economía de intercambio puro de dos bienes y dos agentes, cancelar algunos mercados puede conducir a una mejora de Pareto en presencia de externalidades.

Por lo tanto, en un mundo repleto de fricciones, el político deberá elegir entre restringir los mercados mediante la regulación o mitigar las fricciones a través de completar los mercados. La segunda visión tiene la ventaja de restringir el trabajo del gobierno a la relativamente simple tarea de promover la competencia y el cumplimiento de los contratos.  PW prevén un papel mucho más amplio para el gobierno.

En lugar de promover una plataforma de competencia para estimular la aparición de pagos monetarios por dejar el rastro de información personal (si dicho pago está de hecho garantizado), PW proponen combatir una fricción (la supuesta falta de competencia) con otra fricción: sindicatos de usuarios de Facebook y Google, que realizarán boicots si no son apropiadamente remunerados por el rastro de información que dejan. Esta propuesta de combatir una fricción con otra fricción contrasta con el tema central del libro: combatir los monopolios. (La abolición de los derechos de propiedad mitiga el problema del monopolio. También lo hace la propuesta de PW de prohibir, por ejemplo, a Vanguard diversificar sus fondos de inversión dentro de cada industria pues Vanguard podría tener los incentivos de incrementar las ganancias al facilitar la colusión).  

7. 

La idea de PW de permitir a cada ciudadano patrocinar a un inmigrante y obtener una ganancia por ello es poco controversial. Incrementa los derechos que supone la ciudadanía. Si soy libre de llevar en mi automóvil a quien yo quiera y si soy libre de invitar a un extraño a pasar una noche en mi casa, ¿por qué no podría ser libre de hacerlo si este desconocido nació en otro país?  La idea de patrocinadores de ciudadanía acostumbraría al público a aceptar el hecho de que la inmigración económica es exactamente el tipo de inmigración que un país debería buscar, y no estigmatizarla. Son los inmigrantes económicos quienes contribuyen más al país anfitrión. 

Las actitudes frente a las prácticas de discriminación hacia a aquellos a los que se permitiría entrar a un país también podrían evolucionar. Mientras probablemente seguirá siendo ilegal y reprensible para las compañías discriminar a sus empleados con base en género, edad, religión, o etnicidad, seguirá siendo legal para los individuos discriminar con base en estas características al elegir a que inmigrante patrocinar, en la misma forma que es legal para una familia decidir a quién invitar a una fiesta de Navidad, y de la misma forma que es legal para una mujer restringir su búsqueda de parejas románticas a miembros del mismo sexo, o del sexo opuesto. La razón por la cual la discriminación es socialmente aceptable (o por lo menos es legal) cuando es ejercida por individuos y no por empresas, tiene que ver con el poder de mercado, el cual un individuo no puede ejercer, pero una empresa sí.

Ahora que el lector está cómodo participando en una subasta por el liguero de su compañero de trabajo y se siente bien ante la perspectiva de perder su casa ante el ofertante más alto, ¿por qué no subastar los derechos de ciudadanía? Mientras que un ciudadano naturalizado debe ganarse sus derechos, un ciudadano por nacimiento tiene garantizados éstos por accidente. ¿No debería este último trabajar por el privilegio de mantener su ciudadanía?

Mi vecina, Samantha, está considerando mudarse a Buenos Aires. ¿No sería deseable que su ciudadanía estadounidense, en lugar de servir como una obligación tributaria (EE.UU. impone impuestos sobre ingresos internacionales), pudiera convertirse en un pago único de parte de Xiaochen, un profesor ansioso por comprar la ciudadanía de Samantha?

El riesgo de este arreglo (y este riesgo se extiende a otros contextos) es que si la expareja de Samantha, Jeff, se pelea con ella, él podría perjudicarla si compra su ciudadanía, aun cuando ella no esté planeando emigrar, toda vez que Jeff esté dispuesto a pagar el precio que Samantha haya dado a su ciudadanía –que es el precio que afecta su responsabilidad fiscal.

8.

PW reconocen que, si bien la búsqueda de mercados comprehensivos es una causa valiosa actualmente y probablemente lo sea en el futuro cercano, esta búsqueda no valdrá eternamente la pena. Los mercados descentralizados comprenden un sistema computacional distribuido. Las unidades computacionales son los cerebros humanos. De acuerdo con estimaciones actuales, el poder computacional colectivo de los cerebros humanos que habitan la Tierra excede el poder computacional conjunto de todas las computadoras hechas por el hombre. Sin embargo, es probable que la balanza se incline a favor de estas últimas a lo largo de nuestras vidas. Cuando esto suceda, el argumento a favor de mercados descentralizados se debilitará. Los descendientes de los algoritmos de Netflix y Amazon (si-te-gustó-esto-te-gustará-esto) gobernará guiando nuestro consumo, la oferta de trabajo y nuestras parejas románticas.