¿Cambiemos el Modelo?

El martes pasado, mientras almorzábamos y conversábamos sobre la economía latinoamericana y mundial, el gran economista argentino (e ídolo mío, como de muchos otros economistas de mi generación) Guillermo Calvo me preguntaba qué iría a suceder con el gobierno del Pedro Pablo Kuczynski. Le tuve que responder con tristeza que, como sucedería de hecho el día siguiente, Kuczynski se vería obligado a renunciar, lo que sumergiría al país en un limbo político con prognosis muy delicada. Calvo, o quizá alguno de los otros comensales, opinó entonces que lo que ocurría en Perú era no sólo una lástima sino también algo extraño e inesperado, dado que el Perú ha sido por más de dos décadas una estrella brillante en el firmamento de los países emergentes, al menos en términos económicos.

El comentario me lleva a reflexionar sobre cómo el Perú ha podido tener un éxito razonable en el  terreno económico a pesar de los grandes problemas políticos, sociales, e institucionales que a menudo dominan los debates nacionales y acaparan la atención de los medios de comunicación, recientemente con más intensidad en respuesta a lo que se va descubriendo sobre el alcance e impacto de la corrupción asociada con las acciones de Odebrecht en América Latina. Esta paradoja es notable, sobre todo en momentos como los actuales en los que el colapso de un gobierno democráticamente elegido puede motivar a que no pocos comentaristas, algunos bien intencionados, otros políticamente oportunistas, demanden una reforma radical del modelo económico, un cambio de la orientación de la política económica, y el reemplazo de los profesionales que han gestionado el modelo y la política durante estos años.

A menudo, este tipo de demandas parten de proponer como axioma que el modelo y la política económica han fracasado y han tenido efectos nulos o incluso negativos en la vida de la población. Esta afirmación está frecuentemente escondida o es implícita en las formulaciones de las demandas mencionadas, pero es obviamente crucial para ellas. Porque si uno rechaza el axioma y acepta que, por el contrario, el modelo y la política económica están asociados con un aumento sustancial del nivel de vida en el Perú, es mucho más difícil identificar formas de reformar el modelo, cambiar la política, o identificar sustitutos de sus gestores, de manera que ofrezcan alta probabilidad de mejoras aún mayores.

Por eso vale la pena centrarnos en juzgar la credibilidad del axioma mencionado. Y para esto es imprescindible  basarnos en lo que dicen los números disponibles. No es difícil encontrar las estadísticas claves, y ellas indican que el axioma es definitivamente inválido: la situación económica de la gran mayoría de los peruanos ha mejorado sustancialmente desde la derrota del terrorismo a principios de los años noventa.

La Figura 1 muestra la evolución del producto per capita desde 1990. Los datos provienen del Banco Mundial, y están ajustados por inflación y variaciones del tipo de cambio. En 1990, el peruano promedio producía unos 5300 dólares (esto es, dólares PPP del 2011) por año; en 2016, algo más de 12000. El producto per capita está fuertemente ligado al ingreso por habitante, por lo que podemos concluir que en los años recientes el peruano promedio gana más del doble que en 1990, y en términos reales.

Figura 1: Perú, PBI Per Capita (Ajustado por PPP, 2011 US$)

Fuente: Banco Mundial

El ritmo de crecimiento no ha sido completamente uniforme, lo que no es sorprendente dado que el período fue testigo de shocks fuertes tanto económicos (crisis de mercados emergentes de la segunda parte de los noventa, crisis global hace diez años) como políticos (terrorismo, renuncia de Fujimori, elecciones de García y Humala). De hecho, nuestro ingreso per capita no empezó a crecer hasta 1994, y se estancó entre 1998 y 2002. Pero la tendencia ha sido obviamente positiva. El crecimiento anual fue 2.1 por ciento durante los noventa, 4.3 por ciento en la década 2001-10, y 3.3 por ciento en lo que va de esta década (2011-16). Para la totalidad del período, 1990-2016, la tasa anual de crecimiento fue 3.2 por ciento.

Crecer al 3.2 por ciento sostenidamente por más de un cuarto de siglo puede quizás no llegar a ser un “milagro” como el de los tigres asiáticos en el período previo a sus crisis de fines de los noventa, pero definitivamente justifica la percepción que el resto del mundo tiene del Perú como un ejemplo de éxito económico. Para ver esto desde otra perspectiva, la Figura 2 muestra el PBI per capita peruano como fracción del de Finlandia. La comparación con Finlandia está motivada no sólo porque la economía finlandesa es pequeña y abierta como la peruana, sino también porque Finlandia es el país con el mayor índice de felicidad del mundo, de acuerdo al World Happiness Report de Naciones Unidas.

La figura revela que en 1990 el PBI peruano per capita era sólo el 18 por ciento del de Finlandia. En contraste, en 2016 alcanzó a ser más del 30 por ciento. En este sentido, en el período de nuestro análisis hubo un recorte sustancial de la diferencia de producto e ingreso promedio entre Perú y Finlandia. Es difícil argüir que esto no expresa progreso económico significativo.

Con riesgo de subrayar lo obvio: estas cifras no significan ni quieren sugerir que el nivel de vida de los peruanos no esté todavía muy lejos de el de los finlandeses. Es claro que queda muchísimo camino por recorrer. Pero lo que parece innegable es que hay clara evidencia de progreso significativo.

También es claro de la Figura 2 que el progreso relativo, en términos de acortar la distancia económica con respecto a países avanzados, no ha sido uniforme y ha tenido períodos de retroceso. En particular, a pesar de una mejora durante el primer gobierno de Fujimori, el PBI per capita del Perú relativo al de Finlandia regresó en el 2001 al mismo 18 por ciento de 1990. La mejora relativa del Perú ha sido sostenida desde entonces, pero debemos recordar que el proceso toma tiempos largos, y que puede haber altibajos (que obviamente debemos tratar de minimizar).

Figura 2: PBI Per Capita del Peru /PBI Per Capita de Finlandia

Fuente: Banco Mundial

La evidencia, por tanto, nos lleva a la conclusión de que el desempeño económico del Perú desde los años noventa ha elevado sustancialmente el nivel de vida del peruano promedio. El corolario es que es muy difícil sostener que ha habido grandes errores en la política económica o que el modelo es equivocado. A riesgo otra vez de decir lo obvio: estas afirmaciones no niegan la existencia de algunos errores (que los hubo), de problemas como el de corrupción a varios niveles o las ineficiencias burocráticas o institucionales, o de la posibilidad de que el progreso pudo ser aún mayor. Pero sí indican que el modelo y la política económica han sido razonablemente acertados en general, y exitosos para el peruano promedio. Tildarlos como fracasos revela ignorancia de la evidencia o, peor, intención de engaño.

En vista de esta evidencia, algunos críticos o escépticos responderán que, si bien uno debe aceptar que el crecimiento y el nivel de bienestar promedio de los peruanos han mejorado fuertemente, el modelo y la política sólo han favorecido a los más ricos, empeorando la desigualdad y olvidándose de las capas más necesitadas. Pero aquí también la evidencia existente es contundente en mostrarnos lo contrario.

La Figura 3 presenta la evolución de los indicadores de pobreza en el Perú, calculados por el Banco Mundial. Las líneas azul, roja, y verde expresan respectivamente el porcentaje de la población viviendo en pobreza extrema (definida como un ingreso diario de 1.90 dólares US del 2011, ajustados por PPP), pobreza intermedia (3.20 dólares por día), o pobreza liviana (5.50 dólares por día). El progreso es visible y los números impresionantes: a principios de siglo, alrededor del 17 por ciento de los peruanos vivía en pobreza extrema. Hoy la pobreza extrema ha casi desaparecido (3 por ciento en 2015). Asimismo, en el 2000 uno de cada tres peruanos vivía en una situación de pobreza intermedia; hoy es menos de uno de cada diez. La pobreza liviana ha caído de más de la mitad de la población a menos de la cuarta parte.

Figura 3. Perú: Porcentaje de Población en Distintos Niveles de Pobreza

 

El fuerte desempeño económico peruano no sólo ha resultado en una disminución apreciable de la pobreza. Más en general, también ha estado ligado a una mejor distribución del ingreso. Evidencia reciente se encuentra en un trabajo importante de Yamada, Castro, y Oviedo (2016, YCO). [1] La tabla a continuación, que reproduce parte de la Tabla 3 de YCO, presenta dos estimaciones del coeficiente de Gini en el Perú. La columna “INEI” da la estimación con dates del Instituto Nacional de Estadística, mientras que la columna “UP” muestra una estimación propia de YCO, que corrige por una serie de sesgos, tales como problemas asociados con la medición del ingreso disponible. (El lector interesado debe estudiar YCO para ver detalles de metodología y construcción de los índices.)

La tabla nos dice que, aparte de diferencias menores debidas a los distintos métodos de estimación, el coeficiente de Gini en el Perú se redujo entre el 2004 y el 2014. En otras palabras, esta medida nos dice que la distribución del ingreso en el Perú mejoró durante el período. O en palabras de YCO (página 15), “la evolución de la desigualdad ha mostrado una tendencia decreciente en la última década…Este resultado lo corroboran las estimaciones que corrigen por el potencial subreporte en las encuestas de hogares.”

Perú: Coeficiente de Gini 2004-14

Fuente: Yamada, Castro, y Oviedo (2016)

Año INEI UP
2004 0.492 0.496
2005 0.507 0.516
2006 0.495 0.506
2007 0.500 0.508
2008 0.476 0.484
2009 0.473 0.479
2010 0.457 0.463
2011 0.449 0.455
2012 0.447 0.450
2013 0.441 0.447
2014 0.436 0.443

 

Resumiendo, la evidencia desde los años noventa nos dice que:

  1. El ritmo de crecimiento del ingreso promedio en el Perú ha sido bastante rápido, tanto en comparación con otros períodos de su historia (un punto que no hemos tocado pero que es evidente) como en relación con lo sucedido en el resto del mundo.
  2. Ese desempeño ha resultado en una disminución importante de la pobreza y una mejora apreciable de la distribución del ingreso.

Estos números no dicen que los peruanos debamos sentirnos demasiado contentos (el crecimiento puede parar, la distribución del ingreso sigue siendo muy injusta). Tampoco dicen que no persistan problemas muy graves en el Perú, ni que no haya espacio para mejoras en la conducción de la política económica.

Pero la evidencia sí es consistente con progreso sustancial en lo económico, un tipo de progreso que ha resultado en la mejoría de las condiciones de vida de la mayoría de la población, incluyendo a los más pobres. Esto debe tenerse en cuenta en estos momentos, en los que la coyuntura política anima a algunos a pedir reformas fundamentales del modelo o la política económica. Los que plantean esto deberían explicarnos, como mínimo, qué alternativas proponen y cómo es que estas alternativas pueden llevar a resultados superiores a los que se ha venido obteniendo. Porque en economía es fácil cambiar y reformar: lo difícil es que el cambio y las reformas nos acerquen a Finlandia en vez que a Venezuela.

[1] Gustavo Yamada, Juan Francisco Castro, y Nelson Oviedo, “Revisitando el coeficiente de Gini en el Perú”, Documento de Discusión DD 1606, Noviembre 2016, Universidad del Pacífico.

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