La gran divergencia

La Figura 1 muestra el PIB per cápita argentino comparado con el estadounidense, desde el año 1900 hasta el año 2004, medido en dólares constantes de 1990. Mientras Argentina y Estados Unidos tenían un nivel de ingreso per cápita razonablemente parecido hasta la década de 1940, desde esa fecha en adelante es clara la divergencia: el PIB per cápita argentino creció en un 95 por ciento entre 1940 y 2004, mientas que el de Estados unidos lo hizo en un 223 por ciento. Pequeñas diferencias en las tasas de crecimiento anual acumuladas por muchos años se traducen en enormes diferencias en el nivel de ingreso per cápita.

Esta divergencia no es una particularidad de comparar Argentina con Estados Unidos. La Figura 2 muestra la relación entre el PIB per cápita de Argentina con los de Estados Unidos, Canadá, Australia y Japón. Por ejemplo, si el valor en el eje vertical es de 0.6, esto significa el PIB per cápita argentino fue el 60 por ciento del PIB per cápita del país con el que estamos comparando. La figura muestra que la divergencia argentina no es únicamente con los Estados Unidos. Ocurre con los 4 países que usamos de comparación. El caso de Japón es impresionante: mientras el argentino promedio tenía un ingreso 60 por ciento mayor que el japonés promedio en 1960, para 2004 la relación se invierte y el argentino promedio tuvo un ingreso de solo el 40 por ciento del ingreso de un japonés promedio.

Figura 1

Figura 2

Si bien es claro el deterioro relativo argentino con respecto a estos países desde 1940 en adelante (y muchos otros que no están en la figura), la diferencia se acentúa notablemente desde mediados de la década de 1970. El período de 1975 en adelante es lo que llamaré la gran divergencia. Algunos dicen que la divergencia se detuvo aproximadamente en 1990. Otra forma de interpretar el gráfico es que la divergencia continuó hasta el final de la muestra, con un pequeño impasse en los 90s.

En lo que sigue tomaré prestado un ejercicio simple que hacemos en el curso de tópicos de macroeconomía, que doy junto con Juan Pablo Nicolini, para analizar este período de nuestra historia. Lo que hacemos es usar el modelo de crecimiento de Robert Solow, considerado por muchos como el primer modelo de crecimiento económico moderno, para analizar el comportamiento del ingreso argentino.

El modelo de Solow es muy simple y no es necesario escribir muchas ecuaciones para describirlo: consiste en un supuesto de comportamiento de los agentes económicos y de supuestos sobre la tecnología con la que se usa el capital y el trabajo para producir bienes de consumo y de inversión. El supuesto de comportamiento es que los consumidores ahorran (e invierten) una fracción constante de su ingreso. Los supuestos sobre la tecnología son varios. Primero, que los bienes se producen usando trabajo y capital; que si el trabajo o el capital aumentan, aumenta la producción; que si aumentamos continuamente la cantidad de un factor de producción (digamos capital) y dejamos constante la del otro (digamos trabajo), la producción aumenta pero a una tasa decreciente (pero si aumentan ambos factores en la misma proporción también lo hace la producción); y que en la medida en que la productividad y el conocimiento aumenten, aumenta también la producción por más que el capital y el trabajo no cambien. Estos supuestos resumen lo que llamamos una función de producción neoclásica. Y segundo, que el capital se deprecia a una tasa constante de un año al otro. También necesitamos conocer la tasa a la que crece el factor trabajo, que usualmente asociamos con la tasa de crecimiento poblacional. Con esos supuestos es posible escribir una ecuación que resume la evolución temporal del capital como una función de los parámetros de la tecnología y del nivel del capital con el que se comienza en el período. Una vez que conocemos la evolución del capital, podemos recuperar la evolución del producto agregado, producto per-cápita, consumo e inversión.

Usar el modelo para analizar un período específico de la historia requiere de elegir los parámetros que representan las decisiones de los consumidores y la tecnología. Una manera usual de hacerlo es lo que llamamos “calibrar” el modelo. Los detalles técnicos no son importantes para esta nota. Pero, básicamente, calibrar un modelo consiste en usar datos en cierto período de tiempo para encontrar (disciplinar dirán los macroeconomistas, estimar dirán los econometristas) los parámetros del modelo, y luego usar otro período de tiempo para juzgar la utilidad del modelo para entender el comportamiento de la economía. En nuestro caso, usamos datos entre los años 1930 y 1949 para calibrar el modelo y, dados esos parámetros, “simulamos” el modelo desde 1950 en adelante. Esto es, predecimos el comportamiento de la economía suponiendo que el modelo es una representación correcta de la realidad, y luego comparamos esa predicción con los datos observados.

El proceso de calibración implica que los consumidores ahorran e invierten el 15% de lo que producen, que la tecnología (o conocimiento) crece a una tasa del 1.1% anual, y que la población crece al 1.8% por año. Otros cálculos nos permiten estimar el stock de capital del año 1950 y fijar el parámetro que determina qué tan importante es el factor trabajo en la función de producción, pero no discutiremos eso aquí. La figura 3 muestra qué tan bien sirve el modelo para entender lo que ocurrió con el producto agregado entre 1950 y 1975. Recordemos que no estamos usando ese período para elegir los parámetros del modelo. (En esta figura, y en las que sigue, el parámetro  representa la tasa de crecimiento de la productividad.)

Mi opinión es que el modelo explica muy bien el crecimiento argentino de esos 25 años: las diferencias entre la predicción y los datos son fluctuaciones de corto/mediano plazo, cosas que el modelo no fue diseñado para explicar.

La pregunta que nos hacemos ahora es, ¿qué ocurre con las predicciones del modelo de Solow durante el período posterior a 1975? Continuando la simulación obtenemos lo que se ve en la Figura 4. Como vemos, el modelo falla miserablemente. 

Figura 3

Figura 4

La diferencia entre la predicción del modelo y los datos refleja la gran divergencia. Una interpretación posible es que esa diferencia refleja lo que pudo haber ocurrido, pero no ocurrió. La Figura 5 muestra una forma equivalente de ver la divergencia: representa la diferencia proporcional entre la predicción y los datos. Por ejemplo, la figura muestra que el PIB observado en 2010 fue solamente el 60 % de lo que podría haber sido si la economía hubiese seguido creciendo como predecía el modelo de Solow.

Figura 5

¿Qué está detrás de la gran divergencia? De acuerdo al modelo, no es ni la tasa de inversión baja ni la tasa de crecimiento poblacional: es la tasa de acumulación de conocimiento, o productividad. La Figura 6 muestra un ejercicio alternativo en donde la tasa de crecimiento de la productividad  es solo del 0.5% anual en vez del 1.1% que calibramos usando datos entre 1930 y 1949. La figura sugiere que en algún momento en la década de 1970 hubo un cambio estructural en la tasa de crecimiento de la productividad. Esa pequeña diferencia del 0.6% en la tasa de crecimiento de la productividad está detrás de la enorme diferencia entre los niveles del PIB que se observan en la Figura 6.

Una conjetura posible para explicar el estancamiento de la productividad es el ida y vuelta de reformas y contra-reformas. Las reformas y contra-reformas, que nunca llegaron a establecerse por mucho tiempo, generaron en el camino grandes distorsiones en la economía. Aperturas, liberalizaciones y desregulaciones repentinas no llegaron a dar sus frutos, pero tuvieron altos costos sociales por la dificultad de reasignar recursos en la economía, particularmente entre aquellas personas con un capital humano específico a los sectores perjudicados por los cambios. Estos costos sociales fueron los que terminaron por eliminar muchas reformas que, en principio, podrían haber sido deseables pero que fueron demasiado costosas en el corto y mediano plazo. Las contra-reformas se vieron reflejadas en medidas voluntaristas anti-mercado las que, a su vez, inhibieron los incentivos a aumentar la productividad e incentivaron actividades que poco tienen que ver con la producción, como el arbitraje entre activos con precios artificialmente distorsionados. Como las contra-reformas son eventualmente insostenibles y muy distorsivas, terminan reduciendo la productividad agregada generando la semilla para un nuevo ciclo de reformas y contra-reformas.

Figura 6

Tags: