Mejores trabajos para América Latina

El trabajo sigue siendo una de las grandes asignaturas pendientes para los países de América Latina. Pese a los avances cosechados en la última etapa de bonanza (cuyo reflejo se observa fácilmente en numerosos indicadores de áreas como la educación, la salud o las infraestructuras), los problemas de los mercados laborales latinoamericanos persisten: la mayoría de los trabajos son informales (sin acceso a los beneficios de la seguridad social), altamente inestables y poco productivos (Alaimo, Bosch, Kaplan, Pages y Ripani, 2015). Este es un tema capital, al que no siempre se le concede la importancia debida, a pesar de que afecta tanto a las personas como a las economías en su conjunto. Así se refleja en las encuestas de opinión a nivel mundial, en las que el trabajo figura como el asunto más importante. En mi opinión, tiene toda la lógica. ¿A quién no le interesa un buen trabajo?

En noviembre de 2017, el BID lanzó el Índice de Mejores Trabajos, que busca medir en un único indicador las condiciones de empleo en 17 países de América Latina. Lo hace a través de dos dimensiones: cantidad y calidad. Cada una de estas dimensiones la conforman dos indicadores: la de cantidad –que captura cuánta gente desea trabajar y cuántos lo hacen— y la de calidad —que captura cuánto del trabajo que se genera en los países está registrado en la seguridad social, y cuántas personas reciben salarios que son suficientes para superar la pobreza. Uruguay, Chile y Panamá son los países que encabezan el ranking con datos circa 2015 (Figura 1). Si bien el índice se calcula asignando pesos iguales a los cuatro indicadores base, la página web permite al usuario “jugar” con los pesos, eligiendo su propia valoración de qué es un mejor trabajo, y permite analizar la situación de cada país entre 2010 y 2015, distingüendo por género y grupos de edad.

Figura 1. El índice de mejores Trabajos, circa 2015

Fuente: BID, 2017

 

Los índices suelen recibir muchas críticas, a veces por las limitaciones de las variables que los componen, otras por la dificultad de sintetizar en un único valor la información proveniente de diversas fuentes. Estos temas surgieron una y otra vez en reuniones de trabajo durante la elaboración de este índice. Luego de mucho debate, la idea de un índice multidimensional prevaleció. En este blog quisiera contarles qué mide el índice y por qué creemos que agrega valor en esos dos aspectos: agregación y selección de variables. El documento metodológico contiene un análisis más rico y detallado de éstos y otros aspectos técnicos que consideramos al desarrollarlo.

 ¿Qué mide el Índice de Mejores Trabajos?

El Índice de Mejores Trabajos ahonda en los detalles de la radiografía ya conocida sobre los trabajos en la región. Con esta herramienta, que permite analizar de forma objetiva los mercados laborales de América Latina a través de cuatro indicadores comparables, observamos que existe un gran margen de mejora tanto en la cantidad como en la calidad de los trabajos de la región. Aunque se aprecian muchas diferencias entre países (uno de los propósitos principales del índice es la comparabilidad), también nos es posible determinar el diagnóstico regional. Y, con los datos en la mano, podemos afirmar que queda todavía mucho camino por recorrer en materia laboral.

La dimensión de cantidad del índice, que captura cuánta gente desea trabajar (participación laboral) y cuántos efectivamente lo hacen (ocupación), nos muestra que todavía hay una parte importante de la población (especialmente las mujeres) que permanece ajena al mercado de trabajo (Figura 2.a). En países como Guatemala, Honduras, México o Ecuador, la brecha entre hombres y mujeres es muy amplia, debido sobre todo a la débil inserción femenina. El hecho de que tantas mujeres no participen en el mercado de trabajo implica que la región está desaprovechando una parte relevante de su talento. Sin él, será muy difícil que América Latina despegue y dé el salto que necesita para alcanzar a los países desarrollados. Otra brecha reseñable es la generacional: los adultos de América Latina tienen más y mejores trabajos que los jóvenes (Figura 2.b). En países como Argentina y Uruguay, el Índice de Mejores Trabajos nos muestra cómo los trabajadores jóvenes tienen más problemas para acceder a un buen empleo.

Figura 2. Diferencias por subgrupos, América Latina, circa 2015


Fuente: BID, 2017

La informalidad es, sin duda, uno de los males endémicos de los mercados laborales latinoamericanos, especialmente en países como Honduras, Guatemala, Perú o Bolivia. Si antes decía que los países de la región difícilmente podrán despegar sin incorporar a las mujeres al mercado de trabajo, también me parece imprescindible afirmar que, sin atajar el problema de la informalidad, América Latina no podrá lograr el alto grado de desarrollo que persigue. La alta informalidad implica que, en la actualidad, millones de trabajadores latinoamericanos no pueden acceder a los beneficios de seguridad social, lo que impide que estén cubiertos ante riesgos como enfermedades, accidentes, desempleo, etcétera, y que además no tengan la posibilidad de acceder a una pensión digna en la vejez.
Ahora bien, si hay algo que transparenta el Índice de Mejores Trabajos es la baja calidad de los empleos en América Latina. Los datos son contundentes: los 17 países que conforman el índice obtienen una nota mucho mayor en la dimensión de cantidad que en la de calidad, en la que se mide cuánto del trabajo que se genera en los países está registrado en la seguridad social (formalidad) y cuántos trabajadores reciben salarios que son suficientes para superar la pobreza (salario suficiente). Los datos del índice no dan lugar a otra interpretación: la mala calidad de los trabajos es el principal punto débil de los mercados laborales latinoamericanos.

Otra cuestión que pone sobre la mesa el Índice de Mejores Trabajos es lo que denominamos el indicador de trabajos con salario suficiente para superar la pobreza. Se trata de un concepto novedoso con el que examinamos qué porcentaje de trabajadores en cada país consigue un salario que sea suficiente para sostener a su familia y mantenerla por encima de la pobreza. Y, lamentablemente, la medición no es especialmente favorable para la región: solo un 46,7% de los trabajadores obtiene un salario suficiente.

El concepto de trabajo con salario suficiente está directamente relacionado con la productividad laboral, donde se encuentra otro talón de Aquiles para los países latinoamericanos. El mercado actual, que evoluciona de manera permanente y cada vez con más velocidad, exige a los trabajadores actualizar sus habilidades constantemente. Ya no solo es relevante aquello que se aprende en la etapa escolar, sino que se necesitan sistemas de formación para el trabajo que acompañen a las personas a lo largo de la vida. Para progresar, la región de América Latina necesita una fuerza laboral mejor preparada y más productiva.

 ¿Por qué estas cuatro variables y no otras?

El indicador más común para medir las condiciones de empleo es la tasa de desempleo, que da una clara indicación de un aspecto del mercado laboral: el número de puestos de trabajo disponibles no son suficientes para el número de personas en la fuerza de trabajo. Un segundo indicador de cantidad es la participación de la fuerza de trabajo. Una tasa de participación inusualmente baja sugiere que el mercado laboral no está haciendo un uso eficaz del recurso humano disponible, ya sea debido a las barreras sociales o a los efectos desalentadores de los intentos reiterados de encontrar empleo.

Sin embargo, los diagnósticos laborales de distintas fuentes y países revelan que los problemas en la región van más allá del desempleo o la participación laboral. En un mundo ideal, uno quisiera medir aspectos como la estabilidad laboral, seguridad en el lugar de trabajo, desarrollo de habilidades y desarrollo profesional, formas de empleo no estándar, tasas de contratación y despidos, por nombrar algunos. Sin embargo, hoy en día son pocos los países que cuentan con encuestas de panel como para medir rotación laboral, o incluso, son pocos los que reportan regularmente información sobre antigüedad laboral en el puesto de trabajo. Y son encuestas aisladas las que miden otros aspectos del mundo laboral. Nos enfrentamos a un trade-off entre cobertura regional y riqueza de las variables. Las cuatro variables elegidas son comparables entre países y están disponibles regularmente para actualizaciones.

Un tema no menor al pensar en agregación de estas variables es que el denominador de la tasa de formalidad (que es el número de personas empleadas) es el numerador del indicador de empleo. Como parte de un índice general que incluye ambos indicadores, existe una posibilidad real de que un empeoramiento inequívoco de las condiciones laborales se vea como una mejora en el índice general. Por ejemplo, si las condiciones laborales empeorasen de modo tal que un gran número de trabajadores informales se quedaran sin trabajo, esto claramente disminuiría el indicador de empleo. Pero al mismo tiempo, la tasa tradicional de formalidad aumentaría de manera que, dependiendo del método de agregación, el índice general podría perfectamente registrar un aumento en las condiciones laborales. Por lo tanto, se elige un denominador común para las cuatro variables: la población en edad de trabajar. Más aun, para el índice, definimos la población en edad de trabajar como todos aquellos entre 15 y 64 años de edad excluyendo a las personas que asisten a la escuela a tiempo completo y no trabajan ni buscan un trabajo. La idea es que si un país tiene éxito en asegurar que sus jóvenes mayores permanezcan en un centro educativo, este no debe ser penalizado por ello y, así, se puede reflejar de manera más exacta el grupo de trabajadores disponibles

¿Índice o tablero?

Existe un fuerte debate sobre el valor de agregar indicadores en un índice. Por ejemplo, la OCDE, que antes presentaba el “Índice de protección del empleo”, agregando 21 indicadores en tres dimensiones y luego en un único índice, desde hace unos años reporta las tres dimensiones por separado, sin llegar a un valor agregado (para más detalles y datos de los indicadores de protección laboral para América Latina y el Caribe, ver BID (2015)). Entonces, la primera pregunta es si para los fines del presente análisis es suficiente reportar cada indicador por separado en un “tablero” o si los indicadores deben combinarse para obtener un índice general. Hay ventajas y desventajas para cada enfoque, dependiendo del objetivo de cada uno.[1] En este caso, la finalidad del Índice es permitir a los países de la región vigilar más eficazmente sus condiciones de empleo, facilitar las comparaciones entre países y fomentar políticas que puedan conducir a condiciones de empleo más favorables. En términos más generales, se espera que el índice pueda conducir a un mejor diálogo sobre los mercados laborales y la calidad del empleo, lo que llevará a la recopilación de mejores datos y a una mejora del propio índice. Por eso, consideramos que un índice “general” (y no un “tablero”) ayudará a alcanzar ese objetivo.[2]

Más allá de este objetivo, nos interesa saber si un índice compuesto por las cuatro variables elegidas agrega valor o no. Para ello, recurrimos al consejo experto de Walter Sosa Escudero, quien realizó aportes muy importantes al documento metodológico del índice. Allí se explica que hay dos situaciones extremas que pueden limitar la utilidad del índice. Una es cuando los cuatro componentes están altamente correlacionados. En tal caso, el índice añade poco a la información ya contenida en cualquiera de las variables; es decir, cualquier variable puede desempeñar el papel del índice en el seguimiento de la información regional, temporal y de subgrupos. El otro escenario extremo surge cuando todas las variables son conceptualmente relevantes, pero no correlacionadas, por lo tanto, el índice (entendido como un promedio) es, por definición, un resumen unidimensional inapropiado de una realidad verdaderamente tetradimensional. Por ende, el índice aporta valor en una situación intermedia. A través de un análisis de correlaciones simples y análisis de componentes principales, se ve que las variables tienen correlaciones bajas, es decir, cada una aporta algo al total, y a su vez, el índice es la mejor manera de reproducir la variabilidad total en las cuatro variables originales. Esto sugiere que el promedio no ponderado simple (como se construye el Índice) no sólo es conceptualmente relevante sino también estadísticamente coherente con la idea de ser representativo de las variables subyacentes utilizadas para construir el Índice.

En síntesis, el índice es técnicamente sólido, y permite monitorear regularmente las condiciones laborales en la región. En 2019 se hará una nueva edición del índice, ojalá con mejores resultados para la región, y en definitiva, para sus trabajadores.

 

Referencias

Alaimo, V., Bosch, M., Kaplan, D., Pages, C., and Ripani, L. (2015). Jobs for Growth. Washington D.C.: IDB.

Alkire, S. and Foster, J. (2011). Counting and Multidimensional Poverty Measurement. Journal of Public Economics, Volume 95, Issues 7-8, pp. 476-487.

Alkire, S., Foster, J., Seth, S, Santos, M. E., Roche, J. M., and Ballon P. (2015). Multidimensional Poverty Measurement and Analysis, Oxford University Press.

BID (2015). Detailed Description of Employment Protection Legislation for Latin America and the Caribbean 2014 – See more at: https://publications.iadb.org/handle/11319/8511#sthash.sY15TbBU.dpuf

BID (2017). Better Jobs Index: An employment conditions index for Latin America – See more at: https://publications.iadb.org/handle/11319/8583#sthash.y1lImRWZ.dpuf

Cruz, M., Foster, J., Quillen, B., and Schellekens, P. (2015). Ending Extreme Poverty and Sharing Prosperity: Progress and Policies. World Bank Policy Research Note 15/03.

 

[1] Véase, por ejemplo, Alkire y Foster (2011) o Alkire et al (2015).

[2] Y si el índice general se puede descomponer en indicadores, este generará un “registro coordinado” asociado para el análisis. Véase Alkire et al (2015) o Cruz et al (2015).