Una sonrisa forzada

Publicada el lunes 20 de noviembre de 2017.


Mientras Piñera daba su discurso anoche, un desperfecto del micrófono, una rara interferencia, un murmullo eléctrico, alteraba cada cierto tiempo el ritmo de sus palabras.

Era una metáfora física de lo que le había ocurrido en la elección.

Porque si bien obtuvo la primera mayoría (remedando la derecha, si se suman sus votos y los de Kast, el resultado del año 2009), su resultado estuvo muy lejos de sus expectativas. Fantaseó en ocasiones con ganar en primera vuelta y con un resultado que en cualquier caso, pensaba, estaría sobre el 40%.

No fue así.

Nunca, como ahora, la derecha había tenido más condiciones sociológicas, por llamarlas de algún modo, para ganar la adhesión del electorado. Amplios grupos medios, un desempeño débil del gobierno saliente, competidores más bien inexpertos, mezquinos de ideas. Y así y todo su resultado no fue lo fulgurante que él anhelaba.

¿Qué pasó?

Desde luego, las preferencias políticas se revelaron más estables de lo que las transformaciones sociales hacían prever. Y en vez de haber trasvasijes dramáticos de un sector a otro, esas transformaciones se expresaron al interior de cada sector político. Esto es lo que habría ocurrido a la derecha -dividida entre un sector de sencillo conservadurismo y otro más abierto y plural- y es también lo que, especialmente, le habría ocurrido a la izquierda dividida, por su parte, entre un sector que riñe con la modernización y otro que tardíamente se ha plegado a ella.

Una división puede ser fructífera cuando es capaz de absorber mayor complejidad que la unidad que la antecedía. Cuando las fuerzas políticas se dividen, a veces logran expresar dentro suyo las complejidades y la diversidad del medio que de otra forma las amenazaría. Es lo que ocurrió al parecer con la izquierda. Y al parecer la distinción que se produjo al interior de la derecha entre Piñera y Kast no tuvo esa capacidad de expresar la complejidad del entorno, fue simplemente la expresión de una querella vieja: dividió lo que ya existía en vez de agregar una fracción que antes le era ajena.

Y con ello, uno de los principales factores que impidieron a Piñera ganar la adhesión de más electorado, es el conservadurismo de que hizo innecesariamente gala. Fue un esfuerzo inútil, porque ese conservadurismo (algo impostado para quienes recuerdan los proyectos de su primer gobierno) le enajenó el voto de todos esos sectores más emancipados y autónomos. Piñera olvidó, pero es probable que lo recuerde en la segunda vuelta, que los grupos medios no solo están satisfechos con el bienestar material, también están satisfechos siendo dueños de sí mismos y no necesitan tutores. Esa deficiencia, por llamarla de algún modo, cultural de la derecha es quizá su principal lastre y será, casi sin ninguna duda, uno de los puntos en disputa con Alejandro Guillier.

Es verdad que Sebastián Piñera ganó la primera vuelta; pero él, mientras daba su discurso y esa rara interferencia eléctrica distraía al auditorio, sabía que estaba muy lejos de las expectativas que había abrigado. Recordó, sin duda, decenas de ejemplos de quienes obtuvieron el triunfo en primera vuelta solo para ser derrotados en la segunda (el más cercano, desde luego, el de Vargas Llosa, que alguna vez obtuvo casi igual porcentaje).

La política requiere la extraña habilidad de oír las corrientes subterráneas de la opinión pública e interpretar la trayectoria vital de las grandes mayorías. Por eso, muchas veces las fuerzas políticas, al dividirse, en vez de debilitarse se fortalecen porque así logran interpretar sensibilidades que de otra forma se les escapaban. Al parecer, esta división virtuosa es la que se ha producido en la izquierda -su fraccionamiento le permitió expresar al interior suyo la complejidad amenazante del medio-, y al parecer no es ese tipo de división la que, a pesar de los aplausos y del contento que mostró anoche, representó Kast. La división de la derecha, que impidió la cifra fulgurante del 44% en una sola mano, como el año 2009, no absorbió complejidad alguna.

De ahí que ese ruido imperfecto del micrófono fuera la metáfora de una casi derrota. Y de ahí también que la sonrisa de Piñera, que casi siempre resulta algo maquinal, fuera derechamente esta vez una sonrisa forzada.