Desarrollo y Erosión del Capital Humano en Contextos Violentos

Arturo Harker, Profesor Asistente, Escuela de Gobierno, Universidad de los Andes

Es urgente reconocer los absurdos niveles de violencia a los que están expuestos los niños y jóvenes en Colombia, y las secuelas permanentes que les deja crecer en estos contextos tóxicos. Es aterradora la frecuencia de crímenes violentos alrededor de los colegios urbanos: para el año 2014, en las cuatro ciudades más grandes del país (Bogotá, Medellín, Cali y Barranquilla), en la vecindad del 63% de los colegios públicos (n=1128) observamos por lo menos un homicidio durante los primeros tres meses de clases en el segundo semestre del año escolar (esto es, 13 semanas de clases antes de tomar la prueba SABER11).[1] Como les contaré más adelante, la evidencia señala claramente y contundentemente que para Colombia pueden ser enormes los costos de la inacción frente a este fenómeno.

Además del sufrimiento diario de esta población, la violencia urbana debería estar en el centro del debate público por sus efectos negativos de largo plazo sobre la pobreza, equidad y desarrollo económico general. En general, la exposición a este tipo de ambientes tóxicos erosiona el Capital Humano -es decir, las cualidades y capacidades que nos hacen productivos como personas y como comunidad- y por ende disminuye el potencial de crecimiento económico futuro de nuestra sociedad (Barro & Lee, 1994; Lucas, 1988). En particular, son los hogares más vulnerables quienes se ven más expuestos a la violencia. En efecto, la distribución espacial del crimen urbano no es un fenómeno aleatorio, lo cual implica que hay niños y jóvenes particularmente victimizados. Como se puede observar en los mapas de calor, para una de las 4 ciudades principales, tanto los colegios y los centros de desarrollo infantil (jardines) como los homicidios tienen claros patrones de concentración (ver Figura 1). Por lo tanto, además de ser un factor que trunca el crecimiento económico, es muy probable que la violencia esté amplificando brechas sociales existentes al afectar desproporcionadamente a los hogares con menos recursos disponibles para proteger e invertir en la siguiente generación.[2]

Figura 1 – Distribución geográfica

Nota: Elaboración propia con datos de SIEDCO, MEN y DANE. Datos para 2016.

Como ya lo he discutido en una entrada anterior, el desarrollo de habilidades (cognitivas, sociales y emocionales) es clave para nuestro éxito como personas, estudiantes, trabajadores y ciudadanos, y es un proceso que no se da “en el vacío”. Además de depender de factores directos como la inversión de los padres (expresada en la frecuencia de interacciones estimulantes y la cantidad y calidad de la educación formal, entre otros), el desarrollo humano depende en gran medida también de la calidad de contextos menos “próximos”, como el vecindario y las calles de la ciudad por donde nos movemos (Gershoff & Aber, 2006; Jones, Brown & Aber, 2008).

Existen al menos dos mecanismos que explican esto. El primero es la “fisiología del estrés”, es decir, la manera en la que nuestro cuerpo se adapta para sobrevivir frente a cualquier amenaza percibida en el ambiente. Cuando se está expuesto a un contexto violento, el estrés se traduce en un gran aumento en los niveles de cortisol, lo cual afecta el funcionamiento del área del cerebro donde se concentran procesos fundamentales como la memoria, la regulación de emociones y la capacidad de atención, y se generan respuestas adaptativas como estados permanentes de vigilancia, excitación y miedo (Meaney, 2001; Arnsten, 2009; Blair et al., 2011). El segundo es la “psicología de la escasez percibida”. En este caso, la percepción de escasez de seguridad o, lo que es lo mismo, de estar en un entorno violento, hace que los recursos mentales se concentren en el origen de la escasez y no en desempeñar tareas útiles y productivas (Sapolsky, 2004). Es importante destacar que este efecto negativo no depende de que una persona sea expuesta directamente a un hecho violento. De hecho, la evidencia indica que es suficiente con vivir en un contexto donde otros hayan sido expuestos y se esté expuesto a rumores sobre actos violentos (Fowler et al., 2009; Tversky & Kahneman, 1974).

Quiero compartir ahora un breve resumen de la evidencia sobre el impacto del crimen y la violencia sobre el desarrollo humano que hemos reunido en el marco de la agenda de investigación liderada conjuntamente con Andrés Molano, Profesor Asociado de la Facultad de Educación de la Universidad de los Andes.[3]

¿Qué nos dice la evidencia para Colombia?

Los choques de violencia tienen un impacto negativo y grande sobre la expresión de las habilidades cognitivas: Utilizando una estrategia metodológica que nos permite identificar el impacto de un choque de violencia en una muestra de colegios en barrios violentos de dos ciudades, encontramos que un homicidio adicional -ocurrido a menos de 500 metros del colegio y durante los cuatro días antes de que hicieran la prueba SABER-, reduce el puntaje de los estudiantes en entre 0.15 y 0.24 desviaciones estándar, en promedio. Para que tengan un punto de referencia (aunque no sea completamente comparable), son muy pocos los programas o políticas en educación que han logrado aumentar el desempeño de estudiantes en pruebas estandarizadas como las SABER en más de 0.2 desviaciones estándar. Estos resultados se basan en el siguiente “experimento mental”: imagínense dos niños, Juan y Camilo, que viven en el mismo barrio, tienen padres igualmente educados y cariñosos y van a colegios similares en cuanto a su calidad y al número de homicidios que han sucedido en su vecindad. Imagínense que la única diferencia entre Juan y Camilo es que, justo la semana anterior de presentar la prueba SABER, en las cercanías del colegio de Juan hubo una muerte violenta. Los impactos que identificamos son la diferencia promedio entre los “Juanes” y los “Camilos”. Aunque la versión más reciente de este artículo se encuentra en revisión, los detalles generales del estudio los pueden encontrar acá.

Los niños y jóvenes expuestos a una violencia crónica no se “acostumbran” a la violencia: En el mismo estudio encontramos que existe un gradiente en el tiempo de exposición, es decir, que el efecto aumenta a medida que los homicidios ocurren más cerca a la fecha de la prueba académica (ver Figura 2). No obstante, el impacto no se desvanece, lo cual implica que los niños no logran superar el efecto negativo de ser expuestos a un contexto violento.

Figura 2 – Impacto estimado sobre el puntaje obtenido en la prueba SABER5 del 2012

Nota: Tomado de Cristancho, Harker y Molano (2016)

Los choques de violencia tienen un impacto negativo sobre la salud emocional de los niños: Puesto en las palabras de nuestro experimento mental: debido a un choque de violencia (definido también como la ocurrencia de al menos un homicidio en la vecindad del colegio), los niños como Juan tienen en promedio menores niveles de empatía y regulación de emociones, y muestran en mayor medida comportamientos evitativos. La versión más reciente de este artículo se encuentra en revisión, pero los detalles generales del estudio los pueden encontrar acá.

La seguridad en el entorno de los colegios afecta la tasa de deserción de los estudiantes: en un estudio que hace parte de un libro que próximamente publicará el CESED, encontramos que hay una fuerte asociación entre el crimen en general (capturado por el índice de crimen del CESED) y las tasas de deserción escolar. Este estudio es innovador en la medida en que aprovechamos la variabilidad intra-municipal del crimen para explicar la variación observada en las medidas de desempeño educativo para estudiantes o colegios ubicados en diferentes entornos dentro del mismo municipio.

¿Qué podemos hacer?

Se me ocurren dos líneas de políticas públicas para enfrente a este problema. La primera es la provisión de seguridad, que sigue una línea de prevención del daño. Esta aproximación, si bien está en manos de las agencias de seguridad del Estado, requiere de una coordinación importante con las agencias que lideran el sistema educativo. Un excelente ejemplo de esta coordinación es el trabajo reciente que han venido adelantando la Secretaría de Seguridad y la Secretaría de Educación en Bogotá (junto con otras agencias locales y nacionales más): están en curso varias iniciativas como esta para aumentar la seguridad de los niños y jóvenes. Sin embargo, debe hacerse un esfuerzo mayor para eventualmente lograr una implementación a gran escala de estas iniciativas, y realizar evaluaciones de impacto que permitan mejorar los programas y enfocar los recursos en las inversiones que resulten ser más costo-efectivas.

La segunda es la provisión de servicios de salud emocional, completamente enfocada en reparar o minimizar las secuelas de los eventos traumáticos vividos durante la niñez. Por una parte, una aproximación es invertir en programas que generen en los hogares la capacidad de proteger a los niños del estrés generado por un contexto violento. Un ejemplo de este tipo de programas es Semillas de Apego, una iniciativa que busca fomentar la salud emocional del cuidador principal, su capacidad de responder afectivamente a las necesidades de los niños y el entendimiento de buenas prácticas para la crianza. Los detalles de este programa los pueden encontrar acá o acá.

Por otra parte, podemos generar en el sistema educativo la capacidad de entender y mitigar los efectos del trauma psicológico generados los contextos de adversidad extrema en el que viven una gran porción de los niños. Gracias al trabajo de varias redes de investigadores, docentes, médicos, servidores públicos y comunidades, en los últimos 2 años en Estados Unidos se han dado grandes pasos para lograr que en los distintos sistemas de provisión de servicios para niños se integre una visión “informada en el trauma”. La adopción de esta visión implica que quienes prestan los servicios: (i) entiendan las consecuencias que acarrea el trauma (en términos del comportamiento y las necesidades de los niños), y (ii) garanticen que los niños tengan los espacios seguros, las herramientas y el apoyo necesarios para mitigar estas consecuencias. En el caso del sistema educativo hay una estadística que hace evidente lo necesaria que es una visión “informada en el trauma”: un estudio reciente del Institute for Public Policy Research encuentra que la mitad de los estudiantes expulsados de colegios en Gran Bretaña sufren de problemas de salud mental. Algo similar sucede en Estados Unidos. Imagínense cuantos niños y jóvenes colombianos están siendo excluidos del sistema educativo por los problemas de salud mental que naturalmente trae el crecer en un contexto violento…

Referencias

Gershoff, E. T., & Aber, J. L. (2006). Neighborhoods and schools: Contexts and consequences for the mental health and risk behaviors of children and youth. In L. Balter, & C. Tamis-LeMonda (Eds.), Child psychology: A handbook of contemporary issues (2 ed., pp. 611-645). New York: Psychology Press/Taylor & Francis.

Barro, R. J., & Lee, J. W. (1994). Sources of economic growth. Carnegie-Rochester Confer. Series on Public Policy, 40(C), 1–46. https://doi.org/10.1016/0167-2231(94)90002-7

Lucas, R. E. (1988). On the mechanics of economic development. Journal of Monetary Economics, 22(February), 3–42.

Meaney, M. (2001). Maternal care, gene expression, and the transmission of individual differences in stress reactivity across generations. Annual Review of Neuroscience, 24, 1161-1192.

Arnsten, A. F. T. (2009). Stress signalling pathways that impair prefrontal cortex structure and  function. Nature Reviews Neuroscience, 10, 410-422.

Blair, C; Granger, D; Willoughby, M; Mills-Koonce, R; Cox, M; Greenberg, M; Kivlighan, K y Fortunato, C. (2011) Salivary Cortisol Mediates Effect of Poverty and Parenting on Executive Functions in Early Childhood. Child Development, 82.

Sapolsky, R. (2004). Why Zebras Don’t Get Ulcers. New York.

Fowler, P., Tompsett, C., Braciszewski, J., Jacques-Tiura, A., & Baltes, B. (2009). Community violence: A meta-analysis on the effect of exposure and mental health outcomes of children and adolescents. Development and Psychopathology, 21(1), 227-259. doi:10.1017/S0954579409000145

[1] Estas cifras corresponden a una base de datos construida a partir de dos fuentes: (i) el Sistema de Estadística Delincuencial, Contravencional y Operativa (SIEDCO), consolidado y procesado por el Centro de Estudios sobre Seguridad y Drogas (CESED) de la Universidad de los Andes, y (ii) el registro de direcciones de la base C-600 del DANE. Para 2014, tenemos georreferenciados en esta base un total de 1779 colegios en Bogotá, Medellín, Cali y Barranquilla y el conteo de homicidios reportados cada día, en una vecindad de cinco cuadras alrededor de cada colegio. En el mismo año, en las mismas cuatro ciudades y en la misma ventana temporal, observamos 10 o más homicidios en la vecindad del 8% de los colegios públicos.

[2] Con estos mapas pretendo simplemente mostrar que la distribución geográfica de la violencia (representada por el reporte de homicidios), no coincide con la de los colegios y jardines. En esta medida, aunque no se presente una prueba formal, se hace evidente que son sólo unos colegios los que están ubicados en las zonas más violentas de esta ciudad.

[3] Estamos muy agradecidos con el ICFES, el Centro de Estudios sobre Seguridad y Drogas (CESED) de la Universidad de los Andes y la Policía Nacional. Sin la financiación de las primeras dos entidades no hubiera sido posible adelantar estos estudios. Sin la colaboración técnica con la Policía Nacional no hubiéramos tenido un amplio acceso a los datos y seguramente hubiéramos cometido errores importantes en el uso de los datos.