Entrevista a Rogelio Julio Frigerio por Juan Carlos De Pablo

Publicado originalmente en J.C. De Pablo (1980): La economía que yo hice, Ediciones El Cronista Comercial. 


Pregunta: En el caso suyo sería conveniente comenzar con una pequeña precisión, porque usted formalmente no fue ministro de Economía. ¿Qué cargo, o qué cargos, ocupó usted durante el gobierno del doctor Frondizi? Y ¿cómo era la relación entre usted y quien formalmente ocupaba el Ministerio de Economía?

Respuesta: Mi relación con el doctor Frondizi comenzó mucho antes de su gobierno. Era miembro de un equipo presidido por él que hizo, en primer término, la campaña electoral. Una tarea que fue bastante extensa, porque su preparación demandó esfuerzos y estudios sistematizados que no fueron fáciles de llevar a cabo en un momento en que el país no tenía, como tiene ahora, publicaciones y trabajos que facilitan la tarea. Por eso es muy difícil establecer una línea divisoria entre nuestra colaboración previa al gobierno y la posterior, porque no hubo solución de continuidad. Trabajamos juntos en la elaboración del programa, que –como se recordará- sustituía al programa de Avellaneda, que era un programa a la sazón vetusto, cargado de un izquierdismo pueril. A tal punto constituyó un cambio sustancial que el candidato a la presidencia pudo decir que el programa de gobierno era el que estaba consignado en sus veinte discursos preelectorales.

En cuanto a la formalidad, fui designado secretario de Estado para las Relaciones Económico-Sociales de la Presidencia de la República. El gobierno tuvo cinco ministros de Economía: Donato del Carril, Alsogaray, Roberto Alemann, Coll Benegas (cuyo jefe de gabinete era Martínez de Hoz) y Wehbe, que tuvo un pequeño período. Hubo cinco ministros y una sola política económica. Esta política económica fue la que se elaboró en el gabinete presidencial, y que se llevó a cabo hasta las últimas consecuencias, con todas las lógicas concesiones a la práctica que tuvo que hacer un gobierno que en menos de cuatro años enfrentó treinta y seis crisis militares.

P: ¿Alguna vez el presidente Frondizi le ofreció a usted el Ministerio de Economía? Es decir: ¿por qué no fue ministro?

R: Todas las decisiones, en ese período, se tomaban a partir de una elaboración en la que, obviamente, participaba también yo. Sostuve que, dadas las características de la tarea que había que llevar a cabo, no era conveniente ni económico, desde el punto de vista del tiempo, ser el que firmara los decretos y tuviera sobre sus espaldas toda la actividad burocrática que suponía el Ministerio. Casualmente, me está mirando

fijamente un amigo y miembro de nuestro gobierno, que no compartía esa opinión y que creía que yo debía asumir directa y formalmente el Ministerio de Economía. No era la opinión de Frondizi y no era mi opinión.

P: Eso plantea una especie de división del trabajo, entre tareas burocrática, rutinaria, para quien, de acuerdo el organigrama, era el titular del equipo económico; y tareas estratégicas o de cambio de política a cargo suyo. ¿Cómo se coordinaban los dos funcionarios?

R: Si hay un ejemplo donde no existió fractura entre la actividad teórica y la actividad práctica, entre la estrategia y la táctica, entre lo que es general y lo que es particular y del día; si hay algún caso, digo, en que se ve con toda claridad que no hubo tal divorcio, es justamente aquí. Todas las experiencias de ejercicio del poder revelan que no se puede, de ninguna manera, tener una concepción estratégica incorrecta y acertar en las acciones tácticas. Y no se pueden resolver tácticamente los problemas inclusive los administrativos, sin una correcta línea general de carácter estratégico. Si alguno caracterizó al gobierno del doctor Frondizi, fue que el cumplimiento de las más diversas actividades en el campo práctico, en el campo ejecutivo, respondieron con toda consecuencia a una concepción general que, justamente, habría que buscar en el texto de aquellos veinte discursos preelectorales.

P: ¿La designación del ingeniero Álvaro Alsogaray al frente del Ministerio de Economía, no significó una modificación del rumbo que se había impreso a la política económica? Y si no: ¿cómo funcionaba internamente el equipo de gobierno, para mantener el mismo modelo con ministros tan dispares como los que hubo?

R: La primera parte de la pregunta, si usted me permite, se la voy a contestar con lo que se puede leer en La Nación del día 15 de julio de 1959. El flamante ministro Alsogaray dijo textualmente: “Frigerio fue el gestor más decidido para la realización de la política que se va a seguir indudablemente, ahora. Trabajó en los asuntos de petróleo. Carbón y radicación de capitales. Trabajó mucho en todos los órdenes. Por lo tanto, en su esquema, cuanto menos, estamos totalmente de acuerdo. Pero él debió enfrentar otros problemas, políticos, sociales; y su salida obedece a estos factores”. Esta respuesta no dejaba resquicio: él iba a seguir la misma política con la misma orientación y el mismo esquema.

El periodista sin embargo insiste: “Entonces no se entiende la causa de la salida de Frigerio del gobierno y el ingreso suyo”. Entonces Alsogaray contesta: “Es como una carrera de postas”. Con respecto a cómo era la estructura interna del gobierno debo decir, ante todo, que la estructura interna del gobierno, y de cualquier otra cosa, tiene mucha relación con la exterioridad.  No es una novedad que hay correspondencia entre estructura y forma, que hay interior y expresión externa; es decir, un gobierno que tomaba medidas del carácter y de la profundidad que adoptó el gobierno desarrollista del doctor Frondizi requería mecanismos sumamente dinámicos.

Por ejemplo, para lograr la racionalización administrativa en los plazos en que la logramos debimos determinar que esa racionalización administrativa no podía pasar por el Ministerio de Economía. Creamos, en cambio, un Comité de Racionalización y Austeridad que funcionaba en la Casa de Gobierno a cargo del doctor Juan Ovidio Zavala y resolvía los problemas en contacto personal con la Presidencia. En cuanto al modelo, creo que es transparente. Entendemos que la Nación es una entidad que abarca, integra y armoniza todos los sectores sociales, todas las regiones geográficas y hasta las expresiones ideológicas nacionales. Ese era el modelo: el de una Nación que acentuara esas características de integrar y sintetizar esa globalidad en un proceso de desarrollo espiritual y material.

P: Aclarada, al menos en parte, la relación entre su función y la del ministro de Economía, querría que nos recuerde, aunque sea en forma concisa, cómo veían ustedes el estado de la economía en el momento de hacerse cargo del gobierno, y que ideas generales o específicas tenían para llevar a la práctica.

R: Me han de permitir una digresión. Yo, que conozco la precisión con que emplea usted los vocablos, no me quedo tranquilo con su apreciación de que hemos aclarado “al menos en parte”. Y desearía agregar lo siguiente: la Constitución Nacional es muy clara en el sentido de calificar la actividad de los ministros como colaboradores y ejecutores de la política del Presidente de la República. En consecuencia, el presidente tiene el derecho y el deber de engendrar los mecanismos que ejecuten con precisión y solvencia las medidas generales que han de instrumentarse a través del Poder Ejecutivo.

P: Estoy totalmente de acuerdo con eso, Frigerio. Pero también debe comprenderse que, al menos vista desde afuera o para alguien que en ese momento casi tenía pantalones cortos como yo, la relación que existía entre un secretario de Estado a nivel de presidencia, un ministro de Economía y un presidente, era una relación poco común.  En algunos de los discursos preelectorales de 1962, cuando el presidente Frondizi (creo que hizo una serie de discursos los miércoles y si mal no recuerdo, fue en uno de ellos) tuvo que explicar la relación que tenía con usted, trajo algunos antecedentes históricos, como el caso de relación que tenía con usted, trajo algunos antecedentes históricos, como el caso de Es decir, la demanda de explicación que yo hago creo que, en cierta medida, interpreta un interrogante bastante difundido. Me parece que, desde el punto de vista de la organización del Ministerio, bien valía la pena aclararlo. Pero probablemente ese también se aclare cuando dentro de un rato hablemos de cómo se fueron gestando las distintas etapas en las cuales se fue armando el plan. Porque eso puede mostrar quien era el que más tenía que decir en materia de decisión. Precisamente por eso insisto en preguntar: ¿cómo estaba la economía al 1º de mayo de 1958?

R: La situación en 1958 era bastante semejante a la que enfrentó el actual equipo económico en el aspecto socioeconómico. No en el aspecto político, porque en el aspecto político militar el compromiso de las Fuerzas Armadas el 24 de marzo fue muy grande y, en verdad, lo asumieron y lo llevaron a cabo con total responsabilidad y eficiencia; pero en cuanto a lo estrictamente socioeconómico creo que, en efecto, en 1958, en muchos aspectos hay una gran semejanza. La situación se caracterizaba por una inflación enmascarada por controles de precios, tarifas políticas y subvenciones. A todos estos hechos, vertebrales en cualquier política populista como obviamente lo fue la de 1945 a 1955, se sumaba la deformación del aparato administrativo y la proclividad del Estado a resolver problemas por vía de subvenciones y sustituciones. Esta inclinación venía desde 1930, cuando las clases dirigentes argentinas no acertaron a emprender el camino que conducía a satisfacer las necesidades nacionales. A mi juicio, era evidente que la tendencia internacional al intercambio probaba que los países productores de materias primas empobrecían y los países industriales se enriquecían, como posteriormente destacó Juan XXIII en una encíclica con palabras verdaderamente precisas: “los países ricos son cada vez más ricos”. En la década del 30 estaba claro este fenómeno: entre 1928 y 1934 los precios agropecuarios bajaron de un índice 100 a uno de 70, en tanto los no agropecuarios subieron a uno de 106.

Argentina, a diferencia (por ejemplo) de Canadá, adoptó una política, más que de defensa de los intereses nacionales, de protección de ciertos grupos sociales en contra de la demanda de los sectores de menores ingresos. Usted es muy joven y no recordará,  pero como es un estudioso de la historia económica lo debe saber: las ollas populares, donde iban a comer los obreros y la gente de los extremos de la sociedad, estuvieron en boga en esa década y un sector del radicalismo, FORJA, la pudo llamar, no sin razón, “la década infame”. Canadá, frente a esa misma situación, tomó otro                                                                   camino: el de integrar la economía, las bases de la estructura productiva. Y las consecuencias están a la vista: Canadá, como la Argentina, en esa época representaba      el 2,50% del comercio mundial; hoy la Argentina está debajo del 0,50% y Canadá está en el 5%. Es decir, de una paridad absoluta hemos ido a una relación de la 1 a 10.

En 1958 la situación del país era grave, tanto por la condición de una economía esencialmente productora y exportadora de productos primarios, como también por el enmascaramiento de los síntomas de su crisis. Proliferaba por ejemplo, la burocracia, la empleomanía, bien que en grado mucho menor que en este momento (tarjeta amarilla). Había un sobredimensionamiento burocrático y una cantidad enorme de empresas en el seno del sector público (Ansec, DINIE, Bemberg, CADE), que no tenían nada que ver con la competencia del Estado. La lucha contra la burocracia y la lucha por la privatización, que incluía las empresas estatizadas en bloque a raíz de las acciones del gobierno frente a Alemania en la Segunda Guerra, nos obligó a plantearnos la cuestión de una manera muy estricta y a utilizar mecanismos adecuados a la gravedad y la dimensión del problema.

Las empresas Dinie eran empresas que habían ingresado intempestivamente en el sector público argentino. Había decisión, ya en el gobierno peronista, de pasarlas a la actividad privada. Pero son decisiones que existen, a veces, en la mentalidad de los que las adoptan y que luego quedan entre pecho y espalda, porque son muy difíciles de llevar a cabo. Pero cuando no se las ejecuta se ponen en tela de juicio y se compromete la determinación de llevar adelante un programa nacional. O bien se confunden los elementos de la no acción con una presunta filosofía del gradualismo, o del bienestar permanente, o del “proceso indefinido”, que no tienen nada que ver con lo que exigen los países de las características del nuestro. Y esto es así porque se trata de países en cuya estructura no hay elementos que se modifiquen por la vía del gradualismo, ya que sufren problemas estructurales que hay que atacar con decisiones drásticas. Nosotros tomamos esas decisiones drásticas, por ejemplo, respecto de las empresas que había que pasar a la actividad privada. No hicimos enumeraciones lánguidas. Escogimos un responsable para cada empresa y dispusimos que sus honorarios se le liquidaran cuando estuvieren liquidadas las empresas. Porque, invariablemente, la experiencia dice que entre un camino y otro no hay una diferencia de tiempo: se trata de llevar a cabo la tarea o no llevarla a cabo.

Lo mismo ocurre con el problema ferroviario. Tenemos una red ferroviaria que está emplazada en abanico en la geografía del país con centro en el puerto de Buenos Aires. Esto se acomodaba perfectamente a las características casi coloniales de la economía de principios de siglo; pero ahora opera como un freno al desarrollo y, mucho más, cuando el traslado de las cargas es totalmente antieconómico  distancias menores de 400 kilómetros. Por eso nosotros hicimos un plan, contratamos los mejores técnicos que se conocían en ese momento, y empezamos el levantamiento de las vías. Fue así como pudimos enviar a la actividad privada 75.000 ferroviarios que se transformaron en obreros de otras industrias con excelentes pagos por indemnización, o se transformaron en pequeños empresarios. ¡Nada menos que 75.000 ferroviarios!                                                  Otro  tanto hicimos con relación a la burocracia. Más de un ministro de Economía tuvo     algo que ver con el problema, pero hubo que relevarlos de esta responsabilidad porque pensaban que la solución radicaba en individualizar en cada oficina a los prescindibles. Más de una vez tuve diálogos como éste: “Pero fulano, si tenemos que prescindir de 300.000 personas y para eso estamos creando una economía en expansión, ¿cómo cree usted que el trabajo de esta semana puede estar justificado, al nivel del Ministerio de Economía, diciéndonos que ha resuelto prescindir de setenta empleados? Para llegar a desplazar y darles horizonte a 300.000 agentes, obviamente era necesario otro procedimiento y otro ritmo, que lograron imponerse a través de una secretaría ad hoc que dependía de la Presidencia de la República y no del Ministerio de Economía.

P: Antes de seguir con el plano de las medidas, quiero volver al diagnóstico del 1º de mayo del 58. ¿Hubo un proceso de aprendizaje desde el momento en el cual plantean la cuestión electoral hasta que llegan al gobierno (Ejemplo: el tan mentado caso de Política y Petróleo vs. la política petrolera)?

R: Su pregunta es ambivalente y requeriría, quizá, algún otro interlocutor que el muy modesto que está delante suyo. Pero sobre todo, la pregunta es más espectacular que otra cosas, porque si se releen los veinte discursos preelectorales del candidato a presidente Frondizi, encontrará la totalidad de las respuestas a estos problemas, inclusive el del petróleo. El problema del petróleo era muy grave, y usted hace muy bien en explicitarlo porque la Argentina invertía la tercera parte de su capacidad de compra en el exterior en adquirir petróleo, que los argentinos teníamos debajo de los pies, que seguimos teniendo, en realidad, a pesar de estar comprando en forma mucho más injustificada en este momento el 10% del consumo, de un consumo modestísimo  en virtud de la contratación de la actividad económica argentina (tarjeta amarilla). Nosotros planteamos el problema enfrentando inclusive criterios anteriores;  y éste es uno de los elementos que mueven a la mayor admiración de presidente Frondizi, porque creo que lo más difícil en un hombre público es ser capaz de avanzar sobre los propios cadáveres ideológicos.

Nosotros tuvimos desencuentros incluso con el partido del gobierno, que estaba en la actitud del “petróleo para YPF”. Que se hacía equivaler a “petróleo para los argentinos”. El petróleo tiene que ser para los argentinos y para el desarrollo nacional, para transformar este país en uno que sirva de base material a muchos millones de compatriotas. Pero justamente, para lograr éste objetivo, es indispensable romper la rutina burocrática, es decir, es indispensable cambiar la concepción.

Nosotros nos preguntábamos: ¿nos hace más nación comprar combustible en el exterior u obtener el aporte de capital y de actividad empresaria extranjeros para sustituir esas importaciones por producción nacional?

Nos hacemos nación, infinitamente más soberanos, independientes produciéndolo acá. Por eso, en menos de cuatro años, la Argentina vivió un proceso verdaderamente espectacular: llevamos la producción de petróleo de 4.600.000 m a casi 15.000.000 m, con los que cumplimos un objetivo que la República Argentina se había propuesto vanamente durante medio siglo. Y en ese no es cuestión de hacer responsabilidades partidistas, porque en dicho lapso desfilaron por el poder todas las tendencias y todas la doctrinas económicas, sociales y políticas, y ninguna pudo romper un techo que estaba, paradójicamente, rígido en aproximadamente el 30% del consumo. Lo que excedía esta proporción se importaba.

P: Al respecto quiero hacer una pequeña digresión. Cuando ustedes hablan acerca de lo que han hecho en materia de petróleo, nunca se ponen como punto a favor lo que sería Argentina si ustedes no hubieran aumentado el autoabastecimiento de petróleo del 30 al 90%. De manera que como ustedes no se lo atribuyen, uno no puede decir: “Caballeros, en realidad ustedes no sabían la que se iba a armar con la OPEP”. Pero de cualquier manera tienen que mirar, al leer la historia, es decir: “Menos” mal que ustedes, aunque por otras razones, se les ocurrió hacerlo”. Porque vivo insistiendo en que no sé bien que sería la Argentina si realmente tuviéramos hoy que importar los dos tercios de nuestro consumo de petróleo.

R: Tengo una deuda de gratitud con mi interlocutor de esta noche, y es que él ha dicho públicamente que ese esfuerzo llevado a cabo por el gobierno de Frondizi merecía un monumento para el cual no alcanzaría todo el cemento que tenemos.

P: ¿Fue auténtico el autoabastecimiento? Además ¿se aceleró la producción sobre la base de reservas que ya existían?

R: Vale la pena aclarar el interrogante en todo su contexto. El autoabastecimiento se logró en forma prácticamente total. A fines de 1962 la producción diaria era superior al consumo. Por lo demás se habla de autoabastecimiento cuando la balanza se equilibra,  cuando lo que se adquiere y lo que se vende no arroja un déficit. En ese sentido el país logro el autoabastecimiento. En decir, el equivalente de lo que teníamos que adquirir en ciertos cortes que podíamos exportar en otros tipos de crudo.

Con respecto a la posibilidad de explorar y a la inconveniencia de hacer una explotación proficua e intensiva del petróleo, creo que hay una concepción inexacta que se ha difundido en el país, no siempre honradamente. Al respecto quiero decir esto: los técnicos de YPF que diagnosticaron las existencias durante el gobierno de Frondizi, que no tenían nada que ver con las que después se publicaron, son técnicos de la institución, forman parte de su personal estable. En este sentido, podemos decir que sus conclusiones eran conclusiones de YPF. Y en ese momento la existencia de reservas permitía su utilización durante 25 a 30 años de desarrollo económico. En cuanto a la explotación irracional, baste decir esto: después de dos décadas los yacimientos siguen produciendo cantidades importantes de petróleo con declinaciones absolutamente normales en esa industria

P: ¿25 a 30 años a los nuevos niveles de producción?

R: A los nuevos niveles de producción. Ahora sabemos por muchos caminos que tenemos ese petróleo.

P: ¿Esos límites de tiempo son rígidos o pueden ampliarse con nuevos hallazgos y descubrimientos tecnológicos?

R: Por supuesto, para una utilización como la actual (de receso) podríamos elastizar enormemente el plazo (tarjeta amarilla). Pero queda referirme a esto: es sabido que las reservas, por el solo hecho de llevar a cabo la explotación, se incrementaban en alrededor del 20%. Es una ley general; pero el análisis de entonces sobre las características de las estructuras petrolíferas argentinas fue concluyente, y los actuales hallazgos de nuevas estructuras gasíferas están confirmando de manera inequívoca que somos un país con reservas petroleras importantes. De las discusiones sobre este problema que se efectuaron en Europa y en EE.UU. extrajimos iguales inferencias que de las conversaciones que mantuvimos con los responsables de aquellos informes aludidos que, como dije, no eran informes individuales sino de la institución, elaborados oír quienes integraban el aparato técnico de Y.P.F. En consecuencia, diría que eran elementos para afirmar enfáticamente que los argentinos tenemos que abordad la cuantificación de nuestras estructuras y a su explotación con gran energía y optimismo. No porque crea que el optimismo es otra cosa que el buen funcionamiento del hígado, sino porque los elementos objetivos de la realidad petrolífera y gasífera nos permiten adoptar esa actitud.

P: ¿Usted recuerda, Frigerio, a cuánto estaba el precio del petróleo en el momento en que ustedes realizaron esa política y a cuánto le vendían las empresas el petróleo a YPF?

R: En término medio el precio que obtenían las empresas por los contratos estaban siempre por debajo de la mitad del costo internacional.

P: ¡Debajo de la mitad del precio internacional!

R: Además, téngase en cuenta que no se pagaba en divisas, sino que se pagaba en pesos moneda nacional.

P: Lo cual quiere decir que aún a esos viejos precios del petróleo…

R: Perdón, pero la respuesta es aún más válida hoy. Porque le petróleo extraído en el país en aquellas condiciones cuesta alrededor de sesenta dólares y el importado, alrededor de doscientos cuarenta, esto es, cuatro veces más (tarjeta amarilla)

P: Pero ahora estamos juzgando a estos precios y yo quiero juzgarlo a aquellos precios. Usted dice menos de la mitad.

R: Cada uno de los contratos es susceptible de ser examinado independientemente. Hay bastantes diferencias entre ellos por el tipo de área y por el hecho de que en algunos casos se entregaba una estructura petrolífera ya trabajada, y en otros la empresa tenía que hacer previamente inversiones cuantiosas. Pero, al efecto de la pregunta, baste decir que el costo de YPF estuvo siempre debajo de la mitad del costo internacional.

P: El equipo económico empieza a trabajar el 1 de mayo de 1958, y el famoso programa de estabilización y desarrollo se lanza con un discurso presidencial el 28 de diciembre del mencionado año. ¿Qué pasó durante esos siete meses?

R: Muy buena pregunta, verdaderamente sagaz, y de las más profundas que se pueden hacer en torno de la historia crítica de la economía argentina de ese período. Las condiciones políticas y sociales en las que accede al poder el gobierno de Frondizi son asaz difíciles, entre otras razones porque hay un partido mayoritario que queda prácticamente excluido del comicios. Entonces al presidente Frondizi se le presenta, como candidato y como presidente, esta alternativa: ganar (porque se ganaba la elección de cualquier manera; la posición de los candidatos no admitía duda), sobre la base de imponerles a los sectores mayoritarios de la población una solución política arbitraria, o crear las condiciones para una alianza política.

El partido que llevaba a Frondizi como candidato era un partido de clase media. La revolución de 1955, no hay ninguna duda, estableció una suerte de condición de ciudadanos de segunda clase para los miembros del partido mayoritario. Ante esta situación nosotros no dudamos que era necesario, tanto desde el punto de vista del   programa, como desde el punto de vista de la acción preelectoral, como desde el punto de vista de la acción en el gobierno, tender puentes para no lograr un triunfo contra la clase obrera sino un triunfo de todos los sectores en un incipiente (porque no podía ser de otra manera) Frente Nacional.

Esto es lo que se intenta en el curso de la campaña electoral, lo que interpretamos como un mensaje implícito en el triunfo electoral, y lo que más tarde se expresó en algunas de las medidas que debimos tomar y tomamos. Pero quiero que quede claro: en ningún caso se adoptaron estas decisiones por razones demagógicas ni por razones de sentimentalismo social. Se tomaron porque consideramos que, para resolver los problemas que la República tenía planteados en ese momento, no había otra manera que crear condiciones de cohesión social y nacional. De ahí la ley de Asociaciones Profesionales; de ahí algo que ha sido tan  mal interpretado y tan aviesamente utilizado como es la elevación salarial al 60% (los liberales, en general, están de acuerdo en que haya sinceramiento; aunque cuando ellos están en el gobierno no lo llevan a cabo, como creo que es obvio en este momento (tarjeta amarilla). Pero cuando se trata de sinceramiento del salario, nunca están de acuerdo).

Nosotros nos encontramos con esta situación: había habido un cambio en las condiciones de la capacidad adquisitiva del salario ya que se habían tomado una serie de medidas que descolocaban en el mercado la cuantía del salario con relación al resto de los precios e inclusive de las tarifas. Y como nosotros estábamos dispuestos a llevar hasta las últimas consecuencias el sinceramiento, le devolvimos su lugar.

Me tocó discutir personalmente con el Fondo Monetario Internacional dicho sinceramiento. Los funcionarios se agarraban la cabeza y decían: “¿Pero qué van a hacer ustedes cuando tomen esas medidas?”. ¿Qué vamos a hacer nosotros? “Nos vamos a cruzar de brazos esperando que los precios alcancen el nivel económico”. No hay otra manera; no existe en el mundo antecedente de haber podido resolver una crisis de estas características sin un sinceramiento de la economía. Pero un sinceramiento, como dije, hasta las últimas consecuencias, es decir un sinceramiento global. Por eso tomamos las tasas del deterioro del salario, y restituimos su nivel por un aumento que, efectivamente, coincidió con el 60%. Pero, en el período en que se produjo ese retroceso el 80% de las empresas  había actualizado sus salarios, de modo que esta medida interesaba a un sector mínimo, porque absorbía los aumentos anteriores. Nosotros necesitábamos establecer un umbral unívoco y así lo hicimos, con absoluta convicción, porque entendíamos que no hay otra manera de sincerar todo el mecanismo económico sin excepciones.

P: Eso quiere decir que no solamente el programa desde el punto de vista de la liberación (ejemplo: la unificación del mercado de cambios). Que está claro que arrancó el 28 de diciembre de 1958, sino también las leyes más estructurales, como inversiones extranjeras, el petróleo, etcétera (van desde 1959 en adelante o ya empezaron en 1958?

 R: El plan estaba teórica y prácticamente diseñado el 23 de febrero de 1958. Pero entramos en una liza política sumamente ríspida (no hay que olvidar que el gobierno de la Revolución Libertadora se vio obligado a imponer el estado de sitio porque había problemas difíciles de fricciones sociales). Frente al problema del deterioro político que planteaba la política petrolera, utilizada por los enemigos de la Nación Argentina para soliviantar a todos los sectores, era necesario ampliar la plataforma que nos permitiera desenvolvernos y poder ir al encuentro de los objetivos parciales y totales.

Esa atmósfera enrarecida aparece en los problemas que se suscitan respecto a la Ley de Asociaciones Profesionales y los que se plantean con las huelgas revolucionarias. Ningún gobierno, como el de Frondizi, tuvo –como dije- en menos de cuatro años treinta y seis crisis militares y decenas de huelgas revolucionarias, algunas de ellas por tiempo indeterminado. Compárelo con toda la historia reciente y menos reciente y va a concluir que la explicación de una situación tan anormal hay que encontrarla en la introducción de elementos foráneos en la política argentina.

Vuelvo a la pregunta. Nosotros teníamos diseñada toda una política, la totalidad del esquema, del modelo; y tuvimos que enfrentar condiciones políticas que se fueron enrareciendo tan pronto Frondizi ganó la elección. El mismo día que tenía que jurar no se sabía si iba a asumir o no. Y esto no es un misterio: está en la crónica de la política argentina de todos esos días. En consecuencia, tuvimos que hacer algunas cosas que no estaban previstas con relación al tempo, pero que estaban marcadas como fundamentales.

P: Ustedes insisten en la necesidad de establecer prioridades. ¿Cómo se fijaron, concretamente, esas prioridades durante el gobierno?

R: Excelente pregunta. La discriminación se hizo, ante todo, en función de separar lo que es estructural y básico para el desarrollo de lo que no lo es. Ante la necesidad de definir la actitud del Estado con relación a una fábrica de galletitas o una acería, una fábrica de petroquímica, la extracción de petróleo o la infraestructura de comunicaciones, asignarnos la prioridad a estos rubros y de ninguna manera a otros, aun de mucha significación social y económica. Porque estas industrias pesadas son madres de industrias: una acería puede respaldar la producción de utensilios de cocina y también de barcos, ferrocarriles, construcciones, puentes y plantas industriales. Pero más allá de las prioridades básicas, el Estado tiene el deber de garantizar internamente la mayor cantidad de elementos competitivos; tiene la obligación política (como instrumento jurídico de la comunidad nacional) de garantizar la competencia interna, inclusive por razones morales. Pero tiene también la obligación, en función justamente de ser la cabeza jurídica de esa comunidad, de defender el mercado y el trabajo nacional, el proceso productivo de la Nación, respecto de los factores externos; porque estos elementos exógenos, en las condiciones que eran las corporaciones multinacionales contemporáneas, tienden a entrar en conflicto con los intereses nacionales. Considero que las corporaciones multinacionales tiene la aptitud para cumplir funciones valiosas en una sociedad y son, además, una realidad insoslayable. Pero una cosa es hacer una política económica en directo beneficio de esas corporaciones y otra cosa es garantizarles la posibilidad de actuar en el mercado interno, sobre la base de privilegiar los intereses de la comunidad nacional al diagramar esa política.

P: Algo que llama la atención es la velocidad con la que ustedes lograron resultados. ¿Cuál es el secreto?

R: El secreto, si se me perdona la jactancia, es más filosófico que práctico. Nosotros creemos que, para ser modificada, una estructura de las características de la Argentina, requiere medidas drásticas, incompatibles con el progresismo, con la concepción gradualista que fue la que alimentó teóricamente a todas las otras alternativas.

P: Esto es lo que creen ustedes. Pero, ¿por qué el resto del mundo creyó en ustedes? Usted puede decir: creo que hay que hacer una hermosa ley de inversiones extranjeras, y la hace. Pero el resto del mundo no le presta atención. ¿Por qué vinieron? Y vinieron muchas; muchos dicen que vinieron demasiadas”.

R: La gente creyó porque la decisión era de sincerarse. Y los dólares que vinieron en aquella época fueron dólares de riesgo; dólares para venir a compartir con riesgo el desafío que asumíamos los argentinos. Cuando los dólares vienen por el conducto del aparato financiero especulativo es porque nadie cree en los discursos, y nadie arriesga un dólar por más que le digan que los gobernantes son liberales (tarjeta amarilla).

P: ¿Cómo estaba en ese momento el mundo de la inversión extranjera directa? Es decir, un señor sentado en una oficina de Nueva York recibía todas las noticias del programa de la Argentina y tenía treinta y cinco alternativas. ¿O solo existía Argentina?

R: Primero le diré que en Nueva York no. El día que asumió Frondizi no había plazas en los hoteles de Buenos Aires porque la gente venía a ver qué pasaba y sobre todo qué iba a pasar en la Argentina. Y la decisión del sinceramiento y la determinación de sacar el petróleo en cualquier condición flamearon como verdaderas banderas, que convocaron, y que tuvieron éxito. Porque en eso que se pueda mentir, ni creo. Que se pueda dudar de la suprema sensibilidad que tiene una cosa tan materialista como es el  capital. El capital afluye y se retira por razones aparentemente fútiles, pero que en el fondo son, tendencialmente, determinantes. Y esto fue lo que hizo que un programa tan claro, tan preciso, como el que enunciamos nosotros, tuviera como consecuencia que la gente confiara y quisiera compartir esta convocatoria.

P: ¿Ayudó en este sentido la imagen de ortodoxia que tienen varios de los ministros del período o eran simplemente las grandes líneas y esa política de sinceramiento lo que realmente motivó a los inversores extranjeros que vinieron?

R: Los ministros que nombré, excepto Donato del Carril que era un amigo entrañable del doctor Frondizi desde la juventud, fuera de él, que no constituía una definición técnica ni de ortodoxia, aparecieron cuando la batalla del petróleo estaba ganada. Y la batalla con el Fondo Monetario Internacional también hubo que ganarla: tuvimos que discutir con toda energía que se nos permitiera el sinceramiento total y simultáneo de la economía. No lo podían admitir. Decían: “Ustedes no saben lo que les va a pasar con la moneda” Y lo que nos pasó fue una cosa que tiene vigencia todavía hoy, puntual y ejemplarmente. Nosotros le quitamos el corsé a la economía argentina. Hay un desborde inicial. Prevemos una elevación en el índice de inflación y efectivamente la hay. Es el año 1959, en que alcanza el 11%. Pero, ¿con qué consecuencia posterior? En el primer trimestre de 1960 tenemos un índice mensual del 1,6%, en el segundo trimestre del 9%, en el tercer trimestre del 2,9% y en el cuarto trimestre del 1,9%.

P: Lástima que no hubo un quinto trimestre.

R: Efectivamente, porque hubiera sido 0%.

P: Después le voy a contar una anécdota personal bastante triste, referida al año 1959.

R: No veo que estemos tratando cosas tan alegres como para que usted quiera postergar su relato.

P: ¿Cuál era el nivel de las reservas internacionales y el de la deuda externa?

R: Cuando llegamos al gobierno, las reservas eran del orden de los 96 millones de dólares. Esos escasos 100 millones de dólares estaban muy sobrepasados por los permisos de importación otorgados por el Banco Central. En el curso del gobierno y hasta el último semestre, mientras la estabilidad política fue más o menos aceptable a pesar de las referidas crisis militares, el monto de la reserva guardó una proporción perfecta con las necesidades de la importación. A partir de aquel momento empiezan a generarse las condiciones de inestabilidad que terminan con el derrocamiento del gobierno. A fines de 1961. Tres meses antes del derrocamiento, las reservas, las reservas monetarias del Banco Central ascendían a 460 millones de dólares, contra los 96 millones de 1958.

P: ¿Y en cuanto a la deuda?

R: La deuda guardó matemática correspondencia con la inversión reproductiva; al punto que las importaciones fueron destinadas al parque industrial de la República en un 50%. Aproximadamente la mitad, y en algunos casos más de la mitad de las importaciones, se invirtieron en equipos durables y plantas industriales. De modo que, en este sentido, la filosofía nuestra era la misma que tuvieron los norteamericanos a fines de siglo. Como ustedes sabrán, Estados Unidos fue el país de mayor endeudamiento porque sus constructores consideraban que no hay manera de crecer sino debiendo; pero no debiendo para importar comestibles, productos perecederos o suntuarios, sino para incorporar elementos para la producción de bienes y servicios. Es decir: deber, pero para hacer crecer la estructura productiva.

P: La idea que a mí me queda es que en el plano estructural este es un período donde se hicieron cosas. Podríamos discutir mucho si hoy las haría con las mismas reglas de juego, pero el presente se analiza en otro ciclo y no en éste. Miro retrospectivamente lo que ha sido este período y veo, primero una gran audacia, porque había que ver.

R: Es una palabra incómoda, porque se la asocia con irresponsabilidad.

P: No, no. Digo audacia en sentido positivo., en el sentido de pensar: “El mundo es incierto pero vale la pena tratar de hacer algo” Si llego a alguna oficina pública y digo: no voy a hacer absolutamente nada, soy “statu quista”, lo más probable es que la historia (o la historieta) me reconozca como un individuo prolijo que no tuvo demasiados problemas. Por el contrario, si quiero cambiar las cosas me puede ir muy bien o muy mal. Recuerdo al respecto el caso del intendente Irizíbar, a quien peatonizar Florida le costó el puesto. Los porteños no le habíamos pedido que lo hiciera. Pero a él le pareció una buena idea. Seguramente que si lo hubiera hecho bien        le hubiéramos hecho un monumento. Lo hizo mal y tuvo que venir Montero Ruiz. Y así es como, a otro nivel, veo el período de ustedes. Porque uno ve ciertos números con dólares de hoy y no le parecen demasiado extraordinarios, pero viéndolos en ese momento y viendo algunos diagnósticos creo que, desde el punto de vista estructural, han hecho cosas.

R: A mi vez diría que hicimos cosas muy importantes y muchas.

Si me permite las puedo enumerar, no por supuesto para modificar ópticas sino para ayudar, en todo caso, a recordar. Multiplicamos por tres la producción de petróleo y de gas; multiplicamos por dos la producción de siderurgia; multiplicamos por cinco la inversión en obras viales, en la infraestructura de comunicaciones; multiplicamos por cinco la inversión en petroquímica. Y obsérvese que estamos hablando de rubros estructurales. ¿Por qué pudimos hacer eso? Nadie nos creyó simplemente porque suponía que íbamos a cumplir, sino porque llevamos el déficit del sector público del7,7% del Producto Bruto. El déficit del sector público, no el déficit de un “bolsillito” que se llama Tesorería. El déficit total del sector público. Por eso pudimos hacer esas cosas, por eso pudimos hacer lo que se hizo con el Producto Bruto. El Producto tenía inicialmente que caer, pero cualitativamente pagó un repunte extraordinario, porque no es lo mismo fabricar ballenitas que petróleo, gas, siderurgia y química pesada.

P: ¿Qué conclusión saca del escándalo que impidió la construcción de cinco mil casas en Río Turbio para facilitar la explotación del carbón?

R: Saco la más cabal de las conclusiones. Construir en ese momento cinco mil casitas era una cosa sumamente modesta y realizable, tenía como finalidad que los trabajadores de Río Turbio no viajaran todos los fines de semana a Chile (eran en su mayor parte chilenos). No traspusieran la Cordillera de los Andes para volver el día lunes. Como una de las características de los trabajadores es la no observancia muy rigurosa de la disciplina laboral. El viernes se iban pero el lunes no volvían, ni el martes, y muchas veces no volvían en toda la semana. La posibilidad de haber colocado la producción de carbón  en un nivel satisfactorio estaba atada a la construcción de esas casas. Una campaña que, por otra parte, fue anticipada veladamente por diarios ingleses respecto de lo que estaban

dispuestos a hacer para evitar que la Argentina se autoabasteciera de carbón. Y fue suficientemente eficaz como para cancelar el ambicioso programa de extracción carbonífera. Y en ese momento, en un mundo signado por la crisis de energía y que han tomado no sólo el camino del petróleo, de la hidroelectricidad o de la energía atómica, sino de la carboquímica, nosotros tenemos inerte esa riqueza.    

P: En su exposición resaltan los avances energéticos y fabriles.

¿Cómo se compatibilizaba esa política con las pautas para el agro?

¿No se arriesga la producción nacional de alimentos, en un mundo hambriento? ¿Cómo lo veían? ¿Cómo lo ven?

 R: Lo veíamos y lo vemos con el mismo criterio. El problema del desarrollo de la estructura económica argentina, entendida como el desenvolvimiento industrial a partir de las industrias de base y de crecimiento de la producción y la productividad agropecuarias, a partir de la incorporación de tecnología, garantiza soluciones holgadas para cualquier población como la nuestra, en todo tiempo y en toda alternativa. En cambio, en una perspectiva como la actual, en que incluso la actividad agropecuaria está siendo desalentada, todos estos elementos del problema de las proteínas tienen que perturbarnos e inquietarnos profundamente porque el país, tradicionalmente conocido como la canasta de pan del mundo, puede llegar a ser un país importador de alimentos (tarjeta amarilla)  

 P: ¿El sinceramiento de la economía que usted propone, no se contradice con su defensa de la producción aduanera de la industria?

 R: El sinceramiento es un factor general que juega, justamente, en forma sincronizada con la protección. No existe en el mundo experiencia alguna que permita alentar la idea de que desprotegiendo el esfuerzo local se puede llegar a tener una industria de costos competitivos. Esto no ocurrió ni en Inglaterra, cuna de la industria del mundo; ni en la Alemania de Bismarck, que se convirtió en diez años, en virtud de la protección, de un país feudal en un país básicamente industrial; ni en Japón; ni mucho menos en Estados Unidos, que se burló de los manchesterianos cuando le impugnaron el establecimiento de barreras aduaneras; ni por supuesto, en el campo comunista, en la Unión Soviética. Todos los países que han crecido cuantitativa y cualitativamente lo han hecho sobre sobre la base de saber una cosa elemental: que el desarrollo es inicialmente caro. Pero que no hay otro camino que el desarrollo para llegar a los precios competitivos. Y ese camino requiere inversión productiva y ella no acude a donde no hay sinceramiento, donde se desconocen las leyes de la economía.

P: ¿Cuándo empieza a converger hacia precios competitivos un proceso de desarrollo iniciado caro? Porque en la Argentina empezó caro también. ¿Cuándo lo hacemos converger?

R: Cuando adoptemos una política de defensa del esfuerzo nacional y no cuando, contrayendo la actividad económica, hagamos simultáneamente la apertura para que nuestros empresarios compitan con los japoneses, los norteamericanos o los

alemanes, en el momento en que tienen la más alta inflación del mundo, la mayor presión tributaria evaluada en función de las contraprestaciones del Estado, y una economía externa a las empresas que absolutamente incomparable con la que tienen Estados Unidos, Japón o Alemania, modelo que los funcionarios de turno se empeñan en exhibir como objetivo (tarjeta amarillo)

P: ¿Usted cree que las defensas arancelarias deben ser absolutas?

R: No creo que la protección deba ser indefinida ni que deba ser indiscriminada. Pero creo que lo que ha ocurrido en los últimos tres años, cuando de un promedio de 97% bajó a un promedio de 21%, lleva implícito, necesariamente, el deterioro de toda posibilidad de evolucionar como nación industrial (tarjeta amarilla). Porque se contrae la actividad económica, se achica el mercado, se destruye la rentabilidad en función de la competencia de los negocios financieros; y al destruir la rentabilidad se impide el cumplimiento de una ley económica elemental: la plusvalía, el excedente, o la rentabilidad, que es el prerrequisito de la acumulación porque sin eso no hay   acumulación capitalista y, en consecuencia, una política que achica el mercado, que  infla la moneda, que sanciona impositivamente, está creando condiciones para la desinversión y no para la acumulación. Está creando las condiciones para destruir el elemento que engendra la grandeza de las naciones, que es el desarrollo en virtud de la inversión. Con todo, insisto, no creo que deba establecerse indiscriminadamente la defensa aduanera. La indiscriminación en la protección es un error, pero mucho menos grave que la irreparable indiscriminación en la desprotección. En la larga distancia que media entre el promedio de 97% que teníamos y el actual de 21%, hay puntos óptimos para cada uno de los productos.

P: ¿Cómo se podía, en la práctica, proteger el trabajo nacional, según usted dice, y a la vez abrir de par en par las puertas a los capitales externos?

R: La descripción que se me pide en la estrictez de tiempo que tenemos sería prácticamente inabordable. Me atrevo a decir cuál fue la fórmula general que aplicamos, el marco teórico, si se quiere. La fórmula fue ésta: cerrar herméticamente las puertas a todo lo que el país está en condiciones de producir, y abrirlas de par en par a los capitales y a las técnicas que estén dispuestos a venir a colaborar con nosotros en el proceso de desarrollo nacional. Esto, quizá, nos evita la pormenorización. Estimular la producción de lo que podemos producir en el país, garantizando la competencia interna que es, repito, una obligación moral y política del Estado nacional.

Y simultáneamente una apertura hacia las técnicas y hacia los capitales externos, lo que equivale a decir, hacia la incorporación de capitales y hacia

la reinversión de capitales que están dentro del esquema económico interno. Esto, también, ilimitadamente y hasta las últimas consecuencias.

P: ¿Por qué se permitió la radicación de tantas fábricas automotrices, algunas de las cuales después debieron cerrar?

R: Voy a contestar la pregunta de una manera práctica. Si nuestro gobierno hubiera tenido el poder que tenía, por ejemplo, el generalísimo Franco habríamos aplicado seguramente la misma solución que él: una sola marca, muy pocos modelos, con producción masiva de esos modelos, Como teníamos una inestabilidad política muy

Profunda, conocida por todos y descripta reiteradamente por mí en esta conversación. Nosotros no teníamos otra alternativa que hacer un modelo abierto en el cual pudieran entrar todos. Inclusive las fábricas de tractores, rubro atinente al agro, cuya producción se llevó en 1961 a un nivel que luego no pudo ser alcanzado hasta después de una década.

Además, partíamos de la base de que no teníamos por qué proteger al empresario en su decisión de venir a arriesgar sus dólares en esta actividad. Obviamente fueron muchas fábricas; pero solo quiero decir una cosa como colofón: los argentinos nunca tuvimos acceso a un parque automotor como el que tuvimos hasta que los autos se produjeron en el país. Aún con todos esos errores que se pueden señalar en la concepción del plan de autoabastecimiento automotor argentino, el cual, por otra parte, jugó un papel de alta importancia en el desarrollo de las fuerzas productivas nacionales y en la reparación técnica de nuestros trabajadores.

P: ¿Les quedó a ustedes algo en el tintero desde el punto de vista estructural? ¿Qué cosas hubieran hecho después de marzo de 1962 si hubieran ganado las elecciones?

R: Muchísimas, por supuesto. No creo que sea necesario ser siquiera especialista en economía para saber que era un primer capítulo, casi un premio al desarrollo. Si la Argentina hubiera seguido ese camino estaría hoy, sin ninguna duda, en el más alto nivel del hemisferio, sacando a Estados Unidos. Solamente en energía, petróleo y gas: en el día de hoy estamos tirando a la atmósfera diez millones de metros cúbicos de gas, por no tener la infraestructura necesaria para llevarlos hacia los lugares de consumo. En medio de esta crisis universal de energía, tenemos gas para 50 años de desarrollo; sin proponérnoslo hemos ampliado abruptamente nuestras reservas. Y con respecto al petróleo, creo que es obvio que estamos con los pies y con las manos atadas, porque la idea de que recién en 1985 podemos tener autoabastecimiento es realmente insólita (tarjeta amarilla).

P: Con la serenidad que permite el tiempo transcurrido, ¿en qué cosas considera Frigerio que se equivocó?

R: El tiempo transcurrido me da efectivamente una enorme serenidad para apreciar todo lo actuado y para discriminar las cosas que volvería a hacer enfática, agresivamente, con una gran dosis de voluntarismo, y las otras cosas, respecto de las cuales sería más cauto, menos frontal. Por supuesto que repetiría totalmente los grandes lineamientos de mi actividad pública, con relación a los problemas fundamentales”. Quizás en ciertos casos consideraría con menos desdén los consejos sanchopancescos, sobre todo con relación a las formalidades. Pero actué así porque creí que el tiempo urgía y que era necesario llevar a cabo hasta las últimas consecuencias, en la forma más dinámica, más consecuente, y a veces más impetuosa. Todo lo que constituía el modelo que nos habíamos fijado.

P: ¿Cómo ha vivido a lo largo de todas estas épocas su condición de ex secretario de Estado? Me acuerdo, por ejemplo, la famosa Comisión Investigadora de petróleo.

R: La verdad es que yo no me he acostumbrado a vivir la condición de ex en ninguna de las manifestaciones de la actividad. Metabolizo los aciertos y los desaciertos de la conducción económica como si estuviera al frente de ella. Soy un argentina que vivo intensamente todos los problemas de mi país y no me siento en condiciones de darme el lujo de ser ex. Usted recordó, por ejemplo, una cosa muy espectacular, que fue la Comisión Investigadora de los contratos petroleros. Y para mí personalmente tiene una carga mayor de dramatismo puesto que en ese momento yo estaba semiparalizado por un grave accidente. No obstante, fui y enfrenté a los acusadores y les demostré que iban a Cometer un crimen. Que se podía fusilar a Frondizi, a Frigerio y a Sábato, si habían incurrido en irregularidades;  pero lo que no se podía era colocar al país en un callejón sin salida. Y lo dijimos con todas las letras: si hay algo incorrecto en los contratos no busquen a los centenares de testigos que han citado. Acá hay tres responsables y sólo tres: Frondizi, Frigerio y Sábato. Todos los contratos están hechos de arriba abajo, hasta el último detalle, por estas tres personas.

Después recorrí el país desde Ushuaia hasta Jujuy, y desde Mendoza hasta el litoral; planteando y explicando y requiriendo la polémica sobre estos problemas.

P: Pero ahora está demasiado ocupado por los problemas actuales para volver a eso.

R: Efectivamente.

P: Supóngase: que mañana, Dios no permita, a mí me ofrecen un puesto similar al que usted tuvo, y entonces me acerco a su oficina y le digo: “Frigerio, me acaban de hacer este ofrecimiento”. ¿Usted, qué consejo me daría?

R: Sin ninguna duda, que lo acepte.

P: ¿Sin ninguna clase de condicionamientos?

R: Los condicionamientos se corresponden con el carácter del cargo.

Yo creo que una responsabilidad como es la de conducirla economía argentina requiere por lo menos un apoyo eficiente. No digamos ya la suma del poder como tuvo este equipo económico; pero cualquiera que intente llevar a cabo un programa que ponga sobre sus pies a la República requiere, obviamente, un respaldo efectivo.

P: En lo personal, ¿me quedo sin amigos o no?

R: Tengo una anécdota que, si usted me permite, refiero rápidamente.

Cuando ganamos la elección, una noche me visitó Scalabrini Ortiz. Me preguntó qué íbamos a hacer con el petróleo porque él había oído cosas que lo intranquilizaban. Le dije claramente: nosotros vamos a hacer esto y esto. Como era un entrañable amigo mío, yo lo quería y lo respetaba mucho, y él me quería también, me dijo: “No Frigerio, no haga eso. Lo que usted va a hacer no lo va a entender nadie; la gente va a salir a la calle a gritar viva YPF y lo va a sepultar a usted con cascotazos o con el olvido”. No   conforme con esta advertencia, Scalabrini se fue a su casa y me escribió una larga carta que ha sido recogida por muchos libros de la historia económica y política argentina.

Decirle que no a un amigo que le presenta el problema con ese dramatismo es verdaderamente difícil y duro, pero creo que el camino de la lucha por la liberación   nacional no tiene alternativa. Al tomar el cargo usted tiene que saber que va a soportar enfrentamientos muy duros. Lo que enseña el poder es que los intereses   extra nacionales actúan con las armas más precisas y más crueles, empezando por la acción psicológica y el manejo de la prensa.

P: Esa es casualmente la última pregunta que le quería hacer. ¿Qué otras cosas le enseñó el poder?

R: Para un luchador, para un político, aquélla es la enseñanza más preciada. Cuando usted toma el camino nacional tiene que esperar toda clase de enfrentamientos y toda clase de luchas.

Usted mencionó la Comisión Investigadora de contratos de petróleo. Yo sé que usted es un hombre que, en ese aspecto, tiene cabal noción de lo que ha pasado y de lo que significaba enfrentar a la jauría; pero una cosa es apreciar globalmente lo que es una acción psicológica y muy otra es sentarse y saber que uno tiene la pureza que no tiene ninguno de los investigadores y tener que escuchar, por ejemplo, una pregunta que se me hizo: “Si era cierto que la Ford me había dado diez millones de dólares para que los dejáramos entrar en el programa de la industria automotriz”.

 

P: ¿Lo tenían absolutamente claro cuando llegaron al gobierno o lo subestimaban?

R: Absolutamente claro. En este aspecto quiero decir que nuestro movimiento, o la tendencia que expresamos nosotros, tiene una bibliografía que oscila en el centenar de libros  y hay una bibliografía varias veces mayor de obras que han apoyado nuestra política o que nos han enfrentado y nos han denostado. En la campaña electoral, o en la historia de la revista “Qué”, se puede rastrear prolijamente todo lo que ocurrió. Y salta a la vista la claridad con que nosotros enfrentamos el proceso, tanto en el aspecto económico como en el aspecto político, social y cultural.

P: Para terminar, Frigerio, le voy a contar una pequeña anécdota personal, que como dije es un poco triste.

En el año 1958 estaba en el tercer año del colegio secundario. Con un par de compañeros empezamos a preparar cuarto año libre. En diciembre de 1958 (antes del 28 de diciembre) empezamos a dar exámenes. Cuando yo empecé a dar exámenes un tío materno, para estimularme, me dijo que si aprobaba cuarto año libre me iba a regalar un tocadiscos bastante popular en aquella  época, un Wincofón. Fui a averiguar cuánto costaba ese tocadiscos, y en ese momento costaba $1.800 moneda nacional.

Empecé a dar exámenes y en diciembre metí ocho materias, pero me sonaron en literatura y no me presenté en matemáticas y, evidentemente, en esas condiciones todavía no estaba en quinto año. Claro que el sistema educativo argentino además de diciembre tiene marzo. En marzo rendí las otras dos materias, y entonces volví todo orgulloso y le dije a mi tío: “Venga el Wincofón”. Pero ahora costaba $3.600; porque en el medio había aparecido el 28 de diciembre de 1958, el plan de estabilización y desarrollo, y esas tasas de inflación del primer trimestre que usted nos acaba de mencionar, de manera que tengo un recuerdo no demasiado grato y muy vivo de lo que fue realmente una experiencia shock. Pero créame que no le guardo rencor por eso.

R: Yo creo que el talento que tiene mi interlocutor como economista se agrega al talento de humorista, a veces sutil y siempre de buena calidad. Pero ante un auditorio como éste lo que tenemos que preguntar es si usted, como economista y ciudadano argentino, prefería que ese objeto valiera lo que realmente costaba, o valiera lo que la distorsión económica había ido determinando, a través de la corruptela de tarifas políticas, permisos de cambio, subvenciones y demás componentes de las políticas previas en vigor. Por lo que lo conozco estoy seguro de que, en este caso, la anécdota no comporta una crítica.