Entrevista a Roque Benjamín Fernández por Juan Carlos De Pablo

#Realizada en el Auditorio Santa Cecilia el 6 de octubre de 2009 y publicada originalmente en Política Económica en Democracia (2009), Juan Carlos de Pablo, editorial Educa.


JCdP. Cuando el 25 de agosto pasado ustedes y yo entrevistamos a José Luis Machinea, empecé diciendo que la política económica práctica era mucho más que la teoría de la política económica. Tengo que repetir la idea, al menos de manera sucinta, porque seguramente que algunos de los presentes no estuvieron entonces.

La teoría de política económica fue un esfuerzo intelectual desarrollado a partir de mediados del siglo XX, orientado a contestar esta pregunta: ¿qué requisitos técnicos tiene que tener una política económica, para ser exitosa? Para lo cual la referida teoría supone que al gobernante le sobran sabiduría, magnanimidad, que sólo piensa en el bienestar de la población, etc. No porque Jan Tinbergen, Ragnar Frisch o Robert Mundell supusieran que esto podía ser así, no eran (son, en el caso de Mundell) ningunos ingenuos. Buscaban ayudar a la toma de decisiones enfatizando el hecho de que si uno tiene todo el poder del mundo pero la política económica está mal diseñada desde el punto de vista técnico, tampoco va a ser exitosa. 

La actividad que se desarrolla en este ciclo complementa dicho esfuerzo, prestándole atención a una porción del resto de las consideraciones relevantes en materia de política económica práctica. Porque junto a analizar las disposiciones que adoptaron los gobiernos, los discursos que pronunciaron las autoridades, etc., ayuda tomar en cuenta el testimonio de los protagonistas.

Hoy le vamos a sacar el jugo a Roque Benjamín Fernández, quien estudió en la Universidad Nacional de Córdoba y en la Universidad de Chicago. De los 3 entrevistados es aquel cuyo componente académico es mayor dentro de su desarrollo profesional. Es, por decirlo de alguna manera, el “Ben Bernanke argentino”. Como en el caso de Adolfo Cesar Diz, Roque llegó a la función pública desde la academia. ¿Cómo fue ese “salto”?

RBF. No fue algo planeado sino bastante accidental. Mi actividad profesional siempre estuvo enfocada a temas de política económica, siempre me interesaron los temas de dinero y banca, y macroeconomía fue la cátedra que dictaba en aquel momento y que sigo dictando actualmente. Los temas de la polìtica económica argentina estuvieron permanentemente en mi agenda.

Accidentalmente en 1989 en Buenos Aires me crucé en la calle Reconquista con un funcionario del Fondo Monetario Internacional (FMI), Peter Stella, a quien había conocido haciendo algún trabajo de consultoría internacional. Al preguntarle qué hacía entre nosotros, me dijo que estaba en una misión del Fondo, la cual no había podido conseguir entrevistar a los funcionarios de la administración.

Como yo lo conocía a Miguel Roig, quien fue el primer ministro de economía [del presidente Carlos Saúl Menem], intercedí pidiéndole una audiencia con el Fondo. De ahí me orienté a generar otras entrevistas y así fue como me involucré, de comedido si se quiere, tratando de facilitar que el gobierno argentino tuviera una reunión con la gente del FMI. Orlando Ferreres, quien se desempeñaba como viceministro de economía, me dijo: “nos gustaría que des una mano, que mires un poco lo que hace falta para avanzar en un programa con el Fondo”; entonces me hice cargo de la negociación con el FMI como asesor (ad-honorem) del Ministerio de Economía, no como un funcionario de línea.

Pero se dieron una serie de secuencias. En un accidente aéreo falleció el ministro de bienestar social, entonces el vicepresidente del Banco Central (BCRA), Antonio Erman González, fue a cubrir ese cargo y me ofrecieron la vicepresidencia. Con el tiempo pasé a ser presidente, pero, digamos, si fuera a ponerle algún título a cómo fue mi paso de la academia a la función pública, fue más bien accidental.

Puntualicemos un poco las dramáticas circunstancias en la cuales ocurrió todo esto. Porque alguien te puede pedir una gauchada, “ya que estás…vos que lo conocés a Pepito”. Pero en julio de 1989 la tasa de inflación era de 4% por día, nadie sabía lo que iba a pasar, y vos dijiste “bueno, veamos a ver qué pasa”.

Yo estaba preocupado y me alarmé al ver lo que estaba pasando con la misión del Fondo que no conseguía las entrevistas que estaban buscando. Le puse, como se diría en este momento, mucha pila, mucha fuerza, para que la misión pudiera tener los interlocutores que hacía falta.

La hiperinflación de l989 no sólo había generado un descalabro en todos los indicadores    financieros de la economía argentina; nuestro país estaba en default, o sea no pagaba la deuda que estaba venciendo, la actividad económica había caído muchísimo, los precios volaban; había una cantidad de indicadores muy, muy preocupantes.

Lo que también había ocurrido era un vaciamiento del sector público. Mucha gente decepcionada. La hiperinflación licúa mucho los sueldos públicos, muchos funcionarios de carrera abandonaron sus puestos, hubo un éxodo de mucha gente técnica.

La situación era bastante desesperante. Tengamos en cuenta que el gobierno tuvo que asumir un tiempo antes de lo que estaba planeado, todo fue muy improvisado.

Fuiste vicepresidente del BCRA durante algunos meses, en la parte final de 1989, y presidente desde comienzos de 1991. Cuando se analiza la gestión de Antonio Erman González, que comienza a mediados de diciembre de 1989, aparecen etapas. Erman llega, libera algunos mercados, todo el mundo se pone contento y 15 días después tiene que convertir los plazos fijos pactados en pesos a 7 días, en plazos fijos en dólares a 10 años, pagaderos en títulos denominados Bonex. Eso se llamó el “plan Bonex” y mi tía Carlota me dijo que te preguntara si es cierto que vos sos el, puntos suspensivos, que diseñó el plan Bonex.

Sí. En la vida he tenido mucha suerte, diseñé el plan Bonex pero ni lo apliqué ni lo ejecuté, y tu tía Carlota es probable que se acuerde más de otros que de mí. Casualmente en una reunión con Guillermo Calvo (co-autor del Plan Bonex), cuando yo estaba en el Banco Central y él me asesoraba, analizamos los problemas de la economía argentina y el déficit fiscal. Los desequililbrios financieros del sector público habían sido el motor de la inflación hacia los años 1987-1988. Pero entrando al año 1989 se generó una dinámica perversa con lo que se denominaba el déficit cuasifiscal, y de allí concluimos que el tema prioritario a resolver era precisamente el défict cuasifiscal.

La secuencia era aproximadamente la siguiente. Primero el gobierno emitía dinero para financiar el déficit, pero como la emisión de dinero generaba inflación se trataba de contrarrestarla con la suba de los encajes bancarios. ¿Qué es lo que entonces pasaba? Que al subir los encajes un banco tenía que pagarle a los depositantes la tasa de interés pasiva por el total del depósito. Digamos que el deposito es un peso, pero de ese peso solamente podía el banco comercial prestar 50 centavos. Segundo, los altos encajes generaban una tasa de interés activa muy cara, ya que la capacidad prestable reducida en un 50% tenía que generar renta suficiente para pagar el interés del 100% del depósito. Tercero, para bajar la tasa de interés activa se decidió remunerar los encajes, o sea pagarle a los bancos una tasa de interés similar a la tasa de inflación por los encajes que tenían. La remuneración de encajes constituían una erogación para el Banco Central, y de allí se deriva el nombre de deficit cuasifiscal. O sea, el déficit fiscal estaba en cabeza del Ministerio de Economía y el deficit cuasifiscal en cabeza del Banco Central.

Entramos así en 1989 en una dinámica perversa desde el punto de vista monetario, porque se emitía dinero, en el mismo momento en que se emitía se trataba de esterilizar el aumento de la base monetaria subiendo los encajes, cuando subían los encajes los bancos tenían que subir la tasa activa o bajar la tasa pasiva, y esto último era impracticable por la persistente fuga de capitales. Por lo tanto, para mantener a los depositantes dentro del sistema bancario se les pagaba a los bancos por esos encajes.

Entonces, frente a las expectativas que había de una hiperinflación, subían las tasas de interés y el Banco Central emitía dinero para pagar las tasas de interés cada vez más altas con que remuneraba los encajes, generándose una espiral inflacionaria donde la propia inflación se constituyó en el generador de las expectativas inflacionarias, de las tasas de interés y del famoso cuasifiscal de la década de 1980, que representaba casi el total de la emisión monetaria en el momento más álgido de la hiperinflación.

Ese era el diagnóstico de la situación que analizamos con Calvo. En consecuencia, no había posibilidad de aumentar la alícuota del IVA en 5 puntos porcentuales (pp), o el impuesto a las ganancias en 10 pp, para darle una solución fiscal a ese tremendo déficit cuasifiscal; de ahí surgió la idea del plan Bonex.

El plan Bonex parte del siguiente análisis: la gente no quiere tener pesos, porque hay una inflación muy alta que erosiona el valor de la moneda. Por lo tanto utiliza los pesos para comprar dólares. Para que la gente quiera tener pesos el Banco Central subía la tasa de interés para remunerar los encajes de los depósitos en pesos, pero si subía la tasa de interés que pagaba por los encajes, aumentaba la emisión monetaria, eso aumentaba la inflación, aumentaba las expectativas, aumentaba nuevamente la tasa de interés y la emisión, y así sucesivamente explotando el sistema monetario hacia una hiperinflación.

Entonces dijimos: “como la gente no quiere tener pesos sino dólares, démosle los dólares. Para lo cual convertimos los depósitos bancarios en dólares, pero no dólares de disponibilidad inmediata sino en un bono denominado en dólares, el Bonex, que era el único que tenía muy buena reputación en los mercados.

El bonex tenía una gran característica. Creado varios años antes, fue el primer título público denominado en moneda extranjera que permitió que nos integraramos al resto del mundo, porque si bien había control de cambios por lo cual no se podía ni entrar ni sacar dólares de Argentina, se lo podía hacer utilizando los Bonex.

Como me interesan los procesos decisorios, pregunto: cuando planteaste el plan Bonex; ¿qué dijeron las autoridades: brillante o estás loco?, ¿Se dudó o se aprobó de inmediato?

Yo sabía que era una bomba si se filtraba a los medios, porque la gente entraría en pánico si se enteraba que sus depósitos a 7 días se convertirían en un depósito a 10 años. Evidentemente no iba a ayudar que una decisión de política económica de esta envergadura tomara estado público antes de ponerse en efecto. Tenía que ser hecho al estilo “fin de semana”, anunciarlo y ya está.

En ese momento Domingo Felipe Cavallo era Canciller y Guido Di Tella asesor o vice-canciller. Yo les comenté: “miren, a mí me parece que la única salida de la hiperinflación es ésta, yo no me imagino otra forma de cortar esta dinámica perversa”. Ambos me dijeron: “tenes razón; vamos a ir a hablar con el ministro González para exponerle la situación”. Entonces fuimos los 3 y le dijimos: “Erman, esto no tiene salida si no se encuentra una solución al problema de fondo. La solución que proponemos es bastante traumática, porque no va a ser fácil que a la gente que tiene los depósitos a la vista o en caja de ahorro a 7 días, le terminemos dando un bono a 10 años en dólares. Con toda la desconfianza que existe en ese momento la medida no va caer simpática”.

Erman respondió: “entiendo el análisis que ustedes están haciendo, pero no lo comparto, yo prefiero ir por un método que restablezca la credibilidad en el sistema, que todo el mundo se tranquilice, las tasas de interés caigan, los depósitos aumenten, y gradualmete dejemos atrás el proceso de alta inflación”.

Entonces yo dije: “bueno, como algo se había filtrado del plan Bonex no conviene que permanezca en el gobierno”. Así que renuncié después de proponer la idea. Al estar identificado con esta idea, mi presencia en el equipo evidentemente no va a ayudar al ministro a ir por el camino que él quería ir; así que la mejor manera de colaborar era renunciar.

Lamentablemente la conjetura de Erman que era posible solucionar el problema en forma no traumática no se cumplió. La hiperinflación no se paró y él terminó aplicando el plan Bonex, pero sin que yo fuera la persona que lo instrumentó o ejecutó, o el responsable de las resoluciones del Banco Central. Pero efectivamente fuí actor intelectual del plan.

Pasemos a analizar tu presidencia del Banco Central primero y después a tu paso por el ministerio de economía. Espero que no te molestes por la pregunta que te voy a hacer, pero en ninguno de los 2 casos fuiste el primer candidato. Con respecto a la presidencia del BCRA Cavallo dijo: “yo lo quería a Roberto Alemann y después a Fernández”. Con respecto al ministerio de economía el propio presidente Menem, cuando el 27 de julio de 1996 te “presentó en sociedad” dijo: “le ofrecí el ministerio a Alemann, quien, me dijo que no; se lo ofrecí a Miguel Angel Broda, quien tampoco aceptó. Acá lo tengo a Roque Fernández”. Lo tuyo parece la abnegación del boy scout.

Desde el punto de vista personal me importa más lo que podés opinar vos o un colega, alguien que entiende lo que yo hago y lo que soy, que el público en general. Me preocupa más la opinión de los pares que son los únicos que pueden juzgar a otro profesional.

Yo entiendo que la política es una cosa completamente diferente. Te digo algo: si yo hubiera estado en la posición de Menem, o en la de Cavallo, también lo hubiera preferido a Roberto Alemann.  Porque tenía un prestigio fenomenal y lo que en ese momento había que hacer era tranquilizar las aguas. En el caso de la hiperinflación, sin duda que él hubiese generado mucha tranquilidad. Y cuando en 1996 lo sacaron a Cavallo del ministerio de economía también había una gran incertidumbre sobre qué era lo que iba a pasar, y tanto Alemann como Broda tenían una excelente imagen y trayectoria profesional, así que no me pareció para nada mal que trataran de incorporarlos a la gestión pública, y en nada afectó mi autoestima.

Llegaste a la presidencia del Banco Central a fines de enero de 1991. En la entrevista con Machinea quedó claro que cuando a mediados de febrero de 1985 Juan Vital Sourrouille y su equipo llegaron al ministerio de economía, no tenían en la cabeza el plan Austral, sino que a fines de marzo de dicho año dijeron: “como con lo que venimos haciendo no llegamos ni a la esquina, tenemos que inventar algo”. ¿Tenían la Convertibilidad en la cabeza en el momento en que ustedes llegaron al gobierno, o también después dijeron “algo tenemos que hacer”? ¿Qué alternativas a la Convertibilidad existían en el momento que la introdujeron?

La Convertibilidad fue estrictamente idea de Cavallo, así como el plan Bonex fue idea mía. Lo que agregué fueron todos los artículos de la ley 23.928, que eliminaron las restricciones cambiarias. Compartía con Cavallo la idea del tipo de cambio fijo, como mecanismo idóneo para anclar las expectativas del público, en el sentido de llevarle a la gente la tranquilidad de que no va a haber más devaluaciones; pero insistí siempre que era fundamental integrar el mercado de capitales local al del resto del mundo, y para eso había que eliminar el régimen de control de cambios existente.

Para quienes no conocen mucho lo que esto significaba aclaro que el control de cambios en la Argentina implicaba que el productor era dueño de la cosecha de soja mientras la tenía en el campo, en los silos, etc.; pero en el momento que la ponía en la bodega de un barco perdía la propiedad y el valor. La soja se convertía en una “exportación”, sometiéndose al productor a un régimen de control de cambios en base al cual el precio que le iban a pagar por el dólar de esa soja que se exportaba, lo iba a decidir el ministro de economía en base a lo que se le ocurriera, y lo pagaría en el tiempo que se le ocurriera. Una aberración en términos de seguridad jurídica de las transacciones.

Esa no era forma de integrar la economía local al mercado internacional de capitales. Si uno quiere integrarse al resto del mundo lo primero que tiene que hacer es establecer reglas de juego sobre la seguridad jurídica transaccional referida al comercio internacional y a los movimientos de capitales. Por eso me encargué personalmente en asegurarme la eliminación de los artículos de control de cambios, que después se volvieron a imponer pero a partir de la convertibilidad desapareció el sistema arbitrario del control de cambios.

La noche previa al lanzamiento del plan de Convertibilidad; ¿dormiste?

Sí. Esas cosas a mí nunca me quitaron el sueño.

¿Cuáles eran las críticas de algunos analistas u opositores? “Se metieron dentro de una jaula y tiraron la llave como para no abrirla”, esa fue la figura que se usó. ¿Qué es lo que transmitía Cavallo en ese momento? Una fuerza de voluntad para pelear y hacer todo lo que hubiese que hacer, a efectos de asegurar la resolución de los temas que hacían al sector público.

Trabajando en el directorio del Banco Central, antes de asumir la presidencia, me llevé algunas sorpresas muy importantes desde el punto de vista de lo político. Participé en la confección de algunas leyes fundamentales, como las de emergencia económica y reforma del Estado.

Con respecto a esta última, la ley de Reforma del Estado, cabe destacar que prácticamente todas las empresas públicas eran fuertemente deficitarias: YPF, los ferrocarriles, los teléfonos, etc., todo daba pérdida. ¿Por qué? Porque todas tenían precios políticos, precios que ni siquiera cubrían los costos operativos. Entonces, cuando planteamos la ley de Reforma del Estado, tímidamente tuvimos que hacer una lista detallando las empresas que íbamos a privatizar. Al final de su período, los radicales, en el gobierno anterior, se habían animado a proponer la privatización de Aerolíneas Argentinas, lo cual generó un gran revuelo porque prácticamente equivalía a venderle la Patria, la madre o la escarapela, a los extranjeros; no obstante lo cual los radicales se animaron a plantear el tema de Aerolíneas Argentinas. Entonces en aquel momento dijimos “bueno, Aerolíneas sin duda va”.

Después estaba el caso de los teléfonos. No existía un sistema telefónico razonable en ese momento, los teléfonos eran un desastre: había gente que para tener un teléfono tenía que comprar un departamento, sacarle la línea telefónica y llevársela al lugar donde vivía; era verdaderamente tremendo. Por consiguiente ENTEL también se incluyó en la lista a privatizar. Incluimos alguna otra cosita más, paramos ahí y redactamos la ley.

Cuando hablamos con el presidente Menem, éste pregunto: ¿y el resto? No, le dijimos, el resto no va tener apoyo político. Nos contestó: “pongan todo”. Entonces la ley de privatizaciones incluyó todo, todo, todo.

Eso me dio confianza. Cuando después fui ministro de economía, o cuando Cavallo hizo la ley de Convertibilidad, las leyes de reforma del Estado y de emergencia económica ya habían sido sancionadas; entonces yo no dudaba de la vocación de reforma del Estado que tenía Menem, ni tampoco dudaba del empuje que tenía Cavallo, para llevar adelante cosas que no iban a ser fáciles.

Después tuve muchas diferencias con Cavallo, pero en esa primera envestida, referida a la reforma del Estado, jugó un rol importante. Primero Menem, quien estaba convencido que había que hacerlo, y después Cavallo que fue el brazo ejecutor. La Convertibilidad era una forma que Cavallo veía, yo diría, para controlar la expectativas de la inflación. También uno puede considerar que es una trampa, porque se hace muy difícil salir. Siempre se decía: “qué va a pasar cuando haga falta salir”. Bueno, no se salió en el período mío, se salió después, recién en 2002.

Los historiadores dicen que la Gran Crisis de la década de 1930 empezó un jueves de octubre de 1929, cuando la bolsa de Nueva York cayó de forma estrepitosa. Para hacerle el punto a los alumnos a mí me gusta “hacer la escena”, entonces planteo: llega esa noche el marido a la casa y la mujer le pregunta: querido; ¿alguna novedad? Sí, amor, acaba de empezar la Gran Crisis de la década de 1930. Obviamente que no dijo esa bobada, lo que dijo fue: “cayó la bolsa”. Entonces la mujer preguntó: ¿y mañana, qué va a pasar? La verdad no sé, contestó el esposo. Luego de lo cual se dedicaron a hablar de cosas importantes, como la película que irían a ver el sábado siguiente.

Planteo esto porque eso que llamamos “efecto Tequila” es también un invento de los historiadores. Como nunca se cansa de aclarar Guillermo Calvo, él pronosticó la crisis mexicana de 1994, no el efecto Tequila, porque la referida crisis inauguró los episodios donde una crisis estallada en un país en vías de desarrollo se propaga a otros. Entonces, pregunto: durante tu presidencia del Banco Central; ¿cómo se fue develando eso que ahora los historiadores denominan el efecto Tequila?

Esa historia comenzó a principios de 1994. Estados Unidos decidió implementar una política monetaria un poco más estricta y aumentó la tasa de interés. Al subir la tasa de interés muchos inversores institucionales que tenían en sus carteras bonos de países emergentes, entre ellos México, dijeron: “yo he estado en México porque la tasa de interés en Estados unidos era muy baja, pero ahora que dicha tasa de interés es más alta, me voy a mover hacia un mercado más seguro”, por ejemplo, a los bonos del Tesoro americano. Esto hizo caer el precio de los bonos mexicanos. Los bancos mexicanos tenían posiciones en estos bonos, por lo que cuando cayó su cotización empezaron a tener problemas.

Entonces el mercado preguntó: ¿qué diferencia existe entre los países emergentes? Nadie sabía. O sea, si se cayó México; ¿por qué no se pueden caer Argentina, Brasil, Chile o Uruguay? Entonces ocurrió una importante fuga de capitales de los países emergentes hacia los mercados de capitales de países desarrollados. Eso fue lo que Calvo anticipó.

La literatura económica existente en 1994 no reflejaba con plena conciencia este fenómeno, lo que había era algunas preocupaciones. En ese momento en el Banco Central me di cuenta que teníamos un problema serio, porque habíamos accedido al mercado de capitales utilizando el servicio del sistema bancario nacional e internacional. Entre los bancos locales, que fueron muy activos en penetrar los mercados, para darle profundidad a los títulos públicos de Argentina, estaban los bancos mayoristas. Los cuales no tenían depósitos del público, de pequeños depositantes, sino que manejaban depósitos grandes (de más de un millón de dólares por cuenta) y manejaban volúmenes, muchos inversores grandes pero de depósitos importantes. Ellos fueron los que construyeron el acceso de Argentina al mercado de capitales, ayudando a colocar y al mismo tiempo teniendo en su cartera esos bonos.

Para hacerlo breve, cuando se produjo el efecto Tequila estos bancos que, digamos, tenían bonos valuados en ($ o u$s) 100 cada uno, la cotización de ese bono cayó a 60, o sea que los bancos mayoristas perdieron 40% de sus activos. Pero el capital del banco estaba más o menos entre 14-15% de sus activos, de manera que la referida pérdida se llevó puesto el capital que tenían los bancos mayoristas.

Entonces, desde el punto de vista operativo el manejo del efecto Tequila consistió en que por un lado tuvimos que liquidar y fusionar 40 bancos, un proceso nada fácil, muy traumático si se quiere, y puede ser que en esas circunstancias alguna noche no dormí. Fue particularmente difícil porque, por otro lado, necesitábamos capitalizar al resto de los bancos, para que pudieran sobrevivir al impacto. Y en el momento que uno está teniendo fuga de capitales nadie quiere invertir, ni siquiera los banqueros en su propio banco, porque también están asustados, y dicen “se viene la noche, no voy a capitalizar una entidad que no sé si va a tener futuro”. Este período abarca desde noviembre de 1994, en que aparecieron los primeros casos críticos de bancos mayoristas, hasta mayo de 1995, cuando conseguimos dar vuelta la crisis.

Quiero enfatizar algo que dijiste y después hacer una pregunta. Cuando alguien ocupa la presidencia del Banco Central razona: “si cae el precio de los títulos, lo lamento mucho; pero si la gente retira los depósitos tiemblo”. Pero lo que dijiste es que había instituciones financieras que tenían parte de sus activos en títulos públicos, y los depositantes lo sabían, con lo cual la interacción ahí era muy fuerte. Si recuerdo bien cuando el retiro de depósitos se desagrega por tipo de institución, en los 3 primeros meses de 1995 el total registró una caída de 18%, pero mientras los bancos mayoristas privados que deben haber perdido 2/3 de sus depósitos, los bancos públicos y los extranjeros perdieron muy poquito, y hasta quizás alguno haya ganado depósitos. Esto implica que debías estar sujeto a las presiones de los titulares de los bancos privados nacionales, quienes te decían: “Roque, por el amor de Dios, hacé algo” y al mismo tiempo las de los titulares de los bancos públicos y los extranjeros, quienes te decían “que el mercado decida” (a propósito: la diferencia con la corrida de 2001 es notable, porque hay un trabajo muy interesante de Martín Lagos que muestra que la gente en 2001 retiró depósitos de todo tipo de instituciones, por lo cual la presión del sector era diferente).

Tal cual. Voy a hacer un poquito de memoria. En 1995 el impacto no fue igual para todos los bancos. Tengamos en cuenta el diagnóstico inicial, según el cual la expansión monetaria y el déficit cuasifiscal, responsable de la hiperinflación del final de la década de 1980 y principios de la de 1990. Pero existía también el problema adicional que la expansión monetaria estaba muy vinculada al sistema de garantía de los depósitos de los bancos. En el régimen anterior la caída de un banco significa que el Banco Central se hacía cargo de la liquidación de la entidad, emitiendo todo lo que fuera necesario.

Allá por 1992 empecé a trabajar en la reforma de la Carta Orgánica del BCRA, la cual fue aprobada por el Congreso Naional en 1993. Esta modificación por primera vez en toda su historia le otorgó autonomía al Banco Central, porque hasta ese momento siempre había sido una dependencia del Poder Ejecutivo. En esa reforma trabajé durante mucho tiempo; me encargué particularmente de separar al Banco Central de todas las contingencias que podían provocar una hiperinflación, como todas las operaciones que tenían que ver con el régimen cambiario, las garantías sobre operaciones de comercio exterior, etc. Por eso propuse la cración de lo que hoy en día es el Banco de Inversión y Comercio Exterior (BICE). También sacamos la garantía de los depósitos del Banco Central, y creamos un ente separado de garantía limitada de depósitos, SEDESA, que se fondeaba con aportes de los propios bancos, y no con emisión monetaria del BCRA. Dejamos al BCRA autónomo y con un objetivo perfectamente claro: preservar el valor de la moneda.

Cuando llegó el Tequila dijimos: “bueno, ojalá tuviéramos otros instrumentos que tenía el Banco Central en su época dependiente”. Teníamos altos niveles de encaje. Siempre creí que  los sistemas financieros basados en encajes fraccionarios,  generan la ilusión de que la plata puede estar depositada e invertida a largo plazo al mismo tiempo. Esa ilusión es un error, que provoca las corridas bancarias. Entonces yo decía: “bueno, por un lado tienen que estar los bancos con altos encajes, que aseguran la estabilidad del sistema de pagos; pero, por otro lado, también tiene que haber un sistema financiero más integrado al mercado de capitales, con fideicomisos, donde se maneje el riesgo”. Si caía el precio de los bonos, el inversor que había puesto su dinero en un fondo común que tenía bonos en su cartera, perdía plata; ahí terminaba el impacto porque no tenía que salir el Estado con su política fiscal, o el Banco Central con su política monetaria, a rescatarlo porque cayeron los bonos.

Ese era el diseño que tenía la Carta Orgánica del BCRA y yo políticamente desde la presidencia de la institución la impulsé en todo momento hasta conseguir la sanción legislativa. Cuando se produjo la crisis de fines de 1994 el mercado indicó cuáles eran los bancos más vulnerables, tal vez aquellos que tenían más exposición de títulos públicos; pero si uno lo piensa desde el punto de vista político, ésa era la gente que había ayudado a introducir a Argentina en el mercado de capitales. Los bancos mayoristas no hicieron fraude, como había ocurrido en épocas pasadas de Argentina, con por ejemplo los autopréstamos, a raíz de los cuales cuando la superintendecia de bancos entraba a un banco y analizaba las carteras de préstamos, eran todos amigos, parientes, plata que no estaba, créditos mal instrumentados, etc. En este caso todo estaba bien instrumentado; eran títulos del estado Nacional, que nosotros le habíamos pedido a los bancos que ayudaran a colocar en el mercado. Esos fueron los bancos que más nos apoyaron,  y los que más sufrieron.

Por lo tanto, dentro de las posibilidades, tratamos de generar un mecanismo de recirculación, para que los fondos que iban a los bancos públicos, o a los bancos extranjeros, se reciclaran en el mercado interbancario hacia aquellos bancos que estaban perdiendo depósitos. Armamos un equipo y trabajamos para ayudar a recircular los fondos. Obviamente que los bancos que tenían que prestar en el mercado interbancario estaban viendo el mismo problema que veía el mercado: cuando un banco extranjero le iba a prestar a un banco mayorista le preguntaba: ¿ustedes, qué tienen en la cartera de activos, títulos públicos? Frente a la repuesta que los activos efectivamente eran títulos públicos se tomaban como garantía pero con aforos que reflejaban la baja paridad de mercado. También tenían prendas, hipotecas, en fin, otros activos, pero todos se tomaban en garantía con bajos aforos de cartera. Facilitamos un poco el proceso pero, repito, no pudimos salvar a todos y tuvimos que liquidar o  fusionar a 40 bancos.

Pasemos ahora al análisis de tu experiencia ministerial. Aprovechando la presencia de José María Dagnino Pastore, actual decano de la facultad de ciencias económicas y sociales de la UCA, cuando él fue por primera vez ministro de economía (a partir de mediados de 1970, sucediendo a Adalbert Krieger Vasena), una publicación de origen sindical, para pegarle con todo, para insultarlo de la peor manera, lo calificó como “el mejor alumno de Krieger”. ¿Vos te considerás “el mejor alumno de Cavallo”?; ¿Qué diferencias hay entre lo que hizo Cavallo a partir de 1991, y lo que vos hiciste desde 1996?

La diferencia fue principalmente de naturaleza política. En su período Cavallo tuvo que hacer muchas reformas, algunas de las cuales no se terminaron. Después hubo que continuar, por  ejemplo, con la del Correo. Recordemos que uno de los grandes conflictos que tuvo Cavallo fue con Alfredo Yabrán, por lo cual no pudo privatizar el Correo.

Yo privaticé el Correo y los aeropuertos. Cosas bien traumáticas, pero lo hice sin pelearme con nadie. Cavallo se peleaba muy innecesariamente, era muy ansioso; además de lo cual en el momento en el cual tuvo que renunciar estaba compitiendo por el poder, concretamente, quería ser el próximo presidente de Argentina. Esa intención de desarrollar una carrera política no le caía bien a sus colegas de gabinete, y tampoco al presidente Menem. Ahí tenés una clara diferencia entre nosotros: él estaba en una carrera un poquito incompatible con el cargo de ministro. Lo he dicho varias veces: no tiene nada de malo competir por un cargo público, pero cuando uno es ministro no es muy leal hacerle una interna al presidente desde un cargo donde uno está trabajando en equipo. Yo siempre tuve mucho tacto en cuidar esos detalles, lo cual facilitó un buen diálogo.

El otro tema es que yo siempre fui más institucionalista que Cavallo. Cuando preparé la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central, dentro de la cual incluí la autonomía de la institución, Cavallo la vetó. Volví al Senado e insistí en que modificaran ese veto, por lo cual la autonomía fue aprobada. Cavallo la había vetado porque quería mantener al Banco Central bajo su eje y controlarlo.

De hecho en 2001 lo que hizo fue embestir contra [el presidente del BCRA] Pedro Pou, en contra de la institución (y dicho sea de paso, también en contra de la autonomía de las AFJP, a las que les quitó sus reservas), o sea nada de eso estaba dentro del orden institucional que yo veía era necesario instrumentar en la Argentina.

Otra diferencia fue el contexto internacional. Durante la primera mitad de la década de 1990, como durante la primera mitad de esta década, el viento internacional sopló a favor. Pero durante la segunda mitad de la década de 1990 tuviste que lidiar con la salida del Tequila, pero también con la crisis rusa, la crisis asiática, la devaluación de Brasil de comienzos de 1999, etc. ¿Qué importancia tuvieron todos esos eventos internacionales en la política económica concreta en Argentina?

En aquel momento, con respecto a esos eventos teníamos menor conciencia de la que tenemos en la actualidad. Hoy en día hay mucha investigación empírica. Precisamente en la UCA, la semana pasada tuvieron lugar unas reuniones [organizadas por la Latin American and Caribbean Economic Association] donde se presentaron varios trabajos sobre este mismo tema. Desde el punto de vista de la teoría económica se avanzó mucho en entender el impacto de las detenciones súbitas en los flujos de capitales a países emergentes.

¿Qué fue lo que hicimos? Cuando apareció el efecto Tequila, con Pablo Guidotti recorrimos el mundo, explicándoles a todos los inversores que Argentina no era México. Tratábamos de hacer campañas de prensa, diciendo: “no nos ataquen a nosotros porque en realidad México tiene una situación completamente diferente”. En México cuando fueron a verificar si estaban los miles de millones de reservas internacionales que decían que tenían en su banco central, resultó que no había nada, lo que había era algo así como un vale de caja; o sea, habían proporcionado una información distorsionada, lo cual generó un revuelo fenomenal.

Nosotros decíamos: tenemos reformas importantes, incluso si nos comparan con Chile. Chile llevó a cabo las reformas cuando no tenía un régimen democrático; Augusto Pinochet fue quien privatizó todo, bajo un régimen militar. Argentina hizo una revolución en temas de privatización y reforma del Estado, bajo un gobierno democrático, con leyes sancionadas por el Congreso. Nosotros decíamos: “esto es estable, no se va a revertir”. Obviamente que, desde la perspectiva actual (2009) nos equivocamos y lamentablemente muchas cosas se revirtieron, volvieron las tarifas políticas de servicios públicos, se eliminaron las AFJPs, y también se recrearon muchas distorsiones que pensamos que quedarían desterradas para siempre. Pero en ese momento éramos convincentes al decir que Argentina era muy diferente, que se estaban dando unas series de condiciones que habilitaban creer que había reformas permanentes, que los problemas que Argentina había tenido en el pasado habían quedado atrás y que hacia el futuro la cosa sería totalmente diferente. Nos creyeron, porque nosotros mismos estábamos convencidos de la irreversibilidad de las reformas, por eso pudimos dar vuelta la crisis del Tequila, incluso la crisis rusa y del sudeste asiático. Las dificultades duraron 2, 3 o 4 meses, pero después recuperamos la credibilidad.

Retomo el tema del Tequila, referido a los bancos privados nacionales. Superada la crisis de 1995 surgió una idea que a los ojos de ese momento parecía razonable, y que si recuerdo bien se debía a Calvo. En mis palabras: “si los problemas de falta de credibilidad durante una crisis impactan sobre los bancos privados nacionales, extranjericémolos, porque las casas matrices no van a permitir que caiga la sucursal argentina. Esta hipótesis, como sabemos a partir de fines de 2001 se probó que era falsa. ¿Cuán importante fue desde el punto de vista de la toma de decisiones, durante el periodo que vos estuviste en el ministerio?

Tengo que ir un poquito para atrás, porque para responder esta pregunta es muy importante recordar lo que se hizo en el Banco Central. El marco normativo del BCRA tenía bastante acotado el crecimiento de las entidades extranjeras, por ejemplo, si un banco nacional decía que no quería seguir operando la sucursal que tenía en Caballito, no la podía comprar un banco extranjero, sino que había que ofrecerla públicamente a todos los bancos nacionales. Si ningún banco nacional se dignaba tomar dicha sucursal, recién podíamos ofrecérsela a un banco extranjero, diciéndole: “a ver muchachos, ustedes que son de segunda; ¿hay alguno que quiera hacerse cargo de esta sucursal, donde hay que administrar el sistema de pagos, pagar los sueldos municipales, etc.?”. Nosotros eliminamos un montón de restricciones, de manera tal que la banca extranjera pudiera competir con la nacional en igualdad de condiciones.

A principios de la década de 1990 se habían incorporado normas como las de Basilea (cuando se produjo el escándalo del Bank of Credit and Commerce International, BCCI), pero recién después del Tequila se adquirió conciencia de la necesidad de tener un sistema de supervisión consolidada, donde las casas matrices se hicieron responsables por las sucursales y las subsidiarias de sus bancos en distintas partes del mundo. Entonces introdujimos el sistema de supervisión consolidada.

Se trabajó con la falsa creencia de que las casas matrices respaldarían de manera irrestricta las operaciones fuera de su país de origen. En aquel momento quedaba claro que una sucursal era una parte de la casa matriz, por lo tanto había plena responsabilidad y en ese sentido, si había algún tipo de corrida bancaria sobre el sistema bancario local, un banco extranjero de buena reputación con sucursal en Argentina ofrecía una garantía que un banco nacional no tenía.

Pero después los bancos extranjeros cambiaron la característica, transformando las sucursales en subsidiarias. Subsidiaria es una sociedad anónima de derecho argentino, que al banco extranjero le permitía lavarse las manos y dejar quebrada a la subsidiaria, por más que tuviera su propio nombre. Se presumía que los principales bancos del mundo igual iban a respaldar a sus subsidiarias, especialmente si tenían su nombre, pero con el transcurso del tiempo no fue para nada claro que existía una garantía irrestricta sobre las subsidiarias de bancos extranjeros. Hoy en día no hay mucha diferencia en términos de responsabilidad jurídica entre un banco local y una entidad subsidiaria de un banco extranjero, no quiere decir que alguien no vaya a cuidar su marca, la pueden cuidar, pero creo que, si cae un banco de una subsidiaria extranjera, no le podemos ir a hacer un juicio a la casa matriz.

¿Qué de todo lo que aprendiste en Córdoba primero, y en Chicago después, aplicaste en la función pública?

La teoría económica que uno estudia, sobre todo la referida a la microeconomía, sigue siendo la misma: podrá tener distintos grados de desarrollos técnicos, más elaborados, en fin; además tengamos en cuenta que la teoría económica ha progresado mucho.

Yo estudié en Córdoba al final de la década de 1960, hubo muchos desarrollos posteriores, muchos de los cuales se hicieron en la universidad de Chicago, por ejemplo, gran parte de la teoría monetaria, expectativas racionales, etc., se generaron mientras estuve allí. Lo que aprendí en Córdoba me resultó sumamente útil. Ahí aprendí a pensar en términos de economista; después en Chicago tuve la posibilidad de manejar un instrumental más sofisticado, matemática, estadística, etc.

Todo es muy dinámico. Hay cosas que veíamos en las décadas de 1960 o 1970 que permanecen con igual relevancia, pero hay otras que a lo mejor hoy ya no son muy relevantes; al mismo tiempo surgen cosas nuevas, porque las economías de los distintos países evolucionan y, presumiblemente, tanto políticos como economistas seguro que algo van aprendiendo con el transcurso del tiempo.

Me parece justo aclarar que no todas las ideas que apliqué en mi gestión fueron mías, o de la formación académica que recibí en Córdoba o Chicago. Aparte de Guillermo Calvo, en la función pública me acompañaron algunas mentes brillantes como las de Carlos Rodriguez, Pedro Pou, Pablo Guidotti, Humberto Petrei, Carola Pessino, Eugenio Pendás y muchísimos otros, que cubrieron con gran dedicación los distintos frentes de tormenta que tuve que atravesar en más de diez años de función pública.

Consejos a los pibes que están estudiando economía hoy.

Les digo que van a tener que luchar permanentemente. Cuando uno es estudiante y se sienta en la mesa de los domingos con el padre, el tío y el resto de los parientes, muy probablemente le digan: “pibe, vos no hablés porque vos conocés de teoría, pero la práctica es completamente distinta”. La respuesta es, con todo respeto, “no hay nada más práctico que una buena teoría”; o sea que hay que creer que la teoría es el marco conceptual para resolver problemas prácticos. No es algo mágico, es el marco conceptual con el que uno tiene que plantear los problemas y buscarle solución, y en la medida que uno tenga un buen conocimiento de la teoría va a poder resolver con bastante contundencia y seguridad, problemas que parecen complejos. Siéntanse confiados de que la teoría es buena.

Si alguna vez les toca participar en la función pública, recuerden lo que mencioné con respecto a la ley de Reforma del Estado. Como economista estaba convencido que había que privatizar todas las empresas que innecesariamente estaban en manos del Estado, pero en lugar de moverme en base a mi convicción traté de adecuarme al pensamiento “políticamente correcto” sobre el tema. Me autocensuré proponiendo una reforma más bien tímida y limitada en sus alcances, para luego sorprenderme gratamente que el pensamiento “políticamente correcto” era más una superstición mía que la interpretación correcta del pensamiento de quien tenía la responsabilidad política del momento.

Aprovechen todo lo que puedan el conocimiento de sus colegas. Aparte de trabajar en equipo con colaboradores cercanos, si alguna vez les toca ser ministro o presidente del Banco Central, convoquen a la mayor cantidad de colegas que puedan ayudarlos a pensar los problemas, no tengan el menor prurito en pedir la opinión de un colega, y si les dá una buena idea concédale inmediatamente el copyright de la idea. De esta manera van a sumar al debate de la política económica mucha más materia gris que las que puede generar un equipo de colaboradores por más ilustre que sea.

Aunque tengan un plan perfecto, siempre habrá críticos y personas que se sentirán agraviadas por las decisiones que tomen, y se expresarán muy duramente en contra de las ideas y en contra de las personas que están en la función pública. Acepten este aspecto de la realidad y tómense el tiempo necesario para entender las críticas. Si del análisis surge que se equivocaron, y los críticos están en lo cierto, reconozcan inmediatamente el error y corrijan el curso de acción. Préstenle especial atención a los comentarios de profesionales de otras disciplinas, especialmente a los especialistas en derecho. Es muchísimo lo que el derecho le puede aportar a la economía cuando la política económica se tiene que plasmar en una ley.

Finalmente, no siempre son compatibles los objetivos de la función técnica con los objetivos de la función política. La función técnica del economista es la que se menciona en una definición muy popular que dice que existe un problema económico cuando existen recursos escasos para satisfacer fines alternativos. A veces la política acompaña la solución del problema, y muchas otras veces la complica. Nunca adopten la postura de que los políticos son ignorantes o no saben lo que hacen. Les aseguro que saben exactamente lo que hacen. Es fundamental tener paciencia y asignar mucho tiempo para buscar consensos en el sector político para asegurar la solución correcta del problema económico.

.  .  .

Público. ¿No se dio cuenta que la Convertibilidad era insostenible? De ser así; ¿por qué no buscó salir con una canasta de monedas o alguna otra alternativa?

Esa cuestión se planteó mucho después del Tequila, en 1997 fundamentalmente.

El Fondo nunca estuvo de acuerdo con la Convertibilidad, porque la recomendaba, pero hasta la década de 1970. Durante la referida década Estados Unidos decidió salir del patrón oro, entonces el FMI dejó de pregonar la Convertibilidad y comenzó a pregonar los tipos de cambios flexibles. Por lo tanto Argentina, aplicando la Convertibilidad durante la década de 1990, estaba algo a destiempo, porque todo el mundo se estaba moviendo en otra dirección.

Existe una mitad del pensamiento económico que se refleja en la retórica de muchos políticos, según los cuales durante la década de 1990 se siguieron los dictados del Fondo, en realidad tuvimos peleas tremendas con ellos. Yo negocié 10 acuerdos y revisiones de acuerdos con el FMI y nunca estuvieron plenamente conformes con lo que estábamos haciendo en Argentina, y menos con la Convertibilidad.

El punto que hace la otra mitad del pensamiento y la literatura económicos, es que la Convertibilidad es una herramienta muy importante para salir de las hiperinflaciones. En una hiperinflación el ciudadano común abandona su moneda, en particular en Argentina toda la gente estaba dolarizada, iba de vacaciones en dólares, hacía transacciones en dólares, pagaba en los restaurantes en dólares, etc.

Por eso la única manera de introducir de nuevo la moneda local consistía en decirle a la población: “mire, este billete que le estoy mostrando es igual al que usted tiene, de color verde: úselo tranquilo, no va a pasar nada, no se va a devaluar”. No sólo Argentina; todos los países que salieron de hiperinflaciones lo hicieron utilizando algún sistema de convertibilidad al oro, o alguna moneda de reserva internacional.

¿Qué pasaba en 1997? No había duda alguna sobre la estabilidad de Argentina. El Banco Central no hacía más que comprar dólares todo el tiempo, nuestro problema era el ingreso de dólares. Incluso en 1999 hubo una crisis que empezó con Brasil, pero el producto bruto industrial en el segundo semestre de dicho año se recuperó a la tasa anual de crecimiento de 14%. Después vino otra administración y obviamente habrá otro interlocutor.

Mi punto de vista es que lo que ocurrió con la salida de la Convertibilidad no era un problema de la década de 1990 sino un subproducto de los errores de 2001 y 2002, pero no que en los 90 hubiera un error. El año 1999 termina con el producto creciendo y los precios cayendo!.

Yo no defiendo el tipo de cambio fijo como un tema dogmático, en realidad prefiero un cambio libre, flotante. Soy un liberal en todos los sentidos de la palabra. Pero para salir de la hiperinflación y anclar un poco las expectativas, el esquema era razonable. Si en 1997 el Banco Central se hubiera retirado del mercado, un peso en vez de valer un dólar hubiera valido, digamos, 50 centavos de dólar, de manera que quienes proponían salir de la Convertibilidad pensaban que el peso se iba devaluar, pero en realidad ocurriría lo contrario. Quienes estaban proponiendo cambiar la convertibilidad en realidad pretendían devaluar el peso de manera tal que para comprar un dólar hubiese habido que pagar un peso más cincuenta centavos ($1,50). Esto hubiese requerido emitir más dinero para comprar los mismos dólares generando una inflación que prontamente hubiese licuado la supuesta ventaja competitiva del tipo de cambio Esa era la salida alternativa con la que yo no estaba de acuerdo en aquel momento, porque en esa circunstancia me parece que íbamos a revertir toda la tranquilidad que habíamos conseguido afianzar con la Convertibilidad. Y hasta el día de hoy sigo pensando lo mismo.

En el momento que se introdujo la ley de reforma del Estado; ¿no podrían haber cambiado los precios de las tarifas públicas, para salvar las empresas estatales en vez de venderlas?

El problema es que las empresas estatales se habían convertido en un gran seguro de desempleo a través de los años, sin echarle la culpa a ninguna gestión en particular. Por un lado tenían precios públicos bajos, para evitar el impacto político, y por el otro una gran burocracia, una gran cantidad de empleados públicos que cobraban sueldos sin tener índices de productividad o de control de eficiencia.

En ese momento lo correcto fue privatizar. También lo pienso ahora y en todo momento, porque hay cosas que creo que el sector privado las puede hacer y que no es rol del sector público salir a prestar ese tipo de servicios.. Tal vez uno podría preguntar si se controló bien o mal, si los entes reguladores actuaron bien o mal; pero en todo caso si hubo algún error, lo que yo haría es corregir el ente regulador, para que no se crearan monopolios, pero no tengo dudas que la eficiencia que pone la competencia en el sector privado, es muy difícil de lograr en el sector público.

¿Por qué no pudo controlar los déficit fiscales de fines de la década de 1990? ¿Por qué durante el segundo gobierno de Menem bajo su ministerio el gasto público aumentó, no pudo hacer austeridad fiscal?

Al igual que ocurre con el INDEC actualmente, las estadísticas siempre han sido utilizadas políticamente. La verdad es que el gasto público primario del gobierno Nacional, desde la salida del Tequila hasta 1999, se mantuvo nominalmente constante.

Esto no quiere decir que no había algunos problemas fiscales. Los problemas derivaban del hecho de que como se había realizado la reforma del sistema previsional, dejaron de ingresar al tesoro público recursos muy importantes, los cuales fueron a las AFJP. Por otro lado erogaciones jubilatorias que estaban en cajas provinciales pasaron a la Nación. Las AFJP casualmente llegaron a construir un mercado de capitales que Argentina no tenía. Imagínense, en un país que había padecido hiperinflación, las AFJP posibilitaban que una persona que tenía 20-25 años, constituyese un plazo fijo a 30 años, la época que se iba a jubilar. Eso es lo que le daba profundidad y largo plazo al mercado de capitales.

Fue una excelente reforma, lamentablemente perdida, pero que significó que el Estado perdiera recursos. Y esto aumentó la deuda explícita, pero bajó significativamente más la deuda implícita que representaban las jubilaciones futuras que se ahorraba el Estado. La deuda también subió por los Bocones que se habían emitido como consecuencia de la deuda previsional devengada anteriormente, porque a los jubilados se les había prometido pagar 82% del salario de los activos, pero nunca se les había pagado.

Hubo personas desaparecidas lamentablemente, y esto generó el pago de una cantidad de indemnizaciones para toda la gente que sufrió las consecuencias de ese período, y eso se pagó en Bocones.

El aumento de la deuda por el sistema provisional y la suba de la deuda por Bocones por compensación de deuda devengada anteriormente es todo lo que aumentó la deuda. Computando correctamente la deuda explícita y la implícita surge que la deuda pública bajó con la reforma previsional Prácticamente no hubo suba por financiamiento operativo del Tesoro nacional. Eso está documentado, hay trabajos bien hechos, aunque por supuesto no es lo que está registrado en la mente de toda la gente; con el tiempo va a quedar claro que fué así.

¿A la instauración del plan de Convertibilidad existía un plan concreto y ordenado de salida? ¿Cuál era?

A mí me hubiese gustado que Argentina saliera de la Convertibilidad con el transcurso del tiempo.  Lo he pensado desde un punto de vista institucional, salir de la Convertibilidasd después de un par de recambios de gobierno, después que terminara normalmente el gobierno de la Alianza, una vez que se afianzaran las expectativas de que Argentina es un país serio y que puede tener la política cambiaria que se le ocurra que no va a pasar nada.

Mi perspectiva era que salir en la mitad de la década de 1990, o en 1997, iba a ser muy peligroso. Peligroso porque iba caer el tipo de cambio, y por consiguiente iba a haber una presión muy pero muy fuerte para llevarlo para arriba emitiendo dinero. O sea, íbamos a volver a la década de 1980 e íbamos a sacar un corset con el cual se tenía más o menos ordenadas las cosas, lo que permitió la estabilidad que se logró.

Era peligroso, repito. Para mí no era un tema de tipo de cambio fijo o flotante. Los problemas de la política económica argentina no se refieren a la política cambiaria sino a la sustentabilidad fiscal de largo plazo. La política cambiaria puede ser cualquier cosa pero los problemas de fondo son otros.

Durante su gestión como ministro; ¿alguna vez tuvo que renunciar a sus valores o convicciones técnicas para alinearse con estrategias políticas?

Renuncié 3 veces. La primera de ellas, muy poco tiempo después de haber asumido, fue cuando Eduardo Duhalde le pidió al presidente Menem que creara el ministerio de la producción. Mi respuesta fue: “de acuerdo, yo voy a ayudar, pero busquen un ministro para la producción y otro para la economía. Yo les ayudo, les facilito la transición pero no, gracias”. Además, yo sabía que atrás de ese ministerio venía una cantidad de relajamientos de todo tipo, en la política tributaria, fiscal, etc.; o sea que dije por supuesto que no. Me rechazaron la renuncia.

La segunda vez fue cuando apareció lo que se denominó el plan Laura, un esquema para construir 10.000 kilómetros de autopistas, cobrando 10 centavos sobre el precio de los combustibles, todo esto administrado por un ente independiente que no pasaba por el presupuesto. Tampoco lo acepté. Presenté mi segunda renuncia y ahí murió el plan Laura.

La tercera renuncia fue la más pública de todas, a raíz del Canal Federal. El Canal Federal es uno de los pocos canales que lleva el agua ¡de abajo para arriba!: había que bombear, era un lío. Dije “chau, me voy”. En todos los casos donde me puse firme, gané.