Victor Frankenstein, los robots y la redistribución en un mundo automatizado

El miedo a los robots ha llegado a la Economía. ¿Qué efectos tendrá una adopción masiva de robots sobre el mercado laboral? ¿Cómo garantizar que todos recibamos los beneficios de un mundo altamente automatizado? En esta entrada de ciencia ficción económica resumo los puntos centrales de este debate y planteo un par de preguntas sueltas sobre cómo nos preparamos para este escenario que parece cada vez más plausible.

Las máquinas vienen por nosotros (o nuestros trabajos)

En 1818, se publicó en Londres la que es considerada la primera novela de ciencia ficción: “Frankenstein; or, The Modern Prometheus” (Mary Shelly). Desde entonces, miles de novelas y películas han explorado el miedo que sentimos ante el potencial que contienen las tecnologías que podemos desarrollar a través del conocimiento científico que generamos, en particular aquellas que creamos a nuestra imagen y semejanza. Nos inquieta la posibilidad de que nuestras creaciones sean la fuente de nuestra destrucción. Nos aterra la posibilidad de que nos reemplacen y vuelvan obsoletos.

No es fortuito que Frankenstein haya aparecido en Inglaterra, cuna de la revolución industrial. Y, así como en esos días, los ingleses andan hoy muy preocupados por lo que la automatización y robotización de la producción industrial implica para el futuro de los trabajadores. El año pasado, la firma PwC publicó un informe en el que estimaba que, para 2030, el 30% de los trabajos en el Reino Unido estarían en riesgo de ser automatizados. Los problemas de la automatización han sido mencionados incluso por el Gobernador del Banco de Inglaterra y discutidos en el Parlamento Europeo. Es un miedo que trasnocha a cada vez más hacedores de política y académicos alrededor del mundo.

Frey & Osborne (2013) habían calculado ya que el 47% de los empleos en Estados Unidos están en riesgo de ser automatizados. Sin embargo, hasta hace poco no teníamos ninguna buena estimación de qué tantos trabajos han sido o serán automatizados. Los efectos que la automatización tenga sobre el mercado laboral, en términos de empleo y salario, dependen de la adopción de estas tecnologías por parte de las firmas, así como de los beneficios que también generan a través de productividad para los trabajadores. Un trabajo reciente de Acemoglu & Restrepo (2017) aporta evidencia contundente sobre los efectos negativos sobre el empleo y salarios que ha tenido la introducción de robots en la producción de firmas en Estados Unidos. Ellos se enfocan en el caso de los robots industriales, los cuales se definen como máquinas programables para realizar labores industriales sin la operación de un humano. Basados en un modelo que incluye el “efecto productividad” y el “efecto desplazamiento” de la introducción de estos robots, cuantifican que cada robot ha reducido el número de empleados en alrededor de 5.6 trabajadores y los salarios promedio en 0.5 %. No son magnitudes despreciables. De hecho, a raíz de una versión anterior del artículo, Tim Dunlop escribió para The Guardian una columna titulada: “The robot debate is over: the jobs are gone and they aren’t coming back”.[1]

Aunque estos resultados confirmen las preocupaciones de muchos, el debate no está siquiera cerca de estar terminado. La automatización y robotización puede tener grandes beneficios para los consumidores también. Los ejemplos abundan, pero un caso en particular promete un cambio drástico dentro de no muchos años. Google, Apple, Samsung y Uber trabajan a toda marcha en el desarrollo de carros que se manejen solos con el fin de transportar pasajeros en ciudades alrededor del mundo (quién sabe cómo va a hacer Uber para seguir presentándose como un simple intermediario entre conductores y usuarios en ese caso). Los costos en términos de empleo son obvios: en un mundo con flotas de taxis totalmente automatizadas, la labor del taxista o conductor de Uber desaparece. Sin embargo, los beneficios son igualmente sustanciales: reducción de accidentalidad, posibilidad de internalizar parte de los efectos de congestión en el algoritmo de elección de rutas, reducción de infracciones de tránsito y menor necesidad de espacios de parqueo (súmenle uno maravilloso: no más pelea entre Taxis y Uber). Hay avances importantes también en el transporte de mercancías y envíos de productos a domicilio, así como en el cuidado de personas de la tercera edad o con discapacidades menores, por poner sólo un par de ejemplos más. Así, la pregunta entonces, como siempre, es cómo distribuimos esas ganancias y costos.

Los robots y la desigualdad

Precisamente, gran parte del debate se ha dado en torno al rol que debe cumplir el Estado en un mundo altamente automatizado. En este punto, creo que es importante distinguir y precisar la fuente de las preocupaciones sobre las consecuencias negativas de la automatización. Las soluciones que algunos han propuesto implican una preocupación sobre lo que puede suceder en un periodo de transición mientras nos ajustamos a una economía de producción altamente automatizada. Otras suponen, por el contrario, unos retos que se refieren más a lo que podría suceder en un estado estacionario altamente automatizado y con menor demanda de trabajo.

Por ejemplo, la idea de gravar el uso de robots ha tenido mucha visibilidad en los medios, en parte porque Bill Gates apoyó una política de este estilo después de que fuera discutida formalmente en el Parlamento Europeo[2]. Pero su voz de apoyo no es la única en un mar de oposición. Robert Schiller también ha respaldado esta propuesta. Las justificaciones para este impuesto se basan principalmente en una preocupación con el periodo de transición.  Argumentan que el problema está en la velocidad a la cual se puede dar esta transformación, la cual hace que la fuerza laboral y las estructuras de producción de habilidades no se puedan adaptar al mismo ritmo. Un impuesto a los robots tendría entonces dos propósitos principales. Por un lado, haría más lenta la adopción de tecnologías que automatizan labores y desplazan a trabajadores. Por el otro, generarían recursos para la generación de capital humano consistente con un mundo altamente automatizado y para compensar a los trabajadores a través de seguros de desempleo o incluso aseguramiento de salarios.

El problema fundamental es la potencial desigualdad que se generaría en la transición hacia un mundo altamente automatizado. Una de las razones esgrimidas para enfocarse en un impuesto, en lugar de otras soluciones más radicales, es su viabilidad política. Por ejemplo, aunque ha pasado de ser una curiosidad a un tema que se discute seriamente (mi colega David Bardey resume el asunto aquí), el ingreso básico universal sigue siendo una idea inviable. Sin embargo, el impuesto que se ha propuesto no es simple de implementar tampoco. Como muchos de sus detractores argumentan, es difícil definir legalmente qué es un robot (por esa razón, Acemoglu & Restrepo se enfocan en un tipo muy específico de robot que es fácilmente definible). Además, ante un gravamen a los robots, los fabricantes tendrían todos los incentivos para oscurecer más la definición, integrando las partes automatizadas con las no automatizadas en un solo producto.

Una solución diferente, que personalmente considero muy interesante, ha sido planteada por el exministro griego Yanis Varoufakis. ¿Qué pasa si, por el contrario, las empresas que hacen uso de este tipo de tecnologías en su producción (básicamente todas, en un futuro) son obligadas a ceder parte de su propiedad a la sociedad, las cuales son puestas en un fondo público? Este fondo produciría entonces un Dividendo Básico Universal (DBU) que se repartiría entre todos los ciudadanos.

El DBU resalta uno de los puntos centrales de los retos de la automatización: la propiedad. A medida que avanza la automatización, si el desplazamiento de trabajadores es realmente sustancial, las posibilidades de generación de ingresos de los potenciales trabajadores disminuyen. En ese mundo potencial, la propiedad pública de parte de esos robots puede ser la solución más simple para redistribuir las rentas generadas por esa producción automatizada. Un impuesto a los robots, que genera distorsiones en el margen a favor del trabajo y en contra del capital, terminaría desincentivando la producción de tecnologías que tienen potenciales beneficios para todos. El DBU, que en últimas es otro tipo de impuesto, también es distorsionario.  Sin embargo, una vez se ha cedido el porcentaje de propiedad al fondo público, no frena la implementación de tecnologías que hacen más eficiente la producción a través de la automatización. Es una solución bastante utópica, lo sé, que además requeriría coordinación transnacional. Pero le apunta a lo que considero debe ser el centro del debate: cuál debe ser la distribución de los retornos de la utilización de estas tecnologías.

Distintos futuros

De cómo se dé esa distribución depende, en últimas, cómo se verá un futuro altamente automatizado (si es que a eso llegamos). Una posibilidad es un mundo en el que la automatización genera un desplazamiento masivo de trabajadores, los cuáles terminan compitiendo con firmas altamente automatizadas a través de salarios muy bajos. Esta columna en The Guardian presenta un ejemplo actual muy ilustrativo: cinco trabajadores con baldes y trapos compitiéndole a las máquinas lavadoras automáticas de carros. Por otro lado, con una buena redistribución, los beneficios de esta automatización, y no me refiero únicamente a los monetarios, pueden beneficiarnos a todos de forma más equitativa.

Aparte de los beneficios en productividad (para los trabajadores no desplazados) y las claras ganancias desde el lado del consumidor, el gran potencial de un mundo automatizado en el que todos recibimos parte de los retornos de esa producción automatizada es en el tiempo disponible que generaría. En un mundo así, lo que habría sido desempleo o subempleo puede ser simplemente tiempo libre. Imagínense un mundo con más tiempo para la familia y los amigos. Un mundo en el que padres y madres no tienen que hacer maromas para pasar el tiempo que quieren con sus hijos. Un mundo en el que tenemos más tiempo para interactuar con otros (así sea encorvados mirando una pantalla de celular). Un mundo en el que podamos dedicarle tiempo a pensar e implementar una educación enfocada en desarrollar las habilidades útiles para una economía automatizada en lugar de las que seguimos desarrollando hoy, diseñadas para una economía de producción del siglo XX (o XIX) que, como lo dice George Monbiot, les enseña a los niños a ser redundantes.

Más allá de la redistribución de la propiedad de la que he hablado, un mundo en el que todos trabajamos menos puede ser uno en el que sea más fácil atacar la desigualdad que existe desde hoy. Si los que producen son los robots, es más viable pensar en redistribución de ingresos, pues los argumentos del estilo de “por qué otro debería recibir los frutos de mi trabajo” se vuelven cada vez menos relevantes.

¿Qué otros beneficios podría haber? Creo que vale la pena pensar en cómo podríamos sacar ventaja de un escenario así para poder garantizar el ingreso pensional de una población con una estructura demográfica cada vez más sesgada hacia edades avanzadas y con una expectativa de vida mayor. Pensar en cómo podríamos aprovecharla para reducir diferencias en ingreso con base en raza o género. Imaginar cómo sería útil para garantizar los ingresos de personas con discapacidades que hoy en día enfrentan un mercado laboral sumamente complicado.

Termino esta entrada, sin embargo, bajándole un poco al optimismo. ¿En Colombia y América Latina estamos preparados para sacarle el jugo a la robotización? ¿Nuestros sistemas de educación nos permiten montarnos al bus (o el hyper-loop) de un mundo con unas grandes ganancias potenciales en productividad? ¿Nuestras políticas económicas e industriales nos permitirán aprovechar los avances en robotización e inteligencia artificial que se aproximan? ¿Estamos destinados a simplemente producir insumos primarios (mineros, por ejemplo)? ¿Seguiremos pensando siempre en políticas al corto plazo? Ojalá, dentro de 30 o 50 años, no terminemos siendo los tipos con los baldes y trapos, en un mundo en el que los taxis y Ubers se lavan solitos.

Referencias

Acemoglu D. y P. Restrepo “Robots and Jobs: Evidence from US Labor Markets” NBER Working Paper No. 23285

Autor, D. y D. Dorn (2013) “The Growth of Low-Skill Service Jobs and the Polarization of the US Labor Market” American Economic Review  103(5): 1553–1597

Frey, C. B. y M. A. Osborne (2013) “The Future of Employment: How Susceptible are Jobs to Computerisation?” Mimeo. Oxford Martin School.

 

 

[1] Autor & Dorn (2013) habían ya mostrado como la adopción de tecnologías que automatizan labores rutinarias pueden explicar lo que ellos llaman la “polarización del empleo y los salarios”.

[2] Revisando este reporte del Parlamento Europeo para la elaboración de esta nota, me encontré con que la motivación también menciona a Frankenstein.