La revolución de la supervivencia

En colaboración con Victoria Anauati (Universidad de San Andrés)

La mayoría de nosotros deseamos vivir muchos años. Sin embargo, durante la mayor parte de la historia de la humanidad, las amenazas a la supervivencia abrumaron ese deseo. En 1800, con una población de casi mil millones de personas, la esperanza de vida al nacer no superaba los 30 años. Hasta principios del siglo XX, gran parte de las personas morían durante su infancia. Recién a partir de mediados del siglo XX llegar a la vejez se convirtió en un logro frecuente. En 2012, con una población que excedía los 7 mil millones, la esperanza de vida al nacer era de 70 años. La calidad de vida ha mejorado en los últimos siglos y en términos de supervivencia lo ha hecho en forma asombrosa. El siguiente gráfico da cuenta de este progreso.

Figura 1: Esperanza de vida y renta per cápita: 1800 y 2010

El incremento en la esperanza de vida puede explicarse por la transición de salud, la cual relaciona los cambios en la mortalidad con aquellos en la morbilidad y en la reducción de la fertilidad sugiriendo un vínculo fuerte con la demografía y epidemiología. De esta forma, la transición de salud puede describirse como una serie de cambios en las principales causas de muerte (transición epidemiológica).

Brevemente, la transición epidemiológica empezó en el noroeste de Europa en 1670 caracterizada por crisis de mortalidad menos devastadoras y menos frecuentes, junto a fracasos menos severos de las cosechas (ver esta entrada previa). La segunda etapa en esos países, desde 1750 a 1890, abarcó la disminución de ciertas enfermedades contagiosas, de las cuales las más importantes afectaban a las personas durante la infancia y la juventud, tales como el sarampión, escarlatina, fiebre tifoidea, entre otras. La tercera etapa se caracterizó por la remisión de enfermedades respiratorias ‒la más importante la tuberculosis‒ y una rápida disminución en la mortalidad infantil. Finalmente, la cuarta etapa, comenzó en el noroeste de Europa alrededor de 1900 cuando la disminución de las enfermedades contagiosas y de la mortalidad infantil dio lugar a que enfermedades cardiovasculares, degenerativas y el cáncer tomen el liderazgo como las principales causas de muerte y que la edad promedio de muerte pase de la infancia a la edad adulta avanzada. Esta cuarta etapa se encuentra todavía en curso (para más detalles ver esta entrada previa). En 1900 la transición de salud progresó en otras regiones tales como Europa del Este, Japón, Estados Unidos, y en algunos países de América Latina. En la segunda mitad del siglo XX se desarrolló un fuerte patrón global de convergencia.

¿Cómo la humanidad aprendió a controlar las principales causas de muerte? La transición epidemiológica sugiere que la acción humana fue la mayor responsable. Dicha acción representa el éxito de los esfuerzos para modificar el comportamiento humano, para reformar el entorno, e inventar medios para evitar y curar enfermedades.

De acuerdo a Riley (2001), las sociedades han utilizado las mismas seis áreas tácticas: salud pública, medicina, riqueza e ingresos, nutrición, comportamiento y educación. Pero diferentes países han utilizado estos medios de maneras muy diferentes, y en diferentes secuencias. Dentro de este esquema, los elementos más valiosos de la transición de la salud se dividen en dos categorías. La primera consiste en aportes de técnicos y expertos, liderados por la inmunización y los antibióticos. En esta categoría se destaca la vacuna de Jenner contra la viruela, al igual que también la inmunización moderna contra las enfermedades infantiles, las cuales han tenido un efecto benéfico en los países ricos y un efecto increíblemente útil en la mayoría de los países pobres. Si bien es más difícil evaluar el impacto de los antibióticos, no hay duda que han contribuido a la rápida disminución de las enfermedades infecciosas en los países en desarrollo desde 1950. En consecuencia, la medicina, responsable del descubrimiento y elaboración de la inmunoterapia y del milagro de las drogas, como así también la salud pública, principal responsable de la aplicación masiva de vacunas, de la purificación del agua y la prevención en la propagación de muchas enfermedades diarreicas, han abierto el camino al progreso de la transición de la salud.

La segunda categoría tiene una naturaleza menos heroica y consiste en las cosas que las personas han aprendido a hacer por sí mismas. Dentro de esta categoría es posible identificar tres factores claves. El primero, el rol de la ama de casa occidental de clase media, quien al hacerse cargo del cuidado doméstico, la salud, la dieta, educación e higiene de los miembros de la familia (influenciada en parte por la Teoría de la Higiene basada en la idea de evitar la enfermedad mediante la limpieza del hábitat) se convirtió en un actor principal en asegurar la buena salud en el siglo XIX. El segundo, el conocimiento que adquirieron las madres sobre cómo proteger la vida y la salud de infantes y niños, lo cual ‒junto a otros factores‒ condujo a la gran reducción de la mortalidad infantil en 1900. De esta forma, a finales del siglo XX la buena salud podía describirse como un logro no sólo de la medicina y la salud pública, sino también del cuidado del hogar que desempeñaba el ama de casa alertada por las ciencias médicas y sociales de las amenazas a la salud, y la prevención y tratamiento de las enfermedades. El tercero, el fracaso de la Teoría de los Gérmenes para explicar ciertas enfermedades, especialmente aquellas degenerativas, lo cual revivió la idea de la responsabilidad individual. Así, en el siglo XX, el paradigma cambió hacia la identificación de las vías por las cuales defectos específicos en la dieta o el comportamiento contribuyen a mayores riesgos de enfermedad.

¿Hacia a dónde vamos?

La transición de salud aún está incompleta. A principios de este siglo XXI no nos encontramos en el fin de un largo proceso de transición epidemiológica sino, más bien, en medio de dos regímenes epidemiológicos, uno liderado por enfermedades contagiosas y otro por enfermedades no contagiosas (este tema lo discutimos en esta entrada previa).

Está demostrado que resulta más fácil asegurar una vida más larga que reducir la cantidad de tiempo que las personas acumulan por enfermedad. Más aún, no es posible afirmar que alguna sociedad haya alcanzado su potencial tanto en términos de una vida larga como saludable. La humanidad por tanto tiene todavía un tramo importante por recorrer.

El factor clave en la transición de la salud no es la enfermedad, sino las acciones que reducen la mortalidad o la morbilidad. ¿Qué medidas son las más prometedoras para lograr una mayor reducción de la mortalidad, teniendo en cuenta las tecnologías disponibles? Creemos que los investigadores de los sistemas de salud y los hacedores de políticas deben identificar los elementos tácticos que conforman las estrategias de salud de cada país, y deben medir la efectividad de los mismos. ¿Cuáles son los más eficaces, medido por un menor costo o una menor tensión en los hábitos y actitudes de la población? ¿Cuáles impiden y cuáles asisten a los esfuerzos en curso para aumentar la supervivencia y reducir la mortalidad? Estas son preguntas claves que deben responderse a fin de continuar con el progreso en la supervivencia humana.

Referencia:

Riley, J. C. (2001). Rising Life Expectancy: A Global History. New York: Cambridge University Press.

 

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Nota del editor: Sebastian Galiani es Secretario de Política Económica de la Nación Argentina.

 

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