¿Herencias o hipotecas?

Por José Luis Machinea. Publicada el 21/01/2017 en Nuevos Papeles.

Una comparación de distintas variables económicas, permite analizar con precisión cuál fue el punto de partida de cada uno de los Presidentes desde 1983
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Hace algunos meses hice una presentación en una reunión conjunta de las academias de historia y de economía de Argentina sobre los gobiernos que se sucedieron desde el regreso de la democracia. Un aspecto de la presentación estaba relacionado con las herencias (o hipotecas) que habían recibido esos gobiernos y el contexto internacional en el que debieron desempeñarse. Prometí escribir un artículo al respecto pero el tiempo fue pasando sin que lo hiciera. Hace unos días, en una conversación con un gran amigo de toda la vida  -con el que no hablamos mucho de política para seguir siendo buenos amigos- me sorprendí cuando, aún antes de comenzar a almorzar, me dijo: “Lo que no te voy a perdonar es que no hayas dicho que la herencia que recibió este gobierno fue mucho mejor que la que recibieron otros gobiernos y, en especial, mejor de lo que recibieron ustedes en 1999”. Me convencí de que debía escribir el artículo, aunque sea breve, que llevaba demorado varios meses.
¿Cómo definir las herencias políticas? Mi amigo me hablaba de un país que en 2015 tenía menos desempleo y menos desigualdad que en 1999 y, desde esa óptica, tenía razón dado que en ambos casos la situación de 2015 era mejor. Pero ese hecho no es muy relevante desde el punto de vista del costo político asociado con las medidas que un gobierno debe adoptar para corregir los desequilibrios y las distorsiones heredadas si quiere evitar una crisis macroeconómica. En la reunión mencionada presenté un cuadro que trataba de resumir de forma simplificada esos eventuales costos políticos. El cuadro 1 muestra siete variables: inflación, cuenta corriente, reservas internacionales, deuda pública,  resultado fiscal, tipo de cambio real -respecto de una canasta de monedas ponderadas de acuerdo con el comercio de la Argentina- y tarifas de los servicios públicos. Esas variables son básicamente macroeconómicas y dejan de lado las herencias de cuestiones estructurales tan importantes como el nivel de gasto público, la estructura impositiva y las características del sistema de salud y del de pensiones.
¿Por qué esas variables? Porque inflaciones elevadas requieren de un programa antiinflacionario; déficits elevados en cuenta corriente y en las cuentas fiscales requieren medidas de corrección, que pueden ser de “shock” o graduales dependiendo de la capacidad de financiamiento. Esa capacidad depende, entre otras cosas, del nivel de endeudamiento, variable que además es relevante porque altos niveles de deuda suelen estar asociadas con crisis financieras. Un bajo nivel del tipo de cambio real y de las tarifas de los servicios públicos suelen requerir de una devaluación y un aumento de esas tarifas.  En otras palabras, la mayoría de los problemas mencionados requieren de medidas que en el corto plazo no son populares y, por ende, implican un elevado costo político para quienes deban adoptarlas.
Desde ya que el nivel de cada una de esas variables puede tener distintas connotaciones dependiendo de las circunstancias. Por ejemplo, el nivel de endeudamiento puede no resultar tan elevado al comienzo del gobierno de Alfonsín si se lo estima a un tipo de cambio promedio. Pero era muy alto si se toma en cuenta el tipo de cambio de ese momento, que es el que habría de acompañar a Alfonsín y a toda América Latina en la década de 1980, dado que la crisis de la deuda había eliminado la posibilidad de endeudarse en el exterior. Además, debido al aumento de la tasa de interés internacional, el costo de una determinada deuda era mucho más alto que en cualquiera de los últimos 25 años.
La hiperinflación final del gobierno de Alfonsín puede considerarse una herencia pesada para el gobierno de Menem y, en cierta medida, así lo fue. Pero téngase en cuenta que decimos “en cierta medida” ya que Menem y un grupo de sus colaboradores hizo todo lo posible para agravar la situación y “facilitar” la hiperinflación. La razón residía en que creían que cuanto más profunda fuera la crisis, más margen tenían para hacer algo muy distinto de las promesas de campaña, es decir, provocar la caída del salario real, promover las desregulaciones y realizar las privatizaciones. O sea, la herencia era pesada pero funcional a los cambios que planeaba el nuevo gobierno.
Comparando la situación que recibió el Presidente Macri con la de 1999, se observa que varios indicadores dan peor a fines de 2015 que en ese entonces (déficit fiscal, nivel de reservas, inflación y, en especial, atraso de las tarifas de los servicios públicos). El tipo de cambio tenía un nivel similar al de finales de la convertibilidad. O sea, era evidente que algo había que corregir y que ello tendría un impacto negativo en términos del salario real y del empleo en el corto plazo. A pesar de ello, hay razones para pensar que la situación de 1999 era peor que la de comienzos de 2015, o sea la hipoteca era más alta. La primera razón estriba en que el nivel de deuda recibido por Macri es inferior al de ese entonces. Entre otras cuestiones, eso implica que los vencimientos anuales de pagos de deuda eran muy superiores en 2000. Además, la tasa de interés de corto plazo de la Reserva Federal (banco central de los Estados Unidos) a comienzos de 2000 era 6,50% comparada con el 0,25% de fines de 2015. Ello le ha permitido a este gobierno hacer una corrección gradual del déficit fiscal. La segunda razón radica en que el déficit en cuenta corriente era menor que el de 1999, aunque gran parte de la explicación era el cepo cambiario. La otra razón -el principal argumento que mi amigo podría usar y con el que yo estaría de acuerdo- es que devaluar en el año 2000 implicaba la ruptura de todos los contratos de la economía, internos y externos. O sea implicaba una crisis económica y política de grandes proporciones, como la que finalmente hubo. Esos factores, junto con el contexto internacional, hacían que la situación de 1999 fuera más complicada que la de 2015.
Por último, en el cuadro 1 se puede ver que la situación económica que heredó Néstor Kirchner era en casi todos los indicadores mejor que la que recibieron todos los presidentes democráticos desde 1983. No había que reducir el déficit fiscal ni el déficit en cuenta corriente, puesto que ya había superávit en ambos; el nivel de tarifas públicas era elevado y lo mismo se puede decir respecto del tipo de cambio (alguien había devaluado y el salario ya había caído 25%). El nivel de reservas internacionales se estaba recuperando. Es cierto que el nivel de deuda era muy alto pero Argentina ya había dejado de pagar a comienzos de 2002. La negociación posterior generó una gran reducción de esa deuda que despejó ese problema…. al menos por un tiempo. Y como si todo eso fuera poco, en 2003-2015 tuvimos los mejores términos de intercambio de la historia y muy bajas tasas de interés internacionales, por momentos las más bajas del último siglo.
En síntesis, mi amigo puede llegar a tener razón con la idea de que la herencia que dejo Menem en 1999 era peor que la de 2015. De lo que no hay duda es que desde la óptica política -como la definimos al comienzo de este artículo- la herencia que recibió Néstor Kirchner fue la mejor desde el inicio de la democracia, aunque los gobiernos de Cristina la fueron empeorando.

 

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