Vivir en tiempos de incertidumbre

Citando la célebre frase de Borges, “la realidad no siempre es probable ni plausible”.   Al menos eso parece en América Latina y el Caribe: de todos los posibles resultados, el que hemos experimentado no es el que muchos habrían predicho. Además, cuando miramos hacia el futuro, las previsiones actuales muestran fuertes diferencias entre países y están sujetas a una elevada incertidumbre.

Acercándonos a fin de año, y con uno nuevo por comenzar, veamos algunas estadísticas. El promedio simple del PIB per cápita a valores de PPA (tipo de cambio con paridad de poder adquisitivo) de los 26 países en América Latina y el Caribe es de aproximadamente USD14.000. Chile, Panamá y Uruguay han tenido notables resultados en los últimos años, y el ingreso per cápita se sitúa actualmente por encima de USD21.000 en los tres países y se prevé que supere los USD25.000 hacia 2020. Debido al fuerte crecimiento en la década de 2000, después de la desastrosa crisis de 2002, Argentina acaba de alcanzar la marca de USD20.000 y suponiendo que se recupere de la actual recesión, según las previsiones, podría llegar a los USD23.000 hacia 2020. Otros países no tienen resultados tan buenos. Por ejemplo, el PIB per cápita de Venezuela ha disminuido de un máximo de USD18.600 en 2013 a sólo USD15.000, según estas estadísticas.

 

Sin embargo, ¿cómo son los resultados de la región en términos relativos? En el Gráfico 2 hemos normalizado el porcentaje de cada país en el PIB global per cápita según el promedio de cada país a lo largo de todo el período, de modo que si un país mantiene su porcentaje (o, en otras palabras, su ingreso per cápita sigue el ritmo del promedio global), el resultado es una línea horizontal en 1.

Este gráfico ilustra los desastrosos años ochenta, la llamada década perdida, cuando el país típico en la región perdió aproximadamente el 30% de su porcentaje en el PIB global per cápita, pérdida que en algunos casos fue de hasta el 50%. En los años noventa, la región perdió algo más de terreno y la década de 2000, a pesar del auge de las materias primas, fue esencialmente plana. El rasgo destacable a partir de 2010 ha sido una notable divergencia. Panamá, República Dominicana y Costa Rica son los tres países con el nivel final más alto (es decir, la predicción para 2021) en comparación con los promedios del período, seguidos de cerca por Chile (que ha perdido cierto terreno en los últimos años) y Perú, que ha tenido resultados espectaculares desde 2001 según estas estadísticas. Estos países han aumentado su PIB per cápita de manera considerable en comparación con el resto del mundo. En el otro extremo, Venezuela, Brasil y Ecuador son los tres países que previsiblemente habrán perdido más terreno hacia 2021 en relación con sus promedios para el período. Desafortunadamente, se prevé que el promedio simple de los 26 países miembro prestatarios del BID disminuya aún más en relación con el resto del mundo en los próximos años.[1]

Sin embargo, estas predicciones vienen acompañadas de una seria advertencia en materia de salud. Seis países en la región se encuentran actualmente en recesión (Argentina, Brasil, Ecuador, Surinam, Trinidad y Tobago, y Venezuela) y es sumamente difícil prever una expansión cuando el crecimiento actual es negativo. Si bien la mayoría de los analistas prevé que sólo dos de los seis países seguirán en recesión en 2017 (Ecuador y Venezuela), la incertidumbre se cierne sobre  sus perspectivas de crecimiento (probablemente negativo) y sobre la fortaleza de la  recuperación de los otros cuatro. Si se retrasa la recuperación en Argentina y Brasil de tal manera que ambos países pierden media desviación estándar de su crecimiento a lo largo de los próximos dos años, la pérdida total del PIB en los próximos tres años equivaldría al 3,1% del PIB regional.[2]  El crecimiento en 2017 sería de 0,7% en lugar de 1,7% del escenario base. Naturalmente, si la recuperación es más fuerte de lo previsto, el crecimiento regional aumentaría, como se ilustra en el Gráfico 3.

 

 

También hay una incertidumbre considerable en relación con las perspectivas económicas en Estados Unidos, que son absolutamente cruciales para México, América Central y el Caribe, e importantes para prácticamente todos los países. El presidente electo de Estados Unidos ha mencionado un conjunto de ambiciosas intervenciones en las políticas de impuestos, infraestructura, comercio, desregulación y reforma migratoria, para nombrar sólo cinco ámbitos potencialmente importantes. Las medidas que impulsan el crecimiento de Estados Unidos deberían ser positivas para América Latina y el Caribe, aunque las mayores tasas de interés resultantes tendrían un efecto negativo. Sin embargo, las medidas que cierran Estados Unidos al comercio de bienes y al movimiento de personas podrían ser muy negativas para la región.

Los países se verán afectados de maneras diferentes. El impacto en México dependerá crucialmente de las futuras relaciones comerciales, dada la enorme importancia de Estados Unidos para las empresas localizadas al sur del Río Grande. En el Caribe, la ventaja podría ser un aumento de la demanda de exportaciones, incluyendo el turismo, versus el costo de tasas de interés más altas que tendrían impacto sobre todo en los países con mayores niveles de deuda. Los precios de las materias primas han aumentado desde la elección en Estados Unidos dada la mayor demanda prevista en este país (y a pesar de la apreciación del dólar y de tasas de interés más altas que tienden a deprimir al sector de las materias primas) y las recientes medidas de la OPEP para disminuir la producción de petróleo. Los precios más altos de las materias primas darán impulso a diversos países de la región, sobre todo en América del Sur.

Sin embargo, la incertidumbre persiste en relación con las políticas que realmente se llevarán a cabo en Estados Unidos. Esta incertidumbre es en sí misma perjudicial.  El precio de los préstamos a los mercados emergentes ha aumentado, los flujos de capital han disminuido, las monedas se han depreciado y se ha observado una caída notable en la emisión de bonos soberanos de las economías emergentes en las últimas semanas. Si bien los mercados bursátiles se han disparado al alza en Estados Unidos, lo cual supuestamente anticipa lo mejor, los mercados emergentes han reaccionado muy negativamente, al parecer temiendo lo peor.

A medida que se muevan los engranajes de la compleja máquina de formulación de políticas en Estados Unidos y se definan más claramente las políticas públicas y las medidas, la incertidumbre debería disminuir. Como declaró la presidenta de la Reserva Federal Janet Yellen cuando esa entidad aumentó las tasas de interés el 14 de diciembre, en el futuro la política monetaria dependerá de lo que realmente suceda y, si bien actualmente el miembro medio del FOMC prevé tres subas de las tasas de interés en 2017, el famoso gráfico de “dots” revela diferencias de opinión entre los miembros del FOMC. Al igual que la política monetaria de Estados Unidos, las perspectivas económicas para la región en 2017 y años posteriores serán sumamente “dependientes de los datos”. América Latina y el Caribe está acostumbrada a tratar con la incertidumbre; puede que los próximos años pongan a prueba esa resiliencia, una vez más dependiendo de cuán improbable sea la realidad que se avecina.

 

[1] Si bien no es el objeto de este blog, esto subraya la necesidad de aumentar la inversión y la productividad, sobre todo teniendo en cuenta la desaparición prevista de un fuerte bonus demográfico que aumentó la contribución de la fuerza laboral en los últimos años. Para un debate, ver Anexo A (pp. 65-69) del Informe Macroeconómico de América Latina y el Caribe de 2014.

[2] Media desviación estándar de crecimiento es 3% para Argentina y 1,5% para Brasil. El impacto regional total incluyó el shock en cada país y el impacto combinado en otros países de la región.

One Comment

  1. Incertidumbre. Siempre hemos vivido y viviremos con muchas incertidumbres. Los vendedores de humo nos ofrecen sus fórmulas mágicas para generar certezas o mejor dicho para hacernos creer en que alguna certeza está a la vuelta de la esquina. Hace ya mucho tiempo que algunos buenos economistas sospechaban que las nuevas generaciones de economistas se volverían ingenieros sociales, vendedores de ese humo. Por ejemplo, no deja de sorprender que este artículo haga referencia a Janet Yellen como si fuera fuente siquiera de “predictibilidad” (término usado por Jim Buchanan para analizar bancos centrales y otras instituciones) cuando su comportamiento hasta hoy ha estado dominado por el servilismo al Partido Demócrata inventando cualquier excusa para no subir las tasas de interés hasta después del 8 de noviembre (y que conste que a mi juicio el Fed no puede “estabilizar” ningún nivel general de precios ni ninguna variable nominal y por lo tanto la subida de tasas de interés post-8 de noviembre tendrá poco o ningún efecto más allá de la reacción inmediata al hecho de que finalmente se concretó). Quienes alguna vez han trabajado en el Banco Central de la República Argentina debieran saber bien que el servilismo a políticos y gobernantes puede implicar una dosis extraordinaria de incertidumbre. Hoy miles de economistas están escribiendo sus pronósticos para el 2017 poniendo énfasis en Trump como si Trump pudiera cambiar el mundo y lo hacen sin tener idea de cómo se generan y más importante cómo se ejecutan las políticas públicas en EEUU.

Deja un comentario