Muhammad Ali y mi Chicago

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Durante cuatro años, Muhammad Ali fue mi vecino. Bueno, no el de la casa del lado, pero vivíamos en el mismo barrio, a pocas cuadras de distancia. El en la sección rica, con grandes mansiones de extensos jardines, y yo en la parte pobre, en un departamento chico, de dos dormitorios y medio baño. Ali manejaba un Rolls Royce último modelo, mientras que yo tenía un Ford viejísimo y destartalado que consumía más aceite que bencina. Pero éramos vecinos, y con frecuencia lo veíamos en el supermercado, o manejando lentamente por una de las avenidas, o en un parquecito al que llevaba a su hijita Laila, de la misma edad que mi hija mayor, Magdalena. Un día nos encontramos con él en el aeropuerto, con Laila en sus brazos. Nos tomamos una foto, la que con los años se perdió, como tantas cosas.

Esto era en Chicago, a finales de los 70 y principio de los 80.

En mi memoria, Chicago está asociado tanto con Milton Friedman como con el gran boxeador. Friedman representa la parte académica, el Departamento de Economía de la afamada universidad, las noches en vela tratando de entender un artículo complejo. Ali, por otro lado, representa la humanidad, el esfuerzo de las minorías -el nuestro era un barrio de afroamericanos-, la dignidad inquebrantable, la valentía y la autenticidad.

Fanfarrón

La primera vez que supe de la existencia de Ali fue en 1963, cuando aún se llamaba Cassius Clay. Yo tenía nueve años y jamás me perdía un ejemplar de la revista Estadio. Mi interés era el fútbol, pero en las tardes de invierno también leía artículos sobre otros deportes: ciclismo, básquet y, de vez en cuando, boxeo. En el número 1052 de Estadio, del 25 de julio de 1963, apareció un recuadro sobre la pelea entre Clay y el británico Henry Cooper. Cassius Clay ganó por knock out en el quinto asalto, tal como lo había predicho. La nota consignaba dos cosas: el estadounidense era un fanfarrón con una inmensa bocaza, y no tenía ninguna posibilidad de ganarle el título mundial al feroz Sonny Liston.

En ese mismo instante decidí que en esa pelea yo iba a ir por Cassius Clay. Empecé a aborrecer a Liston, con sus manos enormes y su bigotito mínimo. La pelea fue a fines de febrero de 1964, y Clay, mi favorito, sorprendió a todos ganando por knock out técnico en el séptimo. Los pormenores aparecieron en el número 1084 de Estadio, en un artículo de cuatro páginas firmado por “Caracol”. Según muchos especialistas había habido “tongo”.  Una semana después, el noticiero Emelco, que en esos años proyectaban en todos los cines antes de la película, mostró las escenas más importantes del match. A pesar de no saber nada de boxeo, a mis ojos de niño era evidente que Clay había dominado con un estilo peculiar: retrocedía, bailaba con la guardia baja, y mientras lo hacía hablaba constantemente, insultando a su rival y alabando su propia belleza. De vez en cuando, y como salido de la nada, un jab certero golpeaba a Liston. Poco a poco la cara del campeón se fue desfigurando, hasta que frustrado y agotado abandonó en el séptimo. Al terminar el match, y con el cinturón de monarca en su cintura, Clay anunció que se había convertido al islam y que su nuevo nombre era Muhammad Ali.

La revancha fue el 25 de mayo de 1965 y es la pelea más controversial en la historia del boxeo. Ali ganó por KO en el primer asalto, con “el golpe fantasma”. De ese match también proviene la fotografía más famosa de ese deporte, tomada por el mítico Neil Leifer, a la sazón de tan sólo 22 años. Sonny Liston está de espaldas sobre la lona de color gris, con los brazos en cruz y la mirada perdida; lleva pantaloncillo negro. Parado frente a él -o sobre él- está Ali, gritándole que no sea cobarde, que se levante y pelee. Ali tiene el brazo derecho cruzado sobre el torso, con la musculatura hinchada; las luces del ring hacen brillar su piel cobriza y su pantaloneta blanca. Los guantes rojos de ambos pugilistas le dan a la escena un aire de tragedia.

En esa época no teníamos TV en casa, por lo que en los próximos dos años me las arreglé para ir donde mis primos o donde algún amigo para ver las peleas. La más sangrienta fue en febrero de 1967, contra Ernie Terrell, quien se negó a llamarlo Muhammad Ali. El campeón, furioso, no lo quiso noquear, para castigarlo, humillarlo y hacerlo sangrar como “una sabandija”. Lo golpeaba mientras le preguntaba: “¿Cómo me llamo? ¿Cómo me llamo?”.

Nada en contra de ellos

Pero lo que más nos sorprendió fue su decisión, en abril de 1967, de no enrolarse en el servicio militar. Le ofrecieron un rol de apoyo moral a las tropas -como el de Elvis en su momento-, con visitas al frente y peleas de exhibición. Pero dijo que no lo haría. Sus argumentos fueron dos: dijo que era un pacifista, a lo que agregó: “No tengo nada en contra de ellos, los vietcong”. Luego apuntó que era una guerra inmoral, en la que casi todos los muertos correspondían a minorías raciales, a afroamericanos o hispanos. Un mes después fue condenado por evadir la conscripción y le arrebataron el título.

Muhammad Ali, el muchacho fanfarrón, el campeón de la gran bocaza, el arrogante de Kentucky, tomó la sentencia como una medalla de honor. Recurrió a las cortes de justicia y siguió diciendo lo que pensaba, deplorando el racismo, la injusticia y la desigualdad.

Su campaña jugó un rol importante en la decisión del gobierno de EE.UU. de cambiar las reglas de la conscripción. Hasta ese momento los estudiantes universitarios podían evitar servir a su país. Ello eximía a casi todos los muchachos de clase media alta y clase alta. A partir de 1969, y en gran medida gracias a Ali, se instauró un sistema de lotería, donde los sorteados tenían que enrolarse, independientemente de su condición de estudiantes. En ese momento, y hasta el final de la guerra de Vietnam, el Ejército fue un espejo de la sociedad.

Sólo entendí lo que Ali quería decir cuando me mudé a Chicago, a ese barrio venido a menos, a ese barrio de afroamericanos. Con los años fui conociendo gente y haciendo amigos, los que me invitaron a sus casas y me hablaron de sus familias y de sus sueños, de sus tristezas y aspiraciones. Me hablaron de la gran migración desde los estados del sur a Chicago, y de cómo había sido capturada con maestría por el pintor Jacob Lawrence. Me dijeron que en la Segunda Guerra no pudieron servir junto a los blancos, y me espantaron con historias de los linchamientos del Ku Klux Klan. Me explicaron que hasta 1947 los hombres de color no podían jugar béisbol junto a los blancos. Con respeto y recogimiento me leyeron los discursos del doctor Martin Luther King. También me hablaron de una universidad lejana, llamada Ucla, que era pionera en integrar a todas las razas en todos los ámbitos. De ahí venían Arthur Ashe, el primer afroamericano campeón de tenis, y Jackie Robinson, el primer beisbolista que rompió la barrera del color.

Todo eso aprendí en mis años de Chicago, en los que fui vecino de Muhammad Ali, el mejor boxeador de la historia; un hombre valiente y digno, un ejemplo para todos. Lo recordaremos siempre.

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