Entrevista a Lucio Reca

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Reca nació en Buenos Aires, el 25 de julio de 1931. Es padre de 2 hijos y abuelo de 6 nietos. Egresó de la facultad de Agronomía y Veterinaria de la Universidad de Buenos Aires (UBA) en 1953, con el título de ingeniero agrónomo y con medalla de oro. Completó sus estudios en la Universidad de Chicago, donde obtuvo el master en economía en 1962 y el doctorado en 1967.

A lo largo de su carrera profesional desempeñó distintos cargos públicos en los ámbitos nacional e internacional. En Argentina fue interventor en la Corporación Nacional de Olivicultura en 1958, subsecretario de Agricultura en el ministerio de economía de la provincia de San Juan en 1958, coordinador de la Unidad Sectorial Agropecuaria en el Consejo Nacional de Desarrollo en 1963-64, director nacional de Economía y Sociología Rural en la Secretaría de Agricultura de la Nación entre 1969 y 1972, subsecretario de Agricultura en el Ministerio de Economía de la provincia de San Juan, y en 2 oportunidades secretario de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación. 1975-76 y 1983-86. En el exterior fue consultor en economía agraria para el Banco Mundial en Bolivia, Ecuador, Guatemala, Guyana, México, Uruguay y Venezuela, entre 1972 y 1987 y gerente de análisis de proyectos del Banco Interamericano de Desarrollo entre 1989 y 1993. También fue investigador visitante en el International Food Policy Research Institute (IFPRI), entre 1995 y 2003.

En el plano docente fue profesor en las universidades de Belgrano, de Buenos Aires, nacional de La Plata, del Salvador y del Sur. Entre 1968 y 1973 dirigió la escuela de economía de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la universidad del Salvador. Fue profesor titular de economía agraria y director del departamento de economía de la facultad de agronomía de la UBA entre 1970 y 1973. Es académico de número de la Academia Nacional de Agronomía y Veterinaria desde 2006. Su curriculum detallado  se puede consultar en www.anav.gov.ar.

Todos los publicitarios sueñan con que la marca perteneciente a la empresa que los contrató se identifique con el producto mismo. Coca cola por gaseosa, Xerox por fotocopia y Geniol por analgésico, son claros ejemplos de esto. Dentro de la profesión algo parecido ocurre con Reca y economía agrícola. Dedicó sus esfuerzos -tanto en la función pública como en el ámbito académico- a un sólo sector (muy importante, por cierto). Y tuvo el coraje suficiente como para remar contra la corriente de la “sabiduría convencional” en la materia, mostrando sistemáticamente que los productores agropecuarios responden a los incentivos económicos. Típico de los economistas agrícolas y crecientemente atípico entre los economistas generales, en toda conversación con Reca afloran aspectos teóricos, empíricos, técnicos, institucionales, históricos, etc., sin los cuales es difícil entender la realidad.

La conversación que sigue comenzó personalmente en Buenos Aires, el 5 de mayo de 2008, y continuó a través del correo electrónico.

¿Dónde naciste; a qué se dedicaban tus padres?

 Soy porteño, del barrio de Caballito. Mi padre era abogado, egresado de la facultad de derecho de la UBA. Mi madre era maestra. El era de Buenos Aires, ella de San Juan.

En 1923, cuando mi padre tenía 25 años y ya era abogado, se trasladó a la provincia de San Juan para colaborar con un gobierno recién instalado y presidido por un médico-caudillo, el doctor Federico Cantón, fundador de la Unión Cívica Radical Bloquista, una escisión de la UCR. Dicho gobierno impulsó profundas transformaciones en el ámbito provincial, en medio de un ambiente político muy caldeado. Para dar sólo un ejemplo de las reformas que llevó a cabo ese gobierno, te comento que en 1927, al modificarse la Constitución provincial, en ella se incorporó el voto femenino: veinte años antes que en el orden nacional. Mi padre participó activamente en la Convención Reformadora de esa constitución.

El gobierno del Dr. Cantón puso particular atención en temas de salud pública y legislación social. Fue pionero en la creación de un mecanismo regulador de la industria vitivinícola (“Bodega del Estado”). En cuanto a obra pública su gobierno dotó a San Juan de una red caminera sin paralelo en la República Argentina hasta ese momento. Todo esto, como digo, en medio de una gran convulsión social, porque la provincia -cuya sociedad era muy tradicional- no estaba preparada para reformas tan intensas y profundas.

En algún momento de 1929 mi padre consideró que su tarea allí estaba concluida, y por consiguiente regresó con su familia a Buenos Aires. Por eso soy porteño. Mi madre había ejercido  la docencia en San Juan hasta su matrimonio  en 1927.

Vos, de grande, realizaste algunas actividades en la provincia. ¿Pura casualidad o la provincia ocupa algún lugar en tu corazón?

Que mi madre fuera sanjuanina significó una vinculación afectiva muy fuerte con esa provincia, que se mantiene hasta el día de hoy. Por lo cual, egresado de la Facultad de Agronomía de la UBA (entonces Agronomía y Veterinaria) me fui a San Juan donde me ocupé, fundamentalmente, de temas vinculados con la olivicultura.

Volvamos a tu familia.

 Soy segundo hijo, tengo una hermana que es un par de años mayor que yo. Clase media, escuela pública, vivíamos en Caballito.

¿Tu papá tenía auto?

Tuvo su primer auto en San Juan, alrededor de 1925 y su último en 1947. Dejó de manejar varios años porque sufrió una grave afección cardiaca, a raíz de la cual falleció cuando tenía 56 años, muy joven aún para aquella época y muy joven para mí, que tenía sólo 19.

Estudiaste agronomía en la UBA. ¿Por qué agronomía, algún antecedente familiar?

 Antecedentes familiares ninguno. Cuando estaba terminando el colegio nacional me hice la misma pregunta que se hace todo adolescente en esas circunstancias. Encontré varias alternativas, porque realmente no sentía ninguna vocación muy marcada, como sí decían sentir algunos de mis compañeros por la medicina, la ingeniería, etc. Este tipo de cosas a mí no me ocurrió.

Tal es así que, probablemente por tradición familiar, comencé a preparar el ingreso a la facultad de derecho de la UBA, pero a poco de andar me di cuenta que eso no era para mí y entonces me puse a mirar programas de estudio. Me pareció que el de agronomía cubría una variedad de disciplinas (química, física, biología, etc.) que pensé me darían un panorama relativamente amplio del saber.

Hubo otro factor, que creo que fue el determinante. Recordá que estábamos en 1947-1948. Había terminado la Segunda Guerra Mundial, existía un gran déficit de alimentos en el mundo, hambre por todos lados, y me pareció que estudiando agronomía podía realizar alguna contribución, por modesta que fuera, para que la oferta de alimentos creciera.

Quiero estar seguro de haber entendido. ¿Cuándo tenías 17 años decidiste estudiar agronomía para aumentar la oferta mundial de alimentos? Un pibe a los 17 años no piensa esas cosas.   

No era una cuestión totalmente clara, pero conservo un trabajo que escribí en 1951-1952, cuando tenía 20 años, con el ambicioso título de “Aspectos sociales de la agronomía”, donde describía qué habían hecho en ese campo los romanos, los egipcios, etc., monografía que muestra una vocación por estudiar agronomía en su proyección social.

¿Cómo era facultad en esa época? En 1947-1948 el presidente Juan Domingo Perón al sector agropecuario le decía “oligarquía vacuna”, de todo. En la facultad, eso; ¿se notaba?

 Me hice esa pregunta muchas veces, Juan Carlos. Uno de los elementos que estaba presente en la facultad era una cierta sensación de irrealidad, un increíble divorcio con el mundo. 1952 fue el único año, desde fines del siglo XIX aproximadamente, en que Argentina importó trigo. Subsidiado por el gobierno de Estados Unidos, como parte de sus programas de ayuda. Simultáneamente escuchaba a algún profesor hablar de que Argentina era “el granero del mundo”… ninguna relación con la situación real de la Argentina.

En Agronomía el ambiente estudiantil era bastante tranquilo, a diferencia de lo que ocurría en otras facultades.Tal vez el ambiente bucólico de los parques, los pabellones en medio de ellos, influía sobre el comportamiento de la población estudiantil. Hubo corridas y algunos problemas. En paralelo al Centro de Estudiantes histórico se constituyó otro impulsado por el oficialismo, y se produjeron algunas situaciones personales desagradables. Pero dentro del muy agitado panorama estudiantil de la época la facultad de Agronomía era relativamente tranquila.

¿Qué profesores te impactaron, y por qué?

 Principalmente el ingeniero Lorenzo Parodi, el profesor de botánica que tuve en primer año. Un sabio. Se había especializado en gramíneas, que no son solamente “pastitos”. A las gramíneas pertenecen, entre otras, las 3 especies en las que se basa la alimentación del mundo: el arroz, el trigo y el maíz. Recuerdo particularmente la claridad de su exposición y su tremenda capacidad de síntesis. Explicaba de una forma que resultaba muy difícil olvidar. Voy a dar un ejemplo (recordemos que estábamos en 1949). En aquel momento la soja en Argentina era casi una curiosidad botánica, se cultivaban unas pocas hectáreas en Misiones para producir harina de soja que se utilizaba con fines medicinales. Parodi nos decía que la soja es una planta de gran versatilidad, porque con un grano de soja tostado se puede hacer un sustituto del café, con un grano de soja semimaduro se puede elaborar un sustituto de la manteca, con la harina de soja se puede hacer pan y como el grano en su proceso de maduración tiene una fase lechosa, entonces se puede convertir en un sustituto de la leche. De manera entonces que con la soja podemos servir café con leche, con pan y manteca. Con esta explicación; ¿quién se podía olvidar qué es la soja?

Un día le comenté que en el verano viajaría a San Juan. “Si visita los Valles Andinos y encuentra algunas semillas de trigo, tráigamelas”, me dijo al ingeniero Parodi. Esto me sorprendió porque el trigo es un cultivo de la región pampeana. Después supe que hasta alrededor de 1870 una parte importante del trigo que se cultivaba en Argentina, provenía de los Valles Andinos (Jachal en San Juan, los valles en La Rioja, Catamarca, etc.). Se molía el grano y la harina se enviaba por carreta a Buenos Aires.

También recuerdo al doctor Raúl Wernicke, eminente profesor de física, quien falleció trágicamente en el Fournier, el rastreador de ARA, cuyo capitán era pariente suyo, quien lo invitó a participar en un viaje por los canales fueguinos. El Fournier desapareció, no hubo sobrevivientes, nunca se supo nada del barco ni de sus tripulantes.

Wassily Leontief, entusiasta de la investigación empírica -y de la observación directa, no solamente la aproximación numérica-, siempre ponía como ejemplo a los economistas agrícolas. ¿Qué cosas hacías mientras eras estudiante; ordeñabas vacas, sembrabas  granos?

 Durante los primeros 2 años de la carrera cursábamos materias de formación básica, y en los años posteriores materias especiales: crianza de animales, cultivos industriales, cereales, fruticultura, maquinaria agrícola, etc. Parte de los trabajos prácticos consistía en visitas a campos, a lugares donde había determinados cultivos. En aquel momento se estaban comenzando a utilizar fuertemente las forrajeras mejoradas. Pero práctica como tal, en la facultad no ofrecía.

En 1953 te recibiste de ingeniero agrónomo, ¡con medalla de oro! Habrás ingresado al programa de Master de la universidad de Chicago alrededor de 1960. ¿Qué hiciste en esos 7 años?

 Egresé con 9,50 de promedio, el más alto en la historia de la facultad de Agronomía hasta ese momento.

Me fui a trabajar a San Juan, en la delegación provincial del entonces ministerio de agricultura de la Nación. Aprendí un montón de cosas relacionadas con sanidad vegetal. Esto me puso en contacto con un mundo que yo no conocía, en un momento en que comenzaba a ser muy importante la lucha química para el control de las plagas. Porque hasta ese momento los insecticidas eran muy pocos y tenían efectos limitados. También me familiaricé con el tema de los aviones fumigadores. Productos químicos y aviones son las 2 patas que permitieron controlar la langosta voladora en Argentina, la plaga más importante en nuestro país desde la época de la Colonia.

En algún momento apareció la posibilidad de ir a estudiar economía a Chicago. Pero vos no sabías nada de economía. ¿Cómo te atreviste?

San Juan era la sede de un organismo creado por ley de la Nación, que se llamaba Corporación Nacional de Olivicultura. La ley había sido impulsada por gente de San Juan, y por eso la sede se ubicó en esa  provincia. Pero a poco de andar la delegación Buenos Aires de la Corporación hacía todo el trabajo, quedando en San Juan un par de oficinas, tanto como para cumplir formalmente con la ley. Pero los sanjuaninos vinculados con la olivicultura deseaban que la política olivícola se manejara desde San Juan.

En 1958, con la llegada de Arturo Frondizi a la presidencia de la Nación, el gobierno de San Juan impulsó mi nombre para que yo fuera interventor en la Corporación, y contribuyera al traslado de su poder de decisión a San Juan.

Desde ese cargo estudié en profundidad lo que estaba ocurriendo con la olivicultura en Argentina.. En los años 40 al desaparecer del mercado local el aceite de oliva importado de España e Italia se inició una gran promoción olivícola en nuestro país, cuyo resultado fue la plantación de olivares desde Jujuy hasta Bahía Blanca y desde La Rioja a Entre Ríos. Visité muchos de esos lugares. Aprendí a distinguir dónde puede crecer un olivo y dónde puede producir aceitunas. Los olivos crecen en muchos lugares, pero no en todos se dan las condiciones necesarias para que fructifiquen.

Escribí el informe, lo más completo y objetivo que pude, analizando la situación y las perspectivas de la olivicultura en Argentina. Muchos meses después, siendo ya funcionario de agricultura en el gobierno nacional, me convocó el subsecretario de agricultura, el ingeniero Rafael García Mata, a quien le había llegado mi trabajo.

García Mata fue muy claro conmigo. Fíjate lo que es la visión de un hombre de Estado, quien había sido el alma mater de la Junta Nacional del Algodón, una institución ejemplar en su tiempo. Me dijo: “Reca, quería conocerlo pues leí su informe y me pareció muy bueno. Usted tiene que estudiar economía agrícola. Nosotros tenemos que fortalecer el análisis económico en esta secretaría (recordemos que fue en el gobierno de Frondizi cuando se creó el ministerio de economía y los hasta entonces ministerios de hacienda, agricultura, comercio, etc., se transformaron en secretarías del ministerio de economía). Porque cuando vamos a las discusiones con la secretaría de hacienda las perdemos todas, estamos en desventaja, no hablamos el lenguaje de ellos ni tenemos suficiente personal técnico”.

De manera que tu vuelco a economía, y tu viaje de estudios al exterior, resultaron de una iniciativa argentina…

Así es. A fines de 1959 se presentó una oportunidad. Se comenzaba a ejecutar un gran programa de cooperación técnica entre Argentina y Estados Unidos, financiado con recursos provenientes de las importaciones de trigo y de aceite de soja que hizo Argentina en 1952-53 como parte del programa de Estados Unidos de ayuda externa, que preveía utilizar los recursos generados por la venta subsidiada de productos agrícolas (en este caso trigo y aceite de soja)  en proyectos acordados por Estados Unidos y el país receptor de la ayuda. Con tal fin se creó un organismo: la Comisión Argentina del Fondo de Apoyo al Desarrollo Económico (CAFADE), cuyo propósito fundamental fue promover la capacitación de profesionales en cuestiones relacionadas con el sector primario.

Algunos de los becarios de este programa viajaron al exterior para estudiar zootecnia, otros forrajes, genética vegetal, etc. y también economía agrícola. Cuando se llamó a concurso me presenté. Vos me preguntaste cómo fui a parar a Chicago…

Exactamente.

 Es un buen ejemplo de la importancia que a veces tienen quienes presiden los comités. Este lo presidía el ingeniero Roberto Risso Patrón, quien había sido un excelente profesor de fisiología vegetal en la facultad. Completaban el comité 2 profesores de grandes universidades norteamericanas especializadas en cuestiones agrícolas. Luego de las preguntas correspondientes consideraron que yo calificaba para ingresar al programa, y se planteó la siguiente cuestión: ¿A dónde mandamos a estudiar a Reca?

Si mal no recuerdo, una posibilidad era Iowa; otra Michigan State. Ambas universidades pertenecen al grupo de instituciones que integran la investigación y la enseñanza con la extensión, es decir, con la difusión de los resultados obtenidos a los agricultores. Es una de las características del sistema educativo agropecuario de Estados Unidos que, con justicia, lo hicieron famoso. Para los integrantes americanos la cuestión era fácil: una u otra. Pero hete aquí que intervino Risso Patrón, con un argumento muy sencillo: “hay un personaje, que se llama Theodore W. Schultz, que está en la universidad de Chicago, y que entre otras cosas se ha ocupado de la agricultura en América Latina. Así que Reca tiene que ir a Chicago”.

Yo escuchaba la discusión sin entender nada. Los otros 2 profesores manifestaron sus reservas, argumentando que en Chicago sólo estudiaría la política agrícola, sin tener contacto directo con la producción, pero Risso Patrón no se movió. ¿Resultado? Fui a Chicago, pero en vez de viajar en setiembre, cuando comienza el año académico, la solución de compromiso fue que viajara en abril o mayo, para pasar un trimestre en un Land Grant College, que fue Michigan State Univesity, para familiarizarme con el sistema de extensión agrícola y de paso tomar algunos cursos preparatorios.

En cuanto llegué a Chicago (setiembre de 1960) lo fui a ver a Schultz, quien me atendió muy amablemente y fue muy clarito. Me dijo: “antes de ocuparse de cuestiones específicas tome la secuencia de cursos de teoría de los precios, y la de macroeconomía también. Esto le llevará un año… entonces volveremos a conversar”.

Teoría de los precios, macro, micro, etc.; pero vos no sabías nada de nada… Yo en Harvard no siempre la pasé bien, pero al menos era licenciado en economía. Vos eras ingeniero agrónomo…

 Efectivamente. Me inscribí en la secuencia de teoría de los precios, donde había 3 cursos, y también en el primer curso de macroeconomía. Rápidamente me di cuenta que me resultaba imposible entender lo que pasaba en el curso de macro. En cambio en la teoría de los precios, haciendo sacrificios me pude meter, me parecía más lógica y la podía seguir. Trabajando muy fuerte pude aprobar satisfactoriamente teoría de los precios, dejando macro para el segundo año de la beca, tomando en el semestre de primavera de mi primer año en Chicago un curso de macroeconomía de pregrado.

En teoría de los precios, en el segundo trimestre tuve la enorme fortuna de tener como profesor a Arnold C. Harberger. Tan bien me fue allí que mi examen fue el mejor del curso. En el segundo año, ya conociendo cómo funcionaba el sistema, tomé la secuencia de cursos de macroeconomía, y al final de dicho año rendí los exámenes generales. También tomé la secuencia de agricultura, que lamentablemente no la dictó Schultz, quien estaba fuera de Chicago, en año sabático.

Aquí se produjo un nuevo episodio donde pocas palabras te pueden cambiar la vida a uno. Yo tenía objetivos muy modestos, terminar la maestría y volver a Argentina, a aplicar lo que había aprendido al término de mi segundo año en Chicago. Tuve una conversación con mi asesor, Harold Gregg Lewis, un tipo muy serio, especialista en economía laboral, quien me dijo: “no señor, usted se sienta y rinde todos los exámenes del doctorado”. Pero tengo que volver a Argentina, le respondí. “Yo le firmo que usted ya es Master, pero usted rinde los exámenes del doctorado. Nunca se sabe qué puede pasar”. Por cierto que no me quedaba más remedio que hacerle caso, me puse a trabajar, rendí los exámenes y volví al país. Un un par de meses después recibí la buena noticia de que había aprobado los exámenes generales del doctorado.

Mencionaste dos “grandes”: Schultz y Harberger. Hablá de cada uno de ellos.

(Luego de superar una momentánea emoción). Schultz fue una persona inolvidable. De una entereza, de una entidad moral, que he encontrado en muy poca gente. Sencillo, a la vez que exigente y riguroso con la gente que trabajaba con él, coherente en todos los aspectos de su vida. Genuinamente preocupado por el destino de los agricultores más pobres y en cómo corregir el despilfarro de recursos que resultaba de las políticas antiagrícolas que estaban de moda en numerosos países en desarrollo. En este entonces también empezaba a preocuparse por la importancia de la educación en el desarrollo económico. Elegía un camino y lo seguía, respetaba a los demás y se hacía respetar. Había nacido en una de las Dakotas, en el seno de una familia modesta de agricultores de origen alemán. En su juventud fue agricultor, en una zona bastante inhóspita.

El profesor Schultz realizó contribuciones de suma importancia en el desarrollo del pensamiento económico. Pionero en el esfuerzo de integrar el análisis económico de los problemas de la agricultura en el marco de la economía global, movió las fronteras del estudio de la economía agrícola más allá de los clásicos estudios de administración rural, explorando las interacciones entre la agricultura y el resto de las actividades productivas. Los efectos de la crisis de los años treinta seguramente lo impulsaron a llevar adelante este reexamen de la inserción de la agricultura en el quehacer social. Numerosas publicaciones fueron iluminando este novedoso enfoque. Ellas culminaron con la publicación de The Economic Organization of Agriculture (Mc Graw Hill, 1953), donde, desarrolló, lúcidamente, estas ideas.

Su  enfoque frente al vasto tema de la pobreza rural puede resumirse en pocas palabras: “los pequeños productores son pobres pero eficientes”, lo cual se contrapuso al pensamiento convencional vigente hasta los años ssesenta, que sostenía que los pequeños agricultores eran pobres porque no sabían usar sus recursos, y entonces había que “educarlos” mediante programas de asistencia técnica, etc. Es el tema de su libro Transforming traditional agriculture (Yale University Press, 1964), del que no sé si hay traducción al castellano. Esto ahora suena arcaico, pero en aquel momento era parte de una viva controversia.

Posteriormente, dos áreas de la ciencia económica ocuparon predominantemente su excepcional capacidad de reflexión y creatividad: el rol de la investigación agropecuaria como fuente de crecimiento de la agricultura, y la importancia  de la inversión en educación y salud (la formación de capital humano) en el proceso de desarrollo económico. En reconocimiento a su fecunda  labor y a su pensamiento creativo,  recibió innumerables distinciones y  doctorados “honoris causa”, que culminaron con el  Premio Nobel en economía en 1978.

Permitime que te cuente una anécdota. A fines de la década de 1960 la Fundación Ford invitó a Schultz a visitar Argentina, para que se reuniera con estudiantes del programa de economía agrícola que desarrollaba aquí la fundación. El director del programa me pidió que lo acompañara en una serie de viajes por el interior del país. Lo fui a buscar a Ezeiza y ya en el viaje al hotel me preguntó, con su habitual amabilidad, si Pergamino estaba incluída en la gira programada. Le dije que sí, que iríamos a Pergamino. Perfecto, la estación experimental… ¿Por qué Pergamino? me preguntaba yo. Fuimos, recorrió, preguntó, tomó notas. Cuando volvíamos a Buenos Aires me dijo: “Reca, acá lo que yo observo es una evidente mejora en el nivel de vida de la gente”. Resulta que Schultz había estado en Pergamino en 1941, y conservaba la libreta de notas de dicho viaje, que le permitía comparar lo que veía ¡con lo que había visto un cuarto de siglo antes!

Otro episodio que muestra la personalidad de Schultz tuvo lugar en Balcarce. Nos habían preparado visitas a productores agropecuarios de la zona. En una de ellas nos encontramos con una persona muy hospitalaria, pero con quien se hacía difícil entablar una conversación más allá de la bienvenida al distinguido profesor. Entonces Schultz pidió ver las maquinarias que usaban en la chacra. Ahí la cosa empezó a cambiar. En el galpón de maquinarias había una bolsa con avena. Schultz metió la mano en la bolsa, tanteó la avena, y me pidió que le dijera al productor que lo felicitaba por la calidad del grano. Al hombre se le iluminaron los ojos. “Tradúzcale al profesor que es la mejor avena que he cosechado en 30 años”, dijo. Y ahí se terminó de romper el hielo y se entabló un diálogo sustantivo entre el agricultor y su visitante del Norte.

Norberto Ras, al presentarte cuando ingresaste a la Academia de Agronomía, dijo que Schultz le había dicho que habías sido su mejor alumno.

 Yo nunca se lo escuché decir a Schultz. Lo que sí se es que en varias oportunidades citó mi tesis doctoral, que hice bajo su dirección.

Lo cual no quiere decir que no sea cierto. También puede ser que, siguiendo la tradición de Chicago, Schultz estuviera borracho cuando lo dijo. ¿Tomaba?

 ¿Schultz? ¡Nada!

Harberger

Tengo muy buenos recuerdos suyos como profesor y como ser humano. Desde este último punto de vista es una persona extremadamente cálida, afectuosa, capaz de brindar todo el apoyo que le fuera posible a sus alumnos. En sus clases era muy didáctico. Las cosas que aprendí de él me han resultado útiles durante toda mi vida.

Tiene un sentido común extraordinario. Un día organizó una reunión en su casa, porque estaba de visita en Chicago no recuerdo quién de los famosos, y nos invitó a varios estudiantes, muchos de los cuales al día siguiente teníamos que rendir un examen importante. Llegamos a la casa de Harberger  diciendo algo así como “¡qué decisión complicada!… concurrir a una reunión en vísperas de un examen”. Y él nos dijo “muchachos, lo que ustedes aprendieron ya lo aprendieron. Lo que  puedan estudiar  esta  noche no les va a cambiar el resultado…”.

Otra experiencia compartida con él ocurrió en Argentina, ya finalizados mis estudios en Chicago. Una consultora estaba evaluando la factibilidad económica de la represa del valle del Ullum, sobre el río San Juan, que finalmente se construyó y ha sido fundamental para el desarrollo de la agricultura sanjuanina en las últimas décadas. El Presidente de la consultora, el ingeniero Guido Belzoni, me dijo que necesitaba un economista “estrella” para la evaluación del proyecto. Naturalmente pensé en Harberger, lo contacté, le interesó el tema, vino al país, estuvo 4 días (incluyendo la visita a San Juan), y trabajó hasta una hora antes de subir al avión que lo llevó de regreso a Estados Unidos. Durante todo el tiempo intercambió ideas con Juan Antonio Zapata y conmigo, que éramos la contraparte local de Harberger. Efectuó la evaluación de la factiblidad económica de la represa utilizando una metodología sencilla y rigurosa, que desarrolló con tal fin, y tuvo la deferencia de mencionar nuestros nombres en el informe final, que incluyó en uno de sus libros tiempo después. Entiendo que su metodología ha sido utilizada en otros proyectos de inversión. Fue una experiencia inolvidable trabajar con alguien tan lúcido, responsable  y generoso de su tiempo y de su talento como Harberger.

Terminemos la porción de esta entrevista referida a tu formación, ocupándonos de tu tesis doctoral. Tu tesis dice “en Argentina los productores agropecuarios hacen cálculo económico, por lo que durante la segunda mitad de la década de 1940 y comienzos de la de 1950 se movieron de producciones penalizadas a otras relativamente más atractivas”. Trabajo pionero, contemporáneo y en línea con los escritos por Rinaldo Colomé, que en su momento estaba contra todo lo que se decía sobre el comportamiento del productor agropecuario.

En la primera conversación que tuve con Schultz, a mi regreso a Chicago para completar el doctorado en 1965, me dijo que le resultaba incomprensible que la agricultura argentina estuviera paralizada, y por consiguiente la cuestión importante para él era qué se podría hacer para desentrañar esa madeja y superar el estancamiento. Este tema a él le preocupaba desde mucho antes de que yo apareciera por allá.

Marto Ballestero, un español que había sido alumno suyo 4 o 5 años antes que yo, había realizado un estudio pionero sobre la economía del sector agropecuario argentino. Con un enfoque basado en el esquema de insumo-producto, estimó relaciones de uso de mano de obra, capital, etc., muy diferente al camino que yo seguí.

En mi caso traté la cuestión a partir de un modelo dual del sector primario, diferenciando entre la economía pampeana de la del resto del país. Distinción que sigue siendo válida, aunque atenuada con respecto a entonces, entre otras cosas porque la agricultura no pampeana aumentó notoriamente su participación en las exportaciones argentinas (cuando escribí la tesis exportaba 15% de su producción, ahora alrededor de 50%) y por la versatilidad de la soja ha hecho posible su expansión más allá de la región pampeana.

La pregunta central era tratar de establecer si la agricultura respondía o no a los incentivos económicos. Con los recursos tecnológicos entonces existentes (la computación era incipiente), con ayuda de algunos modelos, particularmente el de Marc Nerlove de rezagos distribuidos, y con la información entonces disponible, que para reunirla tuve que hacer un esfuerzo mucho mayor al que hoy sería necesario, aporté algunas evidencias en el sentido de que la gente de campo efectivamente responde a los incentivos económicos, básicamente a los precios. He vuelto a leerla hace algún tiempo y la encuentro razonablemente buena. De vez en cuando aparece mencionada como referencia en trabajos vinculados con la Argentina.

¿Qué pasó cuando la publicaste, aclamación, indiferencia…?

 No pasó mayormente nada. La conoció gente vinculada a la profesión, dicté algunos seminarios y publiqué un par de artículos. Luego seguí estimando funciones de oferta de productos específicos, como algodón, y en la década de 1970 volví a estimar funciones de la oferta agropecuaria agregada, confirmando los resultados iniciales en el sentido de que continuaba habiendo una clara respuesta de los productores a los incentivos.

Con el paso del tiempo me fui dando cuenta que en Argentina había una mala asignación de recursos, una distorsión muy grande, vigente durante muchos años, de descapitalización de la agricultura, como consecuencia de las políticas económicas aplicadas durante las décadas de 1940 y buena parte de la de 1950.

Dentro de mi vida profesional hay una constante, que es hacer lo que está a mi alcance para contribuir a que se mire a la agricultura argentina de la forma más imparcial posible, es decir, sin preconceptos ideológicos referidos a que la agricultura genera renta que es captada por un grupo reducido de gente, etc.

La sociedad argentina pagó un costo enorme por su convicción equivocada de que la oferta de productos agropecuarios era inelástica. En función de esta visión de la agricultura, durante la década de 1940 se transfirieron cuantiosos recursos desde el sector agropecuario hacia otros sectores, desconociendo que dichas transferencias no eran gratuitas; ya que como consecuencia de ellas se descapitalizó la agricultura, las siembras disminuyeron, todo lo cual culminó con la crisis de 1952. Fijate, Juan Carlos, que en 1952 se sembró menos superficie que en 1905. La curva es una parábola, el área cultivada creció hasta mediados de la década del 30  y luego cayó en picada.

Para analizar tu actividad profesional quiero comenzar por tu paso por la función pública nacional, luego por la internacional, para terminar con tu actividad docente. En el plano nacional ejerciste varios cargos, dentro de ellos -en 2 oportunidades- fuiste secretario de agricultura de la Nación.

 En 1969 fui designado titular de la Dirección Nacional de Economía y Sociología Rural de la secretaría de agricultura de la Nación. De nuevo aparece la figura de García Mata, quien había incluido la sociología rural como una disciplina a la que la secretaría debía prestarle atención. Desde siempre la secretaría se había ocupado de generar información estadística sobre el sector, pero -consistente con lo que me había dicho una década antes- la idea central era reforzar la capacidad de realizar análisis y estudios  económicos en el ámbito de la secretaría. Tuve total libertad para incorporar profesionales, y se pudo configurar un grupo de especialistas  capaces e interesados en su trabajo.

¿Cómo veía las cosas en ese momento, desde el punto de vista profesional?  Estaba muy contento con la posibilidad de poder construir y mejorar la captación de datos y el análisis de estadísticas agropecuarias y establecer un vínculo con la secretaría de Hacienda de la Nación, vínculo que en ese momento no existía. Agricultura estaba aislada y eso no contribuía a que se adoptaran las mejores decisiones posibles para el país con relación al sector.

Tuve a mi cargo la secretaría de Agricultura en 2 marcos políticos bien diferentes. El primero, entre setiembre de 1975 y febrero de 1976, fue en una situación de emergencia. La idea general era poder llegar a las elecciones presidenciales. Me llamó alguien por quien tengo el recuerdo de una gran persona, que fue Guido Di Tella [viceministro de economía de Antonio Cafiero]. Sigo pensando que un gobierno electo puede ser mejor o peor, pero siempre es mejor que cualquier otra alternativa, y por consiguiente me anoté en el esfuerzo. Fue un período muy duro para el país y para nosotros. Esta experiencia concluyó cuando se produjo un cambio de gabinete, al renunciar el ministro, en febrero de 1976.

Lo de 1983 fue distinto porque, a través de gente amiga y si recuerdo bien en 1980, me había acercado al doctor [Raúl Ricardo] Alfonsín. En esos momentos tan convulsionados de la vida argentina sentía que debía hacer algo más que ganarme la vida como economista. Luego de las elecciones Alfonsín me llamó y me ofreció la secretaria de Agricultura, lo cual me resultó algo tan honroso como inesperado. Comenzamos a trabajar con un grupo de gente de distintos orígenes políticos y de diferentes especialidades, grupo del cual conservo los mejores recuerdos.

Esa época tampoco fue fácil. Aprecié las enormes limitaciones que tenía un secretario de Agricultura tironeado por un lado por las demandas sectoriales (algunas legítimas y genuinas), y por el otro por las necesidades fiscales y la incomprensión de la mayoría de los economistas que estaban en el gobierno, con todo el respeto que tengo por ellos. Por otro lado los precios internacionales de los granos eran bajos, lo que contribuía a dificultar la gestión de la política agropecuaria.

Hace un rato hablamos de la ignorancia referida a cómo funciona el sector agropecuario. Recuerdo una conversación que en 1967 tuve con una persona muy seria y gran economista ya fallecido, quien me planteó un gran escepticismo con respecto a la agricultura. ¿A dónde vamos a exportar? me preguntó. Al otro día le llevé un Anuario de la Bolsa de Cereales para mostrarle que, por lo menos desde mediados de la década de 1940, Argentina nunca se había quedado con remanentes de productos agrícolas que no los pudiera exportar. Habían pasado más de 20 años pero continuaba el desconocimiento sobre el funcionamiento del sector agropecuario en los  diferentes niveles de gobierno que participaban en la toma de decisiones, y esto hacía más difícil nuestra tarea.

A pesar de las referidas dificultades nos las arreglamos para desarrollar un programa de trabajo, que llamamos PRONAGRO (Programa Nacional Agropecuario), que incluía un conjunto de políticas a mediano plazo debidamente fundamentadas. Menciono esto porque me parece que la nuestra fue la única gestión que planteó un marco de acción, que fijaba prioridades y ordenaba la labor de la Secretaría. El Pronagro incluía cuestiones hoy tan actuales como la del impuesto a la tierra, un  sistema de precios con retenciones moderadas, etc.

Estuve 3 años al frente de la Secretaría de Agricultura y desde allí  pudimos impulsar algunas acciones importantes, sin descuidar la atención de la coyuntura Se le devolvió la autonomía al Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), y se inició un programa de pomoción del uso de fertilizantes. Dado el ambiente inflacionario que entonces existía lo hicimos mediante el trueque de fertilizantes por granos, a través de la Junta Nacional de Granos, trabajando con cooperativas, a las cuales la Junta les entregaba fertilizantes, que en aquella época eran importados. Las cooperativas los distribuían entre sus productores y estos le  pagaban con cereal. La gente comenzó a utilizarlos para producir trigo y los resultados fueron muy auspiciosos.

En el programa de fertilizantes tuvimos que enfrentar barreras muy grandes, como un régimen de importación con aranceles muy altos. Tampoco ayudó la indiferencia de gran parte del sector privado. Cualquiera que en ese momento hubiera analizado la situación mundial se hubiera preguntado cómo era posible que nosotros no usáramos fertilizantes químicos en Argentina para producir granos. Tampoco tuvimos apoyo por parte de los institutos de investigación, porque la gente estaba aferrada a un paradigma que la humanidad utilizó durante cientos de años, basado fundamentalmente en el mantenimiento de la fertilidad de los suelos mediante la rotación de los cultivos. Planteo que es válido en ciertas circunstancias, pero que no excluye el uso de los fertilizantes. Hubo una resistencia casi visceral al cambio de paradigma. También tuvimos problemas gremiales, paros agropecuarios, aunque en modo alguno  de la intensidad vivida a partir de marzo de 2008. El tema de discusión casi excluyente en las reuniones con las entidades agropecuarias era el sempiterno asunto de las retenciones.

Otra iniciativa importante fue la experimentación del riego suplementario en el cultivo del maíz en la región pampeana, una novedad absoluta en aquellos años y que felizmente se ha ido difundiendo con el tiempo. La idea era asegurar un nivel mínimo de humedad en el suelo, especialmente durante la floración del maíz, el momento más crítico del ciclo productivo. Los resultados fueron muy buenos y se generó información útil para los agricultores. Hoy esta práctica ha alcanzado un grado de difusión considerable

Hay una segunda área de tu labor como funcionario público, esta vez como asesor de instituciones como el BID o el Banco Mundial. Participaste en misiones de asesoramiento en países como Bolivia, Ecuador, Guatemala, Guyana, México, Uruguay y Venezuela. Desconfío mucho de los extranjeros que llegan aquí a “pontificar”. ¿Qué tenías para decirles a los economistas agrícolas de los países que asesoraste?

 En primer lugar, el área geográfica de mi acción siempre fue América Latina. Nunca acepté participar en misiones en países de Africa o Asia, por la sencilla razón de que en mi visión de las cosas quien quiere saber cómo funciona una agricultura tiene que entender también cómo funciona la sociedad, y tiene que tener la posibilidad de comunicarse no solamente con los colegas sino también con dirigentes, agricultores, con la gente de la calle, con el peluquero, etc.

Antes de cada viaje trataba de leer e informarme sobre la realidad del país  que iba a visitar. Ahora es mucho más fácil conseguir información, pero no lo era hace 30 años. Para mí en todos los casos  resultó esencial la interacción con la gente del país. A ellos les preguntaba por qué las cosas eran como eran, tratando de identificar cuellos de botella y dificultades mayores, concentrándome en aspectos que parecían estar  muy enraizados en el funcionamiento de la agricultura y que en consecuencia resultaba difícil pensar que se pudieran modificar fácilmente. Los resultados dependen mucho de quiénes te reciben y cómo te reciben. En  algunos países los gobiernos estaban muy alejados de los organismos internacionales y por consiguiente las posibilidades de comunicación con las autoridades eran muy limitadas. Pero de todas maneras al final siempre surgía  alguna  luz.

Con referencia al Banco Mundial, recuerdo que a principios de la década de 1970 me ofrecieron un cargo importante en la institución, cuando comenzaba el énfasis en desarrollo rural. Lo pensé un poco y lo consulté con un ilustre economista y agrónomo australiano, a quien yo respetaba por su experiencia y sentido común. Me sorprendió su reflexión. Simplemente me dijo: “voy a ser muy breve y muy directo: si usted quiere tener algún tipo de influencia en el Banco Mundial, la puede llegar a tener como consultor. Desde adentro es imposible, porque el Banco es una máquina totalmente cerrada”. Entonces decidí seguir siendo consultor. No creo haber tenido ninguna influencia, excepto la satisfacción de haber puesto en cada trabajo lo mejor de mi.

Pasemos a tu producción escrita. Hay “economistas de un solo tema”, ejemplo, Víctor Elías y la contabilidad del crecimiento; hay “economistas de muchísimos temas”, ejemplo, Paul Anthony Samuelson. Vos, claramente, pertenecés a la primera categoría.

 Me concentré en el sector agropecuario, lo cual no es poco.

Cuando te incorporaste a la Academia de Agronomía mostraste un gráfico del área cultivada y producción agrícola a lo largo del siglo XX, que mostró el estancamiento a partir de 1930 (fenómeno muy conocido) y el posterior crecimiento a partir del último cuarto del siglo XX (fenómeno mucho menos conocido).

 Esto último se debió a 3 causas. Parte de la superficie dedicada a la ganadería se dedicó a la agricultura. Una hectárea de tierra en el oeste de la provincia de Buenos Aires puede producir alrededor de 300 kilos de carne por año; esa misma hectárea, con la tecnología disponible, genera 9.000 kilos de maíz. Por otro lado con 7 kilos de maíz se puede producir un kilo de carne, de manera que con 2.100 kilos de maíz generás los 300 kilos de carne, y te quedan casi 7.000 kilos de maíz adicionales. Alguien puede decir que la carne producida en feedlots no es similar a la carne producida a campo abierto; es cierto, pero hay un mercado para cada clase de carne. Dejemos, entonces, que el mercado asigne.

La segunda causa es la expansión de la frontera fuera de la región pampeana. La soja ha demostrado ser muy versátil, con gran capacidad de adaptación a diferentes suelos y climas. En algunos lugares existen  problemas de conservación, pero son manejables. Esta circunstancia ha permitido una expansión del área sembrada fuera de la región pampeana, que genera alrededor de 3 millones de toneladas de soja anuales.

La tercera causa es el acceso a nuevas tecnologías, por ejemplo la soja transgénica y la labranza cero. Además del mayor aprovechamiento de la tierra. En las zonas de cría de ganado la tierra no es enteramente uniforme. Dentro de los campos hay fracciones de tierra más altas, que permiten hacer agricultura. Hoy la tecnología permite identificar y utilizar partes de dichos campos, para destinarlos generalmente a producir soja. Con enormes rindes porque esa tierra tiene acumulada la fertilidad “desde siempre”.

A propósito, cabe recordar que a fines de la década de 1960 y comienzos de la de 1970 fuiste jefe mío, cuando dirigiste el departamento de economía de la Universidad del Salvador. Donde inmortalizamos una mesa examinadora anunciada así en cartelera “de Pablo-Reca-Gaba”, hasta que se dieron cuenta y alteraron el orden de los examinadores.

 (Risas). Juan Bautista Floriani, quien estaba a cargo del departamento, me invitó para dictar teoría de los precios, y a poco de andar me comunicó que se iba a retirar de la dirección de la Escuela y me propuso al Rectorado para sucederlo.

Con ayuda de Ernesto Gaba pudimos trabajar muy bien durante 5 años, formamos un equipo docente donde estabas vos, Fernández Bussi en estadísticas, Roberto Lavagna, Martín Lagos, Norberto Belozercovky (tempranamente desaparecido), Juan Carlos Gómez Sabaini, Arturo Meyer y otros excelentes profesionales.

La universidad era católica pero a nadie se le preguntaba su credo religioso. Teníamos una gran apertura. Cada tanto me encuentro con graduados de aquella época, quienes recuerdan positivamente su paso por la escuela de economía de la Universidad del Salvador.

¿Qué reflexiones tenés para quien hoy está estudiando agronomía o economía?

 A quienes estudian agronomía los felicito porque es una carrera que permite contribuir de muchos modos al progreso y bienestar de la humanidad. La agronomía del último medio siglo ha cambiado de manera fundamental. No voy a decir que es una ciencia exacta, pero la combinación de factores que permiten pasar de una agricultura que produce 2.000 kilos de maíz por hectárea, a otra de 9.000-10.000 kilos, es una hazaña. Mantener dichos niveles y superarlos es un verdadero desafío. El futuro de la agronomía es muy promisorio. La demanda por alimentos en el mundo ha crecido y todo hace pensar que ese crecimiento se mantendrá. La agronomía es una carrera de gran porvenir.

A quienes estudian economía les sugeriría tener muy presentes los versos de T. S. Eliot (The rock, 1934) cuando dice: “¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento; dónde está el conocimiento que hemos perdido en información?”.

Lucio, gracias.

 Al contrario, gracias a vos.

 

 Esta nota fue publicada originalmente en Revista de Economía y Estadística, Vol 46 (Nº 2) 2008 y  se reproduce en Foco Ecoónimo con autorización de los Editores en Jefe.

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