Entrevista a Alberto Porto, por Juan Carlos de Pablo

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Porto nació en Lincoln, provincia de Buenos Aires, el 20 de marzo de 1942. Con Elsa Amiano, fallecida en 1998, tuvieron 3 hijos, uno de los cuales no es economista. Alberto tiene 8 nietos. Cursó todos sus estudios en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de la Plata, donde también desarrollo prácticamente la totalidad de su carrera académica. Según sus propias palabras, “ocupé todos los puestos menos el de jefe de trabajos prácticos”. Es miembro titular de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y presidió la Asociación Argentina de Economía Política. Todo esto está contado en detalle en http://www.campus.econo.unlp.edu.ar/file.php/62/profesores.html

En La Plata Porto “tomó la antorcha” que dejaron Horacio Núñez Miñana y Héctor Luis Diéguez, contribuyendo de manera significativa para que durante varias décadas el Departamento de Economía de la referida universidad haya sido uno de los mejores, si no el mejor, entre las universidades públicas (y me atrevo a decir, también entre las privadas) de nuestro país. Su obra escrita se concentró en temas fiscales, particularmente en federalismo fiscal y tarifas y economía de las empresas públicas. Pertenece a la selecta minoría de economistas a los cuales el rigor con el que encara sus trabajos no le imposibilita ocuparse de temas relevantes. Trata de manera civilizada, pero plantea sus convicciones de manera muy firme. Muy afecto a la ópera, para no poner en peligro nuestra amistad de varias décadas no me atreví a preguntarle si es simpatizante de Estudiantes o de Gimnasia.

La conversación que sigue comenzó personalmente en Buenos Aires, el 14 de diciembre de 2011, y continuó vía Internet.

Naciste en Lincoln. Sé donde quedan Córdoba, Paraná y Río Grande…

Lincoln es una ciudad ubicada en el noroeste de la provincia de Buenos Aires, a 320 kilómetros de la Capital Federal. En ese entonces el partido de Lincoln era pujante, dedicado fundamentalmente a la actividad agrícolo-ganadera.

Mi papá, Victoriano Porto, había nacido en España, igual que mis 4 abuelos, y había llegado a la Argentina a comienzos del siglo XX. Mi madre, María Sánchez, era argentina y se ocupaba del hogar.

Mi padre era empleado administrativo del ferrocarril. Nací en un hogar de pocos recursos económicos. El contaba que, instalados en Lincoln, en determinado momento mi abuelo paterno reunió a la familia y les dijo que como no había ingresos suficientes como para alimentarlos a todos, alguno tendría que dejar la escuela y ponerse a trabajar. Por lo cual mi padre sólo llegó hasta tercer grado de la escuela primaria, lo que no le impidió ser un buen lector. Escribía muy bien, con buena caligrafía, gracias a lo cual consiguió ser empleado del ferrocarril. Dominaba el alfabeto Morse (para los jóvenes: un sistema de telegrafía para la trasmisión y recepción de señales, muy usado en el ferrocarril en esos tiempos), que era un sustituto del teléfono, de los que había muy pocos aparatos en Lincoln, y funcionaban muy aleatoriamente.

En aquella época el ferrocarril era el movilizador de personas y bienes, particularmente en una zona agropecuaria, donde no existía la alternativa del camión; había muy pocos, poquísimos autos, y tampoco había caminos pavimentados. Lincoln era un típico pueblo rural, donde vivían alrededor de 40.000 personas. El número de habitantes se mantuvo, a raíz de las políticas de estancamiento referidas al sector agrícola-ganadero. Hubo mejoras en otros aspectos, pero no en ese.

Tuve y tengo 2 hermanas, una mayor y otra menor que yo. En mi casa siempre se valoró mucho la educación, pese a que como dije mi padre llegó hasta tercer año de la escuela primaria. Todos nosotros, no sólo fuimos a la escuela primaria sino que también terminamos la secundaria. Luego de lo cual tuve la oportunidad de ir a estudiar a la Universidad Nacional de La Plata (UNLP).

¿Por qué a la UNLP en vez de, por ejemplo, la Universidad de Buenos Aires?

En aquel tiempo, los nacidos en Lincoln iban a estudiar a la UNLP. Por qué razón, no lo sé muy bien. En Lincoln, en aquel momento muy poca gente había ido a la universidad, no había mucha información; todo lo cual generaba temores. En La Plata funcionaba un Centro de Estudios Universitarios de Lincoln, que en alguna medida servía como protección. Uno acudía allí cuando necesitaba algo, o precisaba charlar con alguien, porque sabía que encontraría amigos.

Tuve la suerte que mi novia (Elsa Amiano, con la cual en 1968 nos casamos, y lamentablemente falleció en 1998) también viajara a La Plata, para estudiar psicología. Primero viví en una pensión, en la que no se distinguía bien cuándo era de día y cuándo de noche, y luego entre varios alquilamos una casa, siempre en el centro de La Plata. Terminé mi vida de estudiante viviendo en un barrio muy típico y muy pobre de la ciudad, el barrio del Dique, que en realidad pertenece a Ensenada. Eran otros tiempos, vivíamos a puertas abiertas en un barrio de bajos recursos económicos y nivel cultural. Teníamos gran consideración por parte de la gente, nos fiaban el carnicero y la lavandera, fue una época muy linda.

¿En qué año comenzaste tus estudios universitarios?

En 1960.

¿Ya existía la carrera de licenciado en economía?

La carrera existía, pero no teníamos ningún conocimiento de ella ni de qué posibilidades laborales ofrecía. La tradición de Lincoln era, para gente en mi circunstancia y dado el medio ambiente económico-social existente, que en la escuela secundaria uno se recibiera de Perito Mercantil, buscando una salida laboral, que en aquel momento consistía principalmente en trabajar en un banco; y si tenía la suerte de seguir estudiando, seguir la carrera de contador. Esta es la razón por la cual, en la facultad, me inscribí en esa carrera.

Luego de recibirme de contador cursé algunas (pocas) materias más, para graduarme como licenciado en economía. Cuando me recibí de contador se me planteó una gran duda, porque intenté ejercer la profesión pero no tuve éxito en el primer trabajo. Para financiar mis estudios trabajaba como empleado administrativo en el Ministerio de Obras Públicas de la provincia de Buenos Aires. Cuando me recibí quise independizarme. Hice un intento, liquidando impuestos. No era difícil desde el punto de vista técnico, pero en cuanto me di cuenta de lo que había que hacer me dije: “esto no es para mí” y lo dejé. Entonces me puse a pensar en alguna alternativa, que me costó encontrar. Pero, como dije, rendí las materias que me permitieron ser licenciado en economía.

¿Qué profesores te indujeron, o te entusiasmaron, para que te volcaras a economía?

Seguí la licenciatura en economía buscando algo que no había encontrado en la carrera de contador, y que tampoco sabían bien qué era. Luego de la licenciatura ingresé en el doctorado, porque tampoco sabía bien qué hacer y tampoco encontraba algo que me entusiasmara. Probablemente se debiera a que los programas no eran buenos, los profesores no sabían mucha economía, etc.

Quienes me inclinaron definitivamente hacia la economía fueron Adolfo Sturzenegger, profesor titular de desarrollo económico, que nos daba clases de macroeconomía en base al libro de Hugh Gardner Ackley (Teoría macroeconómica, Macmillan, 1961), lo cual nos parecía una maravilla de razonamiento deductivo, modelos, etc.; y Dante Simone, quien era ayudante de Adolfo. Ambos dictaron un curso fantástico, que me entusiasmó para seguir economía. Ahí fue donde comencé a aprender realmente el método que utilizamos los economistas.

Se dieron una serie de circunstancias totalmente alejadas de lo que yo esperaba. Por ejemplo, cuando terminé de cursar Adolfo me invitó a incorporarme como ayudante-alumno. Simultáneamente Dante dictaba las clases los viernes hasta las 12, pero él se iba unos minutos antes, para tomar el tren que lo llevaba de vuelta a Buenos Aires, que salía a las 12,10… ¡y salía! Un día planteó un ejercicio, probablemente referido a una matriz de insumo-producto, y nos dio 5 minutos para resolverlo. Presenté mi resultado, me dijo que estaba bien, le expliqué cómo lo había resuelto y a la semana siguiente me invitó a trabajar con él, en la secretaría de hacienda de la Nación.

Pese a mis insistencias, en el sentido de que yo no sabía nada de nada, me dijo que igual fuera y fui. Y la verdad es que fue un período fascinante, porque funcionaba el Consejo Nacional de Desarrollo (Conade), la Secretaría de Hacienda –a cargo de Carlos Alberto García Tudero- y el Banco Central, y entre estas instituciones comenzó una interacción muy importante. Recuerdo a gente como Enrique Eugenio Folcini, Héctor Américo Bonardi, Hugo Breme, etc., todo lo cual me permitió aprender mucha economía práctica.

Durante muchos años, la dirección de política fiscal de la Secretaría de Hacienda de la Nación fue “apropiada” por los egresados de la UNLP, convirtiéndose en el vehículo de ingreso profesional y estudios en el exterior.

Exactamente. Ricardo Hipólito López Murphy, Daniel Artana, Mario Teijeiro y muchísimos más pasaron por allí.

¿Qué vinculación existe entre este paso por Hacienda y el hecho de que buena parte de tu producción escrita se refiera a cuestiones de federalismo fiscal?

Poca, porque en la secretaría de Hacienda estuve relativamente poco tiempo. Porque se produjo un cambio de gobierno, el gobierno radical fue depuesto por la Revolución Argentina, presidida por Juan Carlos Onganía, y había llegado a la secretaría de Hacienda una persona que yo respetaba muchísimo, que había sido profesor mío en La Plata, el contador Cayetano Licciardo. Fue nombrado director de la oficina nacional de presupuesto, y nos invitó a quedarnos, mejorando incluso las remuneraciones.

Pero simultáneamente José María Dagnino Pastore fue nombrado Ministro de Economía de la provincia de Buenos Aires. Lo nombró a Sturzenegger jefe de sus asesores, Adolfo nos convocó a nosotros y “la geografía” ayudó a tomar las decisiones. Porque además coincidía con nuestro deseo de que el futuro nuestro estuviera en la universidad, más que en los ministerios.

Fue ahí donde comenzó mi inclinación por estos temas, cuando se incorporó al equipo Horacio Núñez Miñana.

No completaste tus estudios en el exterior, integrando un selecto grupo de colegas y compatriotas que también llegaron muy lejos, desde el punto de vista profesional. Estoy pensando en Alfredo Juan Canavese y en Ernesto Gaba, por ejemplo. ¿No estudiaste afuera porque no quisiste, o porque no pudiste?

Tuve alguna oportunidad, por lo menos de hacer el intento. Estaba muy motivado por Núñez Miñana y también por otros que habían estudiado en el exterior, pero enfrentaba dos circunstancias que no podía superar. Uno era que me había casado hacía poco tiempo, mi esposa trabajaba en La Plata y teníamos una hija; y el otro es que tenía un problema de salud (malformación congénita de los 2 pulmones), que lo había tenido desde la niñez pero que me había estallado por aquella época, lo cual me generaba un gran temor de movilizarme de La Plata, donde residía un médico al que le tenía enorme respeto. Además de todo esto Héctor Luis Diéguez se había incorporado a la facultad de ciencias económicas de la UNLP, y estábamos trabajando en un proyecto que a mí me parecía sumamente importante, y estaba aprendiendo muchísimo. De manera que fueron circunstancias y elecciones.   

¿En algún momento de tu carrera te sentiste “de segunda” por no haber estudiado en el exterior? En particular; ¿alguno de los que estudiaron afuera te lo hizo sentir?

No, en absoluto. Siempre digo que a lo mejor es algo que me quedó pendiente. De hecho a los alumnos les aconsejo que, si tienen la posibilidad, vayan a estudiar afuera.

Tenés hijos, algunos de los cuales también son economistas.

Así es. Tengo 3 hijos, 2 de los cuales son economistas. Guido Gustavo, por edad el del medio, es licenciado en economía por la UNLP, luego cursó la maestría en la Universidad Torcuato Di Tella y se doctoró en economía en  Princeton University. Trabajó en el departamento de investigaciones del Banco Mundial, pero finalmente recaló en La Plata, donde actualmente se desempeña como profesor en la universidad. Está casado con Irene Brambilla, ex alumna mía, quien también cursó estudios de graduado en Princeton. Muy joven fue profesora en Yale, y también trabaja como profesora en la UNLP. Tienen 3 hijos.

Natalia, mi hija menor, cursó todos sus estudios (el doctorado incluído) en la UNLP, donde también se desempeña como profesora. También tiene 3 hijos y se dedica a investigación y docencia.

Melina, mi hija mayor, se dedicó a profesorado de inglés. Cursó la carrera en la UNLP y luego viajó a Inglaterra, completando una maestría en la universidad de Essex. Posteriormente se doctoró en educación en la UNLP, donde es profesora titular en la Facultad de Humanidades.  Es investigadora del CONICET y tiene 2 hijos. De manera que en total tengo 8 nietos.

Mi compañera, Laura Persoglia, es también economista. Se ha dedicado a temas de gestión en el CONICET, la secretaría de hacienda de la Nación y actualmente es secretaria de programación de la Facultad de Ciencias Económicas de la UNLP.

¿Guido y Natalia son economistas porque recibieron un “mandato” tuyo, o por el contrario trataste de que no fueran economistas?

Ni una cosa ni la otra. Eligieron lo que quisieron. A todos los alentamos en sus estudios, en continuar con la vida académica.

¿Cómo es el diálogo con tus hijos economistas, que por un lado es intradisciplinario pero por el otro intergeneracional? Pregunto porque, escuchando a cualquier economista, es relativamente fácil adivinar en que década estudio.

La edad, más allá de la profesión, hace que cada uno vea las cosas de manera distinta. A mi siempre, junto a la aplicación, me interesaron las cuestiones teóricas. Mis cursos de microeconomía II siempre fueron formales, yo daba muy pocos ejemplos. Me parece que la mejor forma de dictar esa materia es utilizando un enfoque más analítico, abstracto, de razonamiento deductivo.

Ellos han seguido por ese camino. Guido se dedica hoy a teoría. Digo con gran orgullo que le acaban de aceptar un trabajo suyo y de Irene, para publicar nada menos que en la American Economic Review [Brambilla, I.; Lederman, D. y Porto, G.: “Exports, export destinations, and skills”, American economic review, 102, 7, diciembre de 2012]; Natalia tiene más inclinación hacia la investigación aplicada. Pero con ambos el diálogo es muy bueno. Con Melina soy alumno, dado que escribo y hablo muy mal el inglés.

Recuerdo que mientras estudiaba en Princeton, Guido me consultaba sobre temas y en muchos oportunidades mi contestación fue: “qué sé yo, hablá con tus profesores que (supongo) sobre esto deben saber más que yo”.

Suele decirse que la Revolución Argentina destruyó la universidad pública, y lamentablemente hechos congruentes con esta hipótesis no faltan. Pero en el caso de la Facultad de Ciencias Económicas de la UNLP ocurrió todo lo contrario, de la mano de Núñez Miñana y Diéguez. Conocés el proceso, al comienzo como observador y durante mucho tiempo como importante protagonista.

La pregunta se conecta con lo que venía diciendo. Trabajábamos en el Ministerio de Economía de la Provincia de Buenos Aires, pero habíamos negociado que nos quedara medio día libre para estar en la facultad.

Junto a Núñez Miñana llegó Marta Blanco, con quien aprendimos matemáticas antes de incorporarse Héctor (finalmente ambos se casaron y nosotros tuvimos algo o mucho que ver…).  Núñez Miñana siempre había tenido la idea de crear un Departamento de Economía fuerte en La Plata, y que nos entusiasmáramos y dejáramos los trabajos profesionales y fuéramos a la facultad. En ese momento a él lo designaron decano, y comenzamos a vivir una etapa de desafíos constantes: nuestra única preocupación era la de estudiar, perfeccionarnos, dictar buenas clases. Se creó un microclima en la facultad, por lo cual mucho tiempo después nos enteramos de lo que había ocurrido en otras instituciones.

Esto me lleva a pensar que por ahí las personas son tan importantes como las instituciones. Si uno tiene buenas instituciones y malas personas, o gente incapaz, el resultado es malo. Y a veces una persona conduciendo una institución puede superar obstáculos que vengan de otros lugares.

Hubo problemas, pero diferentes de los que ocurrieron en otros períodos de la vida universitaria. Nada que ver con lo que pasó a partir de 1976, que fue un proceso mucho más traumático, aunque en este sentido en La Plata las dificultades comenzaron en 1975, y en rigor a partir de 1973.

Núñez Miñana es del “riñón” de La Plata; la llegada de Diéguez a la UNLP, por el contrario, es un hecho fortuito. Héctor estudió en Harvard becado por la Universidad de Buenos Aires, y cuando regresó –habían cambiado las autoridades- no lo recibieron y terminó aterrizando en el Instituto Torcuato Di Tella (ITDT).

El Instituto, como con frecuencia ocurre en este tipo de instituciones, tenía problemas financieros. Por lo cual Héctor decidió recalar en La Plata, al comienzo con dedicación simple, luego con dedicación semiexclusiva. Tenía proyectos muy claros, referidos a lo que quería hacer, y nos convenció. Vos también lo conociste bien, tenía una personalidad enigmática pero que atraía, cuando uno se entusiasmaba con las cosas que él hacía. De manera que es un producto de las circunstancias: si la UBA lo hubiera aceptado se hubiera quedado allí. Pero Héctor también fue atraído por la convocatoria que formulaba Núñez, de un proyecto muy interesante, que en ese momento estaba en una etapa muy pero muy incipiente, pero que se lo veía con gran potencial.

¿Cómo funcionaron Horacio y Héctor, en la UNLP?

Horacio era decano, por lo cual gran parte de su tiempo estaba absorbido en las tareas propias de un decanato. Llevó adelante una fantástica racionalización, creó muchísimos cargos con dedicación exclusiva, financiados con ahorros dentro de la facultad, más lo que conseguía en la universidad. Todo esto llevaba mucho tiempo, por la falta de institucionalización, lo cual implicaba una atención informal y por consiguiente muy personalizada de los problemas de los alumnos.

Algo que siempre admiré de Horacio –yo ocupaba la oficina contigua a la suya, en el Instituto de Investigaciones Económicas- era que él llegaba a eso de las 5 de la tarde, después de haber trabajado durante todo el día como decano, y un par de minutos después se encerraba y comenzaba a producir monografías en su máquina de escribir. Tenía una “función de producción” totalmente separable.

Héctor era más académico, mejor dicho, se ocupaba más de las cuestiones académicas que de las de conducción. Horacio nos marcó ciertas pautas, por ejemplo, quien quiera seguir la carrera académica tiene que ser doctor. En aquel momento el estatuto de la UNLP decía que incluso para ser adjunto había que tener el título de doctor. En sus palabras: “si quieren seguir esta carrera, hay que asumir costos”.

En síntesis, se complementaron muy bien.

La Facultad de Ciencias Económicas de la UNLP existía, de manera que cuando comenzaron a modificar cosas, tienen que haber generado resquemores, resistencias, etc.

Nuestra facultad está organizada en base a tres carreras [las de contador, licenciado en economía y licenciado en administración], que poco tienen que ver entre sí. No digo que una valga más que la otra, pero sí que la importancia relativa de la investigación y la docencia no es igual en las tres..

Hubo resistencias, pero en este aspecto Núñez tenía enorme habilidad, y Héctor –a pesar de su rigidez- tenía gran capacidad para convencer a los alumnos acerca de las cosas que había que hacer. Lo recuerdo reunido con alumnos del doctorado, cuyo programa en aquel momento estaba más basado de la tradición de geografía económica. Había dos materias de política económica, la primera mundial y la segunda argentina. El las había transformado en política económica I y II, referidas a largo plazo y corto plazo, respectivamente. ¿Qué ocurría con un alumno que había aprobado política económica mundial, o política económica argentina? Héctor hizo un círculo y lo dividió en 2, trazando una recta vertical. “Usted aprobó esta mitad, pero ahora la materia toma el mismo círculo, pero lo divide una recta horizontal, por lo cual tiene que cursarla de nuevo”. Esto originaba resistencias, pero en esto Héctor no era de aflojar en sus convicciones. Lo mismo con las tesis, se puso muy duro. En algún momento se llegó a suspender el doctorado, porque no había cómo generar un nivel satisfactorio.

Afirmaste que 1976 fue duro. Explicate.

Empezó antes, a partir de 1973 hubo enormes turbulencias. En nuestra facultad hubo un comienzo de transición suave, porque había sido designado decano un profesor con quien compartíamos mucho tiempo de discusión, el historiador Horacio Pereira, fallecido, y uno de los secretarios era Jorge Remes Lenicov, con quien también teníamos buen diálogo, una persona razonable.

Ellos se vieron arrastrados por los acontecimientos. En ese momento, no porque yo fuera bueno sino porque no había otro mejor, dirigía el Instituto de Investigaciones Económicas. Me propusieron seguir. Seguí, tratando de colaborar, pero al poco tiempo tuve que renunciar, porque había objeciones de todo tipo, algunas de las cuales desde el punto de vista académico eran insoportables. Ese fue un período muy difícil.

Sufrimos nuevos sobresaltos cuando se produjo el cambio de autoridades en el Ministerio de Educación de la Nación Y  lo nombraron titular de la cartera a Oscar Ivanisevich. Llegó a La Plata, como normalizador, Francisco Camperchioli Masciotra, diciendo que a él lo había nombrado Juan Domingo Perón, y que iba a enfrentar a la gente de la Juventud Peronista, para iniciar una nueva etapa en la universidad. Sus secretarios pertenecían a la línea anterior, era una época con gran crueldad y fueron asesinados, lo que a su vez creó más convulsión. Posteriormente Pedro Arrighi fue nombrado interventor en la universidad, y continuaron las purgas de profesores, donde nunca se sabía si obedecían a cuestiones personales o políticas.

Muchas veces pensamos en dejar la universidad, porque se corrían riesgos muy concretos, dado que estábamos en el medio, viendo como el péndulo iba de un extremo a otro y esperando ligarla de los dos  lados.

¿No te fuiste de la universidad porque tenías que mantener a tu familia, o por tu amor incondicional a la institución?

Me fui de la dedicación exclusiva, por 2 razones. Por un lado, a raíz de la hiperinflación de 1975, con el salario de la universidad no podía vivir; y por el otro, porque algunas de las autoridades que llegaban te quitaban la dedicación exclusiva o el cargo de profesor, de modo que vivíamos en un mundo de fuerte incertidumbre. Por lo cual decidimos compartir la actividad con otras profesionales, pero todos [enfatizado] decidimos seguir yendo a la facultad y todos [otra vez, enfatizado] nos reuníamos un día a la semana, en un cuartito por ahí, a estudiar. Me refiero a Sturzenegger, Rogelio Simonato, Mario Szychowski, Horacio Piffano, etc. Hacíamos abstracción de todo lo que estaba ocurriendo y trabajábamos sobre libros, artículos, etc. Esto nos mantuvo unidos. Lo cual no quiere decir que no hubiera habido momentos de incertidumbre, donde pensamos que finalmente estábamos ante un proyecto inviable y debíamos irnos todos.

Al respecto recuerdo una gestión que hizo López Murphy ante Ricardo Balbín, para que nos aconsejara qué debíamos hacer. Su consejo fue: “no dejen los lugares libres, pero cuídense”. Obviamente que a medida que avanzó el tiempo aparecieron decanos más razonables, y hacia el final –digamos, a partir de 1982 fue un período de menos persecución.

Sintetizá, para que quede claro, tus múltiples actividades en la facultad de ciencias económicas de la UNLP

En la facultad de ciencias económicas de la UNLP comencé como ayudante-alumno (rentado) en 1966. El único cargo que no tuve en la carrera docente fue el de jefe de trabajos prácticos, pero luego del comienzo fui ayudante diplomado, profesor adjunto, asociado, titular y actualmente emérito.

También fui director ejecutivo de la revista Económica, y en varias oportunidades director del Instituto de Investigaciones Económicas. El cargo más importante que tuve fue el de director del departamento de economía, que fue el que me dio más trabajo y más satisfacciones (ver memorias del departamento de economía 1992-2000, 2001 y 2002, en www.depeco.econo.unlp.edu.ar/institucional). Cuando me hice cargo había que poner en marcha el plan de estudios aprobado en 1992. Una vez completada esa etapa continuamos con los posgrados a nivel de maestría (maestría en finanzas públicas provinciales y municipales, y Maestría en Economía). El paso final, en 2000, fue la puesta en marcha del doctorado en economía. Cuando en 2002 se completaron estos pasos dejé la dirección del departamento. Hoy estoy a cargo de la dirección del doctorado en economía.

En la docencia dicté varias materias hasta llegar a micro II, es que la que más quiero. Comencé con desarrollo económico, como ayudante alumno de Sturzenegger y Simone, dicté microeconomía I (primero como profesor adjunto, luego asociado), teoría económica coyuntural (adjunto), macroeconomía I (adjunto) y macroeconomía II (adjunto de Elías Salama, de quien aprendí muchísimo y cuyos consejos me resultaron muy útiles cuando asumí la dirección del departamento).

Completé las actividades docentes y de investigación que desarrollé en la UNLP, con las que desarrollé en el Instituto Torcuato Di Tella, entre 1986 Y 1999.

Como dije, actualmente soy profesor emérito, y en tal carácter puedo desarrollar la actividad que quiera, obviamente coordinándola con la facultad. En 2010 dejé de dictar materias de grado, actividad que arranqué como profesor titular en 1973. No obstante lo cual, quienes en 2011 tuvieron a su cargo el curso de microeconomía II, me pidieron que dictara unas cuantas clases, a lo que accedí para ir perdiendo el vicio de a poco. Sigo vinculado a la facultad, a la que voy casi todos los días.

Mencionaste que dictabas microeconomía II con un enfoque riguroso, deductivo, etc. Si yo hubiera sido el director del departamento de economía de la UNLP te hubiera alentado a que lo hicieras así, para complementar la intuición con la que entiendo se deben encarar los cursos introductorios. La rigurosidad del enfoque no dice nada con respecto a cómo encarás las clases, por ejemplo, clases magistrales versus intensa participación de los alumnos.

Eso fue cambiando en el tiempo, principalmente a raíz del aumento en el número de alumnos que tuve. En los primeros cursos que dicté tenía muy pocos alumnos, alrededor de 15. Mi técnica consistía en dictar la clase pero (a veces planteado en la clase anterior) ponía sobre el tapete un tema e invitaba a algún alumno a pasar al frente. Y si nadie se ofrecía lo elegía yo. “Lo haremos entre todos, equivocate acá”, le decía a quien pasaba al frente.

En aquel momento la participación estudiantil era bastante importante, pero no la pude mantener por la gran cantidad de alumnos que tuve luego. Imposible hacerle preguntas a 40 alumnos en un aula, porque la atención se dispersa.

Entre 40 alumnos nunca va a faltar quien, frente a un planteo riguroso y deductivo, te diga: “pero doctor, esto ¿qué tiene que ver con la realidad?”.

Si recuerdo bien, nunca me pasó. Porque siempre les dije que para encarar un problema lo mejor es tener un método, una forma de razonar, y trabajarlo en forma abstracta, para entender bien la lógica de la cuestión y no dejarse guiar por el facilismo. Los alumnos tienen inquietudes muy buenas, son jóvenes que quieren cambiar el mundo; a ellos les recomiendo que para estudiar temas como pobreza, desocupación, etc., lo mejor es dedicar los años de la facultad a aprender la técnica económica. Un sólo año dicté clases en primer año… al respecto tengo una discrepancia con lo que dijiste en tu conferencia de incorporación a la Academia Nacional de Ciencias Económicas. A mí no me gusta mucho empezar con hechos, menos en los primeros años; salvo frente a grupos muy pequeños. Digo esto porque, en general, el alumno llega a la facultad sin buena formación, con la idea de corregir todos los problemas del mundo, y ahí pega mucho el discurso fácil. “Esto se arregla haciendo esto, o haciendo lo otro”. Si no tenés -dado que más de 1.000 alumnos ingresan cada año- 20 profesores muy buenos, que le presenten el hecho pero que también les diga “cuidado como lo razonás”, las clases terminan siendo muy superficiales. Lo hablaba con Daniel Heymann: en muchas facultades habría que poner un cartel, como existe en las facultades de medicina, que diga “primero no dañar”. A mi me dio resultado, tuve excelentes graduados.

En la Universidad de San Andrés dicto el curso introductorio, con un enfoque complementario al tuyo. Tengo que meterles a los alumnos 2 o 3 ideas básicas, por ejemplo, que la economía tiene que ver con eso que nos pasa. Mi problema es el alumno que cuando le pregunto algo me responde que “teóricamente” tal cosa. Mi lectura es que lo que está diciendo es “idiotamente”. Los hechos sirven para despertar el interés de los alumnos, también para que aprendan a observar y describir. La superficialidad, y hasta casi la anarquía, es propia de un curso introductorio. En ese año inicial el alumno tiene que aprender a manejar sus tiempos, a decidir por sí mismo, a que sus padres dejen de actuar como abogados, etc.

No coincido totalmente. Cierto es que hay diferencias que tienen que ver con el número de alumno y el tipo de instituciones. Una virtud que tiene la universidad pública, masiva, es que un día –como me pasó a mí- llegás a la facultad, viniendo de un secundario donde conocés a los profesores, a los celadores, etc., y te encontrás con un mundo donde no sabés adonde ir, si le preguntás a alguien te dice que le preguntes a otro. Tenés que arreglártelas totalmente solo, y esto tiene un valor formativo que me parece muy importante.

La diferencia en el número de alumnos hace que en San Andrés puedas dictar ese tipo de cursos, y resulte atractivo e interesante. Temo que en la UBA, en la Universidad Nacional de Córdoba o en la UNLP, con 20 cursos de este tipo, queden por lo menos 18 en manos de gente que no pueda manejar la clase como la manejás vos. No obstante, me parece mas útil introducir hechos luego que el alumno tenga instrumentos interpretarlos.

En primer año yo enseñaría matemáticas, para que el alumno que no tiene ningún esquema de razonamiento lógico aprenda razonamientos deductivos, consistencia lógica; y una vez que el alumno captó el “núcleo” de la disciplina, los principios básicos, lo hago pasar de la consistencia lógica a la relevancia empírica y también a los contenidos ideológicos, que nuestra ciencia los tiene.

Esto me hace acordar que Francisco Valsecchi solía diferenciar entre los profesores jóvenes, los adultos y los viejos, agregando que los profesores jóvenes enseñan más de lo que saben, los adultos sólo lo que saben y los viejos exclusivamente lo que los alumnos necesitan saber para aprender por ellos mismos. A propósito: durante el segundo semestre de 2011 hubo un cuestionamiento a los planes de estudio de las carreras de economía en algunas universidades, por ejemplo en la UNLP.

Cambiar los planes de estudio en la universidad pública es tan difícil como modificar la ley de coparticipación o la Constitución. En una universidad pública el plan de estudios está sujeto a un conjunto de restricciones, que van desde intereses individuales (quien es profesor titular de una materia que, si se cambia el plan, desaparece, no quiere saber nada porque entendiblemente considera que su materia es la más importante), al hecho de que la economía está muy mezclada con la ideología y a la vigencia de la ley de Gresham (la moneda mala desplaza a la buena), es decir, que lucen muy atractivas algunas recetas generadas sin mucho análisis.

En La Plata el plan de estudios introducido en 1964 duró hasta 1992. Como no se pudo cambiar, se adaptaron los contenidos de las materias. Luego de 1992 se intentó volver a modificarlo varias veces, el último intento cae justo en el peor momento, no sólo por la crisis económica y financiera mundial sino por el ambiente político local. Amado Boudou, hoy vicepresidente de la Nación, pero entonces ministro de economía, fue a La Plata a atacar   nuestro plan de estudios y la enseñanza de la economía en general, afirmando que había que dejar de lado todo lo que se enseñaba, cambiar el paradigma y comenzar todo de nuevo con algo que nunca se explicita qué es. Dado el carácter político-agresivo de su pronunciamiento, la Facultad de Ciencias Económicas de la UNLP –según mi forma de ver en muy apropiadamente- no le permitió realizar el acto en la facultad, cosa que sí hizo la universidad.

Pasemos a tu labor como autor. Simplificando diría que hay economistas “de un solo tema”, como Víctor Jorge Elías (contabilidad del crecimiento) y Jorge Katz (cambio tecnológico), y otros de muchos temas. A vos te ubicaría más cerca de la primera categoría, dada tu labor sobre federalismo fiscal.

Incursioné por varios temas, pero ciertamente que federalismo fiscal es aquel del cual me ocupé más. Por suerte nunca perdió actualidad. Lo que lo hace atractivo para mí es que es un problema que en todo el mundo está sin resolver. Lo que está ocurriendo en la Unión Europea es un caso de federalismo fiscal, pero entre países.

Este es un tema “calentísimo” por una razón obvia: hay involucrado muchísimo dinero. A punto tal que, a pesar de que la reforma constitucional de 1994 dispuso que el nuevo régimen de coparticipación federal debía aprobarse en no más de 2 años, todavía no fue sancionado. Un “marciano” como vos, desde el punto de vista de los intereses en juego; ¿puede aportar elementos de juicio para un debate en serio sobre este tema, sin que te maten los gobernadores que saldrían perdujicados?

Hay una tarea importante, que uno puede hacer. La teoría del federalismo como tal se desarrolló durante mucho tiempo dentro de un marco normativo que era a-institucional, a-histórico, y últimamente se produjeron avances notables, incorporando elementos de la ciencia política, junto a visiones de los economistas, que han dado origen a 2 temas que en Argentina son muy relevantes.

Toda aquella visión de Musgrave y Oates de la teoría normativa hoy ha cambiado, y se ve todo este mecanismo de transferencias y coparticipación, como un elemento perverso que hace que se genere irresponsabilidad fiscal en los gobiernos provinciales, restricción presupuestaria blanda, etc.; que en el extremo –y a mí me parece una exageración absoluta- genera la idea que predominó durante la década de 1990 en Argentina, y en el mundo se copió, de que nuestro país es un ejemplo de cómo la perversidad del sistema terminó en una catástrofe macroeconómica. Desde el punto de vista de la ciencia política ahora ha surgido una interpretación distinta, que mira las transferencias entre los distintos niveles de gobierno como un medio de control financiero y político de las provincias, por parte del Estado Nacional. “O hacés lo que yo te digo, o no te mando la plata”. Esto ha generado fantásticos desarrollos teóricos, que superan la visión según la cual las provincias son los malos de la película. No estoy disculpando por entero a las provincias, ya que cuando en algunas de ellas hay gobernadores que van por la quinta reelección, obviamente que algo está funcionando muy mal.

Vos decís que la cuestión del federalismo fiscal es un tema mundial, pero en otros países; ¿tiene la importancia que tiene entre nosotros?

No tanta como entre nosotros, pero existe. En todos los países se observa lo que se denomina desequilibrio vertical, aludiendo a la diferencia que existe entre los gastos y los ingresos propios de los gobiernos locales.

Perdoname que insista. Los gobernadores italianos, ¿dependen del primer ministro, como nuestros gobernadores dependen de nuestro presidente?

Sí. En La teoría de las finanzas públicas, que Musgrave publicó en 1959, el manual que todos hemos leído, y que hay que seguir leyendo porque es una pieza fantástica, al tema federalismo fiscal sólo le dedica 3 páginas, menos de 1% del libro. Ahí sienta los principios fundamentales, algo así como “la ley de la oferta y la demanda del federalismo”. Poco tiempo después reconoció haberse olvidado, o haber pasado por alto, el hecho de que en Estados Unidos existe un fantástico problema, que es que el gasto de los gobiernos locales crece a una velocidad mucho mayor de la que crecen sus ingresos. Incitó a que algunos de sus alumnos escribieran sus tesis doctorales sobre temas referidos al federalismo, de donde surgió Essays in Fiscal Federalism (Brookings Institution, 1965), basado en 5 tesis doctorales. Este desequilibrio es hoy patente en todos los países del mundo, con distinto grado de intensidad. Argentina probablemente sea un caso extremo, porque también el funcionamiento del sistema político es extremo. Pero en España se está viviendo la misma situación, las diferentes regiones de Italia lo mismo. En la UNLP desde hace muchos años hacemos un seminario sobre federalismo fiscal, una jornada de medio o un día entero según las circunstancias, y últimamente la hemos estado haciendo con varias instituciones que se han ido sumando: la universidad Austral, el CIPPEC, la Universidad Nacional de Córdoba y la Academia de Derecho y Ciencias Sociales de Córdoba. En la jornada de 2011 invitamos a todos los candidatos a gobernador de la provincia, lástima que como fue después del 14 de agosto, cuando se celebraron las primarias, el gobernador Daniel Scioli no quiso asistir, pero el resto de los candidatos vino. Lo que me impresionó del referido encuentro fue que cada uno de los candidatos vino provisto de su power point, con un montón de números y formularon propuestas con fundamento. Me parece un paso adelante.

¿De qué otros temas te ocupaste?

A raíz de haber dirigido el departamento de economía me ocupé de una cuestión permanente en las universidades: el rendimiento de los alumnos, por qué algunos demoran tanto en graduarse, por qué algunos tienen tantos aplazos, etc. Mis respuestas eran ad hoc, carecía de bases firmes, no había trabajado los datos.

Entonces se me ocurrió incursionar en el tema de la economía de la educación universitaria. Estuve 3 años trabajando, juntamos estadísticas, les hicimos algunas encuestas a los alumnos, y redactamos un conjunto de trabajos para tratar de ver qué era lo que influía en el rendimiento de los alumnos. Al respecto fue muy interesante una experiencia hecha sin financiamiento, invitando a gente de las facultades de ciencias económicas de otras universidades, como las de Córdoba, Tucumán, Rosario, Cuyo, Mar del Plata y la Universidad del CEMA, para que explicaran cuál era el mecanismo de ingreso que tenían, el rendimiento de los alumnos, qué determinaba el referido rendimiento (ejemplos: la educación de los padres, el tipo de educación secundaria que habían recibido, el promedio de notas del colegio secundario, el lugar de residencia, etc.). Resultó una experiencia muy interesante, de la cual surgió un libro Mecanismos de admisión y rendimientos académico de los estudiantes universitarios. Estudio comparativo para estudiantes de ciencias económicas (Alberto Porto, ed., Edulp, 2007).

En mis inicios, mejor dicho, cuando tuve que dejar la universidad parcialmente, trabajé en la Sindicatura General de Empresas Públicas (SIGEP), colaborando con Horacio Núñez Miñana en investigaciones sobre economía de las empresas públicas, particularmente la cuestión de las tarifas públicas.

También escribí algunos trabajos teóricos, destinados más que a crear, a aprender.

Por último; ¿qué consejos les darías a quienes están por estudiar, o están estudiando economía?

Cuando se estudia economía hay que tener en claro varias cosas. La primera, es que nunca los van a aplaudir. Quien busca aplausos, que se dedique a jugar al tenis, al fútbol, y por ahí algún día los insultan pero también de repente algún día los aplauden. La segunda es que la economía es una carrera no protegida. Los escribanos tienen una patente, como también la tienen los abogados y los contadores. En economía cualquiera compite con cualquiera. Los economistas nos sentimos contentos con esto, porque si nos oponemos a los monopolios no podemos estar a favor de una corporación, ni para atacarnos ni para protegernos. La tercera es que es una profesión que se desarrolla en ciudades de determinado tamaño, es una profesión urbana de ciudades más bien grandes. En un municipio chico es muy raro encontrar a un economista, lo más probable es que encontremos a un contador, que resuelve múltiples problemas contables, impositivos, etc.

En cuanto a la vida académica les digo que si pueden, porque cuentan con recursos, que aprovechen, que no hay lujo más grande que alguien lo esté financiando para estudiar. Que se reciban rápido. Que se dediquen a estudiar las cosas más importantes, como matemáticas, economía teórica y econometría. Creo que, p.ej. enseñar historia en primer o segundo año es un gravísimo error, el alumno no ha visto economía monetaria, protección efectiva, etc., y por consiguiente no está en condiciones de interpretar ciertos fenómenos.

También les aconsejo que traten de seguir carreras de posgrado, que en Argentina hay muy buenas, y si pueden también en el exterior.

Alberto, muchas gracias.

A vos.

One Comment

  1. Fernando Alvarez says:

    Muy interesante entrevista.

    Yo tuve la suerte de estar en una de las clases (magistrales por cierto) de Alberto, en las que éramos mas o menos 15 a 20.

    La verdad que era un evento que veníamos anticipando desde un anio anterior, y que no defraudo a ninguno de nuestras expectativas. Aun los que, como yo y varios de mis compañeros, teníamos interés en macroeconomía, la clases de Alberto eran un ejemplo en todo sentido: claridad, importancia en los temas, respeto intelectual a los alumnos, rigurosidad en los argumentos. Ademas su enfoque sobre la enseñanza universitaria, que lo expresa claramente en el ultimo parrafo de la respuesta a la ultima pregunta, era clarísimo -y después todos nos dimos cuenta que ademas era utilísimo– cuando muchos de sus estudiantes pretendíamos “correr” antes de aprender a “gatear”.

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