Entrevista a Luisa Montuschi, por Juan Carlos de Pablo

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 Esta nota fue publicada originalmente en Revista de Economía y Estadística, Vol 50 (Nº 2) 2009 y  se reproduce en Foco Ecoónimo con autorización de los Editores en Jefe.

Montuschi nació en Bologna, Italia, el 20 de marzo de 1938, migrando a Argentina en 1949. Contadora y doctora en ciencias económicas por la Universidad de Buenos Aires (UBA), ha dictado cursos en su alma Mater, y en la Universidad del Centro de Estudios Macroeconómicos de Argentina (UCEMA). Además de lo cual, presidió la Asociación Argentina de Economía Política (AAEP), fue vicerrectora de la UCEMA y actualmente preside la Academia Nacional de Ciencias Económicas (ANCE). Su curriculum detallado se puede consultar en http://www.ucema.edu.ar/academica/download/montuschi_cv.pdf.

Recibió el diploma de honor otorgado por la Fundación Ovidio Giménez, 1970; el Premio Anual ADEBA, 1981; el Premio “Raúl Floreal Matera”, otorgado por el Senado de la Nación, 1995, y el Premio Konex, 2006.

Hay economistas de un solo tema, y otros de muchos temas. Luisa es de 2 temas: economía laboral y ética aplicada al mundo de los negocios. Desarrollados, con alguna superposición temporal, en 2 épocas diferentes de su vida profesional.

A pesar de haber vivido en Argentina durante 65 años, la forma en que gesticula mientras habla delante de un grabador exime de tener que explicar por qué, cariñosamente, muchos la conocemos como la “Tana” Montuschi. Más allá de sus actividades profesionales le gusta leer ciencia ficción, caminar –sobre todo en la montaña- y jugar tenis.

La conversación que sigue comenzó personalmente en Buenos Aires y continuó a través del correo electrónico.

¿Dónde naciste? Describí tu entorno familiar.

Nací en la ciudad de Bologna, Italia.

Mi papá, Filippo Montuschi, tenía una personalidad multifacética. Fue condecorado, llegó a ser capitán de artillería alpina. También fue un gran deportista: mientras estudiaba en la universidad participó en muchas olimpíadas y ganó varias medallas de oro en atletismo que más tarde donó a la Patria. Estudió ingeniería civil, que en aquella época probablemente fuera la ingeniería, en la Universidad de Bologna. Trabajó en una empresa de construcciones, en realidad era uno de sus dueños. A partir de su casamiento y desde el nacimiento de sus hijos tuvo una personalidad muy estricta, centrada en su familia.

En 1947 se trasladó a Argentina -el resto de la familia quedó en Italia-, para armar la empresa aquí. Ignoro si la legislación de entonces facilitaba este tipo de radicaciones, pero lo cierto es que se instaló aquí. Con mi mamá y mis hermanos, recién llegamos en 1949.

Por lo que escucho, tu familia tenía un buen nivel económico, pero sufrieron la Segunda Guerra Mundial. ¿Qué recordás al respecto?

La guerra la viví de muy chica, por lo que no asumí la tragedia de manera integral. Recuerdo cuando en el edificio construyeron un refugio contra los bombardeos, una de cuyas salidas daba al jardín de nuestra casa, el cual quedó parcialmente destruido. A lo cual también contribuyó el comportamiento del grupo de chicos amigos, que éramos terribles. Tengo grabado en mi memoria el ensayo que se hizo: todos corrimos al refugio y los chicos lloraban, y eso que no era más que un ensayo. A mí, más que asustarme, la situación me parecía graciosa. Pero cuando se produjeron los bombardeos reales ya nadie lloraba, uno se acostumbra a todo. Luego de los primeros bombardeos mi padre, cuando venían los aviones, se iba al techo del edificio, con un largavistas, para ver los aviones.

Lo mismo que en Londres hacía Winston Churchill. ¿Pasaron hambre?

Nosotros no, porque mi padre tenía una pequeña extensión de campo, que daba a trabajar a medias a un encargado de acuerdo con un sistema que se denomina mezzadría, es decir van al 50% de lo producido. Este señor –que era comunista- una vez por año nos traía un cerdo que se carneaba en casa (era toda una ceremonia, que nos divertía mucho), papas, maíz, harina, huevos, etc., que se almacenaban en lo que se conocía como “el cuarto del abuelo”, ya que lo había ocupado mi abuelo hasta su fallecimiento, 6 días antes de nacer yo. Se aprovechaba todo. Teníamos gallinas en casa, allí fue donde se originó mi fobia a comer todo tipo de ave o bicho con plumaje.

Tu papá, tu mamá y tu hermano menor, eventualmente volvieron a Italia. Vos y tu hermano Dino se quedaron aquí. ¿Por qué una cosa y la otra?

Mi papá nunca se acostumbró a vivir en Argentina, mi mamá, Virginia Bernagozzi, nacida en Portomaggiore, cerca de Ferrara, en cambio era mucho más adaptable y siempre dispuesta a cultivar nuevas amistades. De hecho aquí mi padre no quiso hacer amigos. El seguía muy unido a sus amigos de Italia, sobre todo a los que había conocido en la universidad. Eran todos ingenieros. En los fines de semana lo recuerdo escribiéndoles cartas a sus amigos. Siempre me decía que si él tuviera alguna necesidad, alguno de sus amigos italianos sin ninguna duda vendría a Argentina a ayudarlo, incluso pagándose él mismo el pasaje. El quería volver.

Es posible, aunque esto es una conjetura, que tanto mi hermano mayor como yo hayamos contribuido a su regreso a Italia. Dino tenía que estudiar ingeniería, para tomar su lugar en la empresa; y yo tenía que ser contadora, para llevar los libros de la firma. Pero resulta que mi hermano nunca estudió nada y yo, luego de aprobar la escuela comercial, había comenzado a estudiar la carrera de contador, pero no me gustaba nada.

La carrera no me gustaba, a pesar de algunos profesores que tuve y que quiero destacar: como William Leslie Chapman, a quien sucedí en el sitial No. 14 de la Academia Nacional de Ciencias Económicas; y también a Enrique Jorge Reig, quien presidiera la ANCE. Luego de aprobar la materia Reig me ofreció un trabajo donde ganaría mucho más que lo que me pagaba mi padre. Le pedí aumento a éste, me dijo que no estaba en condiciones de otorgármelo, y entonces me fui a trabajar con Reig. A mi padre el hecho no le gustó nada, y probablemente fue un argumento adicional para volver a Italia. Eso me lo comentó mi madre, muchos años después. Pero hizo bien, porque allí se reencontró con sus amigos y sus cosas y lo pasaron bien por muchos años.

Pero aquí, si me permitís, quisiera comentar algo acerca de mi padre y sus enseñanzas. Yo en ese momento lo consideraba muy duro y estricto, y mi mayor deseo era ser independiente. Pero a la distancia debo reconocer algunas lecciones, que en el momento no asumí, que moldearon mi comportamiento. Por ejemplo, menciono 2 que acuden a mi memoria. La necesidad de asumir la propia responsabilidad por las consecuencias de actos emprendidos por voluntad propia (y no recurrir al babbo, para que nos diera soluciones); y aceptar que el valor de una persona está dado por sus propios logros y no por los de eventuales antepasados.

¿Por qué te quedaste en Argentina, junto a tu hermano mayor?

Como dije, mi hermano menor volvió a Italia con mis padres, y siempre quedó resentido por esto, porque tuvo que volver a sufrir el desarraigo, otra vez empezar a generar amistades, etc. Yo había sentido mucho el desarraigo, luego de una infancia muy feliz en Italia. Pero eso tanto Dino como yo dijimos “no, nos quedamos aquí”.

Nos acabás de explicar cómo llegaste a la contabilidad, pero; ¿cómo llegaste a la economía?

En el último año de la carrera rendí “Economía II”. Me gustó la materia. En ese momento [Julio Hipólito Guillermo] Olivera, profesor recién incorporado a la facultad de ciencias económicas (FCE) de la UBA, organizó la primera edición de lo que después sería su famoso seminario. Del cual también participaron Ana María Martirena, Rolf Ricardo Mantel, Bernardino Kopcow y creo que también Humberto Goldstein. Podría haberme recibido antes, porque debía una sola materia de la carrera de contador, que era Contabilidad pública, pero no me interesaba porque me quería volcar a la economía. Así que tardé más de un año, y no me arrepiento.

Del seminario de Olivera se han dicho muchas cosas. ¿Cómo funcionaba, realmente?

Se desarrollaba alrededor de un libro. Inicialmente Análisis matemático para economistas, de [Roy George Douglas] Allen. Hablábamos nosotros, es decir, los alumnos. Quien tenía que exponer, exponía, y eventualmente podían plantearse preguntas. Olivera no exponía. Después trabajamos Valor y capital, de [John Richard] Hicks y por último Fundamentos del análisis económico, de [Paul Anthony] Samuelson.

Posteriormente, cuando Olivera fue rector de la UBA, me ofreció realizar el que fue mi primer trabajo vinculado con la economía, y también el segundo y el tercero. Había creado un Centro de Investigaciones Aplicadas. Integré un grupo de trabajo dedicado a la economía de la educación. Por ejemplo, calculamos los costos de la educación en las distintas facultades de la UBA. Cuando renunció, las nuevas autoridades no estaban interesadas en continuar este tipo de tareas, por lo cual el Centro poco a poco se fue desintegrando. Me fui a trabajar a la Secretaría de Estado de Vivienda, y comencé a concurrir con carácter ad honorem al Instituto de Investigaciones Económicas de la FCE, del cual era director Olivera. Eventualmente se realizaron concursos y pude ingresar como profesora adjunta, junto con Alfredo Juan Canavese, Ernesto Gaba, y otros.

¿Cómo era Olivera, dirigiendo el Instituto?

Era estricto y distante. No le interesaba acercarse demasiado a la gente, para hablar con él había que solicitar una entrevista. Estilo que subsistía luego de varios años de mantener una relación laboral cotidiana. Otra cosa que hizo, que a algunos les parecía bien y a otros mal (a mí me parecía bien) era decirnos: “investiguen”, y que cada uno se las arreglará como pudiese. Y si al final del año alguien no había podido concretar ningún trabajo, por decisión propia en general optaba por irse a trabajar a otro lado, como el Consejo Nacional de Desarrollo, el Ministerio de Economía, etc

¿Cómo era el “clima” de trabajo en el Instituto, más allá de su director?

Nos llevábamos bien. Al comienzo, luego se diluyó, a fin de cada año hacíamos una comida, a la cual Olivera concurría. Los investigadores nos reuníamos más a menudo. La gente que trabajó en el Instituto tenía buen nivel y con el tiempo se volvieron muy conocidos, por diversos motivos. También nos gustaba bromear. Me acuerdo (y no sé si queda algún otro que también lo haga) que por un período escribí a máquina una hojita periódica que denominaba “La Nueva Era”, y que trataba en broma los hechos relevantes ocurridos en el período en el Instituto.

Una característica de quienes trabajaron en el Instituto, es que casi ninguno completó sus estudios en el exterior. ¿Por qué?

Es cierto. Ruy [Vicente Vázquez-Presedo], sí; pero en realidad había estudiado en Inglaterra, Francia y Alemania, antes de incorporarse al Instituto. Me puse a pensar en el tema cuando leí tu Bodas de oro profesionales (Unión, 2014). Canavese había hecho gestiones para irse afuera, y había conseguido el ingreso en la universidad Rice, pero finalmente no viajó.

En la biografía que escribí de él (“Alfredo Juan Canavese. Semblanza personal e intelectual”, Universidad Torcuato Di Tella, 16 de abril de 2010), su esposa me contó que –con las valijas listas para viajar- finalmente decidió no hacerlo. Me suena más a decisión personal que al lugar donde trabajaba.

Pero más allá de los casos particulares, no había una política al respecto. Si hubiera querido estudiar en el exterior yo lo podría haber hecho. No sentíamos tampoco la necesidad. En 1968 a mí la facultad me mandó a Londres durante 6 meses, para hacer una investigación financiada por la Corporación Argentina de Productores de Carnes. De Londres me gustaba todo, la National Gallery, la ópera, etc. Iba frecuentemente a la Escuela de Economía de Londres. Hice varios viajes, por ejemplo a Italia, a donde no había regresado desde que migré a Argentina. En Bélgica lo visité a Roberto Lavagna, con quien éramos muy amigos, porque habíamos trabajado juntos en el Centro de Investigaciones Aplicadas.

Todo muy lindo, pero no se me ocurrió pensar en encarar estudios de posgrado. Habría que analizar por qué la gente comenzó a ir a estudiar afuera, si porque no veía cómo ampliar sus conocimientos quedándose en Argentina, o si no veía su desarrollo profesional a menos que consiguiera un título del exterior. Como en aquellos años yo pensaba mi carrera en la Universidad de Buenos Aires, y concretamente en el Instituto, no me parecía algo indispensable. Quizás un elemento importante para explicar esta actitud pueda deberse al hecho de observar que Olivera, sin discusión el economista más destacado de la época, no había estudiado en el exterior. Y ello no nos parecía como un requisito para la carrera académica.

Antes de encarar tu actividad profesional, y ya que lo mencionamos, hablá de tu marido, Vicente Vázquez-Presedo.

Lo conocí en el Instituto. Mi estadía en Londres coincidió con la terminación de su doctorado en Oxford. Por supuesto, viajé varias veces a dicha universidad, y bueno, se dio. Tuvimos una coincidencia de intereses. Muchos intereses. Compartimos la vida durante 30 años, hasta que falleció. Había migrado con su familia de España, como consecuencia de la Guerra Civil Española.

Era la quintaesencia del académico, que –paradójicamente- siendo extranjero realizó estudios muy importantes referidos a la historia económica argentina. Recopilaciones estadísticas, antes de que se usaran las computadoras, y análisis bien originales que yo utilice muchísimo.

Tenía una formación muy completa. Cuando fue a estudiar afuera ya tenía el doctorado de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA; además de lo cual, en la Facultad de Ciencias Exactas, había estudiado matemáticas, física, etc.; y también había tomado cursos en la Facultad de Filosofía y Letras. Con todo esto fue becado a Alemania, a estudiar física; pero opinaba que le faltaba para poder graduarse en esa especialidad. Luego volvió a Argentina, pero viajó a Francia, para estudiar estadística. Y finalmente en Oxford completó su segundo doctorado. Tenía conocimientos muy amplios. Y huelga decir que compartíamos muchas cosas académicas y de las otras, por ejemplo, los viajes.

Hablemos de tu labor docente. ¿Te gusta enseñar?

Me gusta dictar clase, me gustó siempre. Hace muchos años que estoy frente a los alumnos y creo que, en términos medios, lo hago bien. Al menos, es lo que dicen los estudiantes cuando evalúan mis cursos.

¿Qué creés que pasó con los alumnos, entre los de hace varias décadas y los actuales?

Me costaría definir si la cuestión es qué pasó con los alumnos, o con los profesores. En la UBA comencé dictando principios de economía, cuando volví de Londres me pidieron que dictara un curso de economía laboral, y posteriormente dicté microeconomía. En este último curso llegué a tener más de 300 alumnos. Lo dictaba en una de las aulas viejas, con tarima y pizarrones que subían y bajaban. Encima, en esa época se podía fumar en clase, de manera que desde la tarima sólo veía las 4 o 5 primeras filas del aula. ¿Qué interacción podía haber, en estas condiciones?

Hoy todo ha cambiado. El profesor pasó de la ayuda memoria al power point. Lo utilizo mucho pero no hay que exagerar, no es posible dictar una clase leyendo en voz alta lo que dice el power point. A lo sumo sirve para plantear un ordenamiento de los temas que va a desarrollar. Cuando mis alumnos se la pasan tomando nota, paro la clase y les digo: “escuchen un poco, y opinen si tienen algo que decir que difiera o complemente lo que les estoy planteando”.

El power point es muy útil en las reuniones internas de las empresas. Los mejores gerentes de ventas, recursos humanos o finanzas, no tienen por qué ser buenos expositores. Ahí sirve. De cualquier manera, tampoco tienen que abusar.

Lo mismo ocurre en las defensas de las tesis. Una razonable presentación no debería venir acompañada de más de 10 diapositivas, pero algunas tienen varias decenas.

Una buena defensa de tesis debería consistir en una presentación de, digamos, no más de 5 minutos, seguida por una conversación “entre colegas”, es decir, entre quien la defiende, su director de tesis y el resto de los profesores. Porque en ese momento quien más sabe del tema es el alumno; la cuestión está en “poner en funcionamiento” los conocimientos.

Así es.

Además de tu labor como profesora, en el ámbito académico desarrollaste mucho trabajo “gerencial”. Presidiendo la Asociación Argentina de Economía Política, entre 1986 y 1988; ocupando el cargo de vicerrectora de la Universidad del CEMA, a partir de abril de 2007; y actualmente presidiendo la Academia Nacional de Ciencias Económicas). Lo cual implica importante gestión de recursos humanos.

Algo de eso hay. En todos los cargos que mencionaste tuve que enfrentar problemas. La presidencia de la AAEP fue difícil, porque carecíamos de organización. Antes había ocupado el cargo de secretaria de la Asociación, y también había sido difícil, por la misma razón. Por eso me gusta decir que los 2 momentos cruciales de la presidencia de la AAEP son el de asunción y el de terminación del cargo. Claro que los sentimientos que acompañan cada uno de estos momentos son opuestos.

Creo que contribuí a mejorar la organización. Los primeros tiempos todo era una locura, cada vez que cambiaba el presidente de la Asociación había que mudar de lugar todos los papeles. Finalmente ubicamos la secretaría permanente en FIEL, y designamos a alguien secretario administrativo; porque hasta ese momento la carga administrativa recaída sobre la secretaria de quien fuera presidente, con todas las dificultades imaginables.

Hicimos muchas cosas. Continuamos con la costumbre de invitar a profesores del exterior, para dictar la conferencia inaugural, y también la de invitar a los socios fundadores, a pronunciar una conferencia, iniciativas que había comenzado mi predecesora, Ana María Martirena Mantel. Todo lo cual fue muy atractivo, porque incorporó algo a las reuniones anuales, que no tenía antes.

¿Qué rescatás en tu carácter de vicerrectora de la UCEMA?

El cargo era protocolar, no tenía funciones de gestión. Tuve que participar y me hicieron hablar en actos públicos, cosa que no es lo que más gusta, pero en fin. Y luego seguí haciendo uso de la palabra en las fiestas de graduación.

En la UCEMA participé en la gestión dirigiendo el Master en Dirección de Empresas (en inglés, MBA) durante 14 años, años complicados porque había muchísimos alumnos (en algún momento llegamos a tener 9 comisiones). El mayor problema era conseguir profesores que fueran de muy buen nivel.

Tuve a mi cargo prácticamente la totalidad de la organización del doctorado, por lo cual en algún momento le pedí a Carlos [Alfredo Rodríguez, rector de la UCEMA] que me liberara de la responsabilidad del MBA. Yo creo en la renovación de las autoridades (de los cursos) a cargo de la dirección de programas para generar nuevas ideas y nuevos desarrollos.

¿Y tú experiencia en la Academia Nacional de Ciencias Económicas?

Me tocó presidirla en el Año del Centenario, porque fue creada en 1914, así que estamos terminando un período con muchas actividades. Supongo que en 2015 el nivel de acciones a emprender será menor. Estoy bastante satisfecha por la labor desarrollada. Particularmente por el aumento de la concurrencia, tanto a las reuniones privadas, las que celebramos con los académicos, como a las actividades abiertas a quienes no lo son. No sé si soy el as de la gestión; no es lo mismo ser docente, que tener que presidir una institución donde somos todos pares.

Hay economistas dedicados a un sólo tema, otros a muchos temas. Vos sos una economista dedicada a 2 temas principales, que más allá de alguna superposición temporal aparecen nítidamente en diferentes etapas de tu vida. Me refiero a economía laboral primero y a ética después.

Me dediqué a economía laboral desde 1969, cuando regresé de Inglaterra. Me pidieron que me hiciera cargo del curso que se dictaba en la Facultad. Acepté. Al principio fue difícil, porque algunos de mis alumnos habían sido a su vez compañeros míos en los cursos de economía que estaba cursando para poder acceder al doctorado, y este cambio de rol a algunos no les gustaba nada. Además se había producido un cambio en el plan de estudios, realizado por Chapman, siendo decano, cuando separó las carreras. Había quedado mucha gente del viejo doctorado, alrededor de 200 estudiantes, a quienes les habían planteado equivalencias en las materias que adeudaban.

De manera que mi alumnado era muy heterogéneo, porque los nuevos estudiantes querían estudiar economía laboral y los viejos “política laboral y social”, algo bien diferente. Yo recomendaba el libro de Milton Friedman, Teoría de los precios, para la porción microeconómica del curso, porque me parecía que estaba muy bien. Soy muy crítica de algunas cosas de Friedman, especialmente cómo define él la responsabilidad social empresaria. Pues bien, los alumnos del plan D estaban furiosos conmigo, porque según ellos yo debía respetar lo que ellos habían estudiado.

Supongo, pero en realidad pregunto, que en tu curso habrás combinado las vertientes institucional y neoclásica.

En mi curso incorporé todo. Mi tesis doctoral se refirió al funcionamiento de los sindicatos, y generé cierto conflicto cuando la defendí. Pero igual me propusieron para el premio Facultad, que me fue entregado 38 años después de haberme recibido. Pero la dificultad con los referidos alumnos era de otro tipo.

¿Cuáles dirías que son tus principales aportes a economía laboral?

Yo los ubicaría en dos campos. El estudio de los sindicatos, tema de mi tesis, en el cual no encuentro aportes posteriores de significación. Y el segundo referido al mercado de trabajo, el empleo, las modalidades del empleo.

Quiero mencionar 2 hitos referidos a ambas cuestiones, que se interrelacionan. El primero se refiere al Premio que me otorgó el Honorable Senado de la Nación en 1995, por el mejor trabajo de investigación del CONICET sobre el tema “El empleo en Argentina”. Dudé un poco en presentarme pero, siendo investigadora principal del CONICET, sentí que no podía dejar de hacerlo y gané. Me fue entregado en una sesión especial del Senado, el 8 de mayo de 1996.

Con posterioridad, en una reunión de Comisiones Asesoras del CONICET que integraba, tuve la oportunidad y el gusto de conocer al doctor Antonio Vázquez Vialard, una eminente autoridad en materia de derecho del trabajo, miembro de la Academia Nacional de Derecho. Había leído mi tesis, ya publicada por EUDEBA y me comentó que se había vuelto bastante popular entre los abogados, cosa que pude corroborar en períodos sucesivos. Establecí una buena relación con él y en 2006 organizamos una reunión conjunta de la Academia Nacional de Derecho sobre el tema de “La Flexibilidad en el mercado de trabajo”, que tuvo una muy buena respuesta. Pocos años después Vázquez Vialard falleció y tuve el gusto de participar en el libro que se publicó en homenaje en su memoria, referido al tema de la descentralización productiva, con un trabajo donde encaré los nuevos desarrollos referidos a la organización del trabajo, al sindicalismo, los modelos de relaciones laborales, en el marco de la nueva economía, la globalización y los nuevos contextos. Aparte de la lógica satisfacción de participar en el merecido homenaje, mi aporte constituyó como una síntesis de cómo se habían ido orientando los temas que me habían interesado en esa primera etapa.

¿Por qué te fuiste de la UBA?

Con cada cambio de gobierno había problemas, y la gente comenzó a irse de la UBA. El primero que se retiró fue Fernando Tow, que se fue a FIEL; luego Canavese, que pasó al entonces Instituto Torcuato Di Tella; Vázquez-Presedo se fue a IDEA; [Jorge Eduardo] Fernández Pol se fue a la UCEMA, después al IEERAL y finalmente migró a Australia. Aparte de Manuel Fernández López, que no se fue nunca, habíamos quedado Omar [Osvaldo] Chisari y yo, y también queríamos irnos.

Aproveché un año sabático, y trabajé en la Fundación Prebisch, y pedí el cambio del lugar de trabajo, porque desde 1977 soy investigadora del CONICET. Pero seguí en la Facultad, porque Horacio López Santiso me pidió que participara en el gobierno de la institución, cosa que hice entre 1990 y 1994. Renuncié porque en 1995 terminaba mi período y la UCEMA me exigió dedicación exclusiva.

¿Hasta cuándo te dedicaste a economía laboral?

Hasta que ingresé a la CEMA, en 1990. Ya en la UCEMA (y en otras universidades) el Gobierno había organizado un curso de posgrado de “economistas de gobierno”; me pidieron que dictara un curso de economía laboral, cosa que hice durante un par de años. Ingresé al CEMA sin participar en los programas en curso, pero muchos de los alumnos del MBA habían cursado conmigo en la UBA, y por consiguiente cuando tenían problemas o querían consultar algo, me venían a hablar.

Por eso en 1991 me propusieron que participara en la dirección del MBA. Lo hice, como dije, durante 14 años. En 2001 organizamos el doctorado en finanzas y en dirección de empresas. Eventualmente dejé la dirección del MBA y me concentré en la del doctorado en Dirección de Empresas, un programa más académico, nada masivo, atractivo tanto por su enfoque, como por las expectativas de los alumnos, y por los alumnos mismos, muchos de los cuales a su vez eran profesores. A propósito: sigo a cargo de la dirección del doctorado.

Entre las materias obligatorias que introduje en el programa, consideré que era indispensable introducir una dedicada a la ética en los negocios. En Estados Unidos, en los programa del MBA, dicha materia también es obligatoria para obtener las acreditaciones de tales programas.

Para el dictado; ¿por qué no contrataste a un sacerdote, un pastor o un rabino?

La enseño yo. Los grandes profesores de esta materia, en las principales universidades del mundo, no son ni curas, ni pastores ni rabinos; aunque no excluyo que alguno pueda serlo. Los autores importantes en el campo tienen formación filosófica, porque estamos hablando de una rama de la filosofía, que se conoce como “ética aplicada” y que necesita de otra rama la “ética normativa” la que debe llegar a establecer un criterio final de conducta moral que resulte aceptable para todos y sin la cual no pueden realizarse juicios morales en las distintas ramas componentes. Una de esas ramas de la ética aplicada, probablemente la más conocida, es la bioética. Pero también se han discutido mucho los temas vinculados con la ética en los negocios, y la ética en la información, la ética ambientalista, la ética sexual. Y hay mucha interacción entre todas ellas.

En mi primera clase les digo a los alumnos que tengan bien en cuenta que hay cosas que la ética no es, y que lo incorporen y se lo graben: lo que pueden indicarle los sentimientos o las emociones individuales, lo que indican las creencias religiosas (la ética es para todos, los religiosos, los agnósticos, los ateos, etc.). Lo que la ley establece, lo que la sociedad acepta.

En materia de los negocios se plantea cómo tienen que comportarse las empresas y si al hacerlo de manera ética pueden hacerse buenos negocios. Uno de los temas que analizamos en los cursos, que adquirió relevancia en todo el mundo, es el que se refiere a la responsabilidad social empresaria (RSE). Alrededor de este tema hay muchas acciones vinculadas más con la autopublicidad y el departamento de relaciones públicas de las empresas, que con auténticas actitudes de RSE.

Suele decirse que la cuestión de la RES fue planteada inicialmente en un artículo de Milton Friedman, titulado “The Social Responsibility of Business is to Increase its Profits”, publicado en 1970 en la revista del New York Times; pero esto no es así ya que existen trabajos anteriores publicados en las décadas de 1950 y 1960. Lo que hizo el artículo de Friedman fue llamar la atención sobre la cuestión, y resultó muy discutido. Al comienzo la discusión se limitó a los ámbitos académicos, a pesar de no ser un artículo académico y no haber sido publicado en un medio académico. Friedman acusa de superficiales a quienes se ocupan del tema, pero su desarrollo tampoco es demasiado profundo. Ya a partir de la década de 1980 la discusión se plantea en otro nivel y con una mucha mayor difusión tanto en el mundo académico como en el empresario.

La cuestión de la RSE conlleva la de la ética en el mundo de los negocios, porque uno de los componentes de la RSE es el componente ético. No es el único. Hay un artículo de un autor famoso (Archie Carroll, publicado en una primera versión en 1979, en The Academy of Management Review, y en la versión más completa en 1991, en Business Horizons, titulado “The Pyramid of Corporate Social Responsability: Toward the Moral of Organizational Stakeholders Management), quien distingue 4 componentes. Uno de ellos es el económico, porque si una empresa no es viable no puede ejercer ninguna clase de responsabilidad; el segundo es el legal, hay que cumplir con la legislación. Para algunos autores, estos 2 son los únicos componentes relevantes.

Pero hay muchos aspectos éticos, reconocidos como tales, que no están contemplados en la legislación. El ejemplo moderno es el de la ley Sarbanes-Oxley, que hasta que no ocurrió el escándalo de Enron no pasaba de ser un proyecto presentado al Congreso de los EU. El tercer componente, entonces, es la ética no codificada, que se refiere a los comportamientos basados en principios morales, aunque la legislación posibilite otras alternativas; y el cuarto es el filantrópico. Muchas empresas en Argentina, muchísimas en el mundo, utilizan la filantropía para cubrir otros comportamientos reñidos con la ética.

Un último aspecto. Desde la aparición entre 2009 y 2010 de la ISO 26000, que no constituye un instrumento de certificación sino una guía en materia de responsabilidad social, este concepto parece haberse extendido a todo tipo de organizaciones y no sólo a las empresas. Lo cual resulta absolutamente lógico.

Cuando hablás de todo esto, los alumnos, ¿no se ríen? Como diciendo, “pero doctora…”

No se ríen y no me dicen doctora, sino profesora o Luisa. Yo trabajo mucho con casos, más allá de que no aplico de manera estricta la metodología del “método de los casos” popularizado por Harvard; porque este último implica no ver nada de teoría. Cuando yo enseñaba economía ponía ejemplos, pero no se me ocurrían los casos y de habérseme ocurrido hubiese considerado que no eran adecuados para la enseñanza. En cambio en los cursos de ética la discusión de casos es muy útil. Yo les enseño la teoría, cómo hay que hacer razonamiento moral, cuáles son los principios éticos en los cuales tienen que basarse: la regla de oro, el utilitarismo y el imperativo categórico de Emmanuel Kant. Yo prefiero la regla de oro, pero les dejo a los alumnos que elijan el principio que crean más conveniente. Lo que me interesa es ver cómo razonan y lo aplican. Y algunos realmente desarrollan un gran interés en el tema.

Antes te pregunté qué surgía de tus escritos de economía laboral. Ahora te pregunto: ¿qué surge de tus escritos referidos a la ética?

Me queda mucho camino por recorrer, pero al mismo tiempo pienso que he avanzado bastante y he logrado que los alumnos, en particular los de doctorado, acepten y se interesen por los estudios de la ética. He dirigido varias tesis doctorales sobre el tema. En mis escritos y en mis clases, enfatizo la necesidad de plantear claramente cuáles son los valores personales y los corporativos que se consideran prioritarios para regir nuestras actividades privadas y públicas. Les doy listas para que elijan. Parece mentira, pero nunca se habían planteado el problema. Y sin conocer valores no podemos realizar razonamientos morales, que es el punto siguiente del análisis, indispensable para formular juicios éticos y determinar los cursos a elegir. Por supuesto que deben determinar con claridad el que consideran su principio ético y no cambiarlo de acuerdo con las circunstancia, para no caer en la falacia del relativismo. O, como decía Groucho Marx, “estos son mis principios y si no les gustan no importa, tengo otros”. Si uno se pone a pensar respecto de los valores concluye lo importante que resultan para el funcionamiento de la sociedad. Pero no se habla de eso. Ni se enseña. Sólo algunas referencias cuando se violan.

Para ir cerrando, ¿qué tenés para decirles a los actuales estudiantes de economía?

Para mí los estudiantes son el futuro. Pero también tengo presente algo que sentí en la Asociación Argentina de Economía Política. La primera reunión anual a la que concurrí fue la que se celebró en 1967, en San Miguel de Tucumán. Durante la década de 1970, una década bien difícil, concurrí a todas las reuniones, y durante la década de 1980 ocupé diversos cargos, hasta que presidí la institución.

Hasta la década de 1980 éramos siempre los mismos. Cuando aparecieron colegas más jóvenes, dejé de conocerlos personalmente, pero pensé: “éste es el futuro”. Si seguíamos concurriendo nosotros solos, la AAEP iba a perecer.

Me gustaría que quienes siendo jóvenes asisten a alguna de las reuniones, y que luego completan sus estudios o trabajan en el exterior, cuando regresan a Argentina que vuelvan a participar, para volcar sus experiencias en la Asociación, que es una institución muy importante. Y algunos de ellos, eventualmente, pueden en el futuro llegar a incorporarse como miembros de la Academia Nacional de Ciencias Económicas.

Concurrí a un par de reuniones de la Asociación Internacional de Economía, una de las cuales tuvo lugar en México, la otra en Madrid. Participé en las discusiones y en la elección de Presidente. También, durante muchos años, asistí a las reuniones que hacía el capítulo latinoamericano de la Sociedad Econométrica. Estos encuentros me resultaron muy útiles, nos conocíamos todos. Hoy, dada la cantidad de asistentes, en alguna medida esto se ha perdido.

En el desarrollo profesional; ¿qué importancia tiene el intercambio de trabajos, las conversaciones personales, etc.?

Discutir no me interesa tanto como intercambiar trabajos, bibliografía, pareceres, etc. Todo tiene una lógica en la vida, a mediados de 1990 me cansé de viajar, pero recuerdo muy vivamente esas experiencias. Hoy la interacción se da de otras maneras, aparte de que me parece que algunas organizaciones que habíamos constituido entre economistas de América Latina, adquirieron un tinte ideológico y terminaron por desaparecer. Pero actuar e interactuar personalmente con colegas a mí me gustaba y me gusta mucho. Pero sobre cuestiones trascendentes: teoría, política, la gente, el futbol.

¿Vas a seguir trabajando siempre?

¿Qué significa siempre? No lo sé. De las personas con las cuales interactuaba cuando comencé a trabajar, no hay muchos que sigan. Yo continúo, pero tengo que interactuar con las generaciones siguientes. También hay que interactuar socialmente, cosa que hago, con quienes pertenecen a las generaciones intermedias. Pero de los más jóvenes estoy más alejada, aunque en 2015 no descarto volver a dictar clase de grado. Lo importante es que me siga funcionando la cabeza. Y les pido a mis amigos y colegas que me avisen si en algún momento empiezo a decir pavadas.

Estaremos atentos, para prestarte ese servicio. Pero por ahora no hay ningún signo que deba preocuparnos. Luisa, muchas gracias.

A vos.

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