Entrevista a Alieto Guadagni, por Juan Carlos de Pablo

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Guadagni nació en Buenos Aires, el 27 de febrero de 1932. Tiene 5 hijos, 14 nietos y una bisnieta. Contador por la Universidad de Buenos Aires (UBA), obtuvo un Magister en economía en Ecolatina, Santiago de Chile, y en 1967 un doctorado en economía en la universidad de California (Berkeley).

En Argentina enseñó en la UBA, en la Universidad Católica Argentina (UCA), en el Instituto Torcuato Di Tella (ITDT), y en América Latina, en Bolivia, Perú, Paraguay, Nicaragua, Honduras, República Dominicana, Panamá y Costa Rica.

Junto a lo cual ocupó importantes cargos públicos nacionales e internacionales. Entre otros, entre 1968 y 1970 y entre 1987 y 1991 fue ministro de economía y obras públicas de la provincia de Buenos Aires; también en un par de oportunidades fue secretario de energía. Entre 1993 y 1996 se desempeñó como embajador ante Brasil. Además de lo cual fue viceministro de defensa y de relaciones exteriores, secretario de industria y comercio, síndico en Servicios Eléctricos del Gran Buenos Aires (SEGBA), secretario de recursos hídricos, vicepresidente de la Corporación de Empresas del Estado, secretario del Consejo Federal de Inversiones. A partir de 2002 y durante 4 años fue director del Banco Mundial.

Es la quintaesencia del economista aplicado. Se distingue por ocuparse de cuestiones relevantes, y de ir a fondo con el diagnóstico y las propuestas. No sólo no le molesta sino que busca impactar, pero sin perder rigor ni relevancia. Cuando argumenta a favor de que los precios reflejen las escaseces, o que la escuela pública vuelva a jugar el rol de facilitador de la movilidad económica y social, su ascendencia itálica le aflora con la misma facilidad con la que le afloraba a Franco Modigliani. Fue pionero en Argentina en advertir que, de la mano de Deng Xiao Ping, en China “estaba pasando algo”.

La conversación que sigue comenzó personalmente en Buenos Aires, el 17 de julio de 2009, y continuó a través del correo electrónico.

Dónde naciste, a qué se dedicaba tu papá?

Nací en un conventillo ubicado en la calle Danel y Garay, cerca de Parque Patricios.

Mis padres eran muy humildes. Mi papá era un obrero en la industria del calzado. Mi abuelo, inmigrante italiano, se había radicado inicialmente en el norte de la provincia de Santa Fe, estuvo en la policía, se nacionalizó en 1900, formó parte del primer gobierno radical que hubo en Argentina, que fue el del gobernador Menchaca en Santa Fe. Después la familia se mudó a Buenos Aires.

Cuando yo tenía 2 años mi madre contrajo tuberculosis, por lo cual estuvo internada durante 3 años en un hospital público. Con mi padre me fui a vivir con mis abuelos, a la calle Loria 1468 (enfrente vivía Catulo Castillo). Era un barrio muy interesante, con mucha vida local. Había una fuerte influencia del Partido Socialista, funcionaba una biblioteca popular (Florencio Sánchez), muchos inmigrantes italianos y españoles. De mi primera infancia recuerdo las memorias de la Guerra Civil Española, la Segunda Guerra Mundial y la irrupción del 17 de octubre de 1945.

¿Hermanos?

Tuve una hermana mayor, que falleció de tos convulsa. El primer recuerdo consciente que tengo, cuando ella murió yo tenía 2 o 3 años, es la atmósfera de depresión que había en mi casa, a raíz de esto. Luego nació un hermano, Norberto, 13 años menor que yo.

Te conocí muchos años después, y para nada pareces depresivo. ¿Cómo superaste el fallecimiento de tu hermana y la interacción de tu mamá?

A pesar de la desgracia de la enfermedad de mi madre, me crié en una familia que tenía gran sentido del humor, un gran sentido de la vida. Una familia altamente politizada. Los domingos, en las comidas que servía mi abuelo estaban las 3 posiciones. Mi abuelo era fascista, mi tía abuela liberal republicana y un tío mío socialista comunista. Me pasé 5 años escuchando discutir a liberales contra comunistas y fascistas y recíprocamente. Había mucha preocupación por la cuestión pública.

Todo me hace pensar que sos un producto de la educación pública.

Correcto. Recibí toda mi educación en institutos públicos. Comenzó en la escuela José Federico Moreno (como decía la canción, “fue José Federico Moreno prototipo argentino y varón”), ubicada en la calle Humberto Primo entre 24 de Noviembre y General Urquiza.

En mi vida la Iglesia tuvo mucha influencia. A los 6 años mi familia me llevó al Centro Parroquial de la iglesia Santa Cruz de los Padres Pasionistas, para estar contenido. Aprendí el catecismo, la primera comunión y mi incorporación como monaguillo. Me pasé 5 o 6 años de mi vida yendo diariamente a la iglesia, a las 6 de la mañana, para ayudar misa.

¿Qué recuerdos tenés de la escuela primaria?

Algunos de mis maestros eran correctores de prueba de La Nación, lo cual no era un hecho menor. Eran grandes gramáticos. Era una escuela de calidad, muy integradora porque estaba todo el barrio: el hijo del turco, el hijo del gallego, el hijo del ruso, junto al hijo del abogado, al del médico y al del escribano. Una gran síntesis social. Sobre todo en un barrio como ese, de clase media baja bastante uniforme. No había ni ricos no tampoco excluídos en el sentido moderno del término.

¿Dónde cursaste la escuela secundaria?

En el Comercial No. CINCO, cuyo rector era Julio César Levene. Tuve que rendir examen de ingreso. Esto significó que durante enero y febrero de 1945 trabajé de cadete de un mecánico dental, el cual me pagaba m$s 15 mensuales, de los cuales la mitad se los daba al maestro (el “Bebe” Rodríguez, todavía nos vemos, gran amigo), quien a la tarde me enseñaba básicamente matemáticas, que era la prueba decisiva. Aprobé (traigo esto a colación porque los que no aprobaban iban a estudiar al “Incorporado”).

Era una escuela brillante. Había mucho esfuerzo, profesores que ameritaban mucho respeto. Cursé 3 años porque al cuarto año me pasé al turno noche, para poder trabajar durante el día. De manera que concluí la escuela de comercio en el Mariano Moreno nocturno. Ya tenía 16 años y en el tipo de familias como la tuya o la mía a esa edad había que trabajar.

A través de un conocido suyo mi viejo consiguió que yo ingresara a Agua y energía Eléctrica de la Nación (AyEE), que acababa de ser creada al fusionarse las Centrales Eléctricas del Estado y la Dirección de Irrigación. De manera que mi vinculación con el sector energético comenzó en 1948.

Ingresé a AyEE como cadete y durante 15 días me desempeñé como peón de limpieza (después logré que me pasaran a la oficina). Entrábamos a las 6 y media de la mañana y a las 7 desayunaba con los otros ordenanzas. Escuché una discusión entre un ordenanza viejo y otro joven. El primero explicó la creación de AyEE en los siguientes términos: “Centrales Eléctricas del Estado tenía millones de presupuesto, y la Dirección de Irrigación tenía billones de presupuesto. Juntaron los millones con los billones, hicieron los trillones… y se afanaron la mitad”. [Risas]

 

En aquella época, dado tu origen económico-social, era cantado que si luego del secundario ibas a ir a la universidad, estudiarías para contador.

La decisión estaba tomada de antes. Los hijos de familias como las nuestras enviaban a sus hijos a estudiar para perito mercantil, porque el chico tenía que ir a trabajar. ¿Cuál era el razonamiento? Si no va a la universidad tiene que ser perito mercantil. El nacional era una escuela pública abierta, pero que suponía necesariamente ir después a la universidad, lo cual en mi caso no estaba asegurado. Cuando me recibí vi que podía continuar mis estudios en la facultad de ciencias económicas de la UBA, donde ingresé en 1950.

¿Estudiaste para contador porque te volvía loco la carrera, o porque no había opción?

Fue un proceso natural. Primero, me gustaba. Segundo, le veía perspectivas de trabajo (como te dije ya estaba trabajando en AyEE, donde para esa época ya ayudante de auditor. Tan es así que en 1950, al tiempo que ingresaba en la UBA, estuve 200 días en el interior del país, colaborando en las auditorias, inspecciones, etc.).

Por otro lado el programa de estudios en ciencias económicas era bastante amplio. No sólo había materias de contabilidad sino también de derecho, historia, filosofía; era una carrera bastante abierta.

Leyendo biografías de economistas uno encuentra colegas que llegaron a la profesión por casualidad, por curiosidad intelectual, por motivación política, como consecuencia de la Gran depresión de la década de 1930, etc. ¿Cuál fue tu caso?

Nunca tuve una crisis vocacional. Había varias razones por las cuales me sentía cómodo en la facultad. La primera, obvia, era que veía en el estudio un mecanismo para tener ingresos propios. La segunda: cuando yo estaba en la escuela secundaria militábamos en la Acción Católica. Esos centros eran semilleros de ideas, de discusiones, con inquietudes basadas en la Doctrina Social de la Iglesia. Cuando uno se involucra en todo esto naturalmente se interesa por los temas sustantivos de la economía, no tanto de la contabilidad.

De manera que cuando ingresé a la facultad tenía 2 cosas claras: que iba a buscar un título profesional, que me permitiera mejorar mi nivel de ingreso, y también que iba a tener abierto un campo para analizar los temas que se estaban discutiendo en ese momento, particularmente Encíclicas como Rerum Novarum, Quadragesimo Anno, etc.

¿De qué profesores o materias de la UBA tenés un especial recuerdo?

En derecho constitucional Pablo Ramella, en economía [Cesar H.] Belaunde, en introducción a la filosofía también tuve un gran profesor. Asimismo recuerdo los cursos de historia (en especial el que dictaba Luis Santiago Sanz), el de geografía económica a cargo de Lorenzo Dagnino Pastore (el padre de José María), y los de estadística y matemáticas. No recuerdo algunos apellidos pero tengo muy presentes las figuras.

A la luz de lo que aprendiste después; ¿cómo calificarías la enseñanza que recibiste en la UBA?

Buena. Probablemente le faltaran más horas, y más dedicación, a temas rigurosos del análisis económico, pero la formación básica era muy abierta, muy estimulante.

Ingresaste a la UBA en 1950, de manera que estudiante durante la presidencia de Juan Domingo Perón. ¿Cuán “peronizada” estaba la facultad entonces?

Muy poco, en la universidad muy poco. Eso fue mucho más un tema de la escuela primaria y secundaria.

El primer día que entré en la facultad estaban Acción Reformista, Unión Reformista, AUCE, todos repartiendo volantes y absoluta libertad. Ciertamente que el centro de estudiantes estaba afiliado a la FUBA, y no tenía contacto directo con las autoridades.

En la universidad había bastante vida propia. Recuerdo actos cuando se produjo la invasión de Guatemala, en 1954, para derrocar al presidente Jacobo Arbenz Guzmán.

Las cosas se radicalizaron en 1954. Formé parte de la Agrupación Humanista de la facultad y consiguientemente participé en la huelga que se hizo a fines de dicho año. En ese momento comenzaron en el peronismo una serie de problemas, el movimiento se va disgregando y termina como termina.

Te graduaste en 1957. ¿Qué pasó entre ese momento y el Magister en economía que cursaste en Ecolatina, en la Universidad de Chile, donde te graduas en 1961?

Ir a Chile fue una decisión muy importante para mí. Estaba casado y haciendo carrera en un grupo económico pujante, el grupo SASETRU, al cual había ingresado en 1953, después de haber sido declarado cesante en AyEE en 1952, por haber sido fiscal por el radicalismo en las elecciones de noviembre de 1951. Hacia 1957 el grupo había crecido mucho, se había capitalizado, y yo ganaba muy bien.

Pero decidí dejar esta carrera para dedicarme al estudio pleno. Para lo cual me fui a Chile en 1959, con una beca de la UBA.

¿Qué era “economía”, en ese momento, en Ecolatina?

Ecolatina estaba financiada por la fundación Rockefeller y había profesores americanos. Había un gran debate en la Escuela de Economía de Chile, que dividía a los economistas: estaban los que querían estudiar álgebra lineal y los que querían estudiar cálculo diferencial. Los planificadores querían estudiar algebra lineal, porque pensaban en términos de matrices de insumo-producto, optimización, etc.; mientras que los que preferían senderos más convencionales preferían estudiar cálculo diferencial, porque es una herramienta básica para entender la teoría microeconómica. La línea divisoria era ideológica.

¿Esto quiere decir que a la historia ya no se le prestaba ninguna importancia?

Por el contrario, tomé cursos muy importantes con Claudio Véliz sobre historia chilena e historia universal. Aprendí a mirar a la Argentina desde la historia chilena, lo cual ayuda a entender algunos fenómenos, por ejemplo, la Campaña del Desierto. Esta Campaña se hizo cuando el ejército chileno estaba embarcado en la Guerra del Pacifico. Si el ejército chileno no se hubiera ido a pelear a Bolivia y Perú, [el general Julio Argentino] Roca nunca hubiera llegado al río Colorado.

Mientras estaba en Chile ya estaba vinculado con Guido [Di Tella], quien iba con frecuencia a Santiago por cuestiones de negocios. Porque yo había trabajado antes con él en la Democracia Cristiana. Me invitó a incorporarme al Instituto [Torcuato Di Tella, en adelante ITDT] que acababa de fundar.

Obtuve una beca del CONICET. Conseguí ingresar a la universidad de California, en Berkeley, a través de un profesor de dicha universidad que pasó por Santiago haciendo reclutamiento. Llegué a California en enero de 1962.

¿Tuviste alguna otra oferta, o era Berkeley o nada?

La escuela era buena, el clima era bueno, amigos como Adolfo Canitrot ya estaba en Stanford y Miguel Murmis en Berkeley.

¿Dónde habías aprendido inglés?

Hice cursos mientras estaba en Chile. Pero me costó muchísimo. Es más, es el día de hoy que me cuesta muchísimo.

¿Con qué actitud llegaste a Berkeley?

De humildad. Acá están los sabios, me dije. Dale Jorgenson en econometria, Carlos Cippolla en historia, el húngaro Tibor Scitovsky en teoría de los precios, Gerard Debreu en programación lineal y David Landes en historia. A Jorgenson luego lo trajimos a Buenos Aires, me dirigió la tesis.

¿Cuándo tuviste que elegir campos de estudio, qué hiciste?

Claramente me volqué a economía aplicada. Nunca me consideré dotado para la elucubración abstracta teórica. Siempre quise entender herramientas para utilizarlas en decisiones de política económica. De ahí mi tesis, referida a las tarifas que cobraba SEGBA. Me había entusiasmado con la denominada tarifa verde, desarrollada por los marginalistas franceses, que siempre fue un modelo del capitalismo de Estado. Más allá de juzgar si es beneficioso o no, la cuestión es: si hay capitalismo de Estado, qué cosas hay que hacer. Y esto los franceses lo tomaron en serio. La élite que tenían, formada en las Escuelas Politécnicas, estaba metida en Electricidad de France, en Gas de France, en Carbón de France, en los ferrocarriles, etc. Tradición que viene de lejos, de [Jules] Dupuit, cuyo trabajo fue publicado en los Anales de puentes y canales. Lo conocí personalmente a Marcel Boiteaux.

Tuve suerte porque cuando volví a Argentina tenía que hacer la tesis y tenía problemas muy serios para conseguir información. No era fácil obtenerla porque era información muy precisa. Ejemplo, cuánto combustible gastaba determinada unidad generadora. Estaba bastante trabado hasta que a mediados de 1966 Jorge Néstor Salimei (uno de los propietarios del grupo SASETRU) fue nombrado ministro de economía. “Yo quiero ir a SEGBA”, le contesté cuando me preguntó qué cargo quería ocupar. Me nombraron síndico y así pude conseguir la información.

Te conocí en el ITDT.¿Cuál es tu visión del Instituto?

El ITDT es una gran creación de Guido, quien jugó un papel muy importante en Argentina porque ayudó a desarrollar un conjunto de economistas muy vinculados con los problemas del país, algunos de alto vuelo abstracto como Rolf Mantel, la mayoría conectados con la problemática del país. Estoy pensando en Héctor Luis Diéguez, José María Dagnino Pastore, Mario Brodersohn, Alberto Petrecolla, Adolfo Canitrot, Javier Villanueva, Miguel Almada, Eduardo Zalduendo, etc. Todos sus trabajos consistieron en la aplicación de principios económicos bien razonados, a problemas de crecimiento, desarrollo, integración, equidad social en Argentina.

¿Había en el Instituto una “preferencia por la heterodoxia” en sí misma?

No había heterodoxia, lo que había era garra por ocuparnos de los problemas grandes. Además, por diversas circunstancias históricas, todos estuvieron vinculados con hechos públicos, todos integraron diversos gobiernos. En una época donde se valoraban los institutos de planificación como el Consejo Nacional de Desarrollo (CONADE).

La idea básica era que había que aplicar los conocimientos para hacer un país mejor, mejorar la inversión pública, la estructura tributaria, etc. Siempre estábamos planteando interrogantes, y los instrumentos que se adquirían eran para aplicarlos a resolver los interrogantes que planteaban las políticas concretas.

Pasemos a tu experiencia profesional. Primero como profesor, luego como funcionario público. Enseñaste en la UCA, en la UBA, en el ITDT, etc. ¿Qué materias dictaste con más frecuencia, y qué te proponías lograr en los cursos?

En la UCA comencé enseñando estadística para economistas, una cuestión que me interesaba. Siempre envidié cómo lo manejaban en Tucumán, siempre tuve gran respeto por [Adolfo César] Diz y la gente que había introducido la estadística inferencial. Porque lo que YO había estudiado en la facultad era la estadística descriptiva, pero con poco desarrollo de tests de hipótesis.

También me interesaron los temas de microeconomía, sobre todo micro aplicada, y por este camino terminé en evaluación de proyectos. Este fue un campo que lo trabajé durante mucho tiempo, me vinculé al Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y enseñé mucho en América Latina (en Bolivia, Perú, Paraguay, Nicaragua, Honduras y República Dominicana).

 

El curso más divertido que recuerdo lo dicté en la UCA, durante la década de 1980. Todavía se discutía el socialismo y la asignación de recursos en regímenes socialistas. Utilicé 2 textos: uno clásico de finanzas, que se utilizaba en Harvard, y otro escrito por [Leonid Kantorovich sobre cálculo económico. El objetivo del curso era muy simple: demostrar que ambos textos decían lo mismo, aunque utilizando lenguajes distintos. Kantorovich nunca hablaba de tasa de interés ni de tasa interna de retorno, pero a través de un lenguaje elíptico decía lo mismo.

Esa similitud sugiere que hay planteos “meta institucionales”, frente a lo cual se podría decir que las instituciones son claves. Yevsei Liberman en 1962 sugirió que para conseguir resultados, en la Unión Soviética no bastaba con distribuir medallas “stajanovistas”.

Kantorovich y Liberman estaban en la misma línea. Lo que quedaba claro es que ellos no se atrevían a decir todo lo que habían descubierto.

Cuándo te plantabas frente a tus alumnos; ¿qué es lo que creías que debías hacer, y qué no?

El objetivo de un curso tiene que ser que el alumno aprenda a conocer los temas, a estudiar. Por eso siempre me negaba a contestar preguntas. A veces la respuesta frente a alguna pregunta era “tráigame usted la respuesta la semana que viene. Lea esto, esto y esto”.

Obviamente hay que presentar los temas, ser orgánico y encauzar la actividad, pero en la enseñanza superior el objetivo tiene que ser desarrollar la actitud de entender las cuestiones. Si uno se limita a contestar las preguntas, la enseñanza se vuelve muy automática; en cambio cuando uno confronta al estudiante con la búsqueda de la respuesta a su propio interrogante lo está ayudando a crecer.

Hablemos ahora de tu paso por la función pública, que  fue extenso.

Efectivamente. Como te dije, cuando durante el segundo semestre de 1966 Salimei ocupó el ministerio de economía, fui síndico de SEGBA y secretario general del Consejo Federal de Inversiones. Pero estuve muy poco tiempo.

Aproveché 1967 para terminar la tesis e ir a la universidad de Chicago. Una persona que siempre influyó mucho en mí fue [Arnold Harberger. Alguien excepcional, altamente comprometido. Siempre valoré su sentido común, ir al meollo de los problemas.

A propósito: ¿vos crees que se lo acusa injustamente, dada su participación en la formación de los “Chicago boys” chilenos?

No sé, yo lo conozco y sé que no puede ser caracterizado como alguien de derecha. Tiene un profundo sentido de la justicia, la equidad y la igualdad. Lo que pasa es que no come vidrio, no dice tonterías. Pero si uno analiza bien sus propuestas tienden siempre a ampliar la equidad, mejorar la igualdad de oportunidades, un hombre con un sentido muy claro de la justicia. Pero la justicia a partir de la realidad de las cosas, no a partir de fórmulas impracticables o inconsistentes.

Estuve un trimestre en Chicago, tuve la oportunidad de conocer personalmente a Milton Friedman, Harry Johnson, Harberger, Larry Sjaastad. Como yo ya estaba graduado, viste como son los americanos una vez que te recibiste te consideran un par, así que participé de la mesa de los viernes.

Volvamos a tu paso por la función pública.

Cuando a comienzos de 1969 José María Dagnino Pastore pasó del ministerio de economía de la provincia de Buenos Aires al CONADE, lo sucedí. Ahí estuve un par de años. Luego cuando Aldo Ferrer ocupó la cartera de obras públicas, me convocó para secretario de recursos hídricos. Durante la gestión de José Ber Gelbard tuve un cargo menor, de asesor en la Dirección General Impositiva; y cuando Antonio Cafiero y Guido Di Tella llegaron al ministerio me nombraron vicepresidente de la Corporación de Empresas del Estado (básicamente interactuaba con Guido y con Diéguez).

Diéguez era un gran secretario de coordinación, porque además de ser un economista muy sólido era un gran burócrata. Uno veía a los secretarios de Estado haciendo fila para verlo y cómo resolvía los problemas, mucho sentido común.

Adolfo Canitrot dijo que trabajar con Diéguez es como jugar en la delantera de un equipo sabiendo que lo tenés a Perfumo atrás.

Coincido.

En febrero de 1976 todo el equipo Cafiero se retiró del gobierno.

Volví después de Malvinas [mediados de 1982]. Ingresaron al gobierno Dagnino Pastore y Conrado Bauer. Pastore me convocó para economía, pero me fui con Bauer quien me convocó para energía. Otro gran ministro Bauer, un hombre muy sólido, muy honesto, con mucho sentido común. Permanecí en la secretaria de energía hasta diciembre de 1983.

En 1987, cuando de la mano de Cafiero llegó la renovación peronista, volví al ministerio de economía de la provincia de Buenos Aires.

Cuando Guido volvió de la embajada de Estados Unidos me convocó para que lo acompañara en defensa, como viceministro. También lo acompañé como número 2 a la Cancillería, a cargo de cuestiones económicas externas. A partir de 1992 fui embajador ante Brasil.

Había hablado con Eduardo Duhalde para ser secretario general de la gobernación. Volví a mediados de 1996, cuando se produjo una crisis, a raíz de la renuncia de Domingo Cavallo al ministerio de economía. Me ofrecieron el cargo pero lo decliné, aunque en rigor no fue un ofrecimiento en firme. Sí acepté ser secretario de industria y comercio hasta la finalización de la presidencia de [Carlos Saúl] Menem.

Volví después de la crisis. Curiosamente, ejercí un cargo para el cual nunca se dictó el decreto de nombramiento, durante la presidencia de Adolfo Rodríguez Saá. Acompañé a José María Vernet durante 3 días, pero después todo voló por el aire.

Durante la presidencia de Duhalde durante un semestre volví a ocupar la secretaria de energía, luego de lo cual durante 4 años fui director del Banco Mundial.

¿Cuánto de lo que aprendiste en la facultad y en el ejercicio profesional volcaste en la función pública?

El tipo de formación que tengo, que no es teórica-abstracta sino aplicada, me sirvió muchísimo. No podría haber sido secretario de energía sin haber tenido esa formación. Entendía bien la naturaleza de los problemas, y esto me permitía dar soluciones burocráticas consistentes con un criterio de optimización.

Ejemplo: había una norma de control del gasto de las empresas públicas, según la cual “los gastos no pueden superar en más de 10% a los del año pasado”. Una norma rígida. Voy a la refinería de La Plata y veo que los funcionarios, en lugar de comprar gas para sus procesos, gas que se estaba venteando, autoconsumían el fuel oil que Argentina podía exportar. ¿Por qué hacen esto?, pregunté. “Porque si compramos gas incide en la cuenta de gastos, pero el fuel oil es autoproducido”, me contestaron. Pero resulta que el gas se venteaba mientras que el petróleo lo podíamos exportar, un absurdo desde el punto de vista del costo de oportunidad. Entonces cambiamos la norma.

La otra cosa importante en ese momento fue la gasificación, que logramos vía el correspondiente cambio en los precios relativos. Siempre pensé que los productos exportables debían tener precios de frontera. Y esto generó un proceso de conversión.

En tu obra escrita, además de los temas energéticos destaco el libro que escribiste luego de visitar China y tus trabajos sobre educación.

Viajé a China en 1986. Aproveché un congreso de energía que tuvo lugar en Tokio, para permanecer un par de meses en China. El viaje consistió esencialmente en conversaciones con burócratas de nivel medio superior, no el número 1 pero tampoco el número 8, quizás el 3 o el 4.

Me di cuenta que los chinos estaban haciendo un cambio, jugando con las palabras. Claramente ellos iban hacia una economía de mercado, basado en el sistema de precios, pero con mucha inteligencia. Aprendí de ellos distinguir el pasado del futuro. Cuando liberaban un sector, no liberaban la totalidad sino el excedente; lo viejo quedaba bajo el régimen anterior, lo nuevo se regía por las nuevas reglas de juego.

El caso clásico fue la entrega de tierras bajo el sistema de enfiteusis. Los campesinos estaban obligados a entregar las cuotas fijadas de producción, pero todo el aumento era libre. Comenzó gradualmente el desmonte de todas las rigideces anteriores, sin shock.

De la lectura de los documentos chinos quedaba claro que estaban “metiendo la mula”. El documento básico del 13º Congreso del Partido dice que “la lucha por la igualdad es irrenunciable en el comunismo y en el socialismo, pero a la igualdad total se llega por oleadas sucesivas, algunos llegan antes que otros” (Risas). A mí me parecía un cinismo total.

La respuesta de Deng Xiao Ping al periodista de Newsweek, cuando inauguró la bolsa de Shanghai, referida a si ésta era la primera etapa del capitalismo fue: “falso, es la última etapa del socialismo”.

Quedaba claro que ellos iban a la democratización. Percibí que así como [Paul Anthony] Samuelson había dicho que el modelo chileno de crecimiento de [Augusto] Pinochet era leninismo de mercado, el sistema chino también era leninismo de mercado. ¿Cuándo podrá avanzar una economía de mercado sin resquebrajar el sistema de partido único? sigue siendo una cuestión pendiente.

En 2008 el Banco Mundial publicó un documento en el que colaboraron varios premios Nobel, quienes se preguntaron por qué algunos países crecen y otros no. Entre los factores que enumeraron, además de los conocidos, incluyeron el “régimen democrático republicano”. Bueno, la gran paradoja moderna es que el país que más creció no es precisamente democrático.

El tema educativo.

El crecimiento pasa por optimizar el uso del capital. En muchas estructuras Argentina destruye capital humano. Si la conclusión de los estudios secundarios, y particularmente terciarios y universitarios, depende de la situación socio económica de los padres, esto significa que el país pierde -de entrada- el 50% de sus recursos humanos. De manera que aún desde un cálculo estrictamente eficientista la no universalización del acceso a la educación es una forma de destruir capital humano y por lo tanto va contra el progreso económico.

Por consiguiente no solamente por consideraciones sociales sino también económicas me interesé por la cuestión y llegué a la conclusión de que hoy Argentina tiene un sistema educativo absolutamente dual, cristalizado, el cual más o menos 70% de los alumnos concurre a escuelas públicas y el resto a escuelas privadas. Y consistentemente todo indica que las escuelas públicas son cada vez peores, generándole un margen creciente a las escuelas privadas. Si no tenemos igualdad en el acceso a la educación difícilmente podamos hablar de algún otro tipo de igualdad.

Consiguientemente la educación es clave para tener una eficiente acumulación de capital humano y al mismo tiempo que se plantee la igualdad de oportunidades, no la igualdad de resultados.

¿Qué conspira contra esto?

Muchas cosas, una de las cuales me irrita profundamente. Miremos, sin ir más lejos, a Brasil y a Chile. Todos los años los brasileros hacen evaluaciones de calidad de la enseñanza primaria y secundaria. ¿Cuál es el objetivo? Publicar los resultados para que los padres de los alumnos, las autoridades locales, etc., sepan lo que pasa en todos y cada uno de los colegios.

Los chilenos hacen lo mismo. Los resultados de la prueba de suficiencia universitaria, que es la que toman a través de la Universidad de Chile para poder ingresar a la universidad, se publican escuela por escuela. Todo el mundo sabe cómo les fue a los egresados de cada escuela.

En Argentina, por gran mayoría parlamentaria, se aprobó el artículo 97 de la ley federal de educación, que prohíbe expresamente publicar los resultados agrupados por escuela. Esto implica una hipocresía total. Alguien tiene interés en que no se sepa qué es lo que pasa, y esto no generó ninguna reacción social: no he visto asociaciones de padres, políticos, etc., promoviendo la derogación del artículo 97. Y esto no es un tema menor. Si no se explicita la calidad no se pueden generar mecanismos de incentivos para mejorar la calidad.

Yo no quiero comerme los chicos crudos, quiero que DESAPAREZCA la escuela mala, la escuela sin escolaridad, la escuela sin días de clase; ésa es la que se está comiendo los chicos crudos. Se está comiendo a los chicos pobres crudos. En los últimos 6 años la matrícula pública en la provincia de Buenos Aires perdió 100.000 alumnos, en tanto que la matrícula privada aumentó en 110.000. Cuando gente humilde comienza a sacar a sus hijos de las escuelas públicas, para enviarlos a las escuelas privadas, donde tiene que pagar haciendo enormes sacrificios, algo está pasando. Le estamos dejando la escuela pública a quienes no tienen ninguna opción.

El incumplimiento del calendario escolar en Argentina es terrible. La ley federal de educación sancionada en 2003 establece 180 días de clase por año. No se cumplió nunca. En 2008 sólo 2 jurisdicciones cumplieron la ley: las provincias de Buenos Aires y Chubut. Los chicos del Chaco en los últimos 4 años perdieron 130 días de clase.

Hablemos de la doble escolaridad. En Chile más de 90% de los alumnos de escuela primaria tiene doble escolaridad, es decir, más de 180 días anuales de clase, 6 o 7 horas diarias. En Argentina sólo 5% de los alumnos tiene doble escolaridad (1,6% en el conurbano bonaerense).

La diferencia entre escolaridad simple y doble es demoledora. Cuando termina el ciclo primario un chico chileno acumuló conocimientos equivalentes a 3 años de horas de clase con respecto a su par argentino. Esto se nota en los resultados. En las pruebas PISA entre 2000 y 2006 el país que más mejoró fue Chile y el que más retrocedió fue Argentina. Entre 57 países, en las pruebas internacionales Argentina figura en el lugar 54, siendo sólo superada por Qatar, Azerbaiján y Kirguizistán.

Las pruebas de UNESCO de laboratorio de Santiago de Chile, donde tradicionalmente en matemáticas los estudiantes argentinos primarios y secundarios eran segundos detrás de Cuba, hoy figuran séptimos.

La prueba nacional de evaluación que hace el ministerio de educación divide a los estudiantes en 3 categorías, según que su rendimiento sea alto, medio y bajo. El bajo es prácticamente insuficiente. En matemáticas la mitad es insuficiente, pero en Formosa, en las escuelas estatales, el 80% es insuficiente; Capital Federal, escuelas privadas, 5% insuficiente.

Por eso digo que tenemos un régimen dual, cada vez más cristalizado, cada vez más rígido. La nueva clase dirigente… con 30% de la matrícula en las escuelas privadas, tienen asegurados todos los cargos directivos. Ahí está toda la estructura del poder del futuro.

Por eso cuando los llamados izquierdistas pretenden que el Estado argentino se dedique a estatizar empresas, a mí me molesta mucho. Porque para poder estatizar empresas necesitamos 100% de los alumnos con doble escolaridad, sin exclusión social. Entonces podremos hacer capitalismo de Estado.

¿Qué consejos les das a los estudiantes de economía y a los economistas jóvenes?

A todos les digo que trabajen con los instrumentos de la teoría y de la política económica para hacer un país más prospero y más inclusivo. Que apunten al bien común.

Los economistas teóricos son importantes pero el grueso de la profesión tiene que tratar de introducir racionalidad y cálculo económico para que el país crezca más y sea más equitativo. Ingredientes para que la sociedad sea más feliz.

Para mi gusto hay demasiado énfasis en temas financieros, en detrimento de los temas de la economía real, asignación de recursos, etc. Junto a los temas aplicados: a mí me gustaría ver economistas ocupándose de economía minera, del transporte ferroviario, de economía de la salud, que son las cosas que hay que modificar. A veces los criterios de decisión son muy erróneos, y en materia económica los errores son costosos.

Aquí hay retrocesos. En Argentina costó mucho introducir la idea de que la inversión pública debía estar sometida a un análisis de costos y beneficios. Esto se logró en la época de Cavallo, cuando se dictó la ley de inversión pública y se creó una dirección en el ministerio para aprobar los proyectos, pero todo esto volvió para atrás.

Esto tiene mucho que ver con la administración pública. Se ha producido un retroceso en los cuadros técnicos de la administración, y lamentablemente hubo entidades internacionales que buscaron ayudar pero terminaron perjudicando. Particularmente Naciones Unidas. Sus programas de cooperación en el fondo estaban bien orientados, pero a veces sirvieron para desmantelar o no desarrollar como hay que desarrollar un servicio civil altamente competente.

Alieto, muchas gracias.

A vos.

 

 Esta nota fue publicada originalmente en Revista de Economía y Estadística, Vol 47 (Nº 2) 2009 y  se reproduce en Foco Ecoónimo con autorización de los Editores en Jefe.

 

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