La burla de la realidad. Por Sergio Berensztein

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Nota publicada originalmente el 12/07/2015 en el periódico Perfil.

Casi como en una comedia de enredos, el proceso electoral se configura de una forma tan inusual que sus principales protagonistas se ilusionan con que los errores propios tengan menor costo que los de sus adversarios. Contradiciendo esa venerable regla de potrero, ahora el que se equivoca no pierde: sólo debe esperar hasta que su error sea compensado por una macana aun peor por parte de su eventual contrincante. Que, dado el calendario electoral y ese peculiar y cambiante caleidoscopio llamado coyuntura, puede convertirse, más temprano que tarde en un flamante compañero de aventuras.
Se trata de un sistema político en estado gaseoso, en el que los acuerdos son siempre transitorios. Y los actores (generalmente a título individual, a veces arrastrando pequeños grupos aferrados a engranajes asociativos oxidados, con identidades precarias y degradadas) encuentran albergue dentro de un determinado “espacio”, encantador neologismo que pone de manifiesto que los partidos políticos se extinguieron como resultado del autodestructivo devenir de esta trunca transición a la democracia.

En este entorno de personalismos extralimitados, con nombres de pila que sepultaron los apellidos (Cristina, Daniel, Mauricio, Sergio, Margarita), impera casi siempre el pragmatismo. A menudo se mechan los caprichos y las ideas fuerza de algunos influyentes que tiñen el mapa cognitivo de los candidatos hasta que las vicisitudes de la competencia imponen un baño de realidad (más que de humildad, atributo siempre escaso en estos lares). Ahí se desvanecen algunas esperanzas, se descartan las primeras prioridades, pierden peso las recomendaciones de manual y reaparecen los temores a perder, las ganas de pelear, de mostrarse tal como uno es, de ser genuino aunque eso implique contradicciones, ruidos estéticos o, incluso, “desperfilarse”. “Hago la mía, me la juego, muero con las botas puestas”. No por mucho tiempo: enseguida regresan el tono conciliador, las caras de nada, los discursos vacíos, el yira yira de las redes sociales y los estudios de televisión.

El sistema político argentino funciona siempre así de mal, aunque se nota más en coyunturas electorales, con los mecanismos de acceso al poder en marcha. Puede que sean menos visibles, pero las malas decisiones de los gobiernos tienen consecuencias mucho más desastrosas en el largo plazo. Cuando se trata de ejercer la autoridad, los efectos de las políticas implementadas por gobiernos elegidos democráticamente pero presos de la ignorancia o los caprichos, de las ideologías o los criterios cortoplacistas y anacrónicos, son predatorios. Destruyen valor, producen pobreza y marginalidad y desalientan el esfuerzo individual, la inversión y el desarrollo equitativo y sustentable.

Creyéndose la salvación. Tarde o temprano, todos los protagonistas caen en la misma trampa. Para llegar al poder, entran (como diría el Chavo, “sin querer queriendo”) en el vale todo. Creen que no tienen opción, se justifican diciendo “y qué querés que haga”. Es la supervivencia del día a día, supuestamente del más apto. Reina la incertidumbre y esta puja electoral, que recién empieza, no tiene un final anunciado.

Le pasó a Daniel Scioli cuando, en su raudo proceso de hiperkirchnerización tardío, logró desembarazarse de Florencio Randazzo, el único contrincante que por un ratito osó criticarlo. El precio fue abandonar sus posturas moderadas y alejarse del votante independiente que, como en todas las elecciones presidenciales, constituye el segmento que definirá la contienda. Ahora trata de volver a ser el verdadero Scioli, fotografiándose con economistas previsibles, jugando a fondo con la dama (Karina), con el rating en la mano y Pimpinela en el corazón. Nadie sabe si eso alcanzará, sobre todo por el enigma que significa la inclusión de Carlos Zannini en la fórmula. Para algunos, es un activo tóxico. Para otros, quedará desplazado por el protagonismo de Cristina a lo largo de la campaña.

Le pasó también a Mauricio Macri, más filoso que de costumbre y descubriendo que todo es más complejo de lo que parecía o, por lo menos, de lo que le habían avisado. En Santa Fe, en Córdoba, en Mendoza por el despechado Cobos. Hasta en la misteriosa Buenos Aires, donde sus aliados no logran disciplinar a ese obstáculo impredecible, un Martín Lousteau convertido en su propio Randazzo (a propósito, fueron compañeros de ruta en el gabinete de Felipe Solá e ingresaron juntos al de Cristina en diciembre de 2007). Sorprendió Macri con su reacción continuista: no me sirven las reglas existentes, entonces las cambio. En la mejor tradición K, incluso menemista, Macri reclamó una reforma de la Constitución porteña para replicar esa rareza noventista de que se puede ser presidente con sólo el 45% de los sufragios. ¿Para qué compitió Federico Sciurano contra Rosana Bertone en Tierra del Fuego? Un Duran Barba ahí, urgente.

Le pasó también a Sergio Massa, bastante antes. Un esquema de toma de decisiones demasiado personalista le impidió consolidar la inmensa cuota de poder y prestigio que había logrado tras liquidar los desvaríos hegemónicos de Cristina. Intenta recuperarse luchando desde atrás, tratando de recoger los heridos que dejó el cierre de listas, sacando pecho con la capacidad de fiscalización que le falta a Macri. Y como se trata de una carrera similar a las de los gloriosos Autos locos, nadie se anima a descartarlo del todo. Aunque su socio en UNA, José Manuel de la Sota, reciba ofertas del sciolismo para sumarse después de las PASO.

Hemos recorrido más de tres décadas llenas de palabras vacías, experiencias frustradas, esperanzas tan genuinas como etéreas. Seguimos siendo víctimas y (algunos), sin querer, victimarios de un marco institucional famélico, desvencijado, incapaz de resolver las cuestiones más elementales de la agenda ciudadana, que constituye el principal problema que frena el desarrollo y compromete nuestra convivencia. Muchos creen que individualmente, a puro coraje y convicción, lo pueden cambiar. Que son la solución. Tarde o temprano terminan siendo parte del problema.
Los conflictos de coordinación son los más complejos y habituales en todas las sociedades. Nadie tiene una solución definitiva y perdurable. Se trata de diseñar mecanismos institucionales que regulen los conflictos, faciliten los acuerdos a través de incentivos para la cooperación e incrementen los costos de la confrontación. Traducir este principio no es sencillo, pero es mucho más caro y negativo continuar esta inercia de decadencia secular de la que no logra salir la Argentina.

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