Fuerza de Voluntad: Parte I

FacebookGoogle+TwitterPrintFriendlyEmailWhatsApp

 

Marshmallow_testEn una entrada anterior (Autocontrol y el Análisis Económico de las Adicciones) sobre adiciones veíamos que la fuerza de voluntad o autocontrol es un rasgo deseable a ser desarrollado por los individuos. En esta entrada queremos contar que, de hecho, la capacidad de demorar la satisfacción inmediata debido a las consecuencias que pueda tener en el futuro es una habilidad cognitiva que puede adquirirse. En estudios iniciados hace medio siglo, y que aún hoy siguen realizándose, se ha demostrado que esta capacidad es visible y medible en la primera etapa de la vida y tiene consecuencias importantes, a lo largo de ella, para el bienestar y la salud física y mental de las personas (ver el libro de Walter Mischel, pionero en estos estudios, The Marshmallow Test descripto en esta entrada). No sólo ello, sino que se trata de una capacidad que puede estimularse y aumentarse mediante estrategias cognitivas especificas bien identificadas por la investigación científica.

The Marshmallow Test

Todo comenzó en los años 60. En un estudio dirigido por Mischel, se sometió a alumnos en edad prescolar a un duro dilema: se les daba a elegir una recompensa (una golosina) que podían obtener inmediatamente echando mano de ella y otra recompensa mayor (dos golosinas) si esperaban solos 20 minutos.

El resultado más importante de este estudio fue que lo que los niños en edad prescolar hacían cuando se esforzaban por esperar y el modo de aguantar o no aguantar la demora de la recompensa predecía resultados de su vida futura. Cuantos más segundos esperaban, mayor resultó ser su puntuación en las pruebas de aptitud académica y mejor sus aptitudes sociales y cognitivas en la adolescencia.

A edades comprendidas entre los 27 y 32 años, aquellos que más habían esperado tenían un índice de masa corporal más bajo, una mayor auto-estima, alcanzaban sus metas con mayor eficacia y soportaban las frustraciones y el estrés de mejor manera.

Foco Caliente Versus Frío

Hace más de medio siglo, el psicólogo cognitivo Daniel Berlyne distinguió entre dos aspectos de todo estímulo. Un estímulo tentador tiene una cualidad absorbente, excitante, motivadora: hace que deseemos comer la golosina. El efecto que el estímulo produce en nosotros depende así de cómo nos lo representamos mentalmente. Una representación excitante se centra en las cualidades motivadoras, calientes, del estímulo. Este foco caliente provoca automáticamente la reacción impulsiva a comer la golosina. En cambio, una representación fría se centra en aspectos más abstractos, cognitivos, informativos del estímulo sin hacerlo tentador. Nos permite “pensar fríamente” en la golosina en lugar de impulsarnos sobre ella. Como señaló Shakespeare a través de Hamlet, “no hay nada bueno ni malo, es el pensamiento lo que lo hace aparecer así”.

Así, si las personas logran cambiar la manera en que se representan mentalmente los estímulos, , entonces podrán ejercer el autocontrol. El poder reside en el córtex prefrontal de nuestro cerebro, que cuando está activado permite enfriar de las formas más diversas los estímulos más tentadores cambiando nuestra manera de evaluarlos.

Pensamiento Caliente y Frío

Nuestros impulsos y emociones esenciales para nuestra supervivencia son regulados por el sistema límbico, el cual se compone de estructuras cerebrales primitivas. Este sistema confiere a la vida su carácter emocional. Dentro de este sistema tiene un rol muy importante la amígdala, la cual moviliza al cuerpo rápidamente para la acción, sin detenerse a pensar, reflexionar o preocuparse por las consecuencias a largo plazo. El estrés fuerte activa el sistema caliente el cual no es útil cuando el dominio de una situación dada depende de permanecer frío, planear las cosas y resolver problemas de un modo racional.

Estrechamente interconectado con el sistema caliente del cerebro está el sistema frio, que es cognitivo, complejo, reflexivo y más lento de activar. Está centrado fundamentalmente en el córtex prefrontal (CPF). Este sistema es crucial en las decisiones orientadas al futuro y en los esfuerzos de autocontrol del tipo identificados en el test de la golosina. El CPF es la región más desarrollada del cerebro. Produce y sostiene las capacidades cognitivas de orden superior que nos distinguen como seres humanos. La capacidad de autocontrol tiene sus raíces en el CPF. Los sistemas caliente y frío interactúan constantemente, sin separarse, en una relación recíproca: cuando uno se hace más activo, el otro se hace menos activo.

El sistema frío se desarrolla con lentitud, y se torna gradualmente más activo en la edad preescolar y los primeros años de la enseñanza primaria. Sin embargo, no madura del todo hasta los veinte años. Aprender y practicar a edades tempranas estrategias para permitir el autocontrol es muchísimo más fácil que cambiar patrones de respuestas calientes establecidos y arraigados a lo largo de la vida que pueden resultar muy perjudiciales.

Estrés y Debilitamiento del Sistema Frío

Amy Arnsten investigó esta cuestión y concluyó que incluso el estrés incontrolable de carácter leve puede ocasionar una rápida y dramática pérdida de las capacidades cognitivas prefrontales. Cuanto más permanente es el estrés, tanto más afecta a las capacidades cognitivas y más permanente es el daño, que puede acabar originando enfermedades mentales y físicas. Entonces, un contexto de estrés crónico, como el que puede darse en condiciones de pobreza extrema, puede inducir una prevalencia muy perjudicial del sistema caliente en la toma de decisiones.

Para concluir, recordemos que Hamlet, conforme su estrés aumentaba, se sentía cada vez más atrapado y torturado, paralizado entre sus atormentadas cavilaciones y sus sentimientos fragmentados e incapaz de pensar o actuar con eficacia, sembrando así incertidumbre a su alrededor y acelerando su ruina.   

Tags:

Deja un comentario