El juego de Chile. Por Sebastián Edwards

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657091La semana pasada murió John Nash, el economista, matemático y ganador del Premio Nobel que inmortalizó Russell Crowe en la película Una mente brillante. Nash y su esposa iban desde el aeropuerto a su casa cuando el taxi en el que viajaban se estrelló en una carretera en Nueva Jersey; murieron en forma instantánea.

Después de una breve carrera como profesor en el afamado MIT -el alma mater del ministro Rodrigo Valdés, Vittorio Corbo y José De Gregorio-, Nash sufrió sucesivos ataques de esquizofrenia, que lo obligaron a dejar la academia antes de cumplir los 30 años. Su comportamiento era tan bizarro que poco a poco se alienó de su familia y amigos, hasta que terminó, durante un breve período, viviendo en la calle.

A pesar de los poquísimos artículos que publicó en su vida, las ideas de Nash son centrales en el análisis económico moderno sobre el comportamiento estratégico de personas, empresas e instituciones. Son ideas y conceptos enseñados en todas las facultades de economía del mundo.

Según un artículo publicado en el New Yorker hace unos días, el nombre de Nash es el que los alumnos de economía escuchan con más frecuencia durante sus estudios -más aún que el de Adam Smith o John Maynard Keynes.

Según los principios desarrollados por Nash, en los mercados concentrados -vale decir, en mercados con un número reducido de participantes- las empresas actúan como jugadores de ajedrez. Toman en cuenta las acciones de otras empresas para decidir qué hacer en materias de precios, producción, publicidad y contrataciones. Si mi rival aumenta sus gastos en avisaje, yo hago lo mismo; si contrata a nuevas promotoras, yo lo sigo. Pero esto no es todo: en un mundo estratégico, cada empresa considera lo que su rival piensa que ella va a hacer; vale decir, planean, como en el ajedrez, varios movimientos por adelantado. Todo esto sucede sin que las empresas se comuniquen entre sí; es el resultado natural de su comportamiento estratégico. Esto explica una serie de fenómenos y actuaciones que, ante la ausencia de los principios de Nash, serían difíciles de entender.

Las ideas desarrolladas por John Nash forman parte del campo conocido, hoy en día, como “teoría de juegos”. Y si bien estas técnicas son usadas especialmente por economistas, también son de gran utilidad en otras disciplinas, incluyendo la diplomacia (litigio Chile-Bolivia), las relaciones laborales (negociaciones sindicales) y el manejo de clubes deportivos (si el Real Madrid contrata una nueva estrella para el mediocampo, el Barcelona intenta emularlo haciendo otro tanto).

Nash y la política

La teoría de juegos es esencial para entender la política. Todo buen político se comporta estratégicamente: usa la prensa y los medios sociales tomando en cuenta la manera en que su adversario responderá; ataca a sus rivales considerando cuál será su reacción en movidas sucesivas, y halaga a sus aliados usando la misma mentalidad. Los grandes políticos -Churchill, por ejemplo- han sido grandes estrategas.

En teoría de juegos la estrategia óptima a seguir depende, en particular, de las características del torneo. Lo más importante es cuál es el premio (o recompensa) a repartir. Algunos juegos son de “suma cero”. En ellos, lo que un jugador gana es exactamente igual a lo que el otro jugador pierde. El juego en sí no tiene un efecto sobre el total a repartir.

Pero hay otro tipo de juegos, caracterizados por el hecho de que lo que un jugador gana es menor que lo que su rival pierde. Estos son los juegos de “suma negativa”. En este caso, la disputa (o  juego), en sí, destruye valor, ya que lo que hay para distribuir una vez finalizado el torneo es menor de lo que estaba disponible antes de que éste empezara.

En los juegos de “suma negativa” la sociedad como un todo pierde. Ante este tipo de situación es conveniente para los jugadores cooperar entre ellos y encontrar acuerdos que eviten la destrucción de valor y el empobrecimiento general. Si bien estos “acuerdos cooperativos” son deseables, son difíciles de lograr y, casi siempre, es muy complejo mantenerlos en el tiempo. El desafío es que los jugadores se comprometan en forma creíble a seguir una cierta línea de acción, que cada jugador genere confianza en el otro.

Juegos chilensis

En Chile, la política se ha transformado, en los últimos meses, en un peligroso juego de “suma negativa”, muy negativa.

Lo peor es que los políticos no parecen darse cuenta de este hecho. Esto es particularmente cierto en la derecha tradicional. Sus dirigentes creen que las sucesivas derrotas sufridas por la Nueva Mayoría desde que se destapó el caso Caval son, a la vez, triunfos de su propio sector. De pronto, los líderes de la UDI y RN se pasean ufanos y felices, con la actitud de los reivindicados por la historia, con la postura de los ganadores.

Esta visión es errónea. La Nueva Mayoría perdió, y la derecha también. Más aún, mientras no renueve su liderazgo y no corte sus ataduras con la Iglesia Católica, la derecha seguirá perdiendo.

El único que se ha beneficiado de este entuerto -hasta ahora- es Marco Enríquez-Ominami. Pero el país como un todo ha salido seriamente dañado. Un país donde los partidos son sospechosos, y los políticos despreciados, no puede funcionar adecuadamente, no puede mantener la paz y la armonía, no puede desarrollar una visión compartida y moverse hacia el futuro. Es un país destinado a la mediocridad, a marcar el paso, a ser un simple espectador del mundo en movimiento.

Lo que se necesita es un “juego cooperativo”, un acuerdo sólido, creíble y confiable entre las partes, que le devuelva el alma a la nación, que nos permita mirar hacia adelante, que nos guíe en los próximos años para lograr más democracia, tolerancia, inclusividad y equidad. Necesitamos un acuerdo para avanzar como país moderno y de clase media.

Pero no puede ser cualquier acuerdo. Para empezar, no puede ser forjado en secreto, a espaldas de la población. Tiene que ser un acuerdo abierto, transparente, participativo, que satisfaga los deseos de la gente por saber qué está pasando.

En segundo lugar, tiene que estar centrado en decir la verdad, toda la verdad y sólo la verdad. Decirla de una vez, aunque duela. Reconocer, en forma colectiva y simultánea, que se cometieron errores, que se tomaron atajos, que se hicieron trampas de todos los tamaños. La verdad hay que decirla completa, no, como hasta ahora, grano a grano. Este proceso de sinceramiento debe ser “igualitario”, sin apuntarse con los dedos, sin hacer comparaciones pequeñas y odiosas, sin tratar de sacar ventaja porque el otro parece tener un poco más de podredumbre.

Para que este sinceramiento generalizado funcione y tenga éxito, alguien tiene que guiar el proceso. Alguien tiene que ser el moderador o árbitro. Debe ser una persona respetada, por encima de toda sospecha; alguien considerado esencialmente bien intencionado, sin agenda política propia; alguien con total independencia de ideas y sin vínculos con los partidos, sindicatos o grupos económicos. Alguien que diga la verdad. Alguien que nos guíe en una catarsis colectiva, que lo haga con talento y sin interferencias personalistas.

Hay pocos nombres que satisfagan la lista anterior. Muy pocos. Pero mientras más lo pienso, más claro me parece que el filósofo Carlos Peña podría jugar este rol en forma brillante. Nadie duda de su independencia ni su devoción por la transparencia y la verdad. Entiende de política y de comportamientos estratégicos, no se encandila con voladores de luces y conoce los argumentos de la ética y de la moral como nadie. Desde hace décadas trabaja entre los jóvenes; los conoce, los entiende y los respeta, pero no se intimida por ellos. Es cierto que tiene lealtades hacia la institución que dirige -pero ¿quién no las tiene? Sin un gran acuerdo colectivo, transparente, abierto y centrado en la verdad (y en toda la verdad), Chile seguirá a la deriva. Ni nuestros hijos ni nuestros nietos se merecen esto. Hagamos un esfuerzo.

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