Duelo de titanes: Engel vs. Peña

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EngelUna de las delicias de los domingos es leer la columna del filósofo Carlos Peña. Me levanto, preparo un café muy negro y enciendo el computador. Mientras el disco duro ronronea trato de imaginar quién será el objeto de sus amonestaciones. También trato de predecir qué párrafos de Kant citará en esta ocasión.
Peña nunca me defrauda. Va al grano y sus aguijoneadas son siempre certeras. Su prosa es eficiente, casi elegante. A mitad de la columna, ya sabemos, viene ese párrafo corto y demoledor, esas cinco o seis palabras que desarman al adversario.
Peña no perdona.
Otro de los placeres domingueros es leer al economista Eduardo Engel. Sus textos son comprehensivos y lógicos, informativos y esclarecedores. Muy distintos a los de Peña. En vez de ideas simples y taxativas, Engel nos presenta razonamientos complejos, verdaderas filigranas. Sin ser hermético, el estilo de Engel es, a veces, un tanto difícil de seguir. Pero al final, siempre está la satisfacción de haber leído a un hombre docto y haber aprendido algo nuevo que permite analizar un problema difícil desde un ángulo diferente. Un verdadero placer.
Mientras en Peña siempre hay una dosis de autoritarismo -lo dijo Kant, y por tanto es así-, en Engel lo que prima es la razón.
Debo confesar que aunque me deleito con ambos columnistas, suelo estar más de acuerdo con el filósofo que con el doctor en economía. No sé muy bien por qué, pero es así.
Una vez critiqué a Peña en uno de mis propios escritos. Mis amigos me dijeron que no lo hiciera, que tuviera cuidado, que el filósofo me iba a triturar. ¿Qué puede hacerme?, pregunté preocupado. Agregué que era tan sólo una diferencia de opiniones. Me contestaron que eso no importaba, que a Peña no le gustaba que lo contradijeran y que me iba a destrozar con argumentos nuevos y filudos, con armas secretas y poderosas. Un amigo me explicó que, incluso, podía ir más allá de Kant y apoyarse en pensadores como Rawls y Michael J. Sandel, o incluso en G.E. Moore, el hombre que inspiró a los Apóstoles de Cambridge y a Virginia Woolf y su grupo de Bloomsbury. El asunto es peliagudo, sentenció otro amigo, y llevas todas las de perder. La verdad es que me intimidé un poco. Pero al final, igual publiqué mi pequeña columna en apoyo a Andrés Velasco. Lo hice por amistad, tema importantísimo en Kant, y sobre el cual, hasta donde yo sé, el rector nunca ha escrito. La reacción de Carlos Peña fue brillante: simplemente me ignoró. Fue ahí cuando entendí que su poder radica en una disciplina germana -más de alguien dirá kantiana-, en una voluntad inquebrantable, en una teatralidad casi nunca vista en el ambiente intelectual chileno.
Resulta que ahora mis dos héroes domingueros -Engel y Peña- están peleados.
Un verdadero duelo entre titanes.
Las razones las conoce todo el mundo, pero quizás valga la pena resumirlas. En su columna del domingo pasado, el filósofo reprendió a Engel en forma indirecta. Peña cuestionó la legitimidad y los motivos de la comisión anticorrupción que el economista preside. El filósofo es hábil como pocos, y conoce al dedillo las técnicas del debate. Una de las más importantes es nunca utilizar el nombre del adversario, despersonalizarlo, transformarlo en uno más del grupo, en un ser anónimo cuyo nombre ni siquiera merece ser recordado.En apretadas 760 palabras, Carlos Peña se las arregla para cuestionar a Eduardo Engel, sin nunca nombrarlo. ¡Brillante!
El destacado economista no se queda con chicas y reaccionó sobre la marcha. Esa misma noche, en el programa Tolerancia Cero, se encargó de reprochar al filósofo sin mencionar su nombre. Se refirió a “ese columnista”, y dijo que era fácil y cómodo criticar sin nunca comprometerse en temas de políticas públicas, y disputó la noción de Peña de que participar en una comisión signifique tener menor independencia como comentarista.
El encontrón es importante, no sólo por la naturaleza de los contrincantes -ambos son estrellas en el firmamento de los intelectuales públicos-, sino que también por el tema de fondo. La pregunta es esta:¿Qué rol deben tener las comisiones de expertos en el diseño de políticas públicas? ¿Son éstas ilegítimas por el solo hecho de no ser elegidas? ¿Es saludable discutir cuestiones esenciales, como la educación, el marco constitucional o la ética en la política, en instancias tecnocráticas cuyas elucubraciones son difíciles de entender para la población como un todo? ¿No ha llegado la hora de que el debate abandone el aula y baje a la plaza pública?
La posición de Peña es simple: si hemos decidido tener discusiones amplias, comprensibles e inclusivas sobre asuntos como la educación, es esencial que también lo hagamos sobre temas tan fundamentales como la corrupción y la ética. Ergo, la Comisión Engel nace viciada, es “una rara comisión”, una instancia que “carece de la legitimidad que confiere la mayoría.”
Pero Peña se equivoca por varias razones.
Lo primero es que nuestro filósofo no diferencia entre lo “obligatorio” y lo “opcional.” Tampoco distingue entre “además” y “en vez.”
Ni el Ejecutivo ni el Congreso están obligados a seguir las sugerencias de la comisión. Pueden atenderlas o desecharlas; pueden considerar algunas de sus recomendaciones o no tomar en cuenta ninguna. Y el que los encargados de hacer las leyes sepan lo que piensa un grupo de expertos es siempre positivo y enriquecedor. Supongamos que el día de mañana el gobierno decide mejorar la legislación en apoyo al deporte nacional, y que para eso nombra una comisión asesora integrada por Carlos Caszely, Tomás González, y Marlene Ahrens. ¿Sería esto objetable? Desde luego que no. ¿Estarían las autoridades obligadas a seguir a pie juntilla las indicaciones de este trío? La respuesta es, nuevamente, negativa.
La distinción entre “además” y “en vez” va en la misma línea. El que esta comisión exista no significa que vaya a sustituir a las instancias elegidas en forma popular y democrática. La comisión ha sido creada para ayudar al legislador, no para suplantarlo. Es posible que el debate se dé en la plaza pública y que, “además”, existan comisiones de expertos que den una visión más tecnocrática sobre los asuntos en discusión. Lo uno no invalida a lo otro; tampoco lo disminuye.
El verdadero blanco de los dardos del filósofo no debiera ser Eduardo Engel, sino que la Presidenta Bachelet y su afán por escabullir el bulto, por retrasar las decisiones, por evitar tomar la posición de liderazgo para la que fue elegida. Si hay alguien en Chile que tiene legitimidad y un “mandato” de la gente, esa es la Presidenta. Delegar este mandato y diluirlo en comisiones no ayuda a salir de la crisis, sino que la agudiza.
Es esencial que tanto la Presidenta como Eduardo Engel entiendan esto. Para que la comisión sea efectiva, su informe debe ser escrito dentro del plazo estipulado, y sus sesiones deben estar abiertas al público.Cualquier ciudadano debiera tener la posibilidad de asistir y escuchar los debates. Además, los desacuerdos dentro de la comisión no deben paralizar su accionar; en aquellos temas en los que haya discrepancias profundas, debiera haber un informe de mayoría y uno (o más) de minoría. Es fundamentalmente importante que esta comisión no tenga el destino de la Comisión Bravo sobre la reforma de las pensiones, comisión que lleva meses sesionando, dándose vueltas y más vueltas, postergando su informe una y otra vez, difiriendo sus conclusiones, evitando informar a las autoridades y la ciudadanía.
Yo no sé si Eduardo Engel y Carlos Peña se conocen. Y aunque ambos cultivan un perfil de “outsider”, supongo que frecuentan los mismos círculos de la academia. Me imagino que se topan en lanzamientos, exposiciones, obras de teatro, conciertos y actos públicos. Es posible que la próxima vez que se encuentren se saluden con cierta frialdad, tal vez con una simple inclinación de cabeza, o con una sonrisa a medias. No sé si irán a hablar sobre sus desacuerdos o si tratarán de ignorarse mutuamente. No lo sé. Pero lo que sí sé es que ambos son necesarios para mantener la conversación ciudadana viva, para ahondar el diálogo civilizado e inteligente, para avanzar en el difícil camino a una esquiva modernidad. También sé que seguiré deleitándome con sus columnas, leyéndolos con atención y aprendiendo de ellos cosas nuevas. Seguirán siendo mis héroes domingueros.

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