¿Pueden los incentivos mejorar nuestros hábitos?

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Sin duda, los economistas creemos que los incentivos importan. Recientemente, incluso, se ha argumentado que los incentivos podrían utilizarse para fomentar hábitos deseables, tales como hacer ejercicio físico regularmente o adoptar una buena dieta alimentaria. Ello se ha vuelto particularmente importante en América Latina dada su situación demográfica y epidemiológica (Anauati, Galiani y Weinschelbaum, 2014).


Si el bienestar que nos produce consumir o hacer alguna actividad hoy depende positivamente del nivel del mismo en el pasado, o dicho en términos técnicos, si la utilidad marginal del consumo de hoy está positivamente correlacionada con el consumo pasado, entonces otorgar incentivos monetarios para realizar una actividad podría inducir a realizar esa misma actividad en el futuro, modificando de esta forma el comportamiento. Esta hipótesis se conoce como “formación del hábito”. Sin embargo, también se ha señalado que el otorgamiento de recompensas puede ser contraproducente, ya que proporciona una motivación extrínseca para una tarea o actividad que puede desplazar la motivación intrínseca existente. Esta hipótesis se conoce como “crowding-out”. Este efecto podría tener especial importancia en el mediano plazo, cuando se retiren los incentivos económicos y el individuo pueda haber perdido su motivación inicial para realizar la actividad en cuestión.

Charness y Gneezy (2009) (C&G en adelante) explotan un diseño experimental para evaluar el impacto de otorgar incentivos financieros en la formación del hábito de ir al gimnasio. Para ello, los autores comparan el comportamiento de tres grupos de estudiantes universitarios. En una primera instancia, los 120 estudiantes recibieron un folleto con información sobre los beneficios asociados a la actividad física. Luego, éstos fueron asignados aleatoriamente a un grupo de control, el cual no exigía ningún requisito adicional, y a dos posibles grupos de tratamiento: a los individuos pertenecientes al “grupo 1” se les ofreció un pago de $25 por asistir una sola vez al gimnasio de la universidad, a los individuos del “grupo 2” se les ofreció lo mismo, es decir un pago de $25 por asistir una sola vez al gimnasio, pero además se les ofreció un pago adicional de $100 por asistir al gimnasio ocho veces más durante las siguientes cuatro semanas.

Los resultados de este experimento muestran que el grupo de control disminuyó levemente su tasa de asistencia al gimnasio de 0.59 visitas por semana durante las ocho semanas anteriores a la intervención a 0.56 visitas por semana en las siete semanas posteriores a finalizada la intervención. El resultado, en cambio, es diferente en los grupos tratados. El grupo 1 aumentó de 0.70 visitas por semana antes de la intervención a 0.76 visitas por semana luego de la intervención, mientras que el grupo 2 aumentó de 0.6 visitas por semana a 1.24 visitas por semana, es decir que la atención al gimnasio se duplicó en aquellos individuos que recibieron el incentivo monetario adicional.

Asistencia al gimnasio antes y después del tratamiento
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Adicionalmente, los autores encuentran que el efecto proviene de aquellas personas que no asistían regularmente al gimnasio en el período previo a la intervención. Ahora bien, no resulta sorprendente que los incentivos generen un fuerte efecto durante el periodo de tratamiento, ¿pero persiste este efecto en el tiempo? Estos autores encuentran que si, al menos durante las siete semanas posteriores a la intervención.

Acland y Levy (2013) analizan la validez de la hipótesis de formación del hábito durante un periodo más extenso. Específicamente, estos autores reclutaron a 120 estudiantes que reportaron no ir al gimnasio en forma regular y replicaron el experimento de C&G pero utilizando un horizonte temporal que abarca 37 semanas previas al experimento hasta 33 semanas posteriores a su finalización.

En este caso, los estudiantes fueron aleatoriamente asignados a un grupo de control y a un grupo de tratamiento. A todos los participantes del experimento se les ofreció $25 para asistir al gimnasio de la universidad una sola vez durante la semana siguiente (grupo de control que equivale al grupo 1 del experimento de C&G). Esta oferta inicial, llamada “semana de aprendizaje”, pretendía incentivar a los sujetos a superar cualquier costo fijo asociado a aprender cómo acceder al gimnasio. A su vez, el grupo de tratamiento recibió una oferta adicional de $100 para asistir al gimnasio dos veces por semanas en las cuatro semanas posteriores a la “semana de aprendizaje” (equivalente al grupo 2 del experimento de C&G).
Los resultados obtenidos en este estudio muestran que en las 8 semanas posteriores a la finalización del tratamiento (post-tratamiento inmediato) la asistencia al gimnasio aumentó en 0.25 visitas por semana. Sin embargo, luego de las 4 semanas de receso invernal y en las siguientes 21 semanas (post-tratamiento lejano), no se encontró una diferencia significativa en la asistencia al gimnasio entre el grupo de control y el grupo de tratamiento, lo cual sugiere que el efecto de formación de hábito se mantuvo solo en el corto plazo.

En conclusión, la evidencia disponible no nos permite afirmar que la utilización de incentivos pecuniarios puede cambiar los hábitos de las personas en el largo plazo. Este es un tema importante en América Latina, no solamente en relación a hábitos que afectan la salud de la población, sino también, a otras conductas que buscan ser afectadas por la amplia red de asistencia social desarrollada en la región. Más investigación experimental en este área es necesaria.

Referencias:
Acland, Dan, y Levy, Matthew (2013): “Naiveté, projection bias, and habit formation in gym attendance.” American economic review.
Charness, Gary, y Gneezy, Uri (2009): “Incentives to exercise.” Econometrica.
Anauati, V., S. Galiani y F. Weinschelbaum (2014); Frontiers of Evaluation in LAC: Health. IADB Mimeo.

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