No levanten las manos

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El reciente acuerdo en torno a la reforma tributaria ha dejado disímiles imágenes. Lo que en principio pareció una gran jugada política, podría derivar en una fuerte tensión interna, tanto para el oficialismo como en la oposición. El título de esta columna sugiere los dos grandes riesgos.

El primero recuerda esa célebre foto en La Moneda del 2007, con motivo de un acuerdo para la reforma educacional, cuya eficacia no sólo fue efímera, sino que también se convertiría en el ícono de los arreglos por parte de una elite cada vez más distanciada de los ciudadanos. Lo que nos enseñó dicho episodio es que habida cuenta de la crisis de legitimidad por la que atraviesa la clase dirigente, tanto pública como privada, se requería acompañar el proceso de decisión institucional con más pedagogía hacia los mandantes -los electores-, al mismo tiempo de generar más espacios de escucha y participación ciudadana.

Nada de esto implicaba soslayar la deliberación en el Congreso, ni tampoco cortar los canales formales y oficiosos que todo gobierno mantiene con los grupos de presión, cualquiera sea su naturaleza u orientación política. Sin embargo, muchos se han quedado con la idea de que en la esquizofrenia retórica que nos es tan propia, transitamos desde la convicción de que la política requería que por fin se hiciera sentir el mandato programático de las grandes mayorías ciudadanas, a una negociación cuya estética recuerda a varios pasajes de comienzos de la transición. En efecto, la poca prolijidad y desvergüenza de algunos dirigentes gremiales y otros “representantes ad hoc” de la oposición por atribuirse el protagonismo y paternidad de este acuerdo, develando insólitos detalles de la negociación que en nada contribuyen a fortalecer la dignidad de quienes representaron al gobierno en estas instancias, consolidó la sospecha de que el más temido fantasma de esta coalición estaba de vuelta: la privatización del espacio público.

En segundo lugar, y justamente por lo recién descrito, es que el otro riesgo consiste en tempranamente cantar victoria, suponiendo que con cierta facilidad podrá disciplinarse la disidencia interna. Más allá de las cuestiones de fondo, lo que generó el recelo de muchos tiene que ver con el procedimiento utilizado, es decir, el problema es menos el acuerdo y más las maneras. En efecto, lo que abruptamente se nos apareció son los viejos estereotipos y fetiches que creíamos estábamos superando: la asimetría de relevancia entre la Cámara de Diputados y el Senado; la privada influencia de grupos y personas sin representación política alguna; el poder editorial de la prensa tradicional; en definitiva, la pulsión a creer que la manera de hacer una buena gestión consiste en gobernar como si las elecciones no se hubieran ganado.

Es tan absurdo demonizar los acuerdos, como pensar que son un fin en sí mismo y no sólo  instrumentos. Y lo que preliminarmente transmite la forma de este consenso, es que el gobierno justamente transitó de un extremo al otro.

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