Carta a una amiga extranjera

by Leopoldo Fergusson on 3 diciembre, 2013 · 7 comments

¿Qué tan común es el comportamiento social en Latinoamérica? ¿Qué tanto confiamos y cooperamos con los demás los individuos de la región? Este trabajo de Cárdenas, Chong, y Ñopo, concluye que, en promedio, la propensión a confiar y cooperar entre latinoamericanos es (¿sorprendentemente?) similar a la encontrada en otras regiones del mundo. También revela, entre las 6 ciudades estudiadas (Bogotá, Buenos Aires, Caracas, Lima, Montevideo, y San José), que los bogotanos no salimos nada bien parados en cooperación y confianza.
Hoy me salgo del libreto más juicioso que caracteriza a focoeconomico, donde las entradas suelen estar sustentadas en evidencia dura o análisis cuidadoso, para compartir con ustedes una carta dirigida a una amiga extranjera. La carta, como verán, sólo refleja los síntomas cotidianos de esos problemas de acción colectiva. Y aunque otros en la región hayan salido mejor calificados, sospecho que para muchos lo que relato no será desconocido.
Querida Cynthia,
¡Cuánto me alegró saber que elegiste a Colombia para continuar mejorando tu español! Aunque unos buenos amigos dicen que es difícil hablar el español, creo que acá será más fácil que en otros lugares pues se dice de los colombianos que hablamos relativamente bien y claro.
Me pides que te de algunos tips. Confieso que la tarea es más difícil de lo que sospechas.
Lo primero es que me parece muy afortunado que Nicolás te haya dejado su apartamento con el carro para que lo uses durante tu estadía, aprovechando su viaje de “exploración interior” al Nepal. Eso simplifica las cosas pues no debo explicarte que para instalar servicios como teléfono e internet hay que hacer tres citas: la primera es para que la incumplan y tu ingenuamente

En fin: el primer tip es que debes agradecerle a Nicolás y le insistas que no desconecte los servicios.
El segundo tip es que en Colombia hay varias reglas que, respecto de las que tu conoces, funcionan al revés. Esto es difícil de explicar en general así que procuraré sólo darte unos ejemplos, y con el tiempo irás entiendo la lógica.
Ya que tendrás carro, empecemos con eso. Las reglas para manejar sin correr riesgos en Bogotá son muy diferentes, casi contrarias, a las que tu conoces. No sólo porque se maneja por la derecha, y no por la izquierda como acostumbras tú en Londres. Eso también. Me refiero además a cosas como la siguiente.
En muchos países las luces direccionales sirven para anunciar a los demás conductores tu intención de girar. Estos, a su vez, reducen la velocidad para que puedas hacer el giro sin chocar. Acá no es así, no te dejes engañar. Acá si anunciar tu intención de girar es un grave error. Al alertar a los otros conductores, les recuerdas que, de no sobrepasarte rápidamente, tendrán que esperarte unos 5 segundos mientras completas el giro. Como es lógico, su reacción es acelerar inmediatamente, no sin antes pitarte para que no hagas el giro.
Te costará adaptarte. Pero créeme: es mucho más seguro que no indiques con las direccionales antes de girar. Así tomarás a los demás conductores por sorpresa y podrás hacerlo con más espacio evitando un accidente.
Hay quienes dicen que esta lógica que acabo de exponerte hace parte de una regla más general que se resume así: “a papaya dada, papaya partida.” Papaya, la fruta, puedes sustituirla acá por otra acepción, la de “oportunidad”. Entonces, según esta regla, no hay colombiano que desperdicie una oportunidad brindada, como la de acelerar antes que gire otro auto en la vía y le haga perder 5 segundos de su trayecto.
Ya sé que me dirás que eso no tiene sentido, que si todos aplicamos esa regla girar se convierte en una odisea, y al final por cada 5 segundos ganados habrá 30 segundos o quién sabe cuántos más perdidos. ¡Si estás pensando así cómo se nota que no has entendido la lógica colombiana! Pero no te preocupes, a tu llegada te adaptarás en cuestión de semanas.
Puedo ilustrarte esto de las reglas al revés con el caso de los ascensores. En otros lugares existe una regla que algunos osarían llamar de sentido común: a la llegada de un ascensor, primero salen los que están adentro, y después entran los que están afuera, quienes además dan un espacio suficiente a los que salen para que puedan hacerlo. En varios lugares del mundo he visto varias versiones de esta regla. Por ejemplo, en los trenes que te transportan entre terminales del aeropuerto en México, quienes salen del tren lo hacen por el centro de la puerta, y quienes esperan para ingresar lo hacen a los lados de la puerta para evitar chocar con los primeros. No soy bueno para dibujar, pero hasta flechitas como estas que hay en Paris o en China tiene pintado el piso en el aeropuerto mexicano.
Ahora que lo pienso: ¿Será que los mexicanos usaban nuestra regla y pintaron estas flechitas buscando imponer la de otros lugares? Puede ser, pero no te hagas ilusiones con que las mismas flechas se instalarán en Bogotá. Sobre eso te cuento más adelante.
El asunto es, como ya te imaginarás, que en Colombia no funciona así. Acá el ascensor se espera pegado a la puerta. ¿Por qué? Porque si no lo haces, estás “dando papaya” para que otro que llegó más tarde a esperarlo entre antes y tu debas esperar el siguiente viaje. Me dirás que eso no tiene lógica, que el que llega más tarde simplemente puede esperar con paciencia su turno detrás del primero. ¡Ay Cynthia, no seas tan “gringa”! Te recuerdo: a papaya dada…
Si estás poniéndote impaciente buscando explicaciones y crees que es cuestión de educación no te equivoques. No es un problema de educación. Al menos no de educación formal. Esto de los ascensores pasa todos los días donde yo trabajo, una Universidad donde, por definición, todos tienen bachillerato completo. Es más: son los mejores bachilleres del país. Para superar tu incredulidad te lo demuestro con el testimonio que sigue abajo.

Ascensor

Temo que por lo que te dije sobre manejar en Bogotá vas a optar por el transporte público. Está bien si lo haces pero no olvides la regla de la papaya. Hay un sistema más moderno, que se llama Transmilenio, que en teoría está ideado a prueba de la regla de la papaya. Por ejemplo, los carriles de los buses son exclusivos, separados por barreras de concreto para que los carros particulares no aprovechen el “papayazo” de usar un carril de buses. Las estaciones están construidas para que sólo puedas subir al bus desde ellas y después de haber pagado. Claro que hay quienes no lo hacen si se les da la oportunidad. Ningún rincón es inmune a la astucia. También en Transmilenio debes pegarte a la puerta o nunca subirás al bus. Y cuida bien tus cosas cuando estés en la multitud.
Sobre el sistema menos moderno de transporte público, por ahora no hablemos. Si es necesario, pides un taxi. Por teléfono, no en la calle, y anotas la placa que te confirme la operadora y me la envías por seguridad. Entenderás que es “papaya” para un ladrón tener un pasajero que tiene el descaro de viajar con su billetera.
Esto del taxi me recuerda otra regla general a tener en cuenta: no confíes en la precisión de las cosas mientras estés en Colombia. Acá “se maneja” (se usa, se acostumbra) un sentido aproximado de todo. Así, por ejemplo, cuando un taxi en realidad debe cobrarte $10.000 pesos, te va a pedir $12.000, y con tu pinta de extranjera serán $15.000. Es un robo me dirás. Sí. Y no. Es un sentido aproximado, tienes que estar pendiente, y verificar la tarifa, si quieres pagar lo justo.
Lo mismo con el tiempo. Si acuerdas encontrarte con alguien para almorzar a las 12 del medio día, no te lo tomes tan literal. Eso es apenas un punto de referencia. Si llegas a las 12 tendrás que esperar una cantidad no especificada de tiempo. Me dirás que esto no puede ser cierto, que un amigo no te haría jamás sentir que tu tiempo vale menos que el suyo. Mmmm…te entiendo. Pero no, recuerda: un sentido aproximado de todo.
Si activas un celular, no te desgastes procurando ser cordial para colgarle el teléfono a las representantes de ventas que te llaman a ofrecerte productos que no te interesan. Tienen un problema auditivo y no entienden cuando dices que no te interesa el producto. Y si alguna te oye y te pregunta porqué no estás interesada, no caigas en el error de contestar. O sigue el consejo de un amigo: di que no puedes aceptar el producto “por política” o “porque el sistema no te lo permite”.
¡Porque no vayas creer con todo esto que te estoy diciendo que en Colombia no hay un sentido claro de la autoridad! En absoluto, de eso no se trata. Rápidamente sabrás que hay una autoridad inquebrantable: la de “el sistema”. Si te viste “The Matrix” ya habrás avanzado un poco. En las burocracias (públicas y privadas) las máquinas mandan en Colombia. Tienen plena e incontestable autoridad.
Te mentiría si te digo que los colombianos nos sentimos orgullosos de estas reglas. La verdad es que cada uno, privadamente, entiende que es un sistema perverso, pero estamos en una tragedia de comportamiento colectivo. Cómo será que hay quienes dedican sus columnas de opinión a quejarse sin parar de estas y otras cosas. Hay un caso conocido de una chica inteligente pero brava, bien leída pero condescendiente con los menos leídos, que estaba tan hastiada que se aburrió de su propio hastío y dejó de escribir columnas. Lástima porque era hasta divertida mientras nos instruía. Hay otro igual de hastiado sólo que nunca explica nada, simplemente dice que todo es una “hartera”, y no es nada divertido.
Pero bueno, me salgo del tema y esto no te interesa y no debes saber qué es hartera. El punto es que quien tenga un espacio en un medio masivo no pierde oportunidad de reconocer el problema. Por fortuna yo sólo escribo en blogs de economía. Espero que eso me proteja del lugar común de escribir sobre estas cosas porque sería muy descarado salir con una entrada sobre estos temas en blogs de análisis económico.
Entonces, como te digo, es bien conocido el asunto. Es tan conocido que hace un tiempo un alcalde que al comienzo parecía medio loco pero resultó cuerdo hizo de mecanismo de coordinación y cambió las reglas por un tiempo. Bogotá cambió (pregúntale eso a google y verás). Pero el asunto no duró porque como comprenderás las políticas que llevaron a esos cambios no pueden sostenerse en el tiempo. Cada alcalde tiene que concentrarse en construir su propia identidad para consolidar su futuro político. No se puede desaprovechar semejante papayazo siendo alcalde de la ciudad más grande del país copiando políticas de otros. Ni siquiera si prometiste recuperar la cultura ciudadana en campaña.
Un abrazo fuerte,
Leopoldo
PD: ¡Ah! ¡Se me olvidaba! Cuando llegues al aeropuerto y vayas a recoger tu maleta, no esperes unos metros alejada de la cinta para no bloquearle la visión a los demás pasajeros. Tarde o temprano todos se pegarán a la cinta así que más vale que tú lo hagas si es que quieres salir algún día por una puerta en donde (si, lo adivinaste) hay una muchedumbre de gente bloqueándote la salida.

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Roberto Fortich diciembre 3, 2013 a las 6:34 pm

Ja! que buen retrato de la realidad del comportamiento social en Colombia. A nuestro favor debo decir que somos el país más feliz del mundo ;)

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Cynthia diciembre 4, 2013 a las 2:06 am

Dear Leopoldo,
I wish I had received your letter earlier. I already arrived in Bogota! Next time make sure you send me an email, it’s faster.
Anyway, I wish I had joined Nicolas in his trip to Nepal instead of coming here.
But it’s too late, when I tried to leave the the Avianca flights had 12-hour delays and the airport was a chaos!
Cynthia

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Leopoldo diciembre 4, 2013 a las 9:05 am

Dear Cynthia,
Too bad to hear that. I did send you an email (mail here is not reliable) but turns out my internet connection was off and I did not realize.
Hope to see you soon,
Leopoldo

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carlosmartilletti diciembre 4, 2013 a las 4:17 am

Cynthia: Al final todo va a salir bien. Cuando regreses a tu querida Londres seguro extrañarás la “lógica del bambuco” (como le digo yo) y, como lo llaman en la guía del Lonely Planet, el “Colombian time”. Recibí a más de un turista usando http://www.couchsurfing.org y ese era el sentimiento general que me dejaron.
Leopoldo: En la introducción nos cuenta que los bogotanos no salimos nada bien parados en cooperación y confianza. Cuando leí esto me acordé de una larga charla que tuve con Tomás Rodriguez Barraquer. Seguro usted le ha oído el cuento a Tomás y sus redes sociales. En resumen, el genio de Tomás logra explicar “la malicia indígena” (el efecto papaya) como la respuesta natural a un problema profundo de individualismo, clanes y diferencias sociales. Leyendo su entrada pensaba que sería muy entretenido invitar a Tomás a que nos cuente en otra entrada su explicación. Creo que valdría la pena tratar de explicar este fenómeno.
Me encantó la entrada! Lástima que no sea una caricatura sino una realidad!
C

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Leopoldo diciembre 4, 2013 a las 9:08 am

Carlos,
Buena idea. Interesante que Tomás exponga su idea. Yo tiendo a simpatizar con esas causas de fondo, pero también es instante haber tenido así sea por corto tiempo un experimento donde pudimos comportarnos diferente, lo que sugiere que esas causas no son una camisa de fuerza.
Leopoldo

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Carlos Hurtado diciembre 4, 2013 a las 3:26 pm

El experimento funcionó bien por unos años, el problema es lograr que los políticos continúen con ese objetivo. Hacer que la “cultura ciudadana” quede arraigada en los bogotanos (colombianos?) es una tarea que llevaría por lo menos una generación. Eso es políticamente inviable. Vuelven los políticos a atraparnos en esta miserable trampa!
C

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Juan diciembre 4, 2013 a las 3:08 pm

Qué mejor muestra de cooperación social que burlarnos todos las registradoras de Transmilenio al mismo tiempo.

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