El affaire Beyer y la democracia

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Es imposible discutir las posibles faltas de Harald Beyer sin escarbar en el pasado; sin levantar esas piedras que esconden las impericias de (varios) ministros de la Concertación; sin confirmar en forma fehaciente que el tema del lucro tiene sus orígenes durante esas administraciones y que ha sido, precisamente, él quien más ha bregado por ponerle cota al abuso.

FOTO: PABLO OVALLE/AGENCIAUNOclip_image002

DURANTE muchos años Chile fue considerado un país exitoso, pero aburrido; un país donde nopasaba nada. Los gobiernos funcionaban relativamente bien -o muy bien, si se les comparaba con el resto de la región-, la economía crecía a un ritmo respetable, y la inflación estaba contenida.

Si una nube flotaba sobre el país, ésta era la selección de fútbol, la que a pesar de generar esperanzas, siempre terminaba decepcionándonos. Los periodistas internacionales que llegaban a Chile en búsqueda de noticias de vértigo y escándalo se desilusionaban con rapidez, y tenían que cruzar la cordillera para encontrar historias exóticas o interesantes. Hace unos años las cosas cambiaron. Primero fueron las protestas del movimiento estudiantil, cuya fuerza y masividad causaron una pequeña conmoción mundial.

Analistas de distintas estirpes se preguntaron qué estaba pasando en la “estrella más brillante” del firmamento latinoamericano; otros, más despistados, cuestionaron la idea de que Chile hubiera tenido éxito alguna vez. Camila Vallejo y los otros dirigentes estudiantiles fueron entrevistados por periódicos insignes, y se hicieron documentales sobre los petitorios de la juventud; algunos, incluso, hablaron de un nuevo mayo del 1968.

El rescate de los 33 mineros también produjo revuelo internacional. Durante ese episodio Chile demostró su temperamento compasivo, su determinación, y su solidaridad.

Se trató de una situación terrorífica que el gobierno y la comunidad nacional supieron resolver con éxito.

Frivolidad y oportunismo

Durante los últimos días Chile ha vuelto a capturar la atención de analistas internacionales. Observadores de distintos países se mesan los cabellos tratando de entender las razones detrás de la acusación constitucional al ministro Harald Beyer. Casi nadie lo entiende, y los que creen comprenderlo no dudan en calificar la acusación como un acto frívolo y oportunista.

El miércoles pasado Beyer –posiblemente el mejor ministro de Educación que ha tenido Chile desde que don Pedro Aguirre Cerda fuera titular de instrucción pública delineó su defensa, la que según expertos de variadas persuasiones políticas es jurídicamente contundente. Nos dicen que en una corte imparcial los cargos en contra de Beyer serían desechados con relativa rapidez. Pero como muchos han dicho, el “affaire Beyer” va mucho más allá de lo estrictamente legal; es, más que nada, un tema político. Y cuando se analiza desde ese ángulo, el escenario provoca una reacción insoslayable: perplejidad. Lo más sorprendente es que los parlamentarios que apoyan la acusación al ministro Beyer están cometiendo un suicidio político.

Como distintos analistas han manifestado, es imposible discutir las posibles faltas de Beyer sin escarbar en el pasado; sin levantar esas piedras que esconden las impericias de (varios) ministros de la Concertación; sin confirmar en forma fehaciente que el tema del lucro tiene sus orígenes durante esas administraciones y que ha sido, precisamente, Beyer quien más ha bregado por ponerle cota al abuso y por solucionar las irregularidades heredadas del pasado. De hecho, el haz acusatorio ya enfocó a personas como el ex ministro de Educación Sergio Bitar, y no se detendrá hasta encandilar a varios ex mandatarios. Sin quererlo -o quizás queriéndolo- el ala rústica de la Concertación ha sentado en el banquillo de acusados a Michelle Bachelet y Ricardo Lagos. Estamos frente a un suicidio perfecto.

Como muchos han dicho, lo último que la ex presidenta quiere es empantanarse en el pasado. Lo suyo es el futuro, los proyectos que trae desde Nueva York, los planes para dignificar a la mujer y a los más débiles, los programas de empleo y emprendimiento, los proyectos de modernización y de apoyo social. Pero en vez de concentrarse en lo que viene, en lo que significará su nueva administración, Bachelet tiene que mirar hacia atrás. Lo peor es que el “asunto lucro” no será la única distracción; de ahí se pasará a temas tan controvertidos como el Transantiago y el 27/F. La acusación abrió la caja de Pandora y nadie la podrá cerrar. El regreso de Michelle no ha sido ni apoteósico ni triunfante: al contrario, ha estado cargado de dudas y de preguntas incómodas.

Desde un punto de vista político, los únicos que se benefician de esta acusación son Marco Enríquez Ominami y Andrés Velasco.

Ambos pueden sentarse en la platea y observar cómo se cuestiona a la candidata y al gobierno de Piñera (incluyendo a los dos ex ministros de la Alianza que compiten por llegar a La Moneda). De hecho, más de algún analista suspicaz podría pensar que la acusación a Beyer fue urdida, con habilidad y malicia, por los ex colegas de Velasco en la escuela de gobierno de Harvard.

Pero lo verdaderamente preocupante de la acusación a Harald Beyer es que ilustra una enorme torpeza de parte de muchos políticos de la Concertación: el creer que problemas que se han arrastrado durante generaciones -como la deplorable calidad de la educación chilena- se pueden solucionar por la simple vía de la judicialización. El problema educacional en Chile es de fondo y no es el resultado de que un funcionario -o varios de ellos- no hayan podido (o querido) hacer cumplir un estatuto legal. La mala calidad de la educación universitaria se debe a que quienes controlan las universidades tienen una visión anticuadísima de la educación superior, una perspectiva que se quedó pegada en la mitad del siglo XX.

Peor aún, hasta la llegada de Beyer, la mayoría de los ministros de Educación compartían esta perspectiva añeja.

Como he dicho en estas mismas páginas, la universidad del futuro debe formar generalistas, individuos ágiles que puedan trabajar junto a una tecnología que evoluciona con enorme velocidad, y que deja obsoletos a quienes no tienen capacidad de adaptación. Las universidades deben enfatizar el llamado enfoque comprensivo.

Steam (ciencias, tecnología, ingeniería, artes y literatura, y matemáticas); las carreras debieran ser cortas, y las especializaciones materia de los posgrados. Más aún, cada individuo debiera renovar sus especializaciones en forma frecuente, volviendo a las aulas cada siete u ocho años. Nada de lo anterior sucede en Chile. Al contrario, con un enfoque sorprendentemente antiuniversitario, la mayoría de los miembros del Consejo de Rectores defiendeun sistema tradicional, de visiones estrechas, titulaciones largas, especializaciones tempranas, y conocimientos estancos.

Lo más probable es que la acusación sea rechazada. Una vez que esto suceda, el Ministro tendrá que redoblar sus esfuerzos por reformar la educación superior. Ello requerirá ir más allá de los proyectos legislativos en marcha; tendrá que convencer al público que nuestras universidades sólo mejorarán si hay un cambio de visión que nos lleve, finalmente, al siglo 21.

Una democracia empantanada

Pero la acusación a Harald Beyer no es lo único que ha producido interés internacional.

Las reglas sobre elecciones primarias –voluntarias pero vinculantes- también han dejado perplejos a analistas y observadores. La razón de esta sorpresa es simple: el objetivo principal de las elecciones primarias es ampliar el ámbito de la democracia, permitiendo una participación más completa a la gente común y corriente. Vale decir, su finalidad es quitarles poder a los dirigentes de los partidos políticos -muchos de los cuales se encuentran enquistados en sus puestos desde hace muchísimos años- y traspasárselo a la población como un todo. Este fin -ampliar la democracia- es, desde luego, loable. Pero para que de verdad funcione, es necesario que todo puesto de elección popular esté sujeto a primarias.

Lo que sucede ahora es absurdo: son justamente los dirigentes de los partidos –a quienes la ley quiere, en principio, quitarles poder- los que deciden si hay primarias o no. ¡Esto es como poner al zorro a cuidar el gallinero! No es sorprendente, por tanto, que vaya a haber primarias en tan sólo un puñado de casos.

La democratización del sistema político chileno debiera empezar por reformar profundamente a los partidos. Estos debieran ser abiertos, de fácil afiliación y desafiliación -un click en la internet debiera bastar-. Más aún, los partidos no debieran tener la capacidad de bloquear el ingreso de alguien a sus filas, ni debieran tener la facultad para disciplinar o expulsar a militantes (la única excepción serían faltas graves).

Sólo si los partidos cambian y se transforman en instituciones abiertas, transparentes y democráticas veremos un mayor interés en la política por parte de los jóvenes. La reforma actual, con su cocinería a medias, tan sólo perpetuará el desencanto y el cinismo. Los partidarios de una verdadera democracia no debieran cejar hasta que tengamos partidos modernos, y primarias abiertas, obligatorias y limpias .

Casi nadie entiende (la acusación contra Beyer) y los que creen comprenderla, la califican como un acto frívolo y oportunista.

Sin quererlo -o quizás queriéndolo- el ala rústica de la Concertación ha sentado en el banquillo a Bachelet y Lagos.

Las reglas sobre elecciones primarias -voluntarias pero vinculantes- también han dejado perplejos a analistas y observadores.

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