Primeras lecciones del voto voluntario

FacebookGoogle+TwitterPrintFriendlyEmailWhatsApp

La gran abstención habida en estas elecciones municipales ha permitido apreciar, con más nitidez que si hubiese habido una gran participación, los beneficios que, en términos de competencia, el voto voluntario trae a la actividad política del país. Antes de fundamentar esa afirmación, resulta pertinente examinar las razones que llevaron a cambiar el antiguo sistema.

Desde el retorno a la democracia, el padrón electoral comenzó a estancarse, pues las nuevas generaciones decidían no inscribirse en los registros electorales, no por la complejidad del trámite de inscripción o un desinterés permanente con la política -sin perjuicio de que en algunos casos así haya sido-, sino porque inscribirse las obligaba a concurrir a votar en todas las elecciones siguientes.

Las nuevas generaciones querían tener libertad para ejercer su derecho a voto cuando quisieran y en las circunstancias que quisieran. La inscripción automática y el voto voluntario procuraban satisfacer esas demandas. Se amplió el universo potencial de electores, pero no se aseguró una mayor participación.

Por otra parte, la progresiva desafección de la ciudadanía con la política tiene su origen en la baja competencia a que la actividad ha estado sometida.

En efecto, el sistema binominal casi asegura la elección de un parlamentario por conglomerado, lo que traslada la elección, desde los ciudadanos, a la decisión de candidatos por las cúpulas partidarias, y el voto obligatorio permitía, especialmente a los alcaldes y a los parlamentarios, contar con la concurrencia obligada a las urnas de electores a quienes ellos conocían con un detalle mucho mayor que sus desafiantes. Eso les facilitaba la reelección, y además podían ejercer el cargo de una manera relativamente desvinculada de la ciudadanía, sin que constituyera una amenaza para mantenerlo.

Así, para los políticos disminuyó la competencia y bajaron los incentivos para mejorar sus prácticas. Esa menor necesidad de accountability redujo la calidad general de la política.

De ahí los beneficios del voto voluntario: transforma en incierto el anteriormente conocido universo de votantes; no se sabe cuántos votarán ni quiénes compondrán el grupo que finalmente lo haga. Eso obliga a los candidatos a seducirlos para que concurran a sufragar, a mejorar el contenido de sus campañas para lograrlo y a ejercer su cargo utilizando las mejores prácticas disponibles, procurando cumplir sus promesas y exhibir de paso compromiso y responsabilidad en su labor frente a la siguiente elección.

Ello aumenta de manera natural la competencia entre los políticos, tanto en las campañas como durante el ejercicio de sus cargos, y permite abrigar esperanzas de una mejor calidad futura de la actividad y una mejor percepción de ésta por parte de la ciudadanía.

La oposición entendió mejor esa situación. Procuró entusiasmar a los electores con campañas épicas en ciertas comunas emblemáticas, o con primarias en muchas otras. Incluso, hubo primarias en las que aceptó triunfos de candidatos que no eran del agrado de las cúpulas, aun cuando luego éstos perdieran la elección principal, como sucedió en el caso de Valparaíso. El oficialismo, en cambio, no reaccionó y mantuvo el tono general de la campaña; además, renunció a las primarias, y perdió Recoleta y La Reina.

La reacción de los políticos no debe confundirnos. El voto voluntario era malo para la oposición antes de las elecciones, mientras temía un resultado adverso, y se transformó en malo para el oficialismo, cuando se enteró del resultado. El interés de corto plazo de los partidos políticos es ganar elecciones, y eso no siempre está alineado con los intereses de largo plazo del país.

Éste requiere que la política mejore de nivel, introduciendo más competencia. Ella favorecerá una mayor participación ciudadana, y, como resultado de ello, el país estará mejor gobernado y la población podrá volver a apreciar la política como la tarea noble y fundamental que realmente es. El voto voluntario apunta en esa dirección, pues incentiva a los candidatos a seducir al votante, aumentando la competencia, y, una vez electos, a ejercer el cargo con responsabilidad, para que los votantes quieran concurrir a reelegirlo.

¿O alguien cree que los problemas de la política chilena se resolverán obligando nuevamente a los ciudadanos a votar, para luego celebrar una anticipable “alta” participación?

Deja un comentario