La Crisis Argentina en Retrospectiva

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Tenemos el placer de presentarles a una nueva colaboradora de Foco Económico. Silvana  Tenreyro es una macroeconomista argentina, profesora del London School of Economics and Political Sciences.

Equipo Foco Económico 

En retrospectiva, la crisis argentina del 2001 podría (y tendría que) haberse evitado. Con juicio y diligencia debatibles, las agencias calificadoras de riesgo recortaron drásticamente los ratings crediticios en el 2001, ignorando la capacidad de pago futura de la economía argentina. Sin embargo, en el 2001, Argentina era efectivamente solvente. Durante el período 1998-2002, los precios de productos primarios habían caído muy por debajo de sus valores históricos, lo que condujo a una caída (temporal) en los ingresos fiscales. No obstante esta caída, una simple reversión de los precios de productos primarios a sus promedios históricos, habría restituido la capacidad fiscal del país. Y, de hecho, los precios no sólo subieron a partir del 2002, sino que experimentaron el mayor boom en la historia (conocido como el “super-commodity boom”).

Los gráficos 1, 2, y 3, muestran, respectivamente, la trayectoria desde 1982 al 2012 de los precios de la soja, el trigo y el maíz, los principales productos exportados por Argentina en las últimas dos décadas. Otros productos agropecuarios, como los aceites de soja y girasol y la carne, experimentaron la misma suerte. (A falta de índices de precios confiables para Argentina, los valores se muestran en dólares nominales, sin deflactar; el lector puede deflactarlos con un índice de consumo de EE.UU., por ejemplo; esto mostraría una leve tendencia negativa registrada hasta el 2002, sin desdibujar la caída por debajo de la tendencia durante el período 1998-2002 y la subida meteórica desde entonces). La caída temporal en los precios de productos primarios redujo significativamente la capacidad fiscal del gobierno, forzándolo a adoptar medidas de austeridad que contribuyeron a acentuar aún más la recesión. Los precios de productos primarios, sin embargo, retornaron a sus promedios tendenciales históricos tan pronto (y tan casualmente) como se declaró el default, creciendo a un ritmo inusitadamente alto desde entonces.

Si los acreedores internacionales hubieran esperado tan sólo dos años, tanto Argentina como sus acreedores se habrían beneficiado del boom en el precio de los productos primarios. Por el contrario, ese boom en el precio de productos primarios ha servido para financiar y sostener un modelo de gobierno que ha frenado el proceso de crecimiento, apertura y modernización de la economía iniciado durante los años ’90; ha puesto en duda la credibilidad del Indec (entre otras instituciones); ha amedrentado a los críticos, y ha fomentado una cultura de miedo y hostilidad dentro del país y hacia otros países. Prestarle a Argentina en el 2001 no sólo habría sido redituable económicamente sino que habría evitado el deterioro institucional que muy probablemente tenga efectos negativos a largo plazo.

Además de la solvencia de Argentina en el 2001, hay tres motivos adicionales por los que Argentina en su momento merecía más crédito. En primer lugar, en círculos de política y economía internacional, Argentina había sido durante los ’90 el ejemplo de conducción y crecimiento latinoamericano elogiado por Washington, dispuesta a adoptar medidas a veces impopulares en el corto plazo, con el objetivo de crecimiento hacia el mediano y largo plazo. En segundo lugar, Argentina había mantenido una balanza fiscal medianamente equilibrada durante los ’90, con virtualmente la totalidad del déficit fiscal debida al pago de intereses heredados de la dictadura (Gráfico 4)—a tasas, como se recordará, sumamente altas. En tercer lugar, la administración de De La Rúa  (1999-2001), si bien extremadamente desafortunada, dado el contexto internacional, contaba con profesionales de alta calidad, con inusual preponderancia de tecnócratas apartidarios a cargo de los varios ministerios y agencias de gobierno.

Como es sabido, el votante medio no está lo suficientemente preparado para separar (o filtrar) la parte del ciclo económico debida al contexto externo de aquélla debida a medidas o políticas domésticas. Esta incapacidad para filtrar factores externos (en particular los vaivenes en los precios internacionales de productos primarios) fue posiblemente la mayor razón por la cual el gobierno de De La Rúa colapsó y la misma razón por la cual Kirchner y Fernández de Kirchner tuvieron tanto “éxito”, pese a generar una colosal destrucción institucional en el país. Lamentablemente, economistas profesionales, mercados y organizaciones internacionales no fueron mejores que el público a la hora de filtrar el ciclo—o de predecir la reversión en el comportamiento de los precios de productos primarios.

Dado el crecimiento proyectado para China e India a finales de los ‘90s y el probable crecimiento en la demanda de bienes primarios que tal crecimiento generaría, no está mal preguntarse si los bajos precios prevalecientes durante el 1998-2001 eran sostenibles. Tal vez el “super-commodity boom” no era predecible, pero una modesta reversión a la media histórica no parecería disparatada. Y si ese era el caso, la pregunta abierta es si los acreedores y agencias crediticias internacionales no deberían haber dado una consideración más seria a la solvencia de Argentina—y una oportunidad para escapar del default y el descalabro institucional. De cara al futuro, cuando el crecimiento de la demanda de bienes primarios comience a frenarse (lo cual casi inexorablemente sucederá), la economía Argentina se encontrará de nuevo en dificultad, pero esta vez en un estado institucional penosamente deteriorado.

A riesgo de caer en lo obvio, quiero aclarar que esta nota no pretende defender el plan de convertibilidad. Está claro que un sistema de tipo de cambio fijo no era lo ideal durante la crisis—y en general, no es aconsejable para un país sujeto a amplias fluctuaciones en sus términos de intercambio. El plan de convertibilidad sirvió en su momento para detener el espiral inflacionario e hiperinflacionario, anclando expectativas de inflación, pero debió abandonarse mucho antes, posiblemente en el 96-97. La pregunta que esta nota pretende iniciar es cómo se debería haber procedido, dadas las condiciones coyunturales en el 2001, y, más importante, cómo se debería proceder, en vista a una crisis futura. Hacia el 2001, una devaluación del peso habría dado un respiro a la economía, y los números que se barajaban en su momento, alrededor del 30 por ciento de depreciación, sonaban y suenan razonables. Tal depreciación hacía aún más necesaria la intervención del Fondo Monetario Internacional (o de algún organismo equivalente), dado que la deuda estaba denominada mayormente en dólares. Y desde luego,  hacía falta un fondo para transferencias a desempleados, que podía financiarse a futuro, en parte con retenciones a las exportaciones de productos primarios (como de hecho se hizo luego—sólo que sin llamar a los desempleados como tales). De nuevo, la financiación externa era crucial.

Podrían extraerse dos conclusiones a partir de la crisis argentina, cada una con implicancias totalmente diferentes. La primera conclusión partiría de la premisa de que la crisis de Argentina fue en parte un error de juicio de los mercados y de las agencias crediticias. Esta interpretación debería llevar a una revisión en la provisión de crédito por parte de organismos internacionales a economías productoras de bienes primarios, dada la volatilidad intrínseca en los precios de estos productos. Más específicamente, dada la duración histórica en los ciclos de precios de bienes primarios, una recesión de cuatro años no debería juzgarse suficiente para declarar la insolvencia de una economía.

La segunda conclusión, opuesta a la anterior, partiría de la inevitabilidad de la crisis en una economía con alto endeudamiento externo, sujeta a amplias fluctuaciones en términos de intercambio. En este caso, yendo en contra de lo que los manuales de economía predican, el país no debería recurrir al endeudamiento externo para financiar la inversión de largo plazo, aún cuando fuera eficiente que países con menores perspectivas de crecimiento financiaran a los países con mayor crecimiento potencial. El desafío no menor en este caso sería cómo generar ahorro interno y montar una institución que administre la recaudación proveniente del sector primario (como los fondos de petróleo en Noruega o los países del Golfo o los del cobre en Chile).

En ambos casos, para los econometristas y analistas de mercado, un mensaje claro es que se necesitan mejores modelos de precios de productos primarios, que tengan en cuenta factores de demanda y oferta mundial. (Y para los que cuentan con mejores datos de finanzas, productos y precios de Argentina, una tarea útil incluiría estimar con mayor precisión la respuesta de los sectores secundarios y terciarios a cambios en los precios de los bienes primarios en Argentina).

Para concluir, creo que es muy poco lo que Grecia o España pueden aprender de Argentina. Es muy improbable que saliendo del euro estas economías puedan crecer a las tasas argentinas de la última década, como lo sugirieron algunos prominentes economistas. La devaluación puede haber ayudado a Argentina inicialmente (antes de que la inflación disparara), pero la clave de su crecimiento en la última década fuel el boom en el precio de los productos primarios. Pura, lisa y llana suerte.

Grafico 1: Precio Mensual de la Soja – Dólares por tonelada métrica
 
U.S. No. 2 Yellow, FOB US$ per ton met. Fuente: USDA Market News.

 

 Gráfico 2: Precio Mensual del Trigo – Dólares por tonelada métrica
 
Nota: No.1 Hard Red Winter, proteína ordinaria, FOB Golfo de México, US$ per ton met. Fuente: USDA Market News.

 

 

 Gráfico 3: Precio Mensual del Maíz – Dólares por tonelada métrica
 

 

 Gráfico 4. Superavit Fiscal Primario y Secundario como porcentaje del PBI.
 
Fuente: Construcción propia en base a los datos de la secretaría de Finanzas del Ministerio de Economía y Finanzas Públicas.

 


[1] Agradezco, sin involucrar, a Francesco Caselli y Verónica Rappoport por sus comentarios.

3 Comments

  1. Tengo 2 comentarios. Primero, ¿tenés alguna estimación de si los ingresos fiscales generados por el aumento de los precios de las materias primas habrían sido suficientes para cubrir los intereses de la deuda pre-reestructuración? No sé si habría que hacer la cuenta con el esquema impositivo actual o con el pre-2002, dado que el radicalismo mostró poca simpatía por los derechos de exportación en el 2008 (es cierto que fue en la discusión de un esquema distinto del actual, pero que no cambiaba signifiativamente la tasa).

    Segundo, me genera ruido cómo se da por hecho que un gobierno de tecnócratas es mejor que uno de políticos (¿no merece esta afirmación al menos una referencia a la literatura?), especialmente cuando se piensa en países en desarrollo con conflictos intensos. Quizás sea por afinidad o por el deseo de sentirnos que lo mejor que le podría pasar a un país es estar gobernado por nosotros mismos. Además, aún aceptando que es mejor tener ministros técnicos más que políticos, ¿somos los economistas los más indicados para ocupar las carteras de defensa, educación y relaciones exteriores? No lo dice una persona modesta, pero es creernos demasiado.

    Saludos

  2. Quizás el ruido que me genera a mí, es la necesidad de un nuevo tipo de tecnócrata: el tecnócrata político activo. Alguien que está comprometido con los resultados, entiende como proletizar, planificar, y por sobre todo tener la visión de anticipar situaciones como el “super commodity boom”.

    Saludos

  3. No hice números, pero me llama la atención que la recuperación de los de los commodities tuviera tanto impacto en las cuentas fiscales. Muchísimo más si, como dice Mauro, tomamos una estructura tributaria sin derechos de exportación o en tasas mucho más bajas a las de la actualidad.
    Suponiendo que así fuera y lográbamos refinanciar la deuda ¿qué hubiera pasado después? Tal vez manteníamos el acceso a los mercados internacionales a tasas elevadas y el stock de deuda seguía creciendo durante toda la década. ¿Cómo nos hubiera agarrado la crisis actual? Todo eso sin mencionar que el boom de precios en lugar de financiar el modelo actual hubiera financiado la continuidad de la convertibilidad y apreciación cambiaria.
    Parece ser que estamos siempre destinados a preguntarnos si es peor la cura o la enfermeda

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