La izquierda armada amenaza la izquierda democrática ¿Y viceversa?

Una de las tendencias electorales de América Latina en los últimos años ha sido la elección de primeros mandatarios de “izquierda,” al punto que se habla de un giro de la región en esa dirección. La excepción es Colombia. El país ha apuntado al lado opuesto al menos con los dos períodos presidenciales de Álvaro Uribe (2002-2006 y 2006-2010) y la elección, con similar plataforma, de Juan Manuel Santos para el periodo 2010-2014. Es cierto que, superada la campaña que llevó a Santos a la presidencia bajo un discurso de continuismo, se observó desde temprano un distanciamiento en las políticas de los dos presidentes. Y aunque algunas de las políticas del gobierno Santos recogen viejas reclamaciones de la izquierda, y a pesar de que el propio Santos quiere definirse como un traidor a su clase, nada de esto borra la evidente debilidad de los partidos de izquierda en Colombia.

Varios factores pueden explicar esta relativa debilidad. Una primera hipótesis apunta a la violencia política. Entre 1984 y 2007, según cifras del Observatorio de Derechos Humanos de la Presidencia de la República, se cuentan un total de 5.565 abusos contra miembros de la Unión Patriótica (UP), entre ellos 2.328 homicidios. El Gráfico 1 muestra la evolución de los abusos contra este partido, fundado a mediados de los años ochenta en medio de negociaciones de paz entre el gobierno y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).  En los peores años, cientos de militantes de la UP fueron asesinados, y aunque hacia finales de los años noventa las cifras de homicidios cayeron, otros abusos (entre otros, amenazas, intentos de homicidio, desplazamiento, desaparición forzada, secuestro, y tortura) perduraron por decenas hasta el 2005.  Además de estas duras cifras anónimas, son bien conocidos los asesinatos de candidatos presidenciales. Jaime Pardo Leal, líder de la UP y candidato presidencial en los comicios de 1986 fue asesinado en el 87. Bernardo Jaramillo, también de la UP, corrió la misma suerte en 1990. Durante esas últimas elecciones también fue asesinado Carlos Pizarro, líder del recién desmovilizado grupo guerrillero M-19.

En estas circunstancias de violencia histórica, no sorprende que la izquierda democrática colombiana no haya podido florecer.  Sin embargo, algunos prefieren apuntar a un segundo grupo de hipótesis para explicar la debilidad de la izquierda en Colombia, enfatizando más bien factores internos. Por un lado, nuestra izquierda es una izquierda dividida. El más reciente intento de unificación bajo el partido Polo Democrático Alternativo parece estar en crisis. La última manifestación es la elección de Gustavo Petro, antes estelar parlamentario por este partido, como alcalde de Bogotá bajo el disidente movimiento de “Progresistas.”

Ello nos lleva a la segunda explicación centrada más en los problemas internos de la izquierda que en su entorno. Posiblemente el logro electoral más significativo de la izquierda democrática ha sido conquistar la alcaldía de Bogotá en tres ocasiones consecutivas desde 2004. Para muchos, este es el segundo cargo en importancia del país. (Dicho sea de paso, nunca he sabido cómo se establece esta jerarquía, que parece tan arbitraria como aquella que dice que la Marsellesa es el himno más bonito del mundo y, el segundo, el colombiano. Ya sé, amigo latinoamericano, que en su país posiblemente se afirma que este segundo lugar le pertenece a su himno, lo que prueba mi punto.) Pero volviendo a lo que nos concierne, el desempeño de la izquierda en Bogotá no ha sido el mejor, en especial en la reciente administración de Samuel Moreno, quien acabó destituido y en la cárcel.  Así, una segunda explicación señala que, quizás como consecuencia de la apertura de espacios políticos y  la reducción de la violencia en su contra, la izquierda democrática ha podido llegar a posiciones de poder pero las ha desaprovechado.

Estas explicaciones pueden tener cierta validez, pero además de casos de pésima administración como el de Moreno en Bogotá, hay ejemplos como el de Antonio Navarro. Este ex-dirigente del M-19 recibió un premio como mejor alcalde de Colombia en 1998 por su tarea en Pasto (la capital de Nariño, departamento del suroccidente colombiano limítrofe con Ecuador). Así, como seguramente en todas las izquierdas, los centros y las derechas de la región, en Colombia hay unos dirigentes competentes y otros incompetentes. De otro lado, no dudo que en otros países de la región las divisiones internas de la izquierda también son supremamente agudas.

Parece entonces más pertinente buscar la explicación del pobre desempeño de la izquierda en algo más característico del caso colombiano. El candidato es obvio. Como dijo hace poco el historiador Jorge Orlando Melo “si en Colombia la izquierda es débil e impotente es porque hay guerrilla.” La existencia de la guerrilla ha permitido la estigmatización de los políticos de izquierda, que con frecuencia son señalados de simpatizar con la desprestigiada izquierda armada. Sin pretender minimizar el brutal exterminio de la UP, no se puede desconocer que en nada ayudó la “combinación de las formas de lucha” que las FARC buscaron promover a través de este partido. Tampoco ha ayudado la actitud ambigua, y en ocasiones decididamente complaciente, que algunos líderes de la izquierda democrática han tenido con la izquierda armada. La (o)posición frente a la guerrilla ha profundizado las divisiones internas de la izquierda democrática. El tema está de moda por estos días, tras una masiva y nueva movilización de la izquierda colombiana la semana pasada en Bogotá a través de la llamada Marcha Patriótica. Como lo reseñó uno de los columnistas más leídos en Colombia, la Marcha revivió las divisiones de la izquierda, su estigmatización, y sobre todo el pesado lastre de la guerrilla.

La izquierda armada es, en suma, una amenaza para la izquierda democrática. Pero, ¿es la izquierda democrática una amenaza para la izquierda armada? Curiosamente, esta posibilidad ha recibido menos atención. Como parte de una investigación en desarrollo con Juan Fernando Vargas de la Universidad del Rosario y con la ayuda de David Guzmán (estudiante de la Universidad de Georgetown), encontramos un hecho interesante que así parece sugerirlo.

El ejercicio es simple. A partir de la información disponible sobre la actividad guerrillera, examinamos si hay mayores ataques en municipios gobernados por alcaldes de izquierda que en aquellos gobernados por alcaldes de no-izquierda. El primer paso, por supuesto, es definir si un político es o no de “izquierda.” Cuando se trata de políticos del partido Polo Democrático Alternativo o sus antecesores, la clasificación es sencilla. Pero para otros candidatos, la tarea es más compleja, e implicó (con la ayuda de Mauricio Vela, ahora en el BID) la revisión de la historia y plataformas políticas de decenas de partidos y movimientos políticos que han participado en las elecciones locales en los últimos años.

Completada la clasificación, comparamos si la guerrilla es más agresiva en municipios donde el alcalde elegido es de izquierda. (Para medir agresiones de la guerrilla usamos el número de ataques contra la población civil y enfrentamientos con otros grupos ilegales o las fuerzas del estado, empleando la versión actualizada de esta base de datos). Por supuesto, esta comparación es ingenua. Los municipios donde la izquierda ha sido más exitosa difieren sustancialmente de aquellos donde no ha logrado llegar al poder. ¿Cómo saber que es la elección de un alcalde de izquierda, y no alguna de estas otras diferencias, lo que causa la mayor agitación guerrillera? Una solución es utilizar un diseño de regresión discontinua. La idea general para medir el “efecto causal” (la redundancia de moda entre economistas) de la elección de un alcalde de izquierda sobre la actividad guerrillera, es utilizar los municipios donde el candidato de izquierda logró derrotar por muy poco al de no-izquierda. Los municipios con alcaldes de izquierda y no-izquierda no son comparables en general, pero lo son más cuando fueron sólo unos pocos votos los que decidieron el resultado de la elección.

El Gráfico 2 muestra la esencia del procedimiento y los resultados básicos. En este gráfico se incluyen todos los municipios con sólo un candidato de izquierda entre los dos mejores (en las elecciones a la alcaldía para 1997, 2000, 2003 y 2007). El eje horizontal grafica la proporción de votos para el candidato de izquierda sobre el total obtenido por los dos mejores. Por lo tanto, cuando el eje horizontal toma un valor superior a 0,5 el alcalde elegido es de izquierda. Mientras tanto, el eje vertical presenta la actividad guerrillera (por cada 100.000 habitantes) en el año siguiente a las elecciones. Las curvas muestran la mejor predicción para la actividad guerrillera a cada lado del punto crítico 0,5 (según una regresión de tal actividad en la proporción de votos por la izquierda y la proporción de votos al cuadrado). En este contexto, el efecto de elegir la izquierda en un municipio en cuestión corresponde a la distancia entre estas dos curvas alrededor de 0,5. La gráfica es contundente: la línea verde sugiere que en un municipio en el que la izquierda apenas logra ganar se esperan unos 5 ataques al año siguiente por cada 100.000 habitantes, mientras que la línea roja indica que el número correspondiente donde la no-izquierda es la ganadora por un estrecho margen está cerca de un ataque por cada 100.000 habitantes.

Una lectura, quizás la más sencilla de este resultado, es que la guerrilla se siente más amenazada por la izquierda democrática que por la no-izquierda, y por ello es más agresiva frente a ella. Para examinar la cuestión en mayor detalle, las Tablas 1 y 2 resumen algunos resultados adicionales que hemos obtenidos hasta el momento. Estas tablas presentan estimaciones de la distancia entre dos curvas como las del Gráfico 2, para otros resultados y con diversas metodologías.

Cada tabla tiene tres columnas. Los detalles econométricos son los siguientes: en las primeras dos columnas, se estima el efecto de elegir un alcalde de izquierda utilizando únicamente las observaciones correspondientes a las elecciones suficientemente estrechas y ajustando una línea de regresión a cada lado del punto crítico. El punto crucial a definir en este caso es el ancho de banda, es decir el rango de datos alrededor de 0.5 que serán tomados en cuenta para la estimación. La columna 1 elige el ancho de banda óptimo de acuerdo con el método de Imbens y Kalyanaraman (2009)[1]. Dada la relativa escasez de datos (¡son pocos los candidatos de izquierda que han estado entre los dos mejores!), este criterio tiende a generar anchos de banda relativamente amplios (triunfos por un margen de hasta 8 puntos porcentuales). Así, si bien pueden ser econométricamente óptimos, no cumplen con la noción intuitiva de incluir sólo municipios muy semejantes. Por esto, la columna 2 reduce el ancho de banda a la mitad. Finalmente, la columna 3 ajusta una curva de regresión a cada lado del punto crítico usando todos los datos, y estima el efecto de la elección de un alcalde de izquierda como el salto que se da entre dichas curvas en 0,5. Al usar todos los datos, es importante incorporar una forma funcional más flexible para acomodar las observaciones distantes, por lo que en este caso las curvas ajustadas son polinomios de grado 4 de la proporción de votos.

En cada caso, el efecto del partido de izquierda sobre la variable dependiente corresponde al coeficiente de la fila marcada con el nombre “Izquierda”. Así, en el primer panel de la Tabla 1, por cualquiera de los tres métodos, se encuentra un efecto positivo de la elección de alcaldes de izquierda sobre la violencia guerrillera por cada 100.000 habitantes en el año siguiente. La magnitud indica entre 12 y 14 ataques por 100.000 habitantes más en los municipios de izquierda que en los de no-izquierda, una magnitud que implica cerca de 4 veces más ataques en los municipios de izquierda en comparación con los de no-izquierda en la muestra.

El segundo panel en la Tabla 1 muestra un resultado importante para la interpretación. El efecto anterior no corresponde a más violencia, en general, en los municipios de izquierda. Este panel repite el ejercicio usando como variable dependiente la violencia por parte de los grupos armados ilegales de derecha: los paramilitares[2]. En este caso, no se encuentra bajo ninguno de los métodos un efecto significativo de la izquierda sobre la actividad violenta.

La Tabla 2 muestra tres resultados adicionales importantes. Primero, verifica que lo establecido atrás no corresponde simplemente a una tendencia diferente en términos de violencia guerrillera para los municipios que eligieron a un alcalde de izquierda. El primer panel muestra que con los ataques del año previo a la elección como variable dependiente no hay ningún efecto significativo de la elección de la izquierda. Segundo, destaca que no se trata de que en los lugares donde sale victoriosa la izquierda el gobierno reduzca su actividad contra la guerrilla. Con los ataques del gobierno como variable dependiente, se encuentra que el coeficiente para la izquierda es positivo (aunque no es estadísticamente significativo). Finalmente, una posible explicación del resultado es que, simplemente, los alcaldes de izquierda son peores alcaldes, en todos los frentes, incluyendo la habilidad para contener la insurgencia. Aunque los resultados anteriores para ataques paramilitares y ataques del gobierno sugieren que esto no es así, el tercer panel emplea el recaudo tributario (como porcentaje de los ingresos totales del municipio) como medida de desempeño del alcalde electo. Aunque no es una medida perfecta, se trata de una proxy comúnmente usada para evaluar la habilidad en la gestión local. El resultado es claro: en nuestra muestra, los alcaldes de izquierda recaudan entre unos 6 y 9 puntos porcentuales más de ingresos tributarios que los de no-izquierda.

Vale anotar algunos resultados adicionales que, aunque no añaden sustancia, dan credibilidad a la validez del ejercicio. Primero, el supuesto del diseño de regresión discontinua es que los municipios donde la izquierda derrotó a la no-izquierda por un margen estrecho tienen características similares a aquellos donde la no-izquierda salió apenas victoriosa. Este supuesto se puede validar al menos parcialmente repitiendo los cálculos anteriores para características de los municipios que no deberían verse afectados por la elección de un alcalde de izquierda (pero que sí pueden influir sobre la actividad guerrillera). Nuestra revisión de un conjunto amplio de características geográficas de los municipios (como altitud, aptitud del suelo, área, acceso a ríos, distancia a ciudades capitales, pluviosidad) y socioeconómicas de largo plazo (como la densidad poblacional, o el nivel de pobreza estructural) sugiere que hay muy pocas diferencias de este tipo. Tampoco son distintos en promedio los niveles de violencia no asociados a la guerrilla, pues la tasa de homicidios es similar entre los dos tipos de municipios. No hay, tampoco, evidencia de manipulación de las elecciones estrechas. Es decir, no parece que un número desproporcionado de las elecciones estrechas entre partidos de izquierda y no-izquierda sea ganado por los partidos de izquierda, o al contrario.

En suma, elegir un alcalde de izquierda parece incrementar el nivel de actividad guerrillero en los municipios. Como ni la iniciativa estatal en materia de seguridad, ni el nivel de actividad paramilitar, ni medidas indirectas de la calidad de la gestión de estos alcaldes parecen estar detrás de este resultado, es sensato suponer que este efecto obedece a una reacción de la guerrilla. Una interpretación es que la izquierda democrática es una peor amenaza para la guerrilla, al restarle espacio político. Pero son apenas los primeros pasos de nuestra investigación, y por lo tanto un magnífico momento para recibir su comentarios.

 


[1] Imbens, Guido, y Karthik Kalyanaraman. 2009. “Optimal Bandwidth Choice for the Regression Discontinuity Estimator.” NBER Working Paper 14726.

[2] Los paramilitares son milicias creadas desde fines de los setenta por elites locales y narcotraficantes para contrarrestar a la guerrilla. A mediados de los noventa, se unieron en las Autodefensas Unidas de Colombia. Durante el gobierno de Álvaro Uribe, se llevó a cabo un proceso de desmovilización, aunque estos grupos han resurgido como “bandas emergentes.”