La Estafa

Se ha vuelto un lugar común afirmar que nadie advirtió del estallido social. Sin embargo, en abril de 2008 publicamos en Cieplan los resultados de una vasta investigación sobre cohesión social en América Latina. Constatábamos que Chile se había desplazado aceleradamente desde un modelo de cohesión “europeo”, sostenido en la noción de derechos garantizados por el Estado, a uno “estadounidense”, basado en la noción de oportunidades creadas por el mercado. Que éste se asienta en las expectativas de movilidad social de la población, lo que le permite soportar elevados niveles de desigualdad, como el precio a pagar por las oportunidades que vienen. Nos preguntábamos: ¿qué ocurrirá si ellas no son satisfechas? En el pasado las frustraciones eran mitigadas por robustas redes de solidaridad familiares y comunitarias, más cierta fe en los liderazgos e instituciones políticas. Pero éstas se erosionaron con la expansión del individualismo consustancial al nuevo modelo. En estas condiciones, el naufragio de las expectativas podría llevar al colapso de la cohesión social. Alternancia mediante, es lo que está ocurriendo.

Los adultos reconocen haber progresado, pero que ya toparon techo. Las esperanzas están depositadas en los hijos. La clase dirigente les ha indicado que el mecanismo es la educación; que ésta les abrirá las puertas a una vida liberada del esfuerzo y de las humillaciones que ellos han tenido que aceptar para ofrecerles lo que ellos no tuvieron: educación y un futuro cuyo único límite es el talento de cada uno. Éste fue el contrato social tácito: “Ustedes aceptan el modelo y postergan otras demandas, y nosotros les garantizamos, vía educación, que vuestros hijos alcanzarán una vida nueva”. Los chilenos lo aceptaron. Prueba de ello es que destinan a educación un porcentaje de sus ingresos que está entre los más altos del mundo.

Por educar a sus hijos se han resignado pasivamente a las condiciones laborales y de endeudamiento que se les han impuesto. Ya no pueden más, y ahora ven que la recompensa no es tal. Confirman diariamente que la educación no es la panacea; y menos ésta y a este costo. Han hipotecado sus vidas -piensan- por una quimera. Se sienten engañados, pero no pueden llevar este reclamo al Sernac. Sólo les queda la calle: ahí salen a desahogar su frustración y su rabia.

La rebelión, entonces, no es simplemente contra el costo del crédito; es contra un “relato” que nació de la derecha, pero que fue hecho propio por la Concertación: que la educación es la madre de todas las victorias; que da lo mismo si su provisión es pública o privada, con tal de que dé cabida a todos; que no importa que sea cara, porque sus beneficios compensarán ese costo; que la calidad puede ser mala, pero que se irá arreglando automáticamente.

Implícitamente, ese relato sostenía también que las energías individuales había que colocarlas en estudiar, no en promover
cambios estructurales, y que las reformas en otros campos, como el laboral, debían resignarse para dar prioridad a la educación: ésta, en efecto, curaría a la sociedad de todos sus males.

Para cientos de miles de familias ese relato es ahora como el de La Polar: una estafa. Y acusan a los grupos dirigentes de haberlos embarcado en un sistema que los devora y que no cumple su promesa básica. De utilizar el relato educacional como antídoto para contener otras demandas y reivindicaciones. En fin, de haber fundado la paz social en un engaño.

Lo que está en tela de juicio no es la educación: es un modelo fundado sobre el mito de que ella colma todas las ilusiones. La
salida no está en reparar ese mito, sino en quebrar con él e ir al fondo del asunto. La clase dirigente tiene la palabra.