El Chile Quebrado

¿No tiene la sensación que algo se rompió en Chile? ¿No le abruma como los chilenos hemos perdido empatía con quienes piensan o actúan distinto de nosotros? ¿No le incomoda que nos estemos acostumbrando a un tipo de violencia verbal propio de sociedades bananeras, especialmente por parte de algunos de nuestros representantes en el Parlamento? ¿No le asusta que sea difícil recuperar la senda de la sana convivencia?


Porque, parafraseando a Vargas Llosa, en algún momento la convivencia social entre los chilenos se empezó a joder. Fíjese que tan jodida está nuestra sociedad que el quiebre se ha plasmado en los últimos meses en la educación, materia que, por su carácter transversal e impacto social, debiera generar justamente proyectos consensuados que aseguraran la inclusividad y calidad del sistema.

Pero hoy ocurre todo lo contrario. Las contrapuestas visiones sobre la educación se han vuelto imposibles de administrar, y estamos en presencia de un inevitable choque de trenes en donde nadie está dispuesto a ceder un ápice en su posición. Si no mire cómo, meses después del inicio del conflicto, nos encontramos en un momento de inmovilismo e intransigencia en las posiciones que se ve de difícil solución. Lo que es más grave: con dirigentes estudiantiles, autoridades de gobierno y parlamentarios que no logran generar un espacio de conversación común. Una realidad que demuestra que las confianzas están quebradas.

Lo complejo es que esas desconfianzas se ven agravadas porque la “quebrada” sociedad chilena es inmisericorde a quienes muestren algún tipo de flexibilidad empática. Así , si el gobierno considera implementar una política económica o social tradicionalmente asociada a la Concertación, es retrucado entonces por el ex ministro Büchi u otro dirigente de la Alianza quienes señalan que no es aceptable “gobernar con las banderas de los otros”. Y si algún partido de la Concertación decide reunirse con el presidente Piñera para evaluar salidas al actual escenario de conflicto, se le acusa de “ traicionar los principios” de ese conglomerado.  Con esa falta de empatía social es imposible que el país avance.

No tengo competencias intelectuales para explicar el por qué de este quiebre sociológico. Sólo sé que me resisto a educar a mis hijos en una sociedad en que las tomas sean la única forma de expresar los puntos de vista distintos al de la autoridad o que se conviertan en frecuentes las acciones vandálicas que terminan en autos incendiados en el centro de Santiago. Pero también me parece que es imposible desarrollar una convivencia social sana si parlamentarios de gobierno descalifican a los estudiantes como “manga de inútiles subversivos”.

En escenarios dramáticos se requieren medidas dramáticas. Es ahora cuando se necesitan de nuestras autoridades propuestas arriesgadas y distintas para superar la grave fractura social que vivimos. Es ahora cuando esperamos de los dirigentes estudiantiles flexibilidad y disponibilidad para dialogar. Es ahora cuando se necesita que algún genuino líder patee el tablero y cambie los paradigmas que han venido marcando negativamente la agenda pública.

El Chile “quebrado” lo necesita urgentemente.