¿Cómo evitar una generación perdida?

Durante la última recesión muchas personas han perdido sus trabajos, pero un grupo que ha sido desproporcionalmente afectado han sido los jóvenes. En América Latina la tasa de desempleo entre los jóvenes duplica o triplica la tasa de desempleo entre los adultos. Igualmente las mujeres jóvenes han sido afectadas más por el desempleo que los hombres jóvenes. Aunque la región se ha recuperado relativamente rápido, el desempleo juvenil ha permanecido persistentemente alto. Varios observadores, dentro y fuera de la región, se preocupan de las secuelas permanentes que el desempleo y no-empleo de esta generación pueda tener y muchos ya hablan de la ‘generación perdida’. Además del 18.5% de desempleo juvenil en la región, se estima que alrededor de 20% entre los jóvenes ni trabaja, ni estudia, ni busca trabajo o sea que están en inactividad total. Esta situación es ciertamente preocupante.

Una intervención que fue tremendamente exitosa para ayudar a jóvenes a salir del desempleo durante y después de la última recesión fue el programa Jóvenes en Acción introducido en Colombia a comienzos de la década de los 2000s. Este programa fue introducido en respuesta a la peor crisis que había enfrentado el país en 60 años, la crisis entre 1998 y 2001. Dada la ausencia de programas de protección social en el país, el gobierno (con ayuda de agencias multilaterales) introdujo tres programas para ayudar a diferentes grupos de la población a sobrevivir la recesión y sus secuelas. Los tres programa introducidos fueron Familias en Acción, que era un programa de transferencias condicionadas dirigido a familias pobres rurales con hijos; Empleo en Acción, que era un programa de empleo público dirigido a adultos pobres en zonas urbanas, y Jóvenes en Acción que era un programa de capacitación vocacional dirigido a jóvenes pobres entre 18 y 25 años de edad en las 7 ciudades más grandes del país.

El programa de capacitación Jóvenes en Acción consistía de 3 meses de capacitación en centros o institutos de enseñanza y una pasantía de 3 meses con un empleador que tenía que estar formalmente registrado. Además el programa proveía un estipendio para cubrir costos de transporte y de cuidado de niños para mujeres con niños de menos de 7 años de edad. Dos partes del diseño del programa fueron particularmente importantes para la efectividad del programa. La primera es que los centros o institutos de capacitación fueron seleccionados por un proceso competitivo y solo recibían el pago del gobierno bajo la condición de que sus estudiantes acabaran la capacitación y la pasantía. Aun más importante fue el hecho de que los centros de capacitación tenían que garantizar la colocación de cada uno de sus estudiantes con un empleador que estuviera dispuesto a ofrecer una pasantía por tres meses. Este componente del programa garantizo que los centros ofrecieran capacitación que fuera relevante y útil para los empleadores (ya sea en el sector público o privado). Es decir, que los centros de capacitación tenían que asegurarse de ofrecer conocimiento y cualificaciones que estuvieran en demanda.

En un estudio reciente que publique con Orazio Attanasio y Costas Meghir (Attanasio, Kugler y Meghir, 2011) encontramos que la capacitación tuve efectos positivos sobre el empleo y los salarios de las mujeres. Las mujeres que recibieron capacitación a través de Jóvenes en Acción percibieron un salario casi 20 por ciento más alto después de la capacitación que las mujeres que no recibieron capacitación. También las mujeres que recibieron capacitación tuvieron más probabilidad de conseguir un empleo pagado que mujeres que nunca recibieron capacitación. Como las mujeres fueron asignadas al programa por un sistema de lotería, se sabe que fue la capacitación misma y no la motivación de estas o la mejor formación previa que es responsable por su mayor empleabilidad y salarios más altos después de participar en el programa. Por lo contrario el programa no tuvo ningún efecto positivo sobre la empleabilidad y el salario de los hombres que fueron asignados a un puesto de capacitación.

Por otro lado, el programa si tuvo un efecto positivo en términos de la calidad del empleo tanto para hombres como para mujeres. Tanto las mujeres como los hombres que recibieron capacitación fueron más exitosos en conseguir empleo en el sector formal que los jóvenes que no tuvieron acceso al programa. La probabilidad de conseguir un empleo en el cual el empleador contribuyera al sistema de pensiones y al sistema de salud era entre 6 y 7 puntos porcentuales más alto para aquellos que participaron en el programa. Esto es muy importante, porque estos trabajos además pagan salarios más altos y además son más estables. Dado que los jóvenes de por si tienen a tener menos acceso a trabajos formales, este tipo de programa puede ser tremendamente efectivo en ofrecer una entrada a jóvenes pobres a empleos formales.

El programa además fue relativamente barato o sea que cuando se comparan los beneficios del programa con los costos, especialmente para mujeres, se puede concluir que el programa fue tremendamente efectivo. La tasa de retorno para las mujeres está entre un 22% y un 35%, que es un retorno mucho más alto que lo que recibe la mayor parte de inversiones lo cual conlleva a preguntarse porque la gente no invierte más en capacitación. Una razón es probablemente que aunque el costo de la capacitación es baja en comparación a los beneficios, este costo es tremendamente alto para jóvenes pobres que no tienen ahorros o acceso a préstamos.

Programas similares también se han introducido en otros países, y aunque no han sido evaluados de forma tan rigurosa como Jóvenes en Acción, muestran efectos positivos, especialmente para mujeres. Por ejemplo, programas similares en La República Dominicana, Perú, y Argentina muestran efectos positivos sobre la formalidad y los salarios (Card et al., 2011; Chong and Galdo, 2006; Elías et al., 2004). Por lo tanto, los programas de capacitación bien diseñados pueden ser un buen camino para tomar para jóvenes que nunca terminaron su educación formal y que han sufrido de periodos prolongados de desempleo.

 

Referencias

Attanasio, Orazio, Adriana Kugler and Costas Meghir. 2011. “Subsidizing Vocational Training for Disadvantaged Youth in Colombia: Evidence from a Randomized Trial,” American Economic Journal: Applied Economics, 3(3): 188-220.

Card, David, Pablo Ibarrarán, Ferdinando Regalia, David Rosas, Yuri Soares. 2011. “The Labor market Impacts of Youth Training in the Dominican Republic,” Journal of Labor Economics, 29(2): 267-300.

Chong Alberto and Jose Galdo. 2006. “Does the Quality of Training Programs Matter? Evidence from bidding Processes Data,” IZA Working Paper No. 2202.

Elías, Víctor, Fernanda Ruiz Nuñez, Ricardo Cossa, and David Bravo. 2004. “An Econometric Cost-Benefit Analysis of a youth Argentina’s Youth Training Program,” IDB Working Paper No. R-482.

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